viernes, 26 de diciembre de 2014

Bestia de madrugada

Son las cinco de la mañana y hay un monstruo feroz en las calles. Mi cama, suave y horizontal y cálida y amorosa, permanece inmóvil. Escuchó el ruido que se filtra por las ventanas y los muros de la casa y se ha quedado paralizada de miedo, ella también. Las dos nos despertamos bruscamente y permanecemos tumbadas, con los ojos muy abiertos y la boca llena de un grito que también por miedo teme salir.

La bestia, afuera, camina despacio, y cada vez que avanza un poco expulsa un ruido infernal que trata de amenazarnos a todos quienes lo escuchamos. Y funciona. Intuimos la fuerza de su poder, de su ferocidad. Pero es más una energía vieja, potente y temeraria pero vieja, como un anciano amargado que golpea con su bastón. Después de cada alarido, es capaz de dar sólo unos pasos. Será acaso un demonio en agonía.

En ocasiones parece alejarse y en otras acercarse. Quizás huele un rastro, observa una mínima huella, busca la menor pista. ¿Detrás de quién va? ¿A quién busca? Sufre y se le nota. Tiene carencias, penas y pesares. Es un gigante adolorido. Y sé que su dolor se va acercando hacia mí. Ha llegado mi turno.

Está afuera de la casa. Ha rugido breve y furiosamente antes de llegar y ahora ha estacionado su delirio a la puerta de mi casa. Ahora es cuando se decide todo. ¿Serán mis últimos instantes? ¿Tendría que despedirme del mundo? De pronto escucho el movimiento de unas criaturas. No las había percibido antes. Parecen salir del vientre de la bestia. Algo recogen y se llevan consigo. El gigante se pone en movimiento con otro aullido.

Me relajo. El pánico cede. Sigo escuchando los tormentos de aquel ser indescifrable, que vaga por las calles de la colonia. Seguirá su curso, atormentará a otros. Lo peor ha pasado.

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Este texto es producto de haber experimentado, varias veces ya, despertar con el terror de un ruido extraño en la oscura madrugada. Tras unos momentos de incertidumbre y aprehensión, he comprendido que se trataba de un camión, viejo pero funcional, que recoge la basura.


miércoles, 24 de diciembre de 2014

Tres canciones para sobrevivir a la Navidad

Hace algunos días (¿ayer?) circulaba por el Facebook una imagen perteneciente a la página cinismoilustrado.com. Se titula "Bingo para la cena navideña" y me parece de una precisión y una semejanza a la "vida real", que he decidido no sólo compartirla, sino inspirarme en ella para la redacción de estas líneas.


Sé que la realidad detrás de estas letras tiene resonancia con (casi) todos, así que para esos momentos realmente terribles, álgidos y tensos, recomiendo pensar en alguna de las siguientes melodías para calmar el espíritu, dependiendo de la situación en la que se encuentre o de la personalidad o valores que se posean:

-La vida no vale nada, de José Alfredo Jiménez. Aunque está poblada de referencias a puntos geográficos de especial significación para el músico, el estribillo de la canción lo dice todo. Si usted se está sintiendo asfixiado, sobrepasado o estresado por las interacciones sociales y los mandados y quehaceres, recuerde esta poderosa reflexión como medio heterodoxo de relajación personal.

-Fuck you (very much), de Lily Allen. Ciertamente que la canción tiene sobre todo un trasfondo político, pero la verdad es que su mensaje puede ser adaptable a cualquier consigna: ¿que está mal que no tenga un empleo pagado?, ¿que me veía mejor antes de engordar o de adelgazar?, ¿que mi opinión política se hace merecedora de una de tus caras de fuchi? Pues "fuck you, fuck you very much".

-All you need is love, de The Beatles. Si lo que buscan es ir empezando por adoptar una buena actitud para el año que pronto comenzará, qué mejor que este himno de la agrupación inglesa, internacionalmente conocido y alabado. "Namaste, prójimo. Que la fuerza esté contigo. Yo me amo y te recomiendo lo mismo".

martes, 23 de diciembre de 2014

El complejo de la sabrosa

Todos lo sabemos: diciembre es el mes más vanidoso. O mejor aún: el mes en el que las gentes de todas profesiones, procedencias y perversiones tratan de enchulearse con propósitos pseudo narcisistas y de aceptación e integración social. Las ocasiones sobran: las posadas (una tras otra, infinitas), la cena de Noche Buena, la fiesta de Año Nuevo y todos los cumpleaños que tienen lugar en el último mes del año.

Hace unos días estuve haciendo un recuento de las fotos que me han tomado a lo largo de varios años, siempre en las mismas fechas: 24 y 31 de diciembre. Se los digo: es una verdadera pena. Se percibe en todos los retratos la triste pretensión de lucir al máximo mi guapura. Y el problema ha sido, precisamente, ése. Esforzarme, aferrarme a un objetivo concreto: ser atractiva. Algo me salía siempre mal: ropa que no era de mi talla (ya sea demasiado grande o chica); maquillaje que no me quedaba bien; accesorios forzados; peinados fracasados. La verdad estaba ahí, en todas las imágenes: sufro del complejo de la sabrosa.

No vayan a creer, sin embargo, que es algo mío o incluso algo excepcional. Muchos (¿la mayoría, todos?) estamos marcados con esta debilidad. El complejo tiene las siguientes etapas: la cabeza de uno lo lleva a uno a pensar que el cuerpo tangible que le fue dado en esta vida tiene potencial para ser bello; el corazón de uno lo lleva a desear con ahínco ser, entonces, bello, pero además, reconocido por esa belleza; la cabeza, nuevamente, lo lleva a uno a pensar que ese propósito requiere de ciertos ajustes o cambios. Y el resto es historia: tintes, cremas, polvos, zapatos, peinados, combinaciones, actitudes, sonrisas, temas de conversación... Todo es modificable para cumplir el objetivo de la belleza y el reconocimiento. Es cierto: para un psicótico o un obsesivo, este es el contexto perfecto para, literalmente, volverse locos.

Así pues, cuando llegamos al evento al que fuimos requeridos, nos sentimos más o menos guapos o lucidores o cómodos o socialmente aceptables o atractivos o excepcionales o todas las anteriores. Nos sentimos como esas figuras sabrosas que los medios se encargan de bombardearnos para adoctrinarnos en lo que es deseable, aunque sea por un momento, porque por muy blanco, delgado, alto y simpático que seas: no estés tranquilo: siempre hay algo que está mal en ti y en mí y en todos. Pero ese es otro tema.

Así que por favor: cuando vayan a sus reuniones en los siguientes días, mantengan en mente que todos los ahí presentes están acomplejados y buscan ser sabrosos, apetitosos. Igual que usted, lector. Y ante tal certeza, sólo quedan tres opciones: 1) sea usted compasivo con los demás y consigo mismo; 2) ríase de la ridiculez de los otros y de la suya propia; 3) dese cuenta de lo absurdo del complejo de la sabrosa y abandone todo anhelo por serlo (una figura sabrosa) y todo juicio hacia quienes han decidido ser, simple y llanamente, ellos mismos.

lunes, 22 de diciembre de 2014

"Yo les sugiero un antro gay"

El sábado salimos de casa mi esposo y yo rumbo a un mandado. Abandonamos la casa con nuestras personalidades de costumbre, con el mismo modo de caminar y hablar y mirar que de costumbre. Éramos él y yo, simplemente. Pero pronto íbamos a ser transformados, sin que nosotros lo supiéramos aún.

Dejamos el carro en el taller mecánico y, matando dos pájaros de un tiro, comenzamos a caminar hacia nuestro destino. El primer pájaro que matábamos era el del transporte: llegar del taller al mercado sin nuestro vehículo. El segundo, era el de unas rutas pseudo turísticas peatonales que mi compañero y yo queremos llevar a cabo en los próximos meses. Dado que poco conozco este puerto al que me he mudado para residir indefinidamente, necesito recorrerlo y olerlo para poder domarlo, gozarlo, vivirlo.

Íbamos muy contentos, tomados de la mano, andando sobre las piedras que conforman las calles vallartenses, desiguales, gastadas, grises. En una esquina, me dice mi cónyuge con júbilo: ¡Y éste era un cine! Tan pronto escucho esta última palabra, levanto la cabeza para encontrarme con un edificio blanco, sin letreros ni indicaciones, pero con el aire y la presencia, efectivamente, de un cine de antes. El corazón me brinca, con la sabia felicidad de un niño.

Nos habíamos acercado a las puertas principales y estaban completamente bloqueadas por unas cortinas verdes, pesadas. "No se ve nada", dijo triste mi marido. Estábamos a punto de irnos y de pronto vemos que hay un guardia en una entrada lateral diminuta. Un personaje extraño, con los brazos deformados, extrañamente pequeños. Como si sus extremidades se hubieran aferrado a la infancia para así poder abrazar a todos con el amor y la inocencia de los primeros años.

"¿No podemos entrar, verdad?" dice mi acompañante y guía turístico por el momento. "No, no los puedo dejar pasar, señor", contesta el personaje de fábula. "¿O están interesados en comprar el edificio?" Y entonces, justo ahí, ocurrió la metamorfosis. Dejamos de ser nosotros para convertirnos en aquellos: un par de jóvenes inversionistas recorriendo la ciudad para adquirir una propiedad que engrose sus de por sí adineradas arcas.

Nos dejó pasar el vigilante y nos introdujo a una sala relativamente grande, completamente oscura y perfumada de un olor a húmedo y cerrado que nos sedujo por su misterio. Ahí estaban, las butacas, el escenario, la pantalla, las cortinas, un techo conformado por cubos de distintos tamaños. Una segunda planta (a la que no subimos) y los espacios indispensables para la administración de un local así.

Íbamos ya rumbo a la salida, para transformarnos de nuevo en quienes somos regularmente -difícilmente explicable-, cuando de pronto el guardia, como cómplice de nuestros personajes alternativos, nos dice "Si les interesa, yo les sugiero poner un antro gay. Como ésta es la zona roja, la verdad pegaría." y ya estaban de nuevo, vivos y coleando, los jóvenes ricos en búsqueda de más riqueza.

Le hicimos preguntas sobre la zona roja, nos dio una cátedra sobre el buen físico de los travestis, lo cuestionamos respecto al precio, nos recomendó incluir un show de travestidos. Agradecimos, nos despedimos y por último, nos pidió encarecidamente no confesar a nadie que nos había dejado entrar. Le prometimos que así sería. Caminamos unos cuantos metros y mi marido asesta "Seguro se ha acostado con travestis". Creo que estoy de acuerdo, pero me despido con nostalgia de esa vida paralela en que con mis millones de dólares quise establecer un antro gay en la zona roja de un puerto mexicano.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Caras y vidas

"Porque, como todas las personas complejas, independientemente de su altura o de su peso, tiene muchas caras", dice Etgar Keret en su libro "Los siete años de abundancia", refiriéndose a su bebé de dos semanas de edad, que ya es al mismo tiempo, según el autor israelí, iluminado, adicto y psicópata.

En Netflix hay un archivo de video que corresponde a un show de comedia en vivo que realizó Zach Galifianakis, y que intercala su espectáculo con un pequeño documental sobre su vida y con un mockumentary (documental falso o de broma) en el que supuestamente se le hace una entrevista a su "hermano" (que es en realidad otro personaje más del propio Zach). En esta grabación, el comediante estadounidense reflexiona sobre los límites de la cordura y la delgada frontera hacia la locura. Tanto en el escenario como en su vida cotidiana, constantemente está creando personajes que surgen en su imaginación de forma espontánea. "Qué loco está", podría decir uno con descuido, acostumbrados como estamos a tener una identidad, una línea recta, una noción estricta de lo normal.

¿Pero qué se hace con las múltiples creaciones de nuestra inteligencia? Volviendo al texto del escritor judío: todas las personas complejas son polifacéticas. Y de acuerdo a la psiquiatra junguiana Jean Shinoda Bolen, dentro de cada uno de nosotros habitan varias deidades (con esto quiere decir que los arquetipos de los dioses griegos -fértiles, profundos, alegóricos- coexisten en nuestra psique), contradictorias entre sí, con distintas necesidades y opiniones. Es así, por ejemplo, que gracias a Hestia podemos ser muy hogareños y meditativos, a la vez que gracias a Artemisa disfrutamos de la vida al aire libre y de la libertad.

