jueves 19 de noviembre de 2009
Tráfico citadino
Así me parece un poco más justificable su nefastez.
Título aleatorio 1
(Y aún en la desdicha, lo muy hermoso es siempre aparente, improfundizable. Por eso nos es difícil verdaderamente amar a la gente tan guapa: no podemos ir más allá de su excepcional físico.
George O'Hearn: Beautiful women are invisible.
David Kepesh: Invisible? What the hell does that mean? Invisible? They jump out at you. A beautiful woman, she stands out. She stands apart. You can't miss her.
George O'Hearn: But we never actually see the person. We see the beautiful shell. We're blocked by the beauty barrier. Yeah, we're so dazzled by the outside that we never make it inside. De la película Elegy, de Isabel Coixet.)
Desconfiemos de nosotros mismos cuando estemos felices.
Y cuando estemos eufóricos, honestamente abandonémonos.
Porque la esencia imperfecta y corrupta de todo se desvanece frente a unos ojos cegados por el instante azaroso en que hemos recibido una caricia de procedencia misteriosa y carácter fugaz.
miércoles 18 de noviembre de 2009
No hay que fiarse de los susceptibles
Un perfecto sincero sabe cuál es la dinámica de la verdad: se dice lo que se piensa (de forma cortés, de preferencia) sobre algo que alguien hace, pero sabemos de antemano que no necesariamente va vinculado a esa persona. Por ejemplo, podemos decirle a un amigo "la cagaste comprando ese suéter" y eso no quiere decir que creamos que tiene pésimo gusto para vestir. Sólo que ese suéter no nos gusta. Y cuando a los sinceros les (nos) dicen alguna verdad de este estilo, sabemos que así funciona la cosa: no es una agresión contra nosotros, sino una opinión sobre algo relativamente independiente de nosotros. Los susceptibles, de esta forma, al no ser ellos sinceros, no son conscientes de esta lógica, y por tanto se toman las cosas personales.
Así que si conocen a alguien que sea muy susceptible, desconfíen. O, por experimento, pídanle una opinión sobre algo que tenga que ver con ustedes, a ver si es sincero y les dice las cosas como realmente las cree, o si mejor prefiere decir una mentira piadosa.
Yo miseria, tú miseria, él/ella miseria, nosotros miseria, ustedes miseria, ellos/ellas miseria
Todos somos, todo el tiempo, de alguna forma, miserables. Pero nuestras miserias son distintas y peculiares, casi por completo circunstanciales.
Mi miseria, ahora, es la de tenerlo (a él) lejos, la de haber lastimado a alguien cercano, la de haber chocado (un poquito, nomás) un carro estacionado cerca de mi casa y no planear hacer nada al respecto, la de recuperar el peso que había perdido, la de sentir un cansancio horrible pues no sólo es físico, la de recriminarme algo todo todo el tiempo.
Creo, sin embargo, que hay pequeñas dosis de antídoto contra la miseria: la esperanza, la genuina y real esperanza, no la ingenua. Si en una pareja uno de los dos se siente miserable, el otro debe estar esperanzado. Si a ambos les importa un poco la relación, claro.
Y ahora que lo pienso, todo lo anterior es una estupidez. (Pfff, que ya se acabe esta semana, por favor.)
sábado 14 de noviembre de 2009
Asesinatos disimulados, cotidianos
Sus papás estaban recostados en su habitación, viendo la tele, en ese fatigado domingo por la tarde. No había necesidad de vigilar a su hijo, tan bueno y tan tranquilo, el niño.
Juan, sentado en la barra de la cocina, tenía la mirada perdida y la mente en blanco. Nada qué hacer, nada qué pensar. En un estado casi de perfecta imbecilidad.
La mosca vagaba cerca de la fruta, en espera de encontrar algo con qué mitigar esa hambre que ningún resto de comida le había permitido olvidar. El olor de una migaja de cereal, mínima, en la barra de la cocina, lo atrajo.
En un momento veloz, consecuencia de una rágafa de pensamiento tan rápida como impeceptible, causa a su vez de un movimiento pulcro y silencioso, Juan clavó la mosca al azulejo de la barra con el cuchillo con el que había estado jugando desde hace ya un rato, sin notarlo.
La mosca lanzó un chillido sordo que no llegó a la habitación de los padres.
martes 10 de noviembre de 2009
La desgracia de los cronopios y los famas
Pues bueno, me encomendaron leerlo para la clase de Literatura latinoamericana contemporánea y me dio mucho gusto que me dejaran esta tarea, porque desde el primer semestre en la Universidad una profesora me llamó cronopia, y nunca me quiso decir por qué. Me contestó: lee el libro de Cortázar. Y si bien el interés estaba ahí, nunca me había llamado demasiado esa etiqueta que alguna vez me colgaron.
Mientras leía, me di cuenta que Cortázar acentúa la cualidad (y la calidad) de ser cronopio. El absurdo de las historias cortazarianas acentúa el de las lógicas de existencia de las personas más controladoras (los famas), que no le encuentran sentido a pasarse horas sin hacer nada, o la de todos aquellos que van por la vida como si tuvieran más de una (los esperanzas). Así pues, encontré más amable acomodarme entre los cronopios: me gusta pensar de mí misma que vivo mi vida "al máximo", que soy relajada, que tengo buena onda. Pero así como me topé con esta idea, me topé con otra: seguro que todos en clase van a querer declararse cronopios. Porque, claro, ¿quién querría verse abiertamente reflejado en un ser tan despreciable como un fama o un esperanza? Y yo, claro, no creo ni que la mitad de los de mi clase sean cronopios, así que preferí concluir, momentáneamente, que yo tampoco lo era.
La lectura siguió y los tres tipos de personajes se iban desnudando sobre las páginas impresas, adquiriendo más nitidez. Entonces me di cuenta. En este pequeño mundo de Cortázar las cosas son tan fáciles como poder catalogarnos en tres distintos y no ser como los otros sino solamente como uno mismo. Pero en nuestro gran mundo complejo, rara vez es así. Qué horrible tendría que ser convivir con gente a la que no le apasiona nada, o con humanos que sólo se preocupen por quitar el polvo, o con personas a las que nada les inquieta y viven al vuelo. En qué aburrimiento caería la humanidad entera si de antemano pudiéramos etiquetar a todos y no tener nunca la posibilidad de romper esos prejuicios/estereotipos.
Yo, si quieren saberlo, soy mucho de cronopia, demasiado de esperanza y bastante de fama. Sólo así se explica que mi habitación es un desorden, me da flojera arreglarla, pero sé dónde está todo (y esto no es casualidad).
En clase, como había previsto, todos se declararon como cronopios, y los que no lo hicieron afirmaron que encontraban más divertido este tipo de existencia y que no les desagradaría ser cronopios o conocer y amar cronopios. La desgracia (o el milagro) reside en que no estamos en estado puro. Todos somos un poco de cada cual, aunque en distintas proporciones. Qué lástima que por ego, nos coleguemos tan campantemente unas cuantas palabritas clasificadoras. Y es que, en estos tiempos, ser distinto y ser auténtico son dos bienes que están a la alza. Pero eso es tema para otro post.
