Lo que dijeron aquellos

lunes, 15 de enero de 2018

Sobre la introversión. Parte II

Todo esto de lo que hablo (la velocidad en la que existimos, la disposición que tenemos hacia el contacto social…) ha sido estudiado y descubierto a través de la ciencia. Se han hecho estudios al cerebro de distintas personas y gracias a ellos se han encontrado muchas diferencias entre unos individuos y otros.

Las principales diferencias se pueden resumir en los siguientes puntos: disposición/energía para la socialización; manejo de los estímulos externos; conducta sexual; habilidad para escuchar y preferencia por no hablar; preferencia por conexiones interpersonales intensas y desagrado general hacia las conversaciones superficiales;

¿De qué maneras puedo sentir yo la presencia definitoria de la introversión en mi vida personal?

·       Desde hace muchos años (una década, quizá), en mis reflexiones personales encontré que una palabra con la que gustosa me identifico es “contemplativa”. Ahora me doy cuenta que aquella vez fue el primer acercamiento que tuve al descubrimiento reciente de la introversión. Y es que desde que tengo uso de la memoria me siento contenta y me regocijo en la tranquilidad de mis pensamientos, de la música (particularmente las melodías melancólicas), la lectura, observar en espacios públicos a las personas, o las charlas largas y sinceras. No me considero una persona de mucha acción, o por lo menos de mucho movimiento físico. Más bien tengo una gran actividad mental y emocional.  Otra palabra con la que años después me identifiqué y adopté fue la de “hogareña”. Una vez que me gradué de la universidad y que dejé atrás esa etapa de fiestas y amigos y aventuras citadinas, caí en la cuenta de que prefería estar en la comodidad y la seguridad de mi casa. Salir a la calle a mandados o al trabajo me agotaba. Me fastidiaba con la actitud nefasta de los conductores, con el desagradable olor del aire contaminado, con los claxon y las prisas, con el calor… Cuando era más chica soñaba con viajar por el mundo, y aseguraba que viajar era uno de mis intereses: me avergüenza un poco confesar que ahora ya no es el caso a tal grado. Aún conservo el apasionamiento por otras culturas, por arquitecturas desconocidas, por rostros de rasgos distintos, por lenguas que me resultan ajenas excepto por su musicalidad. Sin embargo, ahora creo que sólo podría viajar de un solo modo: lento. Platicar con calma con personas locales, recorrer con tranquilidad calles que no figuran en los mapas turísticos, procesar con tiempo lo que he visto, olido, escuchado, saboreado y tocado. De otro modo, considerando lo cansado que es viajar, prefiero quedarme en casa y, por usar una frase ya trillada, viajar hacia dentro.

·      Tengo la creencia de que soy una persona bastante amable, empática y generosa (en general), pero al mismo tiempo soy fría y distante. Mi calidez sólo dura unos momentos y está condicionada al hecho de poder salir de la situación casi inmediatamente. Si ese no es el caso, entro de lleno en mi modalidad ausente, cortante, incómoda.

·       Soy hija y nieta de políticos. En mi crianza, el valor de la diplomacia siempre tuvo un lugar importante. Hay que tratar de conservar la ecuanimidad, ser amable con todos, procurar no entrar en conflicto y ser, en general, estratega en la interacción con los otros. Hasta hace poquísimo tiempo yo traté de cumplir este precepto al pie de la letra. Sin embargo, con el paso de los años me resultaba cada vez más difícil, aunque no sabía por qué. Y desde que descubrí el universo de la introversión, creo entender la razón. Por una parte, tengo un interés muy pequeño en intercambios sociales superficiales. Más aún cuando mi(s) interlocutor(es) me cae(n) mal o me da(n) mala espina. Lo que yo realmente busco es encontrar personas dispuestas a ser honestas y a tener un diálogo extenso y detallado (incluso analítico) de temas importantes (para ellas o para mí o para ambas partes). Por otra parte, la diplomacia me cuesta trabajo también porque si las condiciones anteriores no están dadas, comienzo a perder la paciencia y la buena onda. Me empiezo a abrumar. Luego a estresar. Luego a cansar. Y por último a deprimir. ME QUIERO IR. Entonces lo que he empezado a hacer de un tiempo para acá es que, efectivamente, me voy. No siempre físicamente (aunque lo suelo hacer en lugares públicos y en particular si es mi esposo quien está hablando con las otras personas, lo cual sucede mayoritariamente), pero sí energéticamente: me concentro en jugar con mi hija o con un perro o a ver las nubes o a leer el menú. Porque de algún modo el entorno me resulta hostil, me retiro dentro de mí misma. Este comportamiento puede ser juzgado como grosero y lo entiendo perfectamente, pero prefiero ser malentendida que atravesar el dolor, físico incluso, de una interacción superficial prolongada.

·       Desde siempre he tenido la habilidad o la disposición para escuchar a la gente. Tengo un recuerdo de la primaria (yo creo que tendría ocho o diez años) en el que una compañerita, que en ese entonces era mi amiga, me decía que yo era como su psicóloga. Comentarios de ese tipo me han acompañado toda la vida, hasta la fecha. Y al día de hoy disfruto escuchar a las personas. Me fascinan sus historias, las palabras que usan, los gestos que hacen, la entonación que tienen, el reflejo que me aportan de mí misma. (Todo esto, claro, cuando se atreven y se sueltan a contarme cosas valiosas o significativas de sí mismos y no cosas como el clima o la política). Pero me es menos fácil hablar. Al menos cuando no tengo la certeza absoluta de que a mi interlocutor le interesa lo que tengo que decir. Si abiertamente me piden mi opinión o mi experiencia o una historia, y me dan el micrófono, entonces puedo hablar largo y tendido, como conferencista. De lo contrario, me siento apática o insegura. Me cae mal pensar en la posibilidad de que no me estén escuchando realmente (lo cual es visible, con frecuencia), o de que me interrumpan. Detesto que me interrumpan y procuro eliminar esa posibilidad cuando platico con alguien. (Confieso que es difícil para mí no tomarme las interrupciones de forma personal: con frecuencia las interpreto no sólo como una falta de respeto sino de interés. Quizá sea, de nueva cuenta, el león soberbio que llevo dentro, que no perdona que alguien lo considere inferior de lo que se considera a sí mismo.) Por otro lado, no soy tímida para nada. No me cuesta trabajo hablar frente a una audiencia, llegar a una oficina y exponer un caso o pedir informes, romper el hielo, tomar el papel de líder, hacer un cumplido. Pero todo esto siempre y cuando sea breve. Si el intercambio se va a extender, quiero que sea profundo y significativo. O como decía antes, termino por sentirme deprimida. Otra cosa curiosa relacionada a este tema es que desde siempre yo he preferido escribir mensajes importantes que hablarlos, ya sea en persona o mucho menos por teléfono (detesto hablar por teléfono; más aún cuando es para hacer gestiones de algún tipo). Antes daba por sentado que la razón se debía a mi inclinación y pasión por la escritura, porque creo que tengo habilidades para ello. Sin embargo, hace poco contemplé (bueno, no, más bien lo encontré en uno de los artículos de Internet que leí sobre la introversión y comprendí que se adecuaba a mí) la posibilidad de que la razón real detrás de esto es, justamente, que soy introvertida. Así que escribir es mucho más fácil y más fructífero para mí que hablar en persona.