Ciertamente, yo tengo varios rostros qué mostrar. Está Sara la amable y educada, que sonríe, saluda, escucha y agradece; Sara la payasa que en una reunión de amigos o familia se vuelve bufona y protagónica; Sara la melancólica que escucha Radiohead y Lemolo en repeticiones sin fin; Sara la adicta al trabajo que pasa de una ocupación a otra; la floja que puede permanecer todo el día en la cama. Y muchas más. Pero para más detalles habría que entrevistar a mi marido.

Pero también están las vidas que he imaginado y que por tanto son reales en algún plano metafísico, interfísico, alternativo y tangente:

-Modelo de bikini. Con un cuerpo joven y fotoshopeado, viajo por el mundo entero para ser retratada en los destinos más hermosos, exóticos y antojables. Sin embargo, los disfruto poco, debido al cansancio que me causan los vuelos tan frecuentes. Ocasionalmente me acuesto con alguien del equipo de producción, aunque es un encuentro poco satisfactor. Me tienta el uso de drogas, pero en vez, me refugio en la meditación y el vegetarianismo.

-Gerente de Domino's. Comienza mi carrera como residente ilegal en Montreal. Me contrata un Domino's que busca mano de obra barata, para meter las pizzas al horno y posteriormente a la caja en la que serán transportadas. Soy una empleada ejemplar (siempre llego a tiempo, soy eficaz, tengo buen trato con los demás) y me voy ganando la confianza de todos. Me ayudan a conseguir la residencia legal y tras varios años de fiel labor, me nombran encargada de esa sucursal.

-Hippie trotamundos. Me despido de todo lo que conforma mi vida hasta entonces: familia, amigos. Quemo las naves de forma pacifista. Salgo de mi casa un día cualquiera, lleno de tráfico y de un sol latoso. Empiezo a caminar, como si fuera a un mandado, pero el mandado es mi destino: el resto de mi vida. Eventualmente alguien me recoge en una carretera y tras contarme las penas y las glorias de sus días, me deja en un pueblo en Michoacán. Del mismo modo candoroso llego hasta el extremo sur y norte y este y oeste del continente americano. Difícilmente se me reconoce bajo unas rastas que me llegan a las nalgas y unas mejillas tostadas por la intemperie. Pájaros y nubes y miradas amorosas pueblan mi corazón.

-Concertista de piano. Tras una estancia fructífera en el Conservatorio de las Rosas, en Morelia, se descubre y reconoce internacionalmente mi talento único y extraordinario para el instrumento romántico de cuerdas. Me llevan de gira por distintas organizaciones y festivales culturales; me hospedan en hoteles donde siempre estoy sola; me enamoro de un guitarrista que me deja por una italiana que baila flamenco; atravieso un periodo de adicción a las hamburguesas y postres de McDonald's; una agencia discográfica se encarga de "arreglarme" (me ponen a dieta, me limpian los dientes, me maquillan) y me vuelven un éxito de ventas. Termino casándome con el recepcionista amable y poco educado de un hotel en Berlín que frecuento bastante.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Pleitesía

Hoy en la mañana, al bajar las escaleras que unen la planta alta de mi casa a la baja, como una alcancía que sólo recibe monedas de oro, a mi cabeza cayó del cielo la palabra "pleitesía". Así nomás. De la nada, como dicen por ahí.

Hace unos días, en Guadalajara, escuchaba a mi tía contarme una historia. El relato se detuvo cuando ella trataba de remembrar lo que alguien le había dicho. "Es que usó una palabra que no frecuento", alegó como defensa para el olvido. Y entonces otra moneda de oro metió la vida al cochinito que es mi cerebro.

Las palabras son viejas amigas o completas desconocidas. Material para la construcción de nuestras vidas. Barrios que visitamos o que permanecen ignotos u olvidados. Con ellas podemos vestir un uniforme ("Buenos días, habla Janet García, de Teléfonos de México. Su llamada es muy importante para nosotros. ¿En qué le puedo ayudar?"), un escudo ("No. Es que...", "Pues tú lo hiciste peor", "Fue tu culpa, no la mía") o una flor ("¡Muy buenos días!", "Gracias, "Pásele").

Hay palabras que usamos muchísimo y se van volviendo la arquitectura de nuestra cosmovisión, nuestras emociones, nuestros pensamientos, nuestra vida. Son la casa o la cuadra donde vivimos. Son denigrantes o enaltecedoras. Peligrosas o seguras. Amorosas u hostiles. Fecundas o vacías. Antiguas y sabias, o jóvenes e incómodas. Pueden ser un poco de todo.

Yo estoy convencida de que hay palabras más hermosas que otras. El gusto y la opinión pueden cambiar de persona en persona, pero creo que preferimos ciertos vocablos. Hay gente que no lo sabe, que nunca lo ha notado, que no se ha puesto a pensar en la musicalidad o la energía de los términos que usa. Personas que creen que es lo mismo "césped", "pasto" y "zacate". Cada una dibuja una escena en nuestra imaginación y pasa por nuestra boca igual que un dulce o un hueso. Yo prefiero zacate, porque la enérgica "ca" que se acomodó en medio y que protagoniza la escena es poderosa, tiene presencia, no pide disculpas por ser quien es. Además, me pinta en las paredes de la cabeza escenas de la vida precolombina (zacate proviene del náhuatl zacatl), mientras que "césped" me parece pretenciosa, y pasto, aburrida y ordinaria.

En la universidad, dos palabras más o menos fuera de uso se convirtieron en mis preferidas. Una era indefectible. Me parece fuerte la combinación entre la "n" y la "f" y su significado merece un aplauso. "Que no puede faltar o dejar de ser". Ahora bien, piensen: ¿qué personas, cosas, animales, situaciones son indefectibles para su vida, queridos lectores? El otro vocablo era inefable. También la "n" y la "f". "Que no se puede explicar con palabras". ¡Qué maravilla! ¡Lo mejor de esta vida es inefable! El amor, Dios, los atardeceres... No hay nada mejor para la humildad y el oficio de un escritor que admitir esto.

Por otro lado, Mandarina, mi nombre dado a mí misma, tiene su origen en mi admiración por su belleza. La encuentro musical, alegre, jovial, fresca, deliciosa, jugosa, juguetona. Y todo eso quiero encarnarlo yo. Así que me bauticé como Mandarina. Y así, regalo la dicha a los demás de tener por un instante el placer inesperado de pronunciar una palabra exquisita. Común, pero no por ello menos gourmet.

Barrios conceptuales en los que no suelo turistear (más bien me pierdo en ellos) suelen ser los de la ciencia: medicina, física cuántica, genética, filosofía alemana, neurocoencia... O también, los de la religión, cualquiera que ésta sea: eucaristía, sabbat, mandala... Con trabajos puedo decir lo que es una mezquita. Y los que francamente me causan rechazo son los barrios bajos: todas esas palabras que me hacen sentir como que el mundo es un lugar inhóspito. Todos los vocablos que me dibujan un horizonte triste, violento.

Pleitesía es una palabra que no frecuento, dijera mi tía. Sé como se escribe, por razones desconocidas. No estaba segura de su significado. Es, según averigué en la Real Academia Española de la Lengua, "una muestra reverente de cortesía". Pues bien, que esto sea eso: una demostración de respeto hacia las palabras, mis amadas palabras.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Misterio (in)sondable

No he tenido muchas suerte con los profesores a lo largo de mi vida. De cualquier género o edad que ellos hayan sido, en cualquier momento de la existencia en que haya estado yo. En el kinder, aunque en general yo era una niña "linda y trabajadora", como me describían las maestras, también me apodaron "la comadrita", porque me costaba trabajo quedarme callada. Además, me obligaban a comer, porque por lo visto rara vez tenía apetito.

En tercero de primaria, aunque no sé si cuente, el profesor nos confesó, a sangre fría, que Santa Claus no existía. Es cierto que no me lo puedo tomar personal, pero fue un golpe bajo y una de las primeras cicatrices que habrían de dejarme mis maestros.

En segundo de secundaria me mandó a llamar el Director de Secundaria. El bimestre anterior había reprobado dos materias y constantemente aparecía un "6" en mi boleta, en el apartado de conducta. Me confesó que no sabía qué hacer conmigo, puesto que era la única alumna de todos los "problemáticos" que tenía notas brillantes en la mayoría de las asignaturas en la mayoría de los bimestres.

En tercero de secundaria el profesor titular del grupo me dijo, públicamente y en el área de las canchas deportivas: "te vas a quedar sola en la vida". Un augurio que a los 14 años no me llenó precisamente de júbilo ni de ganas de seguir adelante en mis ya de por sí atormentados días (repito: tenía 14 años: por supuesto que era atormentada). La maestra de inglés, ese mismo año escolar, mandó llamar a mis papás para decirles que yo tenía el corazón podrido. Me acusó (falsa e injustamente) de haber humillado a una secretaria del colegio (les aseguró a mis progenitores que, sabiendo que era estéril, le pregunté frente a todos por qué no tenía hijos. Ni lo uno ni lo otro eran ciertos.)

En España, alguien en la escuela decidió que la mexicana nueva debía de ingresar en el aula de los alumnos con "necesidades y características especiales de aprendizaje". O sea, con los atrasados. Pues bien, la maestra de inglés me odiaba con un desprecio gris y desgastado. Un día me gritó en frente de todo el grupo (y yo le grité de vuelta. Es la única vez que he tenido el descaro de hacer esa grosería) y creo que me expulsó de clase. Era la alumna más sobresaliente del salón. El de filosofía, por otro lado, sacó cita con mis padres para decirles que estaba "a años luz" de mis compañeros, y se convirtió en un gran amigo. Los de economía, historia y lengua me tenían en gran estima por mi interés y mi participación en clases.

En tercero de preparatoria, de vuelta en México, la titular del grupo me llamó "líder negativa" e "influencia diabólica". Me miraba con antipatía y se amargaba cuando sacaba buenas calificaciones en su materia (que creo que era religión, la asignatura más importante y peor impartida de ese colegio tan retrógrada al que asistí: Dios se volvía un político dictatorial y pedorro en esas cátedras, muy aparte de mi ateísmo recalcitrante en la época).

La universidad fue un periodo de bonanza. Hice de mis maestros un grupo nutrido de amigos. Una de ellas, que impartió la clase de fotografía, me dijo un día "Tú tienes mucho aquí (señalando mi cabeza) y aquí (señalando mi corazón)". Esas palabras me cambiaron la vida y me aferro a ellas en repetidas ocasiones de inseguridad e incertidumbre.

Ahora han vuelto las malas vibras. En posgrado (¿quién lo iba a pensar?) hicieron su reaparición los profesores que, sin saber precisamente por qué, sienten un rechazo tremendo hacia mi persona. Comentarios negativos, miradas hostiles, comportamientos groseros, trabas, obstáculos, dificultades, habladas... Con decir que en dos ocasiones distintas (al comienzo de la maestría y al final de la misma) una persona de gran importancia para el programa me dijo que estaba "gratamente sorprendida" de averiguar que soy inteligente. Sorprendida, primero, de que mi ensayo haya sido el mejor del grupo. Sorprendida, por último, de que mi discurso público haya sido elocuente.

Por otro lado, están los tratos y gestos que he recibido de personas desconocidas en la calle. He notado que soy llamativa (no sé a ciencia cierta por qué: alguna energía habrá en mí) y eso causa miradas de admiración y también de desprecio. Las de desprecio vienen mayoritariamente de mujeres; las de confusión o consternación, de hombres. Las de admiración, de niños y niñas, jóvenes y hombres también.

Alguna vez, una amiga en España me dijo que yo era, al mismo tiempo, la persona más inteligente y más estúpida que había conocido en su vida. No sé si estúpida, pero sí puedo decir que no soy precisamente la más convencional o modosita. Soy irreverente, emocional, espiritual, bromista, de sentido del humor raro y simple. Y estas líneas son una carta de agradecimiento para todos quienes han visto lo mejor de mí a través de esos rasgos. Y también de gratitud para los que no han sabido verlo, porque sólo han conseguido reafirmarme. Parece que encarno y despierto opiniones apasionadas. Que así sea.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

El estilista

Para mí, ir al estilista es sinónimo, disculpen la expresión, de que todo valió verga. Es como un ritual de iniciación o el día en que me rebautizaría en una nueva religión. No sé qué esperar. No puedo saberlo. Cualquier cosa es posible. Y no hay nada qué hacer al respecto. Desde el momento mismo en que hago una cita, o en que salgo de mi casa hacia la estética, sé que le estoy cediendo el poder a un ente mucho más poderoso y caprichudo que yo.

