Lo que dijeron aquellos

jueves, 29 de diciembre de 2016

2016 o La reina de la selva

Sobre todo durante mis años universitarios, pero creo que también cuando estudiaba la preparatoria, tenía la costumbre de escribir un texto los últimos días de diciembre para hacer una especie de resumen de lo que había sido el año y poder conservarlo para la posteridad, o bien, para hacer un ejercicio reflexivo y poder aprender de lo vivido.

Este año ha sido el más difícil, el más importante y el más definitorio de mi vida. Casualmente ha sido un año que ha recibido reclamos, juicios y rechazo, porque tantos famosos han muerto en alguno de sus 365 días. Sin embargo, para mí fue librar una batalla y salir triunfante. Ha requerido de toda mi paciencia, intuición, sabiduría, valentía, fuerza y amor para llegar a donde estoy hoy, escribiendo esto.

Me gustaría poder redactar estas líneas con vanidad, como quien mira por encima del hombro y hace un desaire fatuo. Pero la verdad es que estuve cerca de perder la guerra, y a la hora de recordar lo vivido, que como bien dicen es volver a vivirlo, sufro de temor, de nerviosismo, de angustia. Siento mucha resistencia de entrar en los detalles de lo que los últimos 12 meses trajeron consigo.
El 2016 pasará a la historia de mi vida como la vuelta al sol en la que aprendí a ser madre y a ser esposa. Duras tareas, ambas. Y al mismo tiempo que son grandes los gozos y profundas las satisfacciones que de esos dos papeles puede una mujer experimentar, el esfuerzo que requieren y el dolor que implican son igualmente grandes. Son labores monumentales que requieren todo de una, para poder sobrevivir , fructificar y trascender. Y para poder desempeñarlos con compromiso y conciencia, hay que echar mano de las fibras íntimas. Todas las creencias, las heridas, los anhelos, los sueños y las herramientas que conforman el alma de uno, quedan involucradas e invertidas por completo. Hay que tener cabeza, corazón y agallas para salir adelante cuando se está en la más profunda desesperación

Quisiera confesar que esta es la tercera vez que intento escribir este texto. Hay algo en esta tarea que me resulta intimidante. Una cuesta que se me antoja demasiado escarpada.

Estaba decidida a hablar sobre lo que ha sido para mí ser esposa y ser madre. Y no es que eso haya sido lo único que trajo consigo el 2016. Hubo otras cosas, como aprender a ser una mejor madrastra y disfrutar los placeres consecuencia de una relación más estable y fructífera con mi hijastro. O descubrir, tras más de quince años de sospecharlo, que tengo una deformidad en el cuerpo que me ha acarreado vergüenza, acomplejamiento y problemas para la intimidad: por fin la ciencia me respalda en una queja y un dolor que he arrastrado por años. O también, para dar otro ejemplo, el 2016 me mostró cómo una mujer con un bebé pequeñito deja sutilmente, casi sin notarlo, de ser mujer y queda convertida casi exclusivamente en la mamá de la criaturita: despeinada, preocupada, cansada, hastiada, insatisfecha con su cuerpo, desconcertada frente a su nueva realidad, perdida entre la frustración temporal de las metas profesionales y el gozo de la maternidad de tiempo completo… y así, cuando de pronto esa mujer nota que un hombre la mira con interés y deseo, y se mira a sí misma con los ojos del desconocido, en un segundo hace un viaje de mil kilómetros de su realidad de papillas, lactancia y siestas hasta aterrizar en la realidad de su cuerpo con un par de nalgas, un par de tetas y una sonrisa que junto con el brillo en los ojos confirma el gusto de saberse gustada. Muy importante así mismo, el 2016 me trajo la profunda satisfacción del yoga y su bienestar físico y espiritual, y el descubrimiento de la filosofía de la Higiene Natural, una forma de alimentación que me nutre no sólo el cuerpo sino, asombrosa y sorpresivamente, el alma también.

Como decía, aprendí sobre todo dos cosas este año. Pero resulta que sobre la primera no quiero entrar en detalles. Una relación íntima y prolongada entre dos personas es un fenómeno lleno de complejidades, misterios, sutilezas, recuerdos, secretos, gestos, silencios, locuras y perdón. Sólo ellos saben y reconocen las texturas que componen su telar. Y por ello sólo voy a decir que comencé el año separada de mi esposo, contemplando la posibilidad de divorciarme, y lo termino a su lado, serena, a veces enojada, enamorada y agradecida, plenamente comprometida y en total confianza. Es cursi, pero es cierto que entre otras cosas es mi mejor amigo y lo amo con locura.

Y resulta que sobre la segunda sí quiero entrar en detalles, pero son demasiados, tantos que si  los comento todos el texto se desvirtúa y queda convertido en un testimonio de lactancia, más que un paseo o una síntesis de lo que representó para mí esta última vuelta al sol. Creo que mejor voy a intentar escribir una nota sucinta. Algo que contenga la información suficiente para fungir como una documentación de lo vivido y también para empoderar y acompañar a otras mujeres en el mundo. Y que sea breve, humilde, porque no soy experta en el tema pero sí soy la única que está viviendo mi vida.

Después de terapia y confesiones sinceras y dolorosas y trabajo y perdón y dolor y voluntad y deseo, el domingo 14 de febrero, día de San Valentín, de los enamorados, del amor y de la amistad, volví a la casa matrimonial.