·       La introversión y el sexo. Ah, tema complejo y delicado. La verdad es que nunca en mi vida he sentido una loca atracción hacia el sexo. Me resulta un tema más bien indiferente. No sobresale en mi lista de intereses. No es una necesidad frecuente. No es un deseo recurrente. Y al respecto siempre me sentí mal. Avergonzada y acomplejada. Rara. Peor aún: anormal. Y muchas veces fingí las ganas. Y muchas veces fingí orgasmos. Me parecía que tenía que satisfacer una expectativa social más que un llamado interno. Eventualmente me di cuenta que las únicas veces en las que sin excepción me sentía cachonda era cuando estaba tomada. De dos o tres cervezas en adelante. En varias ocasiones busqué en Internet términos como “asexual” o “baja libido”. Algunos resultados me retrataban, otros no. Después consideré que quizá mi desinterés se debía al abuso sexual que sufrí de niña, y que mi abulia sexual se debía a resabios psicológicos y emocionales de esa temprana experiencia. Y una noche de la semana pasada en la que estaba viendo un episodio de una serie en Netflix con mi esposo, inesperadamente, lo comprendí. A través de la experiencia de uno de los personajes del episodio, que era de carácter parecido al mío y que mostraba más interés por su calma interior que por una escena de sexo casual con una conocida, vislumbré una posibilidad. Se encendió una luz en mi cabeza. ¿Podía ser por la introversión, ese comportamiento? Y pocas horas después me encontraba googleando “sex as an introvert” (el sexo como una persona introvertida). Y ahí estaban, páginas y páginas de resultados, ilustración tras ilustración. Resulta que la respuesta a mi pregunta era un gran SÍ. 

·       Incluso para la elección laboral importa esto de la introversión. Yo me di cuenta en la universidad, hace más o menos diez años, que para mí era difícil ocupar puestos de liderazgo por tiempos prolongados. Pronto mi atención pasaba de estar concentrada a difusa. Me iba por las ramas hacia las nubes. Me disgustaba el trabajo en equipo. Olvidaba cosas o me daba pereza cumplir con deberes. Para lo que sí era buena era obedecer órdenes. Alguien me decía qué hacer y para cuándo y el mundo se me presentaba como facilito. Ni siquiera me tenían que decir cómo hacerlo: la inteligencia me sobraba para resolver esas cuestiones. También descubrí que soy muy amable con las personas mientras que no tenga que enfrentarme a ellas todos los días, o resolver conflictos o contestar llamadas telefónicas. Es decir, si hay que repartir suéteres en una comunidad vulnerable o resolver las dudas en una actividad infantil pública, soy la persona perfecta. Soy paciente, eficaz, clara y sé escuchar y leer rostros y tonos de voz. Sin embargo, si me necesitas como asistente personal o secretaria para resolver obstáculos, asistir a un montón de juntas o agendar reuniones sin conflictos de horarios o locaciones, no soy la persona ideal. Guácala. Pues descubrí también en mi pequeña investigación casera que hay infográficos que con base en un pequeño test de personalidad y preferencias te ayudan a clarificar cómo operas mejor y qué trabajos se adaptan mejor a ti. No me sorprendió cuando la conclusión fue que mis mayores fortalezas podrían radicar en escribir y en diseñar moda: mis más grandes pasiones.

·       Creo que he llegado a pensar que una de las mayores expresiones de intimidad entre dos personas es la silenciosa convivencia. Para mí poder estar en silencio en compañía de otra persona es sinónimo de confianza, seguridad, alivio y, simplemente, comodidad. Creo que es para mí una forma etérea de decir “te quiero”. Pero el silencio cuando hay otra persona presente no me viene fácil. Normalmente me siento insegura. Y esta inseguridad nace de la creencia o la sensación opresiva de que la expectativa es que hable, que entretenga a la otra persona. Tengo que luchar contra el impulso de llenar el vacío. Tengo que respirar hondo, hallar dentro de mí el deseo de estar en silencio y tomar entonces el riesgo de que la otra persona se aburra o se incomoda o desapruebe la situación. O peor, que me desapruebe a mí. Pero prefiero la desaprobación de la versión sincera de mí misma que la aceptación de una versión falsa. Y cuando me quedo callada y la otra persona también y en el aire flota una aromática y liviana comodidad, entonces un milagro ocurre y de pronto me encuentro en otro estadio de la relación con esa persona. Uno que es honesto, vulnerable y amoroso.

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viernes, 12 de enero de 2018

Sobre la introversión. Parte I

Yo desde siempre me consideré una chica extrovertida. Me gustaba, o eso creía, la gente, las fiestas, el ruido, el alboroto.

(Creo que parte de envejecer es ver con claridad la ingenuidad de nuestros yo más jóvenes.)

Ahora comprendo que en gran medida era necesidad de aprobación, de pertenecer. Era, pues, la inseguridad propia de la joven edad. Recuerdo vagamente que los años de la secundaria, de los 12 a los 14, estar con amigos era una forma de confirmar mi existencia. Me aterraba la idea de que estar encerrada en mi casa, ausente de la esfera social, invisible, era una forma de muerte. Yo creía que tenía que hacer un esfuerzo por hacerme presente porque, de otro modo, pasaba a ser indiferente. Nadie me vería, me pensaría.

Además estaba el placer que en efecto daba la validación y la admiración de los amigos y conocidos. O el rechazo, viniendo de las personas correctas. Los golpes de dopamina en la cabeza cuando los rostros que me rodeaban reventaban en risas tras una broma mía. Los múltiples piquetes de nervios en el estómago cuando algún chico me miraba con intensidad o cuando una amiga me comunicaba que yo le gustaba a alguien. La indescriptible sensación, cálida y refrescante a un mismo tiempo, de que se acercara un amigo a platicarme algo que nadie más podía saber; la misma sensación cuando observaba al grupo y entonces notaba que alguien, hastiado, miraba alrededor para buscar un rato ameno y al localizarme se dirigían hacia mí; la misma sensación de saberme querida y necesitada.

A veces pienso, hoy en día, con un dejo de vergüenza, que realmente soy como suelen describir en los horóscopos a los de mi signo, los reyes de la selva. Egocéntrica, arrogante, famélica de atención. Y escribiendo esto me doy cuenta que la conducta adictiva que despliego hacia las redes sociales digitales es la misma que exhibía hacia las redes sociales físicas, análogas, presenciales, llámeseles como sea. ¿Hasta qué punto se perpetúa en mí una inseguridad que falsamente cree que será aliviada con aprobación externa?

Pero me estoy desviando. Yo quería hablar de la introversión.

Conforme los años han ido pasando (qué cierto es que los años no pasan en balde), he notado cosas en mí que antes no estaban o antes no notaba. Y puedo decir, con absoluta certeza, que estos últimos meses (¿seis, ocho?), han sido de ir descubriendo las múltiples formas e intensidades en que soy introvertida. Esta etapa de mi vida se está definiendo por lo mucho que me estoy conociendo a mí misma desde el ángulo de la introversión. Encontrar esa palabra y todas sus implicaciones ha significado para mí poder darle nombre y forma a unas sensaciones y sentimientos que he tenido por años y que permanecían borrosos, amorfos, incomprensibles.

Todo empezó, como decía, hace unos meses, cuando mi esposo me mostró un texto que escribió una mujer que él sigue en Twitter. En él, ella detallaba aspectos íntimos de su vida que en general la perfilaban como una mujer solitaria y sufrida. Sentí pena por ella. Pero también me sentí identificada en mucho de lo que decía. Por dar un ejemplo, la falta de deseo de socializar con frecuencia.

Y no sé si fue ella misma quien utilizó en algún punto de su ensayo la palabra "introvertida". No sé, sinceramente, como llegué a esa palabra tan importa, tan significativa para mí. Lástima, hubiera sido interesante agregar ese detalle a esta narración. El caso es que llegué. Y se abrió un mundo para mí. Más bien, fue como si se hubiera abierto una gran puerta, gruesa y pesada, y detrás de ella hubiera un espejo que me retrataba con nitidez.

Lo primero que aprendí fue que la característica esencial que diferencia a los introvertidos de los extrovertidos es la respuesta que tienen a la socialización. Los primeros nos desgastamos cuando socializamos. Los segundos, por el contrario, recargan pila cuando conviven.