Hubo un evento en especial en mi vida que marcó mi actitud hacia los estilistas. Yo tenía 15 o 16 años y vivía en España. Me estaba dejando crecer el cabello junto con mi mejor amiga porque creíamos que eso nos haría mágicamente más hermosas (aunque nunca lo formulábamos así: esa confesión nos hubiera hecho cursis y débiles, creíamos). Un trágico día, que tenía la apariencia de ser como cualquier otro, fui a que me cortaran las puntas maltratas del cabello.Salí con la mitad de la cabellera: la otra mitad estaba tirada en el piso del salón de "belleza". Llegué a casa y en medio del único ataque de furia que he experimentado en mi vida, comencé a gritar y a golpear las almohadas. Mi mamá, asustada, me recriminaba "¡Cálmate, estás como loca, qué te pasa!"

Después de eso, cada visita al estilista está caracterizada por ansiedad, angustia, desazón, desasosiego, temor profundo. No es al dentista o al ginecólogo a quienes temo (sinceramente también ellos me dan miedo) sino a quien se encarga de "arreglarme" el pelo. Por más que explico qué es lo que quiero, siempre salgo con algo distinto. Me causa una profunda curiosidad pensar en los problemas lingüísticos que hay entre quien tiene una necesidad en su pelo y quien tiene las tijeras y los tintes. ¿Será que desconozco los términos apropiados y por eso resulto incomprensible? Un tema perfecto para una tesis de investigación en una maestría de Filosofía del lenguaje.

Ha habido algunas loables excepciones. Profesionales en quienes he confiado con los ojos cerrados y que, aunque nunca sé qué es lo que me van a hacer, tengo la certeza de que ese resultado incierto me va a gustar. El problema ha sido que han cerrado sus negocios o que yo me he mudado de ciudad. Pero de ahí en fuera, la inmensa mayoría ha sido un fracaso que me enerva hasta la médula. No puedo con la frustración. Me parece inverosímil. Como de un cuento de ciencia ficción. "Fui a que me hicieran esto, lo pedí claramente, e hicieron otra cosa. Horrible, además. Completamente distinta a lo que pedí" "Ah, señora Zeta, eso es normal en este universo alienígena. Si quiere algo, tiene que pedir lo contrario, pues todos en este mundo obramos de forma inversa".

Procuro no ir a que me corten el pelo. Nunca. Esta última ocasión estuve a punto de hacerlo yo sola (una vez me corté el cabello con tijeras para podar el jardín, y me quedó bien) pero como tengo algunos mechones teñidos especialmente maltratados, preferí que alguien más, con supuestos conocimientos en el tema, lo hiciera por mí. No salí insatisfecha, aunque sí me siento extraña. Quizás sea por el simple cambio. Quizás esa persona sí tenga conocimiento de la materia. Pero lo he decidido ya: tan pronto como mi melena vuelva a ser virgen de nuevo (qué milagroso: ser virgen de nuevo) y así de larga como está, seré yo la encargada de manipular mi cabeza.

Comezón

Por razones completamente desconocidas para mí (podría averiguarlo, pero me gusta tener cosas completamente desconocidas. Le da al mundo la sensación de ser nuevo, mítico, a-científico de nuevo), las heridas, al momento de cicatrizar, dan comezón (la palabra "comezón" no se usa o no la conocen en España; dicen "me pica"). A mí a veces me da por pensar que es una prueba de la vida para averiguar tus niveles de fuerza de voluntad. Como si la vida dijera: "A ver, demuéstrame cuántas ganas tienes de que se te cierre esa herida".

Ayer, en un momento inesperado, le llegó a mi cerebro una señal extrañísima que le decía "pon atención en tu mano izquierda". Mi cuerpo, en fracciones de segundo, había girado la cabeza hacia la izquierda y un poco hacia abajo, había levantado el antebrazo izquierdo y había girado los ojos en dirección del centro de la palma de la mano. Efectivamente: había una herida. Qué raro, pensé, no recuerdo haberme lastimado con nada.

Aunque la verdad es que estos últimos días esa frase de "no recuerdo..." es por completo inválida en mi persona. He estado tan saturada mentalmente con mandados, pendientes, obligaciones, responsabilidades y ocupaciones, que la verdad es que he estado más bien como autómata, como secretaria zombie. Si me ponen a prueba, probablemente no recordaré mucho de las últimas 72 horas. Eso sí: qué bien me la pasé en la boda de mi amiga el sábado.

En fin, algo de lo mucho que he estado haciendo últimamente me provocó una pequeñita herida en el centro de la palma de la mano izquierda. Se me levantó la piel, parece. Justo en la línea de la vida. Bueno, una décima de milímetro al lado. Pareciera que la cortadita decidió estacionarse en el acotamiento de la línea de la vida. Será que estos últimos días se han salido del flujo vital, también, para concentrarme en una burbuja ultra eficiente y responsable. Pues bien, parece que literalmente me lastima andar tan ocupada. Igual que la herida, necesito estacionarme en el acotamiento de la vida para tomar un respiro.

El caso es que el mentado rasguñito me provoca una comezòn oscura, coqueta, inmoral. Es un picor parecido a las ganas de revolcarse con otro ser humano en unas sábanas. O en donde sea, seamos francos. Ese picor que las monjas en la secundaria llamaban "tentaciones satánicas". Miro la zona de conflicto en mi mano y está enrojecida en su perímetro. Rojo. El color del diablo. Y bueno, el color de los glóbulos que se arriman para auxiliar en la sanación. Pero les aseguro: lo que pasa en mi extremidad es tremendo: indecible. Es un club de la pelea. Es un movimiento político subversivo. Es el barrio de prostitución y decadencia en mi cuerpo. Llevo en la mano la tentación de un tugurio de placeres fugaces y sombríos. Basta rascarme para caer en espiral al abismo.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Proyecto Recolocación

Admitámoslo: la vida puede volverse aburrida. No, para ser más precisos: la vida se vuelve rutinaria. La mayoría de nosotros tenemos una estructura existencial que más o menos se clona día tras día, provocando así la sensación de que cada periodo de 24 horas es muy parecido al anterior.

Admitamos otra cosa también: hemos sido educados para agradar. Los valores que nos enseñan en casa tienen que ver con la buena relación con el prójimo, la supervivencia y el progreso de la especie, el respeto por la experiencia y conocimiento de los ancianos, etcétera, etcétera.

Pues bien, como una alternativa de vida, como una forma discreta de rebelarnos del mundo (o de sumarnos a su caos, depende de qué perspectiva se mire), vengo aquí a proponer el Proyecto Recolocación. Es sencillo, fácil de entender y de ejecutar y sí puede ser practicado en su casa sin necesidad de ser un profesional.

El Proyecto Recolocación consiste en cambiar de locación pequeñas cosas en el ámbito cotidiano, preferentemente doméstico. Es decir, ese florero al que todos en la casa ya se acostumbraron: desaparézcalo temporalmente. El exprimidor de limones indispensable en la cocina para el jugo de cada mañana, ubíquelo en el cajón para las calcetas de cualquier miembro de la familia. El Santo Niño de Atocha de la parroquia más cercana: trasládelo a la regadera del sacerdote.

¿Qué provocará con esto? En mi primera instancia, un brote psicótico o de locura en una escala micro. Su madre entrará en un trance neurótico (o creerá que ya se ha terminado de volver loca); el padre se sorprenderá (quizás con enojo, quizás con jocosidad); los hermanos y la señora de la limpieza experimentarán una sensación de comezón en el alma, un repentino vacío; la secretaria de la Iglesia palidecerá.

Ahora bien, ¿cuál es el propósito de lo anterior, que más bien podría parecer desventurado? La finalidad es, no se confunda, revitalizar a aquellos alrededor suyo. ¿Cómo, por qué? 1. Notarán, a través de su ausencia, la presencia de algo (por favor no recoloque seres humanos o mascotas, la histeria podría salirse de sus manos). 2. Acto seguido, valorarán la ahora extinta presencia de ese algo. 3. Su día se verá refrescado con la asombrosa e inesperada llegada de una desaparición absolutamente imprevisible. 4. Las células del cerebro y del corazón de todos a quienes usted quiere se reactivarán furiosamente y rejuvenecerán a sus portadores.

Como se podrá ver, los beneficios del Proyecto Recolocación son amplísimos y el esfuerzo que implica o el costo que conlleva es más que viable. Anímese, sálgase de su zona de confort, de su ideal de lo "normal", lo "lógico", lo "deseable". Sea raro, enloquezca: todos a su alrededor ya lo son. De hecho, usted también es raro y loco, aunque quizás no lo haya notado. Venga: recoloque algo. Hágalo hoy.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Crónica de un viaje en autopista

Como una especie de maldición mitológica, en mis múltiples viajes en autobús por el triángulo de ciudades que forman el territorio de mi dispersa existencia, alguien siempre decide, descaradamente, poner sus nalgas en el asiento que escogí y pagué yo.

Me gusta mucho ver los paisajes que voy atravesando y por eso escojo inequívocamente asientos de lado de la ventana. Últimamente, además, escojo en las filas más próximas al conductor, porque no quiero caminar primero por el pasillo hasta mi asiento o después hasta la puerta de salida, y porque tampoco quiero estar cerca de los baños.

Pero por un designio suprahumano que no alcanzo a entender, cuando me subo a la unidad, ya hay alguien cómodamente instalado en donde me corresponde a mí. Suelen ser señoras llenas de hijos o viejitas listas para manipularme.

Sea esto, quizás, una prueba latosa que me pone Dios para aprender a defenderme. Pues bien, así lo he hecho. No importa quien sea, levanto mi dulce voz y con toda la amabilidad y civilidad que aprendí en mi casa y en cursos budistas, digo valientemente: "Disculpe, ese es mi asiento. Necesito ir allí porque me mareo".

Hoy, qué sorpresa, había una señora de la tercera edad demasiado perfumada e invadida de tiliches sentada con júbilo en mi asiento número 1. Chingado, pensé. Qué cabrona, pensé. "Disculpe, ese es mi asiento. Necesito ir allí porque me mareo". "¡Ay, yo también!" me responde la viejecilla, agitando su bigote chocomilero. Pues por qué chingados no compró un asiento en ventana, señora, pensé. Me quedé mirándola en silencio, lista para sacar la espada que cargo en mi mochila de la computadora y degollarla, cuando de su boca salen las palabras clave para lograr una victoria sin sangre: "por eso compré el asiento 2". ¡Ja, ya se chingó, señora!, pensé. "Ay, sí, es que el 2 es pasillo, señora", dije con una voz irresistiblemente linda. Todo los pasajeros en tensión, callados, mirando el desenvolvimiento de la escena. "Bueno", dice la mujer, "si avanza el camión y no se sube nadie, me cambio a otro asiento más atrás", y mueve sus anchas y torpes caderas hacia la derecha, liberando el trono que me corresponde. A huevo, pensé.

No quiero que piensen que soy una desalmada. Me mantuve tranquila todo el tiempo, y hasta me disculpé (¡!). Ella, a cambio, en una venganza sutil, me dejó parte de sus bolsas e itacates a los pies, imposibilitándome bajar el descansa-piernas o deshacerme de la carga de mi bolsa de mano.

Aunque esto último lo acabo de descubrir, mientras Dave Matthews canta en mis oídos "how could we know our lives would be so full of beautifully broken things?" y mientras veo un graffiti en un puente en la carretera que dice, sabia y lacónicamente, "PITO". La realidad es que no me molesta tener los triques de mi vecina a las faldas de mi anatomía.

En vez de eso, disfrutando del horizonte, dejo que mi mente divague y de pronto me encuentro recordando que a mis alumnos de Literatura de segundo de preparatoria, hace dos años, les encargué escribir un texto de lo que fuera. Uno de ellos, tremendo, vaguísimo, escribió su flujo de conciencia, y versaba sobre una de sus compañeras de salón y cómo le parecía "bien buena". Qué gracia me hace ahora, al mismo tiempo que percibo, gracias a sus miradas insistentes, que a la señora del asiento 2 no le hace nada de gracia verme clavada en la pantalla escribiendo esto y no clavada en la ventana, como le hice creer. La engañé parcialmente, es cierto, pero en este mundo sin sentido, ¿qué clase de validez tienen argumentos tan sensibles como el de "me gusta la belleza del paisaje" o como el de "¿qué chingados le tengo que explicar yo a usted, si ya escogí mi lugar y lo compré en tiempo y forma?"? Si hace falta, seré capaz de asegurarle al ladrón de asiento en turno que si no se quita corre el peligro de ser bañado con mis jugos gástricos.

Termino de escribir lo anterior y volteo discretamente hacia mi lado, porque me parece ver a la anciana con el pico clavado en el pecho. Efectivamente, se ha dormido. No está mareada, como ella me aseguró. Ella también me engañó -o lo intentó. Quizás la próxima vez ella también amenazará con vómito al pobre honesto cuyo asiento esté siendo secuestrado por un par de nalgas septuagenario.

martes, 2 de diciembre de 2014

La redención de los reprimidos

Hay unos mechones en mi cabello que están hechos una pena. Son la peor pesadilla de las mujeres adictas a los tintes y los tratamientos químicos. Tienen una textura como de paja. Podrían ser utilizados como materia prima para la fabricación de escobas para brujas. Y si bien es cierto que tengo teñido unas áreas de mi cabellera, este problema me ha perseguido a lo largo y ancho de mi vida. Los estilistas me dicen que se debe a que son las áreas más próximas a mi cuello y espalda, lo que ocasiona que con el sudor se maltraten.

El resto de mi cabello no presenta esta característica. Es sedoso y se agrupa en bucles que caen con gracia o desgracia por todos lados. Con orgullo y satisfacción puedo decir que la mayor parte de mi pelo es, sencillamente, bonito. Pero esos cabellos como de mecate arruinan la fiesta. En un desfile de belleza y moda, serían las modelos que llegan al evento crudas o con síndrome de abstinencia de crack, arruinando la imagen general.

Por eso, a veces, me da por trenzar esos pocos pero latosos mechones. De ese modo quedan disimulados, maniatados. Como una trenza delgadita pasan desapercibidos y el espectáculo de moda vuelve a su esplendor.

Hace unos días me hice tres trenzas con estos cabellos amorfos y deleznables. Efectivamente, lo feo de mi cabellera había pasado a la sombra y suelto y alborotado, mi melena podía concentrarse en ser bonita y en calentarme el cuello, el pecho y la espalda en este frío de finales de noviembre y principios de diciembre. Sin embargo, eventualmente tendría que deshacerlas, porque sólo conseguirían cobrarme muy cara la represión: se metamorfosearían en nudos indómitos que sólo traerían a mi vida llanto y desgracias.

Por eso, me senté con mucha paciencia en la cama y me dispuse a destrenzarme con amor y artesanía, del mismo modo en que me las había hecho, para poder exentarme de la mayor cantidad posible de dolor. (Normalmente me las habría quitado con brusquedad, con prisa, a regañadientes.)

Así que ahí estaba yo, cerca de las diez de la noche, en mi lado de la cama, completamente absorta en la tarea de no hacer enojar a mis pelos de muñeca barata, porque su venganza y su furia son temibles. Mientras avanzaba en la tarea de rebobinar el proceso de trenzado, iba aceptando estoicamente las puntas abiertas, la orzuela, los trozos de cabello resecos y muertos en apariencia.

Efectivamente, hoy que me bañé me dolió y muchos cabellos, suicidas, se desprendieron del cuero cabelludo, porque decidieron que no valía la pena formar parte de una cabeza que no fuera bella en su totalidad. Adiós, les dije yo, mientras los desprendía de entre los dedos de mis manosgarras, que son las encargadas de desenmarañar mi pelojungla. Váyanse los cobardes, los arrepentidos. Me quedo con los cabellos que realmente me quieran acompañar en la aventura de vivir, aunque sean feos y de paja.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Burt's Buzz

Es la primera vez que escribo una entrada en este blog desde el techo de mi casa, quizás mi lugar favorito de todo el edificio. Desde aquí veo los colores del atardecer, y escucho a los pájaros que están por dormirse en un bambú gigante que forma parte del jardín de una casa cercana. Aquí me siento libre, sosegada, inteligente, amorosa. El viento me envuelve y las montañas me coquetean.

Hace unos días vi un documental (disponible en Netflix, para los interesados) acerca del creador de una marca mundialmente conocida de productos de cuidado personal llamada Burt's Bees. A mí las barras para humectar los labios me gustan bastante (tengo una de sabor mango que me encanta), y el nombre siempre me pareció muy peculiar. De hecho hace poco se las recomendaba a mi hermano y a mi mamá, y juntos nos burlábamos de que "todo lo mejor viene del norte" (falso pero cierto pero falso).

Pues resulta, ni más ni menos, que el creador de dichos artículos es un hombre, ahora de más de setenta años, llamado Burt. Gringo, hippie, solitario, vagabundo. Tras rechazar una fábrica que su abuelo quería heredarle, se fue a vagar por su país natal, hasta que se topó con unos religiosos que le enseñaron los secretos de la apicultura. Algunos meses más tarde, con toda la información, los utensilios y los libros necesarios para iniciarse con el trabajo en las abejas, se topó con toda una colonia de estos animalitos, y con ellos empezó a trabajar en producir miel. La vendía al lado de la carretera y con el dinero que obtenía se ponía a comer, a beber y a gozar.

Así estuvo hasta que empezó a hacer derivados de la miel para la salud y la belleza y entonces fue cómo, poco a poco, Burt's Bees (nombre simple y concreto) se fue consolidando como una empresa multimillonaria de exportación a todo el mundo. No obstante, como es común en estos casos, su socia (que coincidentemente fue la única mujer de la que se enamoró Burt en toda su vida) lo botó con una jugarreta sucia y se quedó con las ganancias más jugosas, además de con la empresa misma.

Hoy en día, al viejo y sencillo Burt no le hace falta nada en términos materiales, sobre todo, quizás, por el estilo de vida que lleva: tiene una pequeña cabaña en un terreno extenso donde aún conserva abejas, además de un perro golden retriever y una especie de mayordomo o asistente o secretario que lo ayuda con todo y que lo trata con una especie de tierno sarcasmo. Es la vida, prácticamente, de un contemplativo. Pasa grandes cantidades de tiempo observando la naturaleza y leyendo. Luego, dice, cuando llega la noche se duerme y cuando el sol se mete a su cuarto por la ventana, se despierta, sin necesidad de ningún otro tipo de despertador. Sus días más felices, confiesa, es cuando nadie va a visitarlo y él no tiene que salir a ningún mandado.

En varios detalles me siento identificada con Burt: el deseo de una vida tranquila, la bendición de poder formar parte real, activa, sensible del mundo que me rodea, el sueño de poder vivir de lo que me gusta y me apasiona, la oportunidad de tener disposición de tiempo, de paciencia y de recursos materiales para abrirle espacio a la vida: los árboles, los humanos, los animales (salvajes y domesticados), las flores, las plantas, los cielos y los mares.

En otras cosas no me siento igual que el apicultor: no soy una amante de la soledad acérrima, no sé si puedo o quiero vivir en condiciones tan modestas todos los días (sin agua corriente o caliente). Pero, sobre todo, no sé si puedo estar solamente con la Naturaleza, en un estado de gracia perpetuo, porque, la verdad es que lo mío, lo mío, es escribir, y el lenguaje es social, es cultural, es mental.

P.D. Otras recomendaciones de documentales en Netflix para ponerse en sintonía conmigo: I Am y Happy. Buenas, sencillas, centradas, sensibles.
P.D. 2 Siento ganas de dejarles fotos de este momento. La primera es de la luna grandota y brillante de esta noche. La segunda es una embarradita de atardecer al fondo y la tercera es otra del atardecer, pero sin mí.


viernes, 28 de noviembre de 2014

Sobre mi apego a la belleza y mi terror a ser fea y rechazada

Hace unos días, un amigo me contaba de los "pecados" según el budismo hindú. Según recuerdo, éstos son: miedo al dolor, apego a los placeres, creer que soy mi cuerpo, creer que soy mi mente y... Otro que ya no recuerdo. Por supuesto, sufro un poco de todos los anteriores, pero el que me tiene más resonancia hoy en día es el apego a los placeres.

El apego, han de saber, es el primer paso hacia la adicción. Esto, porque tras el apego hay una creencia de que no podemos vivir o no podemos ser felices sin cierta cosa, persona, lugar, sentimiento, animal, etcétera. Entonces lo queremos una y otra vez, lo queremos siempre.

Yo no me considero, en general, una persona muy aferrada a las cosas. He tenido épocas en mi vida, es cierto, que he jalado más fuerte, pero mi personalidad más bien tiende a dejar ir y adaptarse a las nuevas condiciones. A veces me cuesta mucho trabajo, lo admito. Cambiar de un paradigma a otro, de una estructura o de un hábito al siguiente. Pero regularmente suelto.

Sin embargo, hay un área de mi vida en la que me siento más o menos insegura, y es precisamente por eso que hay más presencia de ataduras. Esa área es la de la vanidad. La de mi imagen personal, o la evaluación que hago de mi belleza.

Mi mamá tiene un sentido bastante refinado del gusto. Se le nota en sus ropas, accesorios y decoración de la casa, principalmente. Las cosas son finas, armoniosas, bellas. Combinan o resaltan con gracia. Son especialmente curiosas, atractivas. Creo que esto es causa, en gran medida, de que tanto mi papá como mis hermanos y yo hayamos crecido y vivido rodeados de un entorno con cierta exquisitez. Me parece que ocasionó que todos fuéramos algo vanidosos y amantes de la calidad.

Hablo con cierta frecuencia y facilidad de mis años de adolescencia y primera juventud, pero no sé si a mis interlocutores o a mis lectores les queda claro el verdadero impacto, la dimensión que tuvo en mi vida la vivencia de esos años. Yo fui una adolescente masculina. Yo negué mi feminidad y, en gran medida, mi belleza (en todos los sentidos). Yo me negué a mí misma.

Mis papás son gente muy atractiva. Mi papá era muy masculino, alegre, seguro de sí mismo, vestía con buen gusto y tenía una gran presencia, una brillante sonrisa. Mi mamá, blanca y más o menos chaparrita (para su desgracia, ahora descubro), es de unos ojos grandes y verdes muy expresivos, de boquita linda y de curvas peligrosas. Mis hermanos, delgados ambos y más altos que yo, muy atractivos desde los 17, 18 años. Y la triste verdad es que yo crecí acomplejada.

No fue culpa de nadie. Creo que ni mía. No sé si se pueda culpar a los niños o a los adolescentes por ser víctimas de una falta de sabiduría, de madurez, de estabilidad emocional o de amor propio. Así pues, rodeada de cosas bellas y ordenadas y de gente guapa y atractiva, yo, bajita, regordeta, despeinada, con lentes gruesos, braquets, espinillas y vellos por todos lados, me sentía más bien repulsiva. Por eso me escondí bajo códigos de vestimenta y comportamiento que eran masculinos. Me parecía que yo no era digna de lo bonito. Creía que mi fealdad afearía todo lo bello. Mi simple anatomía arruinaría ropas, maquillajes, aretes, zapatos...

Quizás lo más duro de ese tiempo fueron mi frustración, mi desprecio hacia mi cuerpo (porque yo en realidad me sentía lista y simpática, con chispa) y sobre todo, el teatro que tuve que montar para engañar a los demás y procurar que no se dieran cuenta, que no pudieran ver que había una niña, rosa y cursi y triste, abajo de esa adolescente vestida de pantalones flojos, camisetas de varón e incluso bóxers por ropa interior. El teatro de la masculinidad. Porque lo cierto es que nunca fue genuino. Yo siempre quise usar falditas, perfumes y tacones, pero estaba muerta de miedo, muerta de autorechazo. Me hubiera encantado ser linda, ser delicada, ser gustada. Pero como me parecía inaudito, imposible, cerré toda posibilidad. Si ya era fea y repulsiva, lo sería al 100%.

Por eso, cuando crecí y llegaron tantos cambios (adelgacé, aprendí a entender y convivir con mi cabello, usé pupilentes, tuve dientes sin aparato, cara limpia y me hice depilaciones por muchos rincones de mi cuerpo), me adentré en un período de euforia conmigo misma. Y cuando digo "crecí", estoy hablando del 2011 para acá. Tres años. Por primera vez en mi vida me sentí hermosa a los 23 años, y aún no se acaba la racha de belleza ni la de alegría existencial. Y aquí es cuando llega el apego.

Quisiera tener, ya y de una vez por todas, todos los vestidos, las faldas, las blusas, la ropa interior, las sandalias, los zapatos, las botas y los lápices labiales que no había podido usar nunca antes. Quisiera ser linda y refinada todos los días. Por fin me siento integrada con la belleza de mi familia y de mi casa familiar, y lo quiero explotar al máximo. Soy tan guapa como mi hermana y mi mamá. Soy tan llamativa como mi hermano. Tengo tanta presencia como mi papá.