¡Wow! Qué maravilloso fue encontrar artículos y estudios y ensayos de los cuales extraer la tierna sensación de que soy sana, de que estoy acompañada, de que hay quien me comprende en el mundo. Quizá sea de nueva cuenta lo mismo: la poderosa necesidad de pertenecer a un grupo, satisfecha al fin. Mi sentir y mi experiencia tienen un nombre: introversión, y es normal y así estoy bien.

Y es que otra cosa que encontré es que el mundo tiene por norma general considerar como sano, jovial, alegre y vital lo que es extrovertido. Y todo lo que pertenece al universo de los introvertidos es considerado como anormal, raro, imperfecto o defectuoso: tímidos, inseguros, atemorizados, aburridos, deprimidos, solitarios. Pero la realidad detrás de estos estereotipos es muy compleja, como veremos pronto.

Yo llevaba un tiempo ya de haberme dado cuenta que opero de forma lenta. *Lenta*. Lenta. Lenta. Llegué a esa conclusión, según recuerdo, en la época en la que me separé de mi esposo. Estaba embarazada, engripada, triste y cansada tratando de pensar en qué había salido mal, qué podía cambiar, qué quería yo que fuera diferente, qué necesitaba y qué quería para mi vida. Y entonces di pie con bola. Una de las principales diferencias entre mi marido y yo es que él va bastante rápido. Acelerado, me parece a mí, pero dejémoslo en rápido. Y yo con frecuencia me hallaba sintiéndome presionada, atropellada y abrumada. Y con toda claridad llegó a mí la idea: yo soy lenta.

Pienso lento. Camino lento. Hablo lento. Reacciono lento. Como lento. Decido lento.

Otras cosas las hago con relativa rapidez: orino de volada, manejo con cierta brusquedad, hago maletas a la velocidad de la luz, escojo regalos a la brevedad.

Sin embargo, como podrán ver, las funciones más básicas e importantes de mi cuerpo (caminar, comer) y de mi psique (pensar, hablar) me requieren de bastante tiempo. Y esa es una de las razones por las que durante los primeros años juntos tuvimos problemas serios: porque yo no era consciente de esa parsimonia de mi personalidad y no sabía, por lo tanto, que ni yo ni mi cónyuge estábamos respetando esa característica. Y por tanto yo me sentía violada y no valorada, y como consecuencia, resentida y enojada.

Esta lentitud de la que hablo, oh sorpresa, no es un rasgo exclusivo mío. Es, como seguramente ya adivinaron, una parte común y corriente de los introvertidos.

jueves, 29 de diciembre de 2016

2016 o La reina de la selva

Sobre todo durante mis años universitarios, pero creo que también cuando estudiaba la preparatoria, tenía la costumbre de escribir un texto los últimos días de diciembre para hacer una especie de resumen de lo que había sido el año y poder conservarlo para la posteridad, o bien, para hacer un ejercicio reflexivo y poder aprender de lo vivido.

Este año ha sido el más difícil, el más importante y el más definitorio de mi vida. Casualmente ha sido un año que ha recibido reclamos, juicios y rechazo, porque tantos famosos han muerto en alguno de sus 365 días. Sin embargo, para mí fue librar una batalla y salir triunfante. Ha requerido de toda mi paciencia, intuición, sabiduría, valentía, fuerza y amor para llegar a donde estoy hoy, escribiendo esto.

Me gustaría poder redactar estas líneas con vanidad, como quien mira por encima del hombro y hace un desaire fatuo. Pero la verdad es que estuve cerca de perder la guerra, y a la hora de recordar lo vivido, que como bien dicen es volver a vivirlo, sufro de temor, de nerviosismo, de angustia. Siento mucha resistencia de entrar en los detalles de lo que los últimos 12 meses trajeron consigo.
El 2016 pasará a la historia de mi vida como la vuelta al sol en la que aprendí a ser madre y a ser esposa. Duras tareas, ambas. Y al mismo tiempo que son grandes los gozos y profundas las satisfacciones que de esos dos papeles puede una mujer experimentar, el esfuerzo que requieren y el dolor que implican son igualmente grandes. Son labores monumentales que requieren todo de una, para poder sobrevivir , fructificar y trascender. Y para poder desempeñarlos con compromiso y conciencia, hay que echar mano de las fibras íntimas. Todas las creencias, las heridas, los anhelos, los sueños y las herramientas que conforman el alma de uno, quedan involucradas e invertidas por completo. Hay que tener cabeza, corazón y agallas para salir adelante cuando se está en la más profunda desesperación

Quisiera confesar que esta es la tercera vez que intento escribir este texto. Hay algo en esta tarea que me resulta intimidante. Una cuesta que se me antoja demasiado escarpada.

Estaba decidida a hablar sobre lo que ha sido para mí ser esposa y ser madre. Y no es que eso haya sido lo único que trajo consigo el 2016. Hubo otras cosas, como aprender a ser una mejor madrastra y disfrutar los placeres consecuencia de una relación más estable y fructífera con mi hijastro. O descubrir, tras más de quince años de sospecharlo, que tengo una deformidad en el cuerpo que me ha acarreado vergüenza, acomplejamiento y problemas para la intimidad: por fin la ciencia me respalda en una queja y un dolor que he arrastrado por años. O también, para dar otro ejemplo, el 2016 me mostró cómo una mujer con un bebé pequeñito deja sutilmente, casi sin notarlo, de ser mujer y queda convertida casi exclusivamente en la mamá de la criaturita: despeinada, preocupada, cansada, hastiada, insatisfecha con su cuerpo, desconcertada frente a su nueva realidad, perdida entre la frustración temporal de las metas profesionales y el gozo de la maternidad de tiempo completo… y así, cuando de pronto esa mujer nota que un hombre la mira con interés y deseo, y se mira a sí misma con los ojos del desconocido, en un segundo hace un viaje de mil kilómetros de su realidad de papillas, lactancia y siestas hasta aterrizar en la realidad de su cuerpo con un par de nalgas, un par de tetas y una sonrisa que junto con el brillo en los ojos confirma el gusto de saberse gustada. Muy importante así mismo, el 2016 me trajo la profunda satisfacción del yoga y su bienestar físico y espiritual, y el descubrimiento de la filosofía de la Higiene Natural, una forma de alimentación que me nutre no sólo el cuerpo sino, asombrosa y sorpresivamente, el alma también.

Como decía, aprendí sobre todo dos cosas este año. Pero resulta que sobre la primera no quiero entrar en detalles. Una relación íntima y prolongada entre dos personas es un fenómeno lleno de complejidades, misterios, sutilezas, recuerdos, secretos, gestos, silencios, locuras y perdón. Sólo ellos saben y reconocen las texturas que componen su telar. Y por ello sólo voy a decir que comencé el año separada de mi esposo, contemplando la posibilidad de divorciarme, y lo termino a su lado, serena, a veces enojada, enamorada y agradecida, plenamente comprometida y en total confianza. Es cursi, pero es cierto que entre otras cosas es mi mejor amigo y lo amo con locura.

Y resulta que sobre la segunda sí quiero entrar en detalles, pero son demasiados, tantos que si  los comento todos el texto se desvirtúa y queda convertido en un testimonio de lactancia, más que un paseo o una síntesis de lo que representó para mí esta última vuelta al sol. Creo que mejor voy a intentar escribir una nota sucinta. Algo que contenga la información suficiente para fungir como una documentación de lo vivido y también para empoderar y acompañar a otras mujeres en el mundo. Y que sea breve, humilde, porque no soy experta en el tema pero sí soy la única que está viviendo mi vida.

Después de terapia y confesiones sinceras y dolorosas y trabajo y perdón y dolor y voluntad y deseo, el domingo 14 de febrero, día de San Valentín, de los enamorados, del amor y de la amistad, volví a la casa matrimonial.