Desde pequeña, cuando salgo a comprar cualquier objeto que quiero o necesito, termino siempre atraída hacia los de mayor precio. Una constante que lamentaron mis papás y ahora mi marido. Y es que lo realmente triste es que, en efecto, son cosas buenas y bonitas, pero no baratas. Entonces se está ante una disyuntiva: o se gasta el dinero con cierta nostalgia de verlo partir en grandes cantidades, o se despide uno del objeto con cierta nostalgia de verlo partir. Siempre hay una despedida y una nostalgia, nada más tiene que optarse por cuál.

No obstante, esto que acabo de escribir es falso, y ése es el punto de este texto. Despedirse de las faldas, los zapatos, los labiales y las bolsas no tiene por qué representar un acto de nostalgia. La verdad es que en esta etapa en la que me encuentro, tengo que y quiero aprender a dejar de desear posesiones materiales con tanta vehemencia. Quiero sentirme chula con lo que ya tengo, y dejar de vivir como si hoy fuera el último día para mi vanidad. En realidad, lo que realmente me gustaría, es dejar de prestarle tanta atención a mi físico y, sabiéndome linda, poder concentrarme en vivir el mundo, espiritual y emocionalmente, como si fuera el último. No quiero que el fantasma de mi fealdad de otrora se vuelva la cruz que me convierta en consumista o en adicta a las compras. ¡Sólo quiero ser feliz!

jueves, 27 de noviembre de 2014

Ventana abierta de jueves

Ya lo he dicho varias veces antes: tengo una alergia psicológica que me produce estornudos, secreción nasal y, en casos complicados, comezón en la garganta y tos. Ésto, únicamente cuando una idea que me provoca miedo, estrés o nervios se apodera de mi cerebro, de mi horizonte.

Desde anoche estoy estornudando generosamente. En este momento, mientras escribo esto, estoy sorbiendo mis mocos (1. no quiero interrumpir la escritura para levantarme al baño por papel para sonarme y 2. me he sonado tanto en las últimas horas que ya me duele la nariz). Sin embargo, no se ha puesto tan mal como otras veces.

Me provoca frustración y desesperación no encontrar relativamente pronto la razón de mi alergia, el detonante. Desde anoche lo he estado pensando y no doy pie con bola. Lo que sí puedo decir es que he estado pensando una y otra vez, casi obsesivamente, en mi atuendo para la boda de una de mis mejores amigas.

Dicha boda fungirá como una especie de reencuentro para los que fuimos a la misma preparatoria. Una especie de posada, una fiesta de graduados. Somos tantos los invitados y tan queridos los novios, que los gustosos y afortunados que iremos nos toparemos con muchos otros. Además, la misa será en una iglesia de mucho abolengo y la fiesta, en un casino costoso y bonito; quizás el más exclusivo de la ciudad.

Para dicha ocasión, yo había ideado originalmente llevar un vestido largo, amarillo, elegante, con accesorios dorados. La realidad es que el vestido ya quedó en el plano de las fantasías incumplidas y mis posibilidades actuales sólo me permiten conseguir, comprado o prestado, un vestido económico y fácil de encontrar: no tengo tiempo ni dinero para invertir en él.

Ayer me probé muchos (demasiados) vestidos y pasaron a las semifinales dos negros, entallados, cortos. El que más me gusta, por supuesto, es de algodón, y aunque quizás es menos elegante, ciertamente es más cómodo, además de sencillo, lo que permite agregarle accesorios que lo vuelvan más versátil.

Probablemente esto que escribo, este dilema tan mundano e insignificante, poco les importa, pero este texto superficial y conflictuado es lo que puedo ofrecerles el día de hoy, un jueves cualquiera. La verdad es que estoy atorada ante la idea de vestirme con ropas que no son especialmente elegantes (a pesar de que el evento es tan importante y las personas que se casan también lo son para mi corazón, y ella es precisamente muy elegante y en mi boda estuvo lindísima), atorada ante la idea de que mis antiguos compañeros de escuela no podrán verme en mi máximo esplendor, atorada en minucias como qué accesorios, qué peinado, qué zapatos, qué bolsa, qué color de labios, qué color de uñas...

No les voy a mentir. Les prometí que nunca haría eso. Hoy sufro apego. Hoy sufro de la incapacidad de desapegarme, a pesar de reconocer mi atadura a esto tan vano. A quienes se asomen a esta ventana mía que abro el día de hoy, me verán un poco agria, con gesto como de llanto, encogidos los hombros, un poco derrotada la moral...

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Habitar

Habitar es una de esas palabras planas. Si fuera una muchacha, sería de esas que no tienen ni pechos ni nalgas. No hay mucho de dónde agarrarla ni gran entusiasmo al pensar en ella. Se va fácil. No deja mucho rastro tras de sí. Sería un vocablo gris si no fuera por su significado.

Según la Real Academia Española de la lengua, habitar es vivir, morar. Ciertamente, habitar un lugar es hacer la vida propia ahí. De algún modo, es entregar el alma y proveer de espíritu al sitio que nos acoge. Un lugar sólo se vuelve habitable cuando se puede vivir en él. De ahí que sus antónimos sean palabras como inhóspito, hostil.

Sólo se deja de habitar en una casa o una ciudad. cuando nos vamos de ahí. Por muerte, por destierro, por exilio, por huir, por cambiar. ¿Guardarán relación "habitar" y "hábito"? Los lugares que habitamos son testigos y contenedores de nuestros hábitos, ciertamente. Vamos dejando en ellos una huella sutil de nuestra existencia.

"Ha" llega como una simple "a", que se esfuma en un segundo, para dar paso a otra sílaba igual de efímera y de anodina: "bi". Juntos, los primeros dos tercios de la palabra forman una nube, casi etérea y diminuta, que se escapa de la boca sin ninguna dificultad y pronto queda en el pasado: "habi": ningún sobresalto o sorpresa, dificultad o traba. La parte con mayor personalidad viene al último, para rematar, para compensar, para resarcir el daño de los primeros dos invitados, unos aguafiestas. "Tar". La "T" es la que lo hace todo. Aunque la "r" al final también contribuye al aderezo. La "T" se atora en la boca: la lengua se encarga de acariciar al paladar, de seducirlo. Y la última letra, en una timidez coqueta, se retrae y busca un refugio discreto en la oscura y húmeda cavidad bucal.

Quizás, en conjunto, la palabra sea de un rosa pálido. Como una adolescente que aún no tiene mucha gracia pero sí un poco de potencial, una chispa apenas visible.

martes, 25 de noviembre de 2014

Venecia

Uno piensa en Venecia y se imagina las góndolas y a sus gondoleros, vestido con camisa a rayas negras y blancas. Uno ve el agua de los canales, a mujeres y hombres guapos, pasta, pizza, café, moda, fiestas, glamour y, cómo no, la Basílica de San Marcos.

Pero no vengo yo a hablarles de nada de esto. Estas letras están aquí porque les he pedido que cuenten cómo fue mi experiencia en Venecia. La vivencia real, no la postal de recuerdo.

Mis papás, mi hermano y yo fuimos a parar en Venecia en verano de 2004. Hicimos un viaje por varias ciudades de algunos países del occidente de Europa, y entre otras locaciones míticas de Italia, Venecia tuvo la suerte de contar con nuestra presencia.

Aunque no fuera tan común como ahora, el intrépido y siempre innovador de mi padre reservaba anticipadamente los hoteles y hostales a través de Internet. Así, cuando llegábamos al lugar en cuestión, ya teníamos una cama asegurada (a excepción de París, que no recuerdo exactamente qué pasó, pero no sólo nos perdimos buscando el hotel sino que cuando llegamos a él, nos negaron la entrada y tuvimos que buscar otro sitio ya entrada la noche).

En Venecia, lo que nos encontramos al seguir las direcciones para llegar a nuestro hospedaje que El Patriarca había impreso, fue nada menos que una gran sorpresa. La política imperante para escoger dónde sí y dónde no pernoctar era el precio. No estábamos en posibilidades de pagar grandes cantidades y con tal de conocer Europa, nos adecuábamos a lo que fuera. Sin embargo, lo que Venecia trajo consigo no era "lo que fuera".

Llegamos de noche y no nos quedaba muy claro dónde nos encontrábamos. Sin duda, aquello no era un hotel o un hostal. Habíamos arribado, ni más ni menos, que a un campamento. Un gran espacio de tierra lleno de casas de campaña y casas rodantes, pequeñas cabañas, un área de comida y hasta una especie de discoteque hippie.

Los vecinos eran en su mayoría jóvenes con rastas, poca ropa y sonrisotas en la cara. Algunos descalzos, otros sin bañarse. Yo, a mis casi dieciséis años, sentí una mezcla de rubor indescriptible y de emoción contenida. Había llegado al paraíso, pero con braquets, unos kilos de más, una melena rizada autónoma y unos papás sobreprotectores. Es decir, una ñoña con corazón cool acababa de sumarse a una pseudo comuna en compañía de sus papis. Chafa.

Mi hermano y yo, alguna de aquellas noches que estuvimos hospedados en aquel campamento, nos fuimos a la discoteca local a tomar cerveza (que yo a esa edad odiaba pero fingía que me gustaba) y a "bailar", "pasarla bien". En realidad, yo me sentía asombrada de estar en ese lugar con gente mayor que yo y más bien me la pasaba viendo a mi alrededor, observando ñoñamente el comportamiento de los demás. Mi hermano, buena onda, me tenía paciencia y él también, seguramente, zorreaba a las chicas europeas de moral relajada.

En la cafetería que allí había cenamos una noche pizza, los cuatro. Hay una foto, en algún disco duro o algún disco compacto, que me muestra a mí sonriente y cachetona. No sé quién la tomó, si mi papá o mi hermano. No la he vuelto a ver desde hace muchos años. Hay fotos, también, de nosotros cuatro posando frente a la Basílica. Mi mamá la conserva en un buró. Yo traigo una blusa negra, jeans y una actitud que intenta sobre compensar las inseguridades propias de mi edad de entonces.

Hay una pequeño fragmento en la película "Into the wild" que filmaron en un campamento como el que menciono. Ahí, el protagonista conoce a una chica que canta y toca la guitarra y que eventualmente se enamora de él. El lugar es muy parecido al de mi historia, pero la diferencia entre Kristen Stewart y quien esto escribe es más bien abismal.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Carta abierta a todos aquellos que hayan visto alguna película conmigo

Las películas son historias. No es sólo entretenimiento o una evasión de la realidad o un boleto caro para entrar al cine o una forma de matar el tiempo el domingo. Son vidas de otros que nos tocan ser vividas y experimentadas a nosotros también. Es un viaje a través del espacio y/o del tiempo. Es habitar la mente y el corazón de otros temporalmente.

He vivido miles de vidas. Desde la infancia, con la compañía de personas que no recuerdo exactamente (mis hermanos y padres, seguramente) hasta el día de hoy, con mi marido por lo regular, pero pasando por los años en España, en que fui al cine en cantidades industriales, acompañada únicamente por mis guantes, mi abrigo y mi bolsa de mano, en la que guardaba una botella de agua, un libro, un cuaderno para escribir reflexiones sobre lo que leía en el libro, la cartera, las llaves y un celular no inteligente que me duró cerca de seis años; o también por mis semestres universitarios, en que disfruté y conocí a decenas de directores, fotógrafos, músicos y largometrajes gracias a un novio apasionado del séptimo arte; o una vez graduada y semi desempleada, en que en compañía de otro novio me senté frente a la pantalla a sufrir, llorar y pensar.

No todas las historias han sido tan buenas, por supuesto. Algunas han sido de plano decepcionantes, otras simplemente malas y otras, raras o aburridas. Sin embargo, puedo decir que de la mayoría he salido como una Sara distinta. Cada película ha sido una muerte y una resurrección a pequeña escala, en que mi alma ha renacido, como creen los budistas, más madura, más completa, más consciente. Los personajes, las situaciones, los dolores y los amores me han abierto el pecho y la cabeza. Me han estirado, expandido. Me han hecho más quien soy.

Por lo tanto, la gente que se ha unido a mí a esa aventura de la fotografía en movimiento es de forma irremediable mi cómplice y mi testigo. Han vivido y muerto junto conmigo esas historias. Así, pues, han quedado en mi alma como un gran recuerdo; del mismo modo en que un compañero de viaje permanece en nuestra memoria.

Algunas de esas compañías han sido más o menos un fracaso. Recuerdo haber recibido burlas por llorar, o recibir reproches por guardar silencio una vez acabas las cintas. Pero también están vivas en mi mente algunas comuniones experimentadas en las salas de cine o en las salas de una casa o un departamento. Lágrimas derramadas a cuatro ojos por historias de migrantes, de judíos, de corazones desolados. Risas compartidas por bromas estúpidas o por un humor exquisito.

No se diga las pláticas que se suceden al finalizar los créditos. Han habido algunas largas, fecundas, riquísimas. Han habido también silencios que se intercambian a modo de conversación, cuando se sabe que el otro está sumido en una reflexión tan intensa como la de uno mismo. Algunas películas incluso se han prestado a la algarabía, cuando los asistentes somos un grupo de amigos que tenemos todo que comentar al respecto de lo que vimos.

Creo que lo que realmente quiero decir en esta misiva es Gracias. Gracias por haber experimentado conmigo, donde quiera que haya sido y donde quiera que se encuentren ahora, vidas que me han hecho quien soy. Gracias porque ustedes, acompañantes, son el ancla a este mundo que permite que la intensidad de mis recuerdos y mis reflexiones permanezca aterrizada. Como he dicho, ustedes son los testigos de que yo viví, sufrí, gocé y di por terminadas aquellas imágenes, sonidos, tramas, movimientos, colores, efectos especiales, gesticulaciones, montajes... Gracias por haberse unido a travesías en tren, en barco, en submarino, en avión y avioneta, en camionetas y en bici, en naves espaciales, a pie, en todos los continentes, en cualquier mar y en el cielo, en todos los siglos pasados y en los futuros. Gracias por haber sido co-protagonistas en mis vidas pasadas.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Crónica de un corazón roto

He guardado absoluto silencio respecto a la situación política actual de México, mi país. Nada he dicho sobre Ayotzinapa y sus estudiantes desaparecidos. Nada sobre la primera dama y su casa blanca. Ni un tweet. Ni una publicación en Facebook. No he compartido memes, vines o artículos. Sólo una propuesta sobre cómo construir comunidad en un país con una clase política en ruinas, y una broma sobre el pestañeo excesivo en el video de la llamada Gaviota. Pero sólo silencio ha salido de mi pecho.

Mucho se dice y mucho se oye sobre cómo la vida se va encargando de propinar decepciones, de romper ilusiones, de destrozar sueños. Es común que los adultos quieran prolongar su juventud lo más que puedan. Ya sea la belleza, la energía, la salud, las fiestas, los amigos, los hábitos, la actitud. Nadie se quiere despedir de aquella juventud rebelde, liviana, alegre.

Yo aún soy joven, es cierto. Es más, hasta agosto de este año todavía conservaba la edad que está incluida en algunos organismos internacionales como propia de la adolescencia. Pero a pesar de ello, mi corazón revolucionario e idealista está quebrado en pedazos. Hace algún tiempo abandoné el hábito de leer periódicos porque sólo conseguía deprimirme. Me disgusta hablar de política porque sólo son quejas y porque es poca la gente leída en Historia y Ciencias Políticas que tenga argumentos y opiniones de peso y de valor. Dudo de la efectividad de las manifestaciones pacíficas y de las marchas.

La desnuda verdad, la médula de este texto, es que he caído en una profunda y oscura desesperanza política. Ya no creo en el cambio. No creo en los líderes honestos. No creo en las estructuras sociales ni en el poder mismo. No creo en la organización eficaz y duradera de los hombres. Sólo creo en un mundo que está más o menos a la deriva y que ha perdido, en pos de la relatividad, el asidero de la verdad. Sólo creo en una anarquía amorosa, difícil de conseguir.

Quizá el modo en que consigo no caer en la depresión en mi vida cotidiana es que no me he quedado de brazos cruzados ante esa realidad, o ante mi percepción de la realidad. Lo que hago, continuamente, es intentar generar amor y compartirlo, contagiarlo. Pero no sólo eso. Tengo muy clara mi vocación social, y a través del arte y de la espiritualidad formo y continuaré formando mi trinchera de batalla. Quiero construir un grupo, un movimiento, un espacio donde el amor propio y la paz mental sean la principal iniciativa política.

Estoy en absoluto desacuerdo con las decisiones y prácticamente con la existencia misma de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial de esta nación mexicana. Estoy dolida y anonadada por el asesinato y la desaparición de un ser humano, cualquiera, y cómo no, de 43 estudiantes. Estoy indignada e iracunda por la corrupción que yace tras la construcción y compra de la casa de Paseo de las Palmas 1325. Y estoy resentida, aún, por el trato a los indígenas del EZLN, por los profesores de la APPO, por Atenco, por la muerte de los bebés de la guardería ABC, por la matanza de Tlatelolco, por los fraudes electorales, por la muerte de Colosio, por los tránsitos que viven de las mordidas, por los salarios de los diputados, por las prestaciones de los ex presidentes, por los beneficios a las grandes empresas, por la falta de cumplimiento al derecho a la cultura...

Es un resentimiento de lustros, podrido, dirigido no sólo a la clase política sino a la sociedad entera, que en su ignorancia y su pereza optan por la comodidad y no sólo no cambian las cosas, sino que no se cambian a sí mismos. Aquí les dejo, pues, mi dolor amargo, mis palabras rabiosas, mis recuerdos de la indiferencia. Y la promesa de seguir en pie de batalla en lo que he decidido será mi campo: el amor y la espiritualidad. No me aferro a nada más.

viernes, 21 de noviembre de 2014

Olor a éxito y cierre, despedida y tristeza

Hoy fui a mi alma mater, el ITESO, a imprimir los carteles que anuncian el evento que estoy organizando y que es el resultado y la cosecha del esfuerzo que he hecho durante dos años de maestría. Recibí apoyo de mi hermano-en-la-vida Ángel, felicitaciones de antiguos jefes y profesores, motivación de conocidos, sugerencias de expertos y una invitación para dar una charla en la clase de una mujer y maestra que conozco y estimo.

Ahí llegó el olor a triunfo, a título de maestría en la mano, a logro, a conquista. He podido sacar adelante las decenas de viajes que he hecho entre mi ciudad natal, mi ciudad de estudio y mi ciudad de residencia; la soledad, la angustia y la frustración propias del trabajo de investigación; la muerte de mi padre; la consolidación de mi nueva familia; las enfermedades y debilidades propias del estrés; el insomnio; los episodios de depresión más o menos leves; los tres cambios de tema de investigación; las fechas de entrega; la incertidumbre; la organización de entrevistas y el manejo de la información...

Significa mucho para mí ver por fin la luz al final del túnel. Saber que he podido y que podré, no sólo terminar la tesis, el proyecto ejecutivo, el examen profesional y la maestría misma, sino lo que se me vaya presentando en el camino. Y entonces llegó la fragancia del cierre. Saber que ya no veré a los compañeros que han estado a mi lado o en mi cercanía por 24 meses. Pensar que ya no tendré razón o excusa para viajar a Guadalajara y ver películas de arte, salir con mis amigos, platicar con mi tía y con mi prima y con mi sobrina. Darme cuenta que la tentación de comprar ropa bonita en tiendas bonitas desaparecerá junto con ellas.

Y ahí hizo acto de presencia el aroma de la despedida. Quizás no adiós, pero tampoco hasta pronto. Un hasta luego (en ocasiones, un hasta quién sabe cuándo) a gente que atesoro en el corazón (Ángel, Emicel, Dora, Bernardo, Gabriel, Irazú, Alan, Julia, Paty, Lizzy, Antonieta, Ana Claudia, Daniela, Iñaki, Zelik...). Hasta luego, ciudad de grandes avenidas y grandes árboles, grandes cielos, grandes museos, grandes cansancios y angustias pero sobre todo, grandes recuerdos. Hasta luego, Tren Ligero. Hasta luego, Macrobús. Hasta luego, PreTren. Hasta luego, taxistas coquetos e inoportunos. Hasta luego, acoso sexual en las calles. Hasta luego, ITESO. Hasta luego, UDG.

Por último, llegó la esencia a tristeza. Una nostalgia súbita se apoderó de mí al plantearme una distancia e incluso una lejanía respecto de mi gente, mis lugares, mis memorias, mis espacios y mis hábitos en la perla tapatía. Me dan, qué sorpresa, unas ganas inmediatas de llorar. Unas lágrimas que sean lazos y promesas. Quiero seguir presente. Quiero que me acompañen siempre. Quiero visitar, alimentar, refrescar y renovar mis relaciones y mis recuerdos con esta ciudad y la gente y los sitios que en ella se quedan.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Mi acervo fílmico

Es innegable: de pequeña vi películas que no estaban destinadas para un público de mi edad o de mi criterio. ¿Cómo lo sé? Porque constantemente (no tan frecuente como para sentirme traumatizada o acosada, pero sí lo suficiente como para mantenerlas frescas) me llegan imágenes de largometrajes que se cruzaron en mi infante vida y que me parecen muy impactantes.

Algunas de esas películas están ahora borrosas, o no me acuerdo mucho de ellas, y otras están claras e incluso puedo decir que fueron fundamentales para construir mi sensibilidad y mi estar en el mundo.

Como ejemplos de algunas escenas difusas en mi cabeza puedo mencionar a un sacerdote pedófilo que ponía a un niño y a una niña frente a él, que estaba sentado en un trono, en posiciones sexuales (colores oscuros, en inglés); y a una película europea que hablaba de una familia de cinco: tres niños y los padres, que atravesaban una situación económica dificilísima; un día, el padre y la madre salen a buscar trabajo y lo encuentran, pero en su ausencia, el niño mayor ha decidido hacerles un "favor" a sus papás: cuelga a sus hermanos menores y se suicida junto con ellos, en la recámara; también recuerdo vagamente a una adolescente en el sur polvoriento de Estados Unidos que es secuestrada y violada al lado de una carretera.

Otras que tengo más claras son las de Bailando en la oscuridad, protagonizada por Bjork y dirigida por Lars Von Trier, que es un musical oscuro y deprimente que habla sobre la ceguera de una madre soltera; y Claroscuro, la historia de vida de un pianista talentosísimo que va perdiendo la cordura. La primera la vi a los 12 años; la segunda a los ocho.

Mi marido hace bromas al respecto, y se pregunta sobre la decisión de mis padres de exponerme a ciertos temas. Yo, desde sus bromas, efectivamente me he planteado cómo fue que vi toda esa cinematografía. La única película que recuerdo que me hayan prohibido ver fue la de "Y tu mamá también", de Alfonso Cuarón. De todos modos la vi, eventualmente. (Magnífica, por cierto, sobre todo en su sentido antropológico.) Sería que aquello de los tríos les habrá impactado más que la pederastia, las violaciones y los suicidios infantiles. Sería que yo fui muy obstinada en mis elecciones, o muy madura en mis reacciones.

No me arrepiento ni reprocho ni recomiendo absolutamente nada. Mi cabeza es un lugar muy fértil y a veces es intenso y angustiante. Tengo un corazón propenso a la generosidad, la compasión y la paciencia. Mi literatura no está poblada de personajes malévolos o de tragedias insalvables (creo). Lo que sí puedo decir es que no me asusto ni me sorprendo fácilmente, y que aún hoy en día, lloro fácilmente en las salas de cine y en el sillón frente a la televisión de mi casa. Si acaso, tengo una gran empatía en el dolor y una gran sensibilidad hacia los problemas sociales. No sé si yo le permitiría a mis hijos ver películas de drama como las que yo vi. Quizás ellos me lo harán saber. Quizás yo se lo hice saber a mis papás.

martes, 18 de noviembre de 2014

Esperanza suicida

El fraccionamiento en el que se encuentra mi casa está apenas en desarrollo. Aún persisten, por todos lados, lotes baldíos. La calle en la que vivo está desierta. Sólo hay construcciones en venta, en renta y terrenos poblados por maleza. El vecino de al lado acaba de abandonarnos por irse a perseguir un empleo en otro punto de la geografía planetaria. Los únicos dos seres humanos que pueblan nuestra cuadra son un enfermo de cáncer y su esposa. Figuras fantasmales, casi.

Sin embargo, mi corazón albergaba una insegura esperanza hasta hace poco. En la casa en la que desemboca nuestra calle habita un perro pequeño y blanco, despeinado y sucio, como Brigitte, la french poodle que me acompañó de los cinco a los 19 años. Pero la razón por la que mi esperanza era trémula es que el animal en cuestión tiene tendencias suicidas. Se le podía ver indeciso, asomado a uno de los balcones de su hogar, con el cuerpo de fuera prácticamente por completo. Así fue como llegó a mi vida.