El tercer trimestre del embarazo comenzó. Dolores en la espalda baja, pesadez, cansancio, incomodidad para dormir. Por otro lado, la locura de la bebé dentro del vientre era maravillosa: pateaba, manoteaba, aparecían bolas en la panza, sentía los golpes, a veces en las costillas. Cada que comía, prácticamente, me bajaba la presión. Toda la sangre se me iba al estómago. No podía acostarme boca arriba porque lo mismo. Sentía que me ahogaba.

Decidimos que queríamos que Emilia (después de discusiones tontas decidimos el nombre) naciera en agua, fuera del hospital. Las pocas semanas y días previos al nacimiento estuvimos haciendo todas las compras para tener todo listo y en perfectas condiciones para el momento de la verdad.

Y con gracia y decisión, la niña anunció, con contracciones, su llegada al mundo desde la noche del viernes 06 de mayo. 40 semanas exactamente. Dormí mal esa noche. O poco, mejor dicho. Me desperté en la madrugada a caminar, porque podía tolerar mejor el dolor de esa manera. El sábado 07 nos fuimos desde las 7 de la mañana a la casa de partos, a provocar y vivir las contracciones.

Hay algo muy pesadillesco de recordar el trabajo de parto de Emilia. Yo no sé si esto les pasa a todas las mujeres. Espero que no. Seguro que no. Pero siento una gran resistencia interna a adentrarme en esos rincones de la memoria. Me pongo tensa. Y es que si recordar es volver a vivir, me da miedo repetir el dolor y el sufrimiento que representó para mí esa experiencia. Dolor físico de la dilatación y sufrimiento psicológico por la incertidumbre. Pero de todo esto hablaré con detalle en su debido tiempo.

Después de un rato de estar caminando de un extremo a otro de la habitación matrimonial en medio de la oscuridad de la madrugada, mi compañero se despertó y levantó de la cama. Mitad con miedo, mitad con emoción, o quizás más que emoción, solidaridad. Llevaba cuenta del intervalo de las contracciones en una aplicación del celular que había descargado ex profeso para la ocasión.

Como decía, a las 7 de la mañana aproximadamente estábamos (mi esposo, su hijo y yo) saliendo de casa rumbo a la casa de partos. Parecía una odisea. Dos maletas relativamente grandes y voluminosas. En una, todo lo relacionado a la bebé: ropa, pañales, biberón, toallas húmedas, gorros, calcetas, guantes... En la otra, lo necesario para que mi marido y yo pudiéramos pernoctar y poder bañarnos en otro sitio que no sería nuestro hogar. Además mi hijastro llevaba su computadora (creo recordar) para hacer más llevadera la espera. Parecía que el equipaje nos estaba ganando la batalla. Creo que a mí me intimidaba nomás de verlo. En fin, llegamos a la casa y yo ya estaba exhausta. Quién sabe cuántas horas llevaba ya despierta y de pie.

En algún momento me tomé una siesta. Parecía imposible pero así fue. Me recosté de lado en un tapete (sabe Dios qué sería, la verdad no lo recuerdo) y, poco a poco, con suavidad, caí dormida. No sé durante cuánto tiempo dormí, pero sí sé que al despertar no había dilatado prácticamente nada más, así que la doctora que me estaba supervisando me mandó hacer algunos ejercicios para acelerar el proceso. Primero y sobre todo: caminar.

Mi esposo y yo nos salimos a la calle, que estaba soleada y casi vacía y comenzamos una caminata de arriba para abajo y de abajo para arriba por el empedrado. No me acuerdo ya por qué, pero nos empezamos a reír de alguna tontería que inventamos en ese rato. Me relajó muchísimo. Así que estaba entre carcajada y entre dolorón de dilatación. Después de un rato, cuando me cansé de cargar de un lado a otro los 12 kilos que subí en el embarazo, nos volvimos a internar en la casa de partos. Ya había dilatado bastante más. Pero había que hacer más ejercicios: subir y bajar las escaleras.

Íbamos despacio, mi compañero inseparable y yo, pasito a pasito. Me dolía. Me fatigaba. Yo creo que repetimos el ejercicio como 15 veces. Me acuerdo que en algún momento, cuando ya estaba bien cansada y con bastante más de dilatación, le hice una broma a la doctora. Ella decía que nunca había visto a una mujer que en ese grado de dilatación conservara tan buen ánimo. No sé exactamente cuándo, pero pedí y me comí un plato de huevos. No había desayunado. Hay fotos de ello. También comentó sobre la excepcionalidad de esto.

También recuerdo que a la doctora le pareció buena idea que yo me diera un regaderazo. Con la ayuda de mi marido me desnudé y me metí bajo los chorros de agua. Qué cosa tan horrenda. Cada gota me pegaba en el cuerpo como si fuera de plomo y no de agua. Me irritó muchísimo y salí de la regadera enojada y sensible, derrotada y fúrica. Creo que después de eso fue que juzgué que ya era buen momento para meterme en la tina y traer al mundo a la criaturita que llevaba en mis entrañas. Serían, más o menos, las 4 de la tarde.

El calor del agua me reconfortó, aunque fue vergonzoso entrar a ese espacio en esas circunstancias frente a personas no íntimas (el pediatra y la enfermera, sobre todo). Yo ya quería llorar, quería expulsar al parásito, quería dormir en mi camita. Y sin embargo, estaba atorada en esa situación. Y atorada también sentía a Emilia en mis adentros. Me ponía en posición de ranita, una pierna sobre el piso y la otra levantada, a gatas, nada. Suelta, me decía el pediatra. No importa que te hagas popó. Hazte popó, me dijo. Y pareciera que eso lo cambió todo. Efectivamente sentía deseos de hacer popó. Pero para mí resultaba absolutamente incomprensible, inimaginable, defecar frente a otras personas. En una tina. Justo donde yo y mi proceso somos el centro de atención, depositar un pedazo de popó. Me podía imaginar el asco que le daría a mi esposo. Me parecía un acto bárbaro, salvaje, vulgar, brutal. No. No me iba a cagar. Y entonces me cerré. Apreté. Apreté el ano y por consecuencia la vagina. Y quería soltar. Me daba lástima y tristeza mi situación y quería que terminara y quería soltar y simplemente era incapaz. Me aferraba como si de eso dependiera mi vida. No quería que nadie hablara ni me tocara. Estaba exhausta, asustada, frágil. Emilia no iba a nacer ahí. Tenía que ir a un hospital a pedir ayuda. Y el hospital representaba para mí la entrada al infierno. Y a las 7 de la tarde, convencida de que era mi única alternativa ante la muerte (mía o de la bebé o de ambas), declaré, llena de pánico, que teníamos que trasladar el proyecto a un hospital.

Y dicho y hecho. El infierno mismo.