No sería la primera vez que me encariño con un espíritu atormentado y de dudosa vitalidad. Y a pesar del sufrimiento que implica no poder sanar sus corazones en tinieblas con la luz de mi amor, decidí darle una oportunidad al can en cuestión. Creí que en su pequeña y enmarañada anatomía residía la clave del éxito. Pensé, pues, que su presencia era sinónimo de compañía en esta manzana desolada que habitamos mi familia y yo. Tan lejos fue mi alegría y mi afecto que llegué al punto de dedicarle una canción en la lengua universalmente comprendida, para que todos conocieran y tararearan el rap del Suicidal Dog.

Sin embargo, la oscuridad ha poblado mi vida desde hace algunas horas, en que la sospecha de que la mascota ha tomado su última decisión se ha ido fortaleciendo. Temo creer que por fin ha saltado al vacío. Ya son dos o tres semanas en que no lo veo en el balcón de sus horas desasosegadas. Y mi imaginación me lleva a plantearme lo peor. Ha muerto. O tal vez ha huido, en busca de su felicidad. O, quizás, se ha reconciliado con la vida.

¡¿Pero cómo?!, digo yo, ¡¿cómo?! En el silencio y la quietud de lo que pareciera un exilio, me pregunto obstinadamente sobre el destino canino de aquel ser en quien deposité mis ilusiones. ¿Será que estamos decididamente solos, abandonados a nuestra suerte, los habitantes de esta casa? Ampáranos, perro suicida, ya sea desde la profundidad infernal de tu pecado o desde la altura divina de tu inocencia.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Ritual de amor materno

Hay algo de antediluviano en los recuerdos que guardo de mi mamá peinándome por las noches, antes de dormir. Anoche, inesperadamente, llegaron a mí. Me senté a la orilla de la cama porque mi esposo me iba a hacer un masaje con un aparatejo que compramos recientemente. Y de pronto, para mi sorpresa, volví a tener seis o siete años y a estar sentada en el borde de la cama de mis papás, con mi cabello larguísimo y las manos suaves y gorditas de mi mamá arreglándolo, como una gata que lame a sus críos.

He mencionado anteriormente que de niña no me gustaba bañarme. Y cuando efectivamente sucedía la ducha, solía ser en esas horas de luz ambigua entre que la tarde muere y la noche se instala. Y poco después llegaba la hora de dormir, así que mi madre resolvió secarme el pelo con una secadora y cepillarlo cien veces antes de acostarme en mi recámara.

No podía haberme dejado el cabello mojado o húmedo siquiera, porque mi mamá creía que se me podía maltratar mi melena o, peor, que yo me podía resfriar. Ciertamente, nunca me he acostumbrado a dormir con el pelo húmedo. Sobre todo porque desde la universidad me acostumbré a bañarme por las mañanas, justo después de despertar, para marcar una diferencia entre la hora nocturna y la diurna, para oxigenarme el cerebro y limpiarme de la pereza. Y si añadimos a esto que el tamaño de mis rizos era de menos de diez centímetros, se comprenderá que prácticamente desconozco la experiencia de dormir con la cabeza empapada.

Pero este no es un texto sobre mis hábitos o sobre la mejor forma de encontrar la comodidad en las noches. Estos son apenas unos apuntes someros que tratan de expresar entre líneas el amor inmenso que recibí en mi infancia por parte de mi mamá, y el amor inmenso que despertó en mí hacia ella y hacia el mundo entero, creo.

Regularmente estaba muy cansada ya a esas horas, y me parece recordar que a esa edad los regaderazos me cansaban más de lo que en ahora, en mi vida adulta, me vigorizan. Así que como un fantasma dócil, arropada en mi pijama me subía a la cama de mis papás, del lado en que dormía mi papá, el que está más cerca del baño, y me entregaba a las decisiones y modos de quien me trajo al mundo. A menudo me quedaba dormida en ese quehacer.

Me arrullaban la oscuridad del cielo, el zumbido de la secadora esforzándose por desterrar el agua de la selva capilar de mi cabeza y el recorrido uniforme del cepillo desplazándose a través de los caminos sinuosos que son las mechas de mi pelo. Aunque también es cierto que frecuentemente me despertaban e incluso me hacían llorar los nudos que, protestando en abierta anarquía, impedían el paso del civilizador cepillo y éste, como cualquier misionero que busca traer el progreso, se empeñaba en abrirse paso y domar a los rebeldes. "¡Ya, mami!", gritaba la niña Sarita, víctima de la herencia de tirabuzones que padres y abuelos se habían encargado de dejarle. Y de los sutiles ruiditos nocturnos emergía un sonido dulce y lleno de misericordia y vida, como una miel ambarina de calidad extraordinaria. La voz de mamá cargada de consuelo.

Por otro lado, el afán por conseguir para mí una melena hermosa con el ritual de un centenar de cepillazos me llena, a mis 26 años, de ternura y gratitud. Hoy en día difícilmente me cepillo el cabello. Cuatro, cinco veces después de bañarme y deshacerme los nudos con mis manos convertidas en garras recubiertas de acondicionador. No he vuelto a conseguir esa textura suave y ondulada, amaestrada. Ahora es inequívocamente una cabellera china, suave, pero desorientada en su energía.

Creo que finalmente se reduce a la amabilísima sensación de estar en un contexto no sólo inofensivo, sino rodeado de cariño, de bienestar. Soltar el cuerpo y el alma en una piscina rellena de amor incondicional. Ahora que me adentro en ese recuerdo es como si la habitación principal de la casa en la que crecí fuera un rincón de magia y seguridad. Y tras abandonar ese rincón, me iba peinada, bonita, seca, a entregarme a otros brazos amorosos: los de Morfeo.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Bloqueo mundano

Mi sentido del gusto está atrofiado. No sé cómo pasó, ni desde cuándo es así, o si acaso es algo hereditario. Pero desde que tengo uso de la razón y de la memoria todo me gusta. Bueno, es una exageración, pero es muy cierto que casi toda la comida que se cuela entre mis labios me parece rica, y que pocas veces detecto si algo está echado a perder, por ejemplo.

Una gran ventaja de esto es que soy una comensal muy agradable y halagüeña. La mayoría de los platillos que se me sirven me parecen muy disfrutables, y algunos de plano entran en la categoría de excitantes. Y aunque me esfuerzo por detectar y apreciar texturas, colores y sabores, pocas veces puedo acertar con los ingredientes que contiene mi comida. Bueno, también contribuye a esto que soy poco analítica con las cosas que me procuran placer. Me doy la satisfacción de simplemente gozarlas. Y como no soy chef ni una gran conocedora de la cocina (razón también por la que ignoro muchas especias y técnicas), tampoco tengo mucho interés en desentrañar los secretos de una buena mesa.

Por el otro lado, la cara negativa de este aspecto de mi cuerpo es que me pierdo de algunos sutiles pero fascinantes detalles en mi paladar. "¿Detectas la vainilla?", me pregunta mi acompañante. "¿Les gustó más la hamburguesa al carbón?", inquiere el señor. Dependiendo del contexto, contesto un llano y desvergonzado "no" o un "mmm... sí" políticamente correcto.

No me molesta tanto esta situación porque a mi papá le pasaba lo mismo y ahora en mi vida prácticamente todo lo que me recuerde a él me gusta. Además, es muy agradable ser poco exigente en la vida. Vamos, con algunas cosas, por lo menos. Soy muy exigente conmigo misma, con el cumplimiento de mis sueños, con la realización de mis obligaciones, pero con otras cosas que califico de mundanas o poco significativas, me relajo y simplemente las gozo. También se suma a esto que trato de ver el mundo desde una perspectiva amable, lo cual se traduce en mayores niveles de felicidad y buena actitud.

Así que bueno, me gustaría invitar a todo aquel que lea este texto a:
1) Invitarme a comer y comprobar lo anterior
2) Pretender que les pasa lo mismo y disfrutar ampliamente sus sagrados alimentos
3) Comentarme algo al respecto de este texto, porque su silencio ya me está entristeciendo

jueves, 13 de noviembre de 2014

El misterio de los baños

Los baños son como un pedazo de otro mundo anexo a nuestro espacio doméstico. No se parecen a ninguna otra área de la casa. Son una discontinuidad disfrazada de unidad. Pretenden estar integradas al conjunto de la residencia, pero en realidad son territorios extranjeros, inhóspitos.

La socialización y la convivencia están censuradas en dicho lugar. Está mal visto compartir esos metros cuadrados con otra criatura, ya sea humana o no. Sólo las plantas, quizás por quietas y discretas, tienen el privilegio de poder permanecer junto con una persona en ese sitio alienígena.

El clima dentro de un baño es distinto al resto de la casa. Ir hacia allá es como un viaje hacia la montaña cercana a la ciudad. Es una aventura. No es un paseo cualquiera: es una muestra de coraje, una expresión de decisión y valentía. Estar ahí adentro es entregarse a un frío ambiguo o a un calor de selva y playa virgen. Se suda, por cualquiera de las dos razones y, también, por supuesto, por los retos propios de la actividad.

Los pisos y las paredes están compuestos de un material extraordinario. No es como el resto de la construcción. Es un espacio excepcional. No se sabe a ciencia cierta por qué, pero se requiere, se sabe que los baños tendrán una piel distinta, una textura inaprehensible, incomprensible.

Los espejos de los baños nos miran con recelo. Saben de nuestros secretos recientes, de nuestros olores, nuestros gemidos, nuestros colores y texturas. Nos conocen a profundidad, con intimidad, y nos miran, por lo tanto, con cuidado y con reproche.

Los baños son como un pedazo de otro mundo anexo a nuestro espacio doméstico. No se parecen a ninguna otra área de la casa. Son una discontinuidad disfrazada de unidad. Pretenden estar integradas al conjunto de la residencia, pero en realidad son territorios extranjeros, inhóspitos.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Algunos apuntes sobre la curiosidad

La curiosidad parece ser el punto donde se conectan lo mejor de nuestro intelecto y de nuestro espíritu (algunas religiones orientales creen que estos componentes, separados por la filosofía griega, son en realidad uno solo, y así lo expresa su lenguaje, en el que una sola palabra engloba ambos conceptos).

Ella permite a la mente indagar más sobre algo, pero la condición que requiere es que haya interés, apasionamiento. O sea, cuando al alma hay algo que le llama, acude entregada también con su componente intelectual. Una gran inteligencia desapasionada sólo puede convertirse en neurosis o en aburrimiento. Raras veces podemos comprometernos intelectualmente con un tema y su experimentación cuando el corazón no se siente compelido, atraído, llamado. Debe haber algo que nos seduzca irremediablemente.

La curiosidad es fuente de experiencia y por lo tanto de conocimiento; de ciencia; de arte; de relaciones interpersonales. Es fecunda. Vuelve fértil la unión entre un gran corazón y una gran mente, puesto que le asigna al primero la responsabilidad de encontrar amor, alegría, entusiasmo, dicha y exaltación en algo, y al segundo la obligación de creer, crear y crecer en el terreno de lo que escogió el primero, el líder.

Hace tiempo, creo que en el libro titulado Non Olet, leí "dime qué te llama la atención y te diré quién eres". De por sí, cada vez que leo frases compuestas de esta clásica fórmula me detengo un momento para preguntarme qué de cierto hay en ellas. En este caso, además, venía del prestigioso pensador Rafael Sánchez Ferlosio, por lo cual mi reflexión fue aún más concienzuda.

Efectivamente, coincido con el autor cuando dice que los temas que nos atraen lo hacen sin un filtro racional. Es decir, estamos prendados a ellos como a un imán. De este modo, sin barreras u obstáculos de la cabeza, la loca de la casa, podemos seguir el curso de lo que naturalmente nos atrajo y encontrar qué de nosotros hay en ello.

Por otro lado, está la expresión "la curiosidad mató al gato" (que en un principio era "la preocupación", y el tiempo se encargó de transformarlo en curiosidad). Es cierto que en ocasiones nos sentimos empujados hacia la experimentación y el descubrimiento de vivencias o temas o áreas que pueden resultar destructivas, tóxicas. ¿Hasta qué punto se debe a a nuestro "lado oscuro", a la existencia de Tánatos dentro de nosotros?

Resulta interesantísima la definición que da la Real Academia Española de la Lengua sobre la curiosidad. Dice, primero, que es el "deseo de saber o averiguar alguien lo que no le concierne", y en segundo lugar, "vicio que lleva a alguien a inquirir lo que no debiera importarle". De estos dos significados se desprende una censura hacia el curioso, porque está interesado en algo dictaminado como incorrecto, y porque es un vicioso.