Me quisieron rasurar el pubis. Me negué rotundamente. Me pusieron catéter y me dolió como si todo mi sistema nervioso estuviera ubicado en el dorso de mi mano. El doctor me dijo que Emilia venía transversa, que no había podido hacer la última rotación, que iba a intentar el parto pero que no me prometía nada, que quizás sería cesárea. Yo recuerdo haberle implorado que así fuera. Mi marido dice que se lo grité. Me metió un gancho en la vagina y rompió la bolsa que tan amorosamente guardó a Emilia por nueve meses. El líquido salió transparente. La pequeña estaba completamente bien. Me separaron de mi marido y me metieron al quirófano. Me intentaron doblar para inyectarme la epidural y no podía. Con un vientre tan grande, y en labor de parto, ¿cómo iba a doblarme? El anestesiólogo me dijo que sólo podía esperar si estaba teniendo una contracción. Estaba asustada, adolorida, agotada, ¡nada me resultaba claro! ¡No sabía si estaba teniendo una contracción! Y luego sí, sí supe, fue clarísimo. ¡¡Sí!!, le grité al anestesiólogo la segunda vez que me preguntó que si estaba teniendo una contracción. A lo que me respondió, a mí no me grite, a mí dígame sí, doctor. Imbécil. Aún no le he perdonado ese gesto de egoísmo y crueldad. Y lo que sigue es aún más confuso. De pronto volví a ver a mi marido, al segundo siguiente dije que ya me quería morir y el ginecólogo hizo la pésima broma de que primero tenía que parir y luego podía hacer lo que quisiera, después tenía a dos o tres tipos encima de mi vientre apoyando todo su peso para empujar a Emilia hacia el mundo, parpadeé y mi esposo me reconfortaba y me decía que ya había nacido la niña, y a mí me dolían hasta las pestañas, y en vez de tenerla en mis brazos y ofrecerle teta y darle calor y que su padre cortara el cordón umbilical, lo hicieron ellos, demasiado pronto, y se llevaron a la bebita consigo, demasiado pronto, justo un segundo después de haberla puesto sobre mi pecho. Y lo siguiente que recuerdo es haber estado acostada sobre la camilla, sola, en un pasillo del hospital blanco, gélido y vacío, con la bebé imposiblemente diminuta y luchando con toda mi voluntad para no quedarme dormida y poder cuidarla, alimentarla, reconfortarla. Luego me enteré que sin pedirme permiso o darme por lo menos aviso, me habían inyectado un tranquilizante. Tuve que pedir la ayuda de una enfermera que de otro modo nunca se hubiera acercado. No sé cómo lo hice. Igualmente tuve que pedir la ayuda de una enfermera para poder darle pecho a Emilia. Y ahí comenzó el viacrucis de la lactancia.

Tengo los pechos muy redondos (y muy grandes, desde el embarazo) y los pezones muy pequeños. ¿Y a mí qué me importa?, podrán preguntar todas aquellas personas que no han sido madres lactantes. Pues bien, esas dos características, más el hecho de que Emilia nació muy pequeñita y su boca abierta formaba apenas un espacio minúsculo, fueron decisivas para lo que al paso de los días se convertiría en un martirio. Una de las claves para una lactancia exitosa es que el recién nacido meta en su boca no sólo el pezón sino parte de la aureola de la madre, para que los movimientos de su mandíbula estimulen las glándulas que hay en el pecho materno y, muy importante, para que el pezón de la madre vaya lo más profundo posible, sin ninguna posibilidad de que el bebé lo lastime con sus encías. Pues bien, simple y sencillamente, Emilia no podía hacer eso. Era físicamente imposible. Entre sus labios sólo cabía mi pezón. ¿Y qué pasó? Al cabo de un par de días empecé con dolor y a sangrar y a sufrir. También está el hecho de que no sabía cómo posicionar a Emilia para que estuviera cómoda para mamar eficazmente y en paz.

Primero, un día, le llamé por teléfono a mi hermana para llorar y decirle que no sabía lo que hacía. Me consoló, me dijo que era normal, que no me agobiara si le tenía que dar un poco de fórmula. Me pasó el número de una asesora de lactancia que también me dijo que era normal y me tranquilizó, pero siendo que ella estaba en otra ciudad no pudo hacer mucho por mí. El ginecólogo me revisó y no me dijo nada. Me dijo que hay mujeres que simplemente no pueden amamantar, que si no podía no me angustiara. El pediatra de mi hija me revisó y me dijo que usara pezoneras (un pedazo de plástico con forma de un tipo de pezón con el tamaño de un tipo de pezón, entre las decenas y cientos que hay). Vino a verme la doctora con la que iba a parir a Emilia en agua. Me corrigió la postura, y el dolor se fue. Como magia. Sentí una alegría inmensa. Y momentos antes de que se fuera, me volvió a doler de nuevo. Ella tenía otro compromiso y no pudo quedarse a mejorar la situación. Absolutamente nada cambió. En cuanto me quedé sola me dio un ataque de ansiedad. En pleno mayo vallartense necesité calcetas, suéter y el abrazo de la mujer que me ayuda con el aseo en la casa. Yo temblaba, sentía que me congelaba, los dientes me titiritaban. Estaba profundamente asustada. Me sentía al borde de un abismo, totalmente sola y sin más remedio que caer hasta el fondo. El fondo de la soledad, del dolor, de la tristeza. Pero me causaba una desolación tan absoluta pensar en darle a mi bebé un alimento procesado que atravesé el dolor y el terror y el llanto. Hasta que me recomendaron a una asesora de lactancia de San Luis Potosí que, a través de fotos y vídeos y mensajes de voz de whatsapp, finalmente me dijo que tenía que suspender la lactancia por tres días, porque mis pezones estaban demasiado heridos y necesitaban descansar para sanar. Fue en el décimo octavo día de vida de Emilia. Lo recuerdo a la perfección. Y el día en que cumplió tres semanas de vida, por fin recibí en mi casa a una asesora en lactancia capacitada y profesional que salvó mi lactancia. Lo digo sin reparos. Si no hubiera sido por su ayuda, habría claudicado. Básicamente me dijo lo que ya les he compartido: por la forma de mis pechos y el tamaño de la boca de Emilia no había mucho que se podía hacer más que esperar a que creciera. Probamos varias posiciones a ver cuál me sentaba mejor y juntas descubrimos que acostada era la que más me convenía. Y las siguientes cuatro semanas, más o menos, me la pasé acostada de lado prácticamente todo el día, todos los días. Y a pesar de que la asesora me dijo que no suspendiera de golpe la fórmula que le estuvimos dando por tres días por riesgo de deshidratación y subalimentación, lo hice de todos modos. Y la pobre Emilia lloraba. Ahora me doy cuenta que de hambre. Procuraba salirme a pasear con ella todos los días aunque solo fuera un ratito para descansar de estar tantas horas acostada. La llevaba en el fular. Y por cuadras y cuadras ella lloraba. Hasta que finalmente se quedaba dormida. Fue así una semana, más o menos. Después ya no quería hacer eso tampoco porque la tela del brasserie se pegaba al pezón y al momento de despegarla se abría la herida y me dolía con locura. Hasta que alguien me dijo que podía usar conchas protectoras, una especie de plástico que aísla el pezón lastimado y al mismo tiempo recolecta la leche que gotea. Fue maravilloso y me cambió la vida, a pesar de que pronto se llenaban de mi leche y empezaban a escurrir. Incluso así de impráctico, fue una verdadera bendición.

Y luego las mastitis. Y la bola que se me formó en el seno derecho. Otra pesadilla. Pesadillas, pues fue en plural. La mastitis es un absceso en los conductos de la leche, precisamente porque hay tanta y se está abasteciendo de forma tan rápida. Duelen de forma horrenda los pechos, se siente como que una parte de tu cuerpo estuviera traicionando tu voluntad o la propia integridad y bienestar de la anatomía. Se ponen calientes, puede dar fiebre, duelen hasta las axilas, se hinchan, están aún más sensibles. El miedo de que se convierta en algo aún peor, como las fotos que muestra Google de mujeres deformes y a punto de la putrefacción. El aislamiento que se siente estar encerrado dentro de un vehículo físico. La absoluta imposibilidad de compartir el dolor o anularlo de forma inmediata. La mastitis es el peor confinamiento de la mujer en cuarentena. Y el mejor remedio es pegarte al pecho al bebé porque él o ella es el mejor succionador y destapador de pechos. Y están duros, sensibles, calientes y de pronto la criatura pega sus encías y empieza a mamar no como recién nacido sino como piraña. En más de una ocasión tuve que morder una toalla con todas mis fuerzas para sobrevivir la experiencia. Durante la primera mastitis, mientras Emilia mamaba, yo lloraba imparablemente y tarareaba esa canción cristiana que dice

Señor, me has mirado a los ojos
Sonriendo has dicho mi nombre
En la arena he dejado mi barca
Junto a ti hallaré otro mar

Esa canción la aprendí en mi infancia en el colegio marista al que asistí. Me acompañó espiritualmente aquella noche de terror. En una de esas ocasiones mi marido, extenuado y atemorizado más allá de la razón, me empezó a reclamar y a preguntar, exasperado, qué cuánto más iba a sufrir, que qué estaba haciendo. El miedo que fragmenta corazones y parejas.

Y aún no he hablado de la crisis del quinto día. Para recibir a Emilia y sin pedirme mi consentimiento, los médicos me realizaron la episiotomía, que es el nombre glamuroso que recibe la cortada que le hacen a una mujer en el pequeño músculo que va de la vagina al ano y que supuestamente brinda más espacio al bebé para nacer y evita desgarres. Pues bien, aunque a mí nadie nunca me lo dijo, quizás porque suena obvio, esa rajada duele muchísimo. No me podía sentar. Un día o dos estuve todo el tiempo de pie con tal de rehuir a esa tortura. Me daba miedo limpiarme la vagina después de orinar. El médico me recetó una pomada para cicatrizar y una droga para aminorar el dolor. Yo, madre primeriza, me ponía en los primeros días en la herida apenas una perlita de pomada. Después dejé de ponérmela por completo, porque veía que no me hacía efecto. Hasta que mi mamá se dio cuenta y me dijo que me untara un montón de crema. Y lo empecé a hacer, y empezó a funcionar. Pero como decía, el quinto día yo creía que me iba a morir del dolor en la vagina. Me dolían los pechos y me dolía la vagina. Me dolía todo lo que me hacía mujer. Ser madre estaba significando ser una mujer adolorida, traumatizada, partida en dos justo en el sexo. Le dije a mi esposo y me urgió a que fuéramos al ginecólogo. ¡¡QUÉ!! No estaba bañada, sacar a Emilia de casa implicaba un caos colosal, la colonia donde está el consultorio del doctor esta empedrada y CÓMO DIABLOS IBA YO A EXPONER A MIS GENITALES A TAL VIOLENCIA. Y como abrir la llave del grifo, un llanto acumulado se desató en toda su majestuosidad. De pie contra una pared, dándole la espalda a mi marido que era incapaz de comprender mi dolor y mi trauma, lloraba como niña o como sentenciada a muerte. Había sido mi culpa que Emilia no naciera en el agua. No pude soltar. No me quería hacer popó. Y por eso terminé yendo al hospital y atravesando esa horrenda experiencia y con el periné mutilado. ¡Era mi culpa! ¡Sobre mis hombros caía! Y llanto y más llanto, hasta que después de la tormenta llegó la paz. Para entonces ya me había metido a bañar y estaba recostada sobre el piso de la regadera mezclando las lágrimas con los chorros de agua y tentaleando con cuidado el área de la herida. El llanto cesó, me sentí más calmada y por fin pude volver a sentirme yo dentro de mi cuerpo. Un solo cuerpo no cortado a la mitad. Me sentí esperanzada. Iba a sanar esa herida. Iba a superar el dolor. Iba a estar bien. Y para mayor alivio, al cabo de unos minutos, cuando estaba hablando por teléfono con mi querida psicóloga, escuché que de su dulce voz salían unas palabras bálsamo: Sara, el ser humano reacciona frente al miedo apretando el cuerpo. Si Emilia no nació en el agua no fue por tu culpa, sino porque efectivamente venía transversa. Y me recomendó una pomada de nombre muy sugestivo que aún recuerdo de memoria: Italdermol. Me imaginé mi piel bronceada por el sol mediterráneo en alguna playa italiana.

Pero este año no me trajo una vacación en Europa. Me trajo un matrimonio sólido y una bebé sana, hermosa, sumamente demandante y gloriosamente amamantada hasta la fecha. Me trajo también, voy a admitir, las ganas de tatuarme un león, mi signo zodiacal, en el brazo izquierdo. Porque tras haberlo sobrevivido, me siento poderosa. Me siento la reina de la selva.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Hoy es día de los muertos, papá

Creo que es más lo que no extraño a mi papá que lo que sí. Es una verdad terrible. Me atormenta. Me da vergüenza y culpa. Nunca hablo de eso con nadie, excepto con mi esposo, que es como hablarlo conmigo misma. Hasta hoy.  Hasta este texto.

Como consecuencia de ello, me aterra olvidarlo. Dicen que esa es la muerte real, y me da la impresión de que está en mis manos darle a mi papá una peor muerte que la que le dio la negligencia del IMSS (de eso tampoco hablo nunca).

Pero esa es mi verdad.

Y hoy es día de los muertos. La gente no trabaja, para poder tener el espacio y el tiempo para ir a honrar a sus difuntos. Mi papá está enterrado en Tepic, y no fui a “verlo”. Mi marido me preguntó hace un par de días que si iba a hacer algo por él. Poner un altar, quizás. Decir una oración. Hacer un brindis. No lo sé. No hice nada más que estos párrafos. Este escrito tendrá que ser mi ceremonia.

Hace algunos pocos días, el 25 de octubre, mi papá hubiera cumplido 65 años. Me parece una edad bonita, no sé por qué. Me imagino que la gente es más sabia, y su piel está arrugada y flácida y es más plácida al tacto. Pienso que a esa edad los casados son más dóciles, son inseparables, son tiernos porque la vida, a golpes, los ha domado. Pero veo a mi mamá, con sus 62 años, solita, añorando también esas imágenes. Mi papá se le fue antes de tiempo. Quizás cualquier tiempo hubiese sido anticipado. Pero este que le tocó lo fue, es un hecho.

Tal vez extraño y recuerdo a mi papá sobre todo a través de mi mamá. Me parece, ahora que lo pienso, que mi mamá era el vínculo entre él y yo. O por lo menos así lo fue durante muchos años. Mi mamá llevaba el orden y la lógica de la familia, de la casa y, ultimadamente, de la vida y el mundo enteros (así me parecía a mí). Y mi papá era su aliado indefectible. Era el conductor de todas las aventuras, el interlocutor, la voz pública. Juntos formaban una hermosa, jugosa, vital y funcional naranja. Y mi mamá perdió a su mitad.

Creo que mi papá no era mi media naranja, en la forma en que a veces los padres y las hijas lo son. Mi papá era… mi papá. Qué raro, no sé cómo describirlo. Ciertamente no éramos amigos, pero cuando yo estuve más grande, como en edad universitaria, bromeábamos muchísimo. Él estudió la licenciatura en Turismo y yo en Ciencias de la Comunicación, pero con frecuencia nos hacíamos consultas académicas (recíprocas, he de subrayar, para mi orgullo), como si fuéramos colegas. En los que fueron sus últimos años de vida manifestó hacia mí una gran dulzura. La última vez que escuché su voz fue en una llamada telefónica que nos hicimos el día antes de su infarto (se me hizo un nudo en la garganta al escribir esa palabra atroz). Nos estábamos poniendo de acuerdo para que ellos pudieran conocer al hombre que pronto se convertiría en mi suegro, que había venido a Puerto Vallarta por unos días desde Canadá. Se le notaba muy cansada la voz (me culpo y me recrimino por no haber notado antes el grado de extenuación que sufría), pero en algún momento de la llamada me nombró “hijita”. Así me decía en los últimos años. Al día de hoy es el recuerdo que conservo más vivo. Su voz masculina y dulce, pausada y pacífica, llamándome “hijita”. Hijita. Qué cosa más linda. Era cierto. Yo fui su hija más pequeña.