Me pregunto de dónde viene esta castración intelectual en la RAE, que tantos tintes inquisitivos tiene. Se entiende que una iglesia o un Estado quiera vedar la curiosidad por lo que hay en ella de progresista y de subversiva, ¿pero una academia? Yo propongo ser curiosos en el trabajo, al volante, en el sexo, en la cocina... Curiosos y escépticos.

martes, 11 de noviembre de 2014

La funesta ficción de Francisco y su difunto farol

A Carolina Aranda, en cariñosa gratitud.

Francisco fungió como náufrago desde que Alfonsina fue fusilada en la frontera entre el Golfo y los brazos de Adolfo. Funesto final, el de aquella infidelidad. Fuera como fuese, Alfonsina, a pesar de su fogosidad y de sus fáciles ofrendas, era de fina faz y de afanosos sacrificios. Lo que uno calificaría como un fraude de buena fe. Fiel reflejo de esto era el infinito fervor de los favores que Francisco le ofrecía, sin tener informes sobre las fechorías que a su espalda su amada fabricaba.

Adolfo, fatalmente para la faena de esta fábula, era el fiestero más falaz: fascinaba a las féminas en las francachelas y, satisfecho, una fecha más tarde las fenecía con su falta de afecto. A Alfonsina le había faltado el olfato para identificar en la desfachatada facha de Adolfo la feroz figura de un adefesio disfrazado de afable. Indefensa, se refugió en el fulgor de un fuego falso, desinformada de los planes y artificios que Fernanda, una de las fallecidas de amor víctima de Adolfo, edificaba en su contra.

Así pues, una tarde febril y flemática, el afiebrado corazón de Fernanda La Formidable finalizó de urdir la infame planificación de la venganza de su aflicción: fusilar a Alfonsina, fatigada receptora de los besos del fecundo Adolfo. Una flecha bastó para transfigurar la flor de vida en materia fecal. Inerte la figura, firme la mirada en el firmamento. Fuerte y fácilmente triunfó la muerte.  

El alfabeto no disfrutaba de suficientes letras para significar o manifestar el conflicto que defendía dentro de sí el pecho de Francisco ante la defunción de su más firme motor: su flaca farol. El marino se había confundido en el tifón de su frenética existencia y, anclado a su firme amor, se extravió en el fuerte oleaje de su fanática fijación. El fango de la indiferencia perforaría al fantasma de Francisco.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Amargor añejo

Yo fui alumna del mismo colegio desde el primer año de primaria hasta el último de bachillerato. Éramos muchos los que nos conocíamos desde que teníamos cinco o seis años de edad. Sabíamos cómo eran nuestras personalidades, qué nos gustaba, con quién juntarnos y de quién huir. Pero claro, inevitablemente llegaban nuevos de vez en vez. Extraños que poco a poco dejaban de serlo. Algunos que siempre permanecieron como un misterio. Otros que irremediablemente echaban sombra sobre los ya existentes. 

En secundaria, en medio de la despreciable crisis que atravesaba mi cuerpo, que se desplazaba monstruosa y lentamente de la infancia a la edad adulta, llegó una nueva. Una de esas que eclipsaron a las que poblábamos los pasillos jorobadas porque nuestros pechos nos avergonzaba. Ella, en cambio, se meneaba con exageración, como una vulgar Lolita que a los 12 años ya va derramando deseo por donde pasa. Sacaba el pecho, para llamar la atención sobre aquello que en realidad nunca le maduró. 

Con chichis o sin ellas, la nueva llegó para quedarse y, sobre todo, para romper corazones. Las otras tontas que por ahí andábamos suspirábamos por atraer la atención de algunos de los chicos. Jurábamos que nosotras los trataríamos bien, que con nosotras serían felices. Aquella no juraba nada, y precisamente por eso los tenía haciendo fila afuera de su casa, con el anhelo de verla, de pasar un ratito con ella. 

Debo admitir que la chica era bastante cool. Vivía en una colonia cool, en la que tenía como vecinos a decenas de alumnos de aquel colegio arrogante y mamón en el que terminé inscrita. Sus papás eran cool y la dejaban ir a fiestas y a viajes y hasta le prestaban el carro. Yo definitivamente no era cool. De hecho, era de lo más equis. (Una vez le pregunté al chico del que estaba enamorada: ¿soy bonita? Y me contestó: eres normal.)

Pero también tengo que admitir que la odiaba. A pesar de que fuera una emoción irracional, a pesar de que ella no tenía la culpa de que yo fuera fea o gorda o tonta, a pesar de que envidia fuera lo único que alimentaba ese sentimiento, seguía odiándola. Es más, creo que la sigo odiando, y eso que no la he visto en veinte años y ahora lo menos que siento hacia ella es envidia. 

Me llegó la invitación hace unos días. Un par de compañeros entusiastas decidieron que sería una idea buenísima volver a vernos las caras después de veinte años de haber salido de la prepa. Están muy claras la fecha, la ciudad, la locación y la hora del encuentro. A mí, efectivamente, la idea se me hace buenísima. Una forma efectivísima de alimentar el morbo. La intensa estimulación del Facebook llevada a la vida real. Perfecto. 

No fue inmediatamente que pensé en ella. Fue hasta hace poco. Ayer o antier, quizás. Hace tiempo me llegó el rumor de que se implantó pechos, nalgas y botox, y que por el contrario se retiró costillas, arrugas y un poco de nariz. Cuando la vea me voy a reír y, directo a la cara, le voy a decir: ¡ay, Carmen, qué operada te has puesto con los años! 

miércoles, 5 de noviembre de 2014

De aniversarios y fiesta

La fiesta no tiene que ser un grupo de gente, un cartón de cervezas y música en alto volumen. Hay fiestas de uno solo y fiestas, también, de dos. 

Hoy celebro una de esas fiestas en las que sólo hay un par de invitados: mi compañero y yo. Hoy, hace dos años, en el malecón de Puerto Vallarta, sudada, despeinada y con ropa deportiva, le dije que estaba bien, que sería su novia. 

Después de ello empezó una loca vida juntos. Y aún ahora continúa un poco la locura, pero ya tenemos más raíces y también, más alas juntos. A veces me parece un milagro todo lo que hemos conseguido, y seguir cuerdos y enamorados. 

Así pues, brindo esta noche porque mi vida de pareja se prolongue hasta la muerte. Llena de locura, de aniversarios, de retos, de aventuras, de satisfacciones y de amor, tanto amor.

martes, 4 de noviembre de 2014

El Espíritu del Bosque

Durante un tiempo, no recuerdo si fue un semestre o si fueron dos, di clases de filosofía en un seminario diocesano a jóvenes que se preparaban para el sacerdocio.

Una de las materias que me fueron asignadas fue Problemas de la realidad moderna, o algo muy parecido. Recuerdo que en una de las sesiones, los jóvenes hicieron una lista de lo que ellos creían que estaba mal en el mundo de hoy. 

Por supuesto, algunos elementos enlistados eran más bien moralinos, aunque otros eran más críticos y certeros. Mientras engrandaban la lista, uno de los estudiantes agregó algo que me llamó mucho la atención. Dijo que la sociedad se estaba alejando de Dios. 

Lo primero que sentí fue mucha resonancia con sus palabras, aunque algo había en ellas que también me hacía sentir rechazo. Sería mi prejuicio por el hecho de que quien lo decía era un joven seminarista. 

Hoy vi con mi familia la película "Princesa Mononoke", de Miyazaki. Es sumamente compleja, y por lo tanto real. En ella una líder compasiva y amorosa busca destruir al Espíritu del Bosque para poder obtener los recursos de la naturaleza que su pueblo necesita para subsistir. Un joven sensible y sabio intenta al mismo tiempo detenerla y ayudarla. 

La película es tan certera, profunda e inteligente, que me hizo comprender en un instante, años más tarde, lo que aquel alumno intentaba expresar. Alejarnos de Dios solamente puede llevarnos a la autodestrucción. Y esto es porque Dios ES amor, y en la medida en que nos distanciamos de él nos volvemos ajenos a nosotros mismos y a la vida misma. 

Dos recomendaciones tengo para los lectores de este texto: ver la película y amar.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Sueños persecutores

Llevo varios días sin poder dormir tranquilamente. Mi creencia es que no hay tal cosa como "dormir bien". Me parece un pleonasmo. O se duerme, y con ello se consigue descansar, relajar, olvidar, o bien, no se duerme en absoluto, y sufre uno de insomnio, de ansiedad, de pesadillas, de viajes al baño, etc. Dormir mal es dizque dormir. Hacer como que duermes. Pretender. Es una ilusión, una fantasía. Una especie de mentira.

El domingo por la mañana salí de ducharme a una hora en que la luz se desparramaba a borbotones por todo el baño. Después de vestirme y de peinarme, me acerqué al espejo para maquillarme. Iba a empezar con los ojos y, a punto de aplicarme el rímel, el espejo me devolvió una verdad oscura, terrible: no sólo la parte inferior de mis globos oculares, sino también los párpados estaban teñidos de un morado muerto. El cansancio, silenciosamente, ha conseguido mancharme a modo de venganza.

Desde el último año de preparatoria hasta el día en que escribo esto, tuve cuatro novios. Todos, inmediatamente después de haber terminado con el anterior (el mayor tiempo transcurrido entre uno y otro fue de menos de dos meses). En ese contexto, puedo decirles que fue en tiempos de uno de esos cuatro hombres en que el no-dormir se presentó en mi vida, casi por primera vez. De día estaba contenta con mi compañero de entonces y de noche estaba contenta con mi compañero de antes. Todas las noches, durante semanas, soñé con el que había quedado atrás, y eran sueños tan reales y vívidos que era como volver a estar con él. Concluí que fue una etapa de mi vida donde fui novia de dos tipos, aunque ninguno de los dos se enteró de ello.

El año pasado, más o menos por estas fechas, comencé a tener unas pesadillas extrañas. Eran como un thriller psicológico. No había nada clásicamente aterrador en ellas: perros a punto de morder, abismos, persecuciones, asesinatos, violaciones... Nada de eso. Todo lo tenebroso en ellas era racional: el miedo enloquecido por las noches; el miedo domado en el día. Es decir: mi cerebro estaba siendo incapaz de separarse de mi estrés diurno, y todos los temores producidos por mi raciocinio (es decir: todo mi estrés) eran traducidos al mundo onírico. Y ni siquiera eran sueños surreales, locos, alucinados. Eran réplicas de mi tensión diaria.

Asustada, al borde del pánico y de la extenuación, me despertaba en medio de la noche y trataba de tranquilizarme, me hablaba dulcemente a mí misma y me aconsejaba calmarme, me procuraba amor, ternura. (Por esas mismas fechas empecé a sentir una presencia masculina malvada en mi habitación, que se limitaba a pararse en una esquina y mirarme fijamente, intimidatoriamente.)

Llevo varios días sin poder dormir tranquilamente. Han vuelto, de nuevo, esos sueños persecutores en los que no me puedo librar de mi cabeza, de mi ritmo lógico y analítico. Son sueños perfectamente fabricados y montados, como una película con un guión estricto. Y, desasosegada, a duermevela, puedo identificar cómo soy yo la que está trazando la historia, manipulando todos los elementos, controlando la entrada y la salida de diálogos y personajes. Es agotador. Cada vez que voy al baño me siento presa de una frustración gris y derrotada. Me siento víctima de mí misma. Despierto cansada y desorientada.

Anoche mi cuerpo fue el contenedor de una energía perdida, no canalizada, angustiada, anhelante, agónica, iracunda. La ansiedad me llenaba los músculos y lo único que me daba sentido de la realidad y de la calma era sentir el brazo de mi marido en la espalda, y su voz dulce y adormilada que me consolaba. La noche antes de la de ayer, en medio de uno de uno de esos trances funestos, intenté hallar la paz en medio de la tormenta y me decidí a meditar, ahí y entonces, para lograr el descanso. Al intentar concentrarme en mi respiración, mi nariz apareció en mi imaginación como un trazo cubista triangular y desproporcionado, con el aro que adorna mi fosa derecha de un tamaño gigante y un peso aplastante.

A veces siento que me estoy desfragmentando sin esperanzas de llegar a un punto pacífico dentro de mi mente. No sólo siento una nariz cubista sino un cuerpo entero sin armonía, coherencia o belleza. Siento que mis trozos han cambiado de lugar y estoy gobernada por la anarquía. Siento miedo de ir a dormir.