A mi papá no le gustaba que le dieran masajes. Encogía los hombros y los llevaba hasta las orejas cada vez que ponía yo mis manos en el área de su cuello, siempre tensa, para sobarlo. ¿Sería que no le gustaba el contacto físico? ¿Sería que entre él y yo no había la confianza de un masaje? No lo sé. Durante años mi papá renegó de mí. Especialmente, del hecho de que me vestía muy masculina, o muy hippie, o muy desarreglada, o muy algo que él no aprobaba. Y en realidad no me conocía. Creo. ¿Sería que sí? Sólo sé que me obligó a estudiar la carrera de Sociología al mismo tiempo que Ciencias de la Comunicación, porque yo quería ser cineasta, y él decía que el estudio de la sociedad me daría algo de qué hablar en mi cine. ¿Sospecharía que abandonaría el séptimo arte por las letras, y que algún día él sería mi tema de escritura? Según me ha contado mi mamá, él gozaba mucho de mis textos.

Este es para ti, papá. No sé a ciencia cierta cómo eras como profesor ni como político ni como hermano o tío o hijo o amigo, pero sé que siempre estabas calientito y tus abrazos eran como los de un oso de peluche gigante. Sé que siempre eras optimista y arriesgado y perseverante. Sé que eras cariñoso y prudente. Sé que me decías hijita con la voz hecha de pura dulzura. Sé que sigo siendo tu hijita. Sé que termino estas palabras llorando, y que compruebo que aún te recuerdo y te extraño y, sobre todo, te amo.

viernes, 14 de octubre de 2016

Sara, ¿qué (te) está pasando?

Ayer iba manejando por la ciudad y Emilia iba conmigo, en su silla fabricada para la seguridad de los bebés, en el asiento de atrás. Iba llorando como si fuera víctima de tortura. Un llanto desgarrador. Y yo tenía que llegar a mi destino. No me podía detener a consolarla, no la podía abrazar. Las canciones eran insuficientes, lo mismo que los ladridos que a veces la consuelan, o los silbidos, o los aplausos. Nada la calmaba. Y entonces la quise matar. O abandonar, por lo menos. Quise ahogar su grito y entonces subí el volumen de la música. Estábamos escuchando al mismo cantautor que oíamos el día antes cuando se quedó dormida en ese mismo asientito. Al principio pedí por un milagro. El de que se volviera a calmar con la voz de ese joven y las notas de su guitarra. Pero cuando me di cuenta que no iba a suceder, simplemente subí el volumen del audio. Hasta que Emilia quedara perdida. Pero ella entonces lloró más fuerte y su instinto de supervivencia marcó la pauta para que su grita fuera más estridente que el ruido del contexto, y de esa forma conseguir la atención de su madre. Y una parte de mí la odió. Por escandalosa, por irracional, por impaciente, por exigente, por estresante. A una parte de mí le daban ganas de bajarse del coche, sacarla del asiento simplemente para zangolotearla y gritarle ¡POR QUÉ NO TE CALLAS! Pero no lo hice. Me abrumó la culpa. ¿Cómo es posible que la dejes llorar? Le va a hacer daño. Pobrecita, lo único que quiere es dormir. Y entonces respondió la otra Sara ¡PERO YO TENGO UNA VIDA, ENTIENDES! ¡YO NO PUEDO ESTAR A SU MERCED! ¡NECESITA ADAPTARSE A SU ENTORNO! Y entonces, sumida en una tristeza profunda, me contestó la otra, la Sara misericordiosa: los adultos con sus locuras y son los niños los que salen perdiendo. Y entonces odié a esa Sara también.

Desde que soy mamá odio muchísimo. Siento una furia y una rabia frecuentes, explosivas, abrumantes. A veces por cosas que parecen nimias. Y por un momento me baño de esa ira, la disfruto, luego me asusta. Se la adjudico a las hormonas y entonces me siento visceral y fuera de control. Nunca antes me había considerado a mí misma como una mujer hormonal. No tenía yo nunca el Síndrome Pre Menstrual, ni cólicos, ni depresiones ni enojos. Es más: creo que se me elevaba la libido y me sentí eufórica y con más energía. En general, me consideraba una tipa paciente y con buena onda. Ahora no. Para nada. Estoy resentida, amargada y todo me lo tomo personal. Constantemente siento deseos de gritar como un animal que busca liberar adrenalina y testosterona. Un mamífero que quiere destrozar al enemigo, ahuyentar a los depredadores, derrotar a sus congéneres y quedarse con el macho o la hembra.

Y también, de vez en vez, me llegan unas tristezas hondas. Me siento muy necesitada de la compañía y el amor de mi esposo. Lo agobio. No quiero que me deje sola. Me siento perdida. Necesito aliento. No consigo dármelo a mí misma. Estoy gorda. No escribo tanto y tan bien como quisiera. No puedo hacer nada. NO PUEDO HACER NADA. El día entero se me va en alimentar con mi cuerpo al cuerpo de mi bebé, en cambiarle el pañal, en jugar con ella y estimularla, en cantarle, en tenerla en brazos porque se rehúsa a sentirse cómoda en la carriola o el portabebé. Y no me puedo bañar ni desayunar ni comer ni cenar. Ni manejar ni salir con amigas. Lo único que consigo cada semana, tres veces, es escaparme a yoga y simultáneamente apapachar mi cuerpo y despreciarlo, por grande y rígido y débil. Pero es una hora y media siendo mujer y no sólo madre. Entonces como decía, no hago nada. Y me siento tristísima. El mundo se me reduce al tamaño de la habitación matrimonial. Todos mis sueños se ven súbitamente aplastados por un elefante que es al mismo tiempo inconmensurable y diminuto y se llama Emilia y sólo duerme siestas si siente mi cuerpo junto al suyo. Siento que nunca más en la vida podré hacer nada. Y todo pierde sentido.

Y en los mínimos tiempos “libres” que tengo, trato de hacer contacto con el mundo exterior a través de las redes sociales. Y me entero de que la sociedad mexicana está en crisis, con su violencia, su pobreza, su machismo, su intolerancia. Y quedo destrozada. Me convierto en una suerte de zombie emocional. Pierdo toda capacidad cognitiva y de esperanza. Emilia será víctima de bullying, o de acoso sexual, o de violación. Michael y yo tendremos que irnos del país porque se volverá imposible vivir aquí. La pobreza nos alcanzará. La violencia. El narcotráfico y sus depredadores. Algún día “desaparecerá” alguien muy, demasiado, cercano a nosotros. O me secuestrarán a mí. Y moriré sola, sumida en un llanto histérico porque me están quemando viva o me están desmembrando o me están desollando o me está violando un grupo de hombres. Y no volveré a ver los ojos redondos y azules de Emilia, o a escuchar su risa. No podré oler a mi esposo ni refugiarme en sus brazos. Y cuando pienso en eso nada tiene sentido. ¡NADA! ¿Para qué tener más hijos?, ¿para qué ser escritora?, ¿para qué explorar en el mundo de la moda?, ¿para qué hacer un doctorado? Es más, si así le sigo, ni siquiera voy a poder ser profesora o profesional de la cultura o escritora. Voy a tener que dedicarme a vender perfumes baratos o Herbalife.

Tener hijos es una inmensa estupidez. Es un acto casi suicida. Es un error en la naturaleza y su sabiduría reproductiva. Es cansancio, obligaciones y responsabilidades todo el tiempo y en detrimento de relajación y diversión. Es desvelos, preocupación, nervios. Es dolor en las lumbares y en el corazón. Es impuntualidad, impracticidad, hemorragia monetaria. Es esclavitud. Y es, también, darte cuenta que el tamaño y la capacidad de tu corazón no eran nada antes de tu criatura. Es propósito y fuerza. Es alegría y ternura. Es generosidad a manos llenas y por tanto, de un modo retorcido y absolutamente incomprensible, es felicidad.

lunes, 4 de julio de 2016

Clases de mecanografía

Qué maravillosos los años setenta en México. La muchachiza que sale de sus pueblos o rancherías natales para irse a alguna capital de la geografía nacional, a estudiar en una de las recién inauguradas Universidades del Estado, hermosa herencia de los movimientos estudiantiles de finales de los sesenta. Gratis, abiertas a quien fuera que estuviera interesado en superarse: estudiar una carrera, y al salir, conseguir un trabajo decente. Vida de Godínez, le apodan burlonamente en la actualidad a ese estilo de vida, que ya quisieran los miles de ninis del país, que ya no conocieron los frutos de una industria nacional sólida. Y parecía que no importaba qué estudiara uno, siempre conseguía trabajo. Y entre esas maravillosas ocupaciones, para el sector femenino destacaba la de secretaria. Había escuela de secretarias. Se tenía que estudiar para poder convertirse en una que fuera hábil y eficiente.

Ah, las secretarias... Labor controversial, casi ambigua. Son amadas por unos, odiadas por otros. Hay secretarias glamurosas y otras tiradas al traste; algunas poderosas y otras meras achichincles; destructoras de hogares o discretas cómplices; algunas hacen las veces de amantes, de madres, de abuelas, o todos los anteriores.

Yo no sé qué tipo de secretaria hubiera sido, pero ciertamente me sentía calificada para convertirme en una más del clan gracias a las clases de mecanografía que obligatoriamente cursé de los 12 a los 14 años en la secundaria en la que estudié. Desconozco si fue una brillante idea de los directivos de ese colegio snob y rancherón al que asistí, o si formaba parte del plan de estudios de la Secretaría de Educación Pública. Como quiera que sea, esas clases fueron toda una experiencia.

Hay que comenzar por decir que eran absolutamente odiosas. La profesora era, precisamente, secretaria de la institución. Parecía bruja, aunque no sabría decir por qué... Quizás porque siempre tenía un gesto de amargura y desprecio en la cara, estaba constantemente malhumorada y gritaba, se desesperaba; en fin: nos detestaba a nosotros y a las clases que impartía. Todos en esa aula hubiéramos preferido estar en otro lado. Ahora que lo pienso, a la pobre le ha de haber caído la noticia de que se iba a convertir e profesora de mecanografía como balde de agua fría. O como balde de caca, mejor.

De seguro el director dijo "hay que poner a los muchachos de secundaria a aprender mecanografía porque la era de la tecnología se viene sin freno" (muy acertado de su parte) y el interlocutor (¿un profesor?, ¿un padre de familia?, ¿su amante secreta -el director era un sacerdote marista y había jurado celibato?) le contestaría "¡tremenda idea, Padre!, pero no tenemos presupuesto para contratar a una secretaria de buen ver, buena familia y buenos valores", a lo que la máxima autoridad hubiera respondido "que las lecciones las dé Cuquita, quialcabo que nomás es secretaria, ¿cuánto trabajo puede tener? (evidentemente el director del colegio era de esos que creen que dichas señoras y señoritas ocupan un puesto inferior)". Y sopas, de un instante a otro Cuquita pasó de un lado del escritorio al otro y se vio enfrentada a una horda de adolescentes irreverentes y hormonales. Pobre mujer, la Cuquita. Cuca. Refugio. Probablemente María del Refugio. Quizás Refugio de la Natividad. A lo mejor Refugio Guadalupe. O un nombre ridículo e hiperbólico como Refugio de la Soledad, Refugio de la Agonía, o Refugio de la Luz. Quién sabe.

No recuerdo cuántas veces a la semana teníamos esa materia, pero sí me acuerdo con precisión que dos o tres días iba cargando de mi casa a la escuela y viceversa con la máquina de escribir, maravilloso invento decimonónico y emblema del oficio de escritor. Si la computadora portátil no hubiera sido inventada, los freelance de hoy se verían como mis compañeros y yo hace quince años en los fregados días de clase con Cuquita. Por supuesto, no faltaba los zopencos que olvidaban, perdían o descomponían la suya.

Todos en la clase teníamos un manual que indicaba ejercicios e indicaciones para ejecutarlos, y aprender así a escribir sobre el teclado con gran velocidad, uso de los diez dedos de las manos e independencia del sentido de la vista. Había exámenes de vez en cuando. Reprobadera masiva. Yo era de las pocas que aprobaba siempre. Producto de mi excelsa inteligencia, por supuesto, pero sobre todo del terror que despertaba en mí la maltrecha e improvisada profesora Cuquita (en aquellos años no les llamábamos Miss a las docentes, como en estos patanatas tiempos). Para dichos exámenes, la mujer nos tapaba los teclados con el mentado manual, el que le pertenecía a ella y que estaba maltratado y amarillento por los años (entonces, ¿tenía ya muchos años de ser profesora de mecanografía?, ¿o por qué la antigüedad de esos papeles?).

Hubiera examen o no, el momento de la clase de mecanografía era como de relajo y relajación. A todos nos importaba poco, nos parecía que podíamos, como jauría, ponerle fin a la autoridad que a medias nos imponía Cuquita. Era la ocasión perfecta para platicar, para ligar, para descansar, para no hacer nada. Para ser, en pocas palabras, adolescentes irreverentes y hormonales. O, simplemente, adolescentes, pues.

Yo no sé si todas las personas con las que fui a la secundaria tienen la habilidad y destreza de escribir como una secretaria preparada e indispensable. Yo no las tengo, y he perdido mucha fluidez sobre el teclado con el paso de los años, pero a pesar de las lagunas mentales, todavía escribo con bastante rapidez y con el uso de todos mis dedos. Gracias a Cuquita y al manual, me siento muy cómoda burlándome de mi marido y de mi madre, que depositan toda su voluntad escribana en sus dos dedos índice. También sé que al teclear, a veces fantaseo que soy una pianista de manos finas y precisas. Y también sé que escribí todo este ensayo sólo con los cinco dedos de mi mano derecha, porque me he convertido en la secretaria de mi hija recién nacida, y con la mano izquierda me veo obligada a cargarla y darle de comer.  

jueves, 30 de junio de 2016

Vidas que van caducando

En poco más de un mes voy a cumplir 28 años. Todo es relativo, pero bien visto me parece que es una muy corta edad. Estoy chiquilla, como dicen por ahí. El simple hecho de seguir en mis veintes me parece un dato elocuente sobre mi juventud y el amplio futuro que hipotéticamente me espera.

Sin embargo, desde hace algunas semanas comencé a notar que hay ocasiones en que me siento vieja. Como si ya hubiera vivido mucho. Y es que a veces me remonto a hace unos años (una década, en promedio: algunos años antes, algunos después), y me doy cuenta de lo distintas que eran la forma en que percibía las cosas, mis hábitos, mis amigos, la música que disfrutaba, la ropa que vestía. Mucho de aquello ya no tiene ningún efecto o rastro en la actualidad. Caducos.

Hace unos meses busqué en Internet la música de un artista que me gustaba muchísimo en la adolescencia, y cuando las notas salieron de la bocina me di cuenta que no sólo no me complacía sino que me desagradaba. Incluso pensé de refilón "¿quién puso esta cochinada y por qué no la quitan?". Entendí el efecto que causaba en mi mamá estar expuesta a mis gustos musicales en aquellos días ya pasados.

Si sólo han pasado diez años, más o menos, de aquella Sara, y ya se siente como otra vida distinta, ¿cuántas vidas habré de acumular a lo largo de mi existencia? Un día, que me parece inevitable, seré una de esas señoras que, asombrosamente, le dicen con la mano en la cintura a un conocido "¡ya teníamos 30 años sin vernos!" Ya lo veo venir: amigos que progresivamente empiezan a desaparecer de mi vida.

Mejor aquí le dejo: me está agarrando una nostalgia terrible.