El tercer trimestre del embarazo comenzó. Dolores en la espalda baja, pesadez, cansancio, incomodidad para dormir. Por otro lado, la locura de la bebé dentro del vientre era maravillosa: pateaba, manoteaba, aparecían bolas en la panza, sentía los golpes, a veces en las costillas. Cada que comía, prácticamente, me bajaba la presión. Toda la sangre se me iba al estómago. No podía acostarme boca arriba porque lo mismo. Sentía que me ahogaba.

Decidimos que queríamos que Emilia (después de discusiones tontas decidimos el nombre) naciera en agua, fuera del hospital. Las pocas semanas y días previos al nacimiento estuvimos haciendo todas las compras para tener todo listo y en perfectas condiciones para el momento de la verdad.

Y con gracia y decisión, la niña anunció, con contracciones, su llegada al mundo desde la noche del viernes 06 de mayo. 40 semanas exactamente. Dormí mal esa noche. O poco, mejor dicho. Me desperté en la madrugada a caminar, porque podía tolerar mejor el dolor de esa manera. El sábado 07 nos fuimos desde las 7 de la mañana a la casa de partos, a provocar y vivir las contracciones.

Hay algo muy pesadillesco de recordar el trabajo de parto de Emilia. Yo no sé si esto les pasa a todas las mujeres. Espero que no. Seguro que no. Pero siento una gran resistencia interna a adentrarme en esos rincones de la memoria. Me pongo tensa. Y es que si recordar es volver a vivir, me da miedo repetir el dolor y el sufrimiento que representó para mí esa experiencia. Dolor físico de la dilatación y sufrimiento psicológico por la incertidumbre. Pero de todo esto hablaré con detalle en su debido tiempo.

Después de un rato de estar caminando de un extremo a otro de la habitación matrimonial en medio de la oscuridad de la madrugada, mi compañero se despertó y levantó de la cama. Mitad con miedo, mitad con emoción, o quizás más que emoción, solidaridad. Llevaba cuenta del intervalo de las contracciones en una aplicación del celular que había descargado ex profeso para la ocasión.

Como decía, a las 7 de la mañana aproximadamente estábamos (mi esposo, su hijo y yo) saliendo de casa rumbo a la casa de partos. Parecía una odisea. Dos maletas relativamente grandes y voluminosas. En una, todo lo relacionado a la bebé: ropa, pañales, biberón, toallas húmedas, gorros, calcetas, guantes... En la otra, lo necesario para que mi marido y yo pudiéramos pernoctar y poder bañarnos en otro sitio que no sería nuestro hogar. Además mi hijastro llevaba su computadora (creo recordar) para hacer más llevadera la espera. Parecía que el equipaje nos estaba ganando la batalla. Creo que a mí me intimidaba nomás de verlo. En fin, llegamos a la casa y yo ya estaba exhausta. Quién sabe cuántas horas llevaba ya despierta y de pie.

En algún momento me tomé una siesta. Parecía imposible pero así fue. Me recosté de lado en un tapete (sabe Dios qué sería, la verdad no lo recuerdo) y, poco a poco, con suavidad, caí dormida. No sé durante cuánto tiempo dormí, pero sí sé que al despertar no había dilatado prácticamente nada más, así que la doctora que me estaba supervisando me mandó hacer algunos ejercicios para acelerar el proceso. Primero y sobre todo: caminar.

Mi esposo y yo nos salimos a la calle, que estaba soleada y casi vacía y comenzamos una caminata de arriba para abajo y de abajo para arriba por el empedrado. No me acuerdo ya por qué, pero nos empezamos a reír de alguna tontería que inventamos en ese rato. Me relajó muchísimo. Así que estaba entre carcajada y entre dolorón de dilatación. Después de un rato, cuando me cansé de cargar de un lado a otro los 12 kilos que subí en el embarazo, nos volvimos a internar en la casa de partos. Ya había dilatado bastante más. Pero había que hacer más ejercicios: subir y bajar las escaleras.

Íbamos despacio, mi compañero inseparable y yo, pasito a pasito. Me dolía. Me fatigaba. Yo creo que repetimos el ejercicio como 15 veces. Me acuerdo que en algún momento, cuando ya estaba bien cansada y con bastante más de dilatación, le hice una broma a la doctora. Ella decía que nunca había visto a una mujer que en ese grado de dilatación conservara tan buen ánimo. No sé exactamente cuándo, pero pedí y me comí un plato de huevos. No había desayunado. Hay fotos de ello. También comentó sobre la excepcionalidad de esto.

También recuerdo que a la doctora le pareció buena idea que yo me diera un regaderazo. Con la ayuda de mi marido me desnudé y me metí bajo los chorros de agua. Qué cosa tan horrenda. Cada gota me pegaba en el cuerpo como si fuera de plomo y no de agua. Me irritó muchísimo y salí de la regadera enojada y sensible, derrotada y fúrica. Creo que después de eso fue que juzgué que ya era buen momento para meterme en la tina y traer al mundo a la criaturita que llevaba en mis entrañas. Serían, más o menos, las 4 de la tarde.

El calor del agua me reconfortó, aunque fue vergonzoso entrar a ese espacio en esas circunstancias frente a personas no íntimas (el pediatra y la enfermera, sobre todo). Yo ya quería llorar, quería expulsar al parásito, quería dormir en mi camita. Y sin embargo, estaba atorada en esa situación. Y atorada también sentía a Emilia en mis adentros. Me ponía en posición de ranita, una pierna sobre el piso y la otra levantada, a gatas, nada. Suelta, me decía el pediatra. No importa que te hagas popó. Hazte popó, me dijo. Y pareciera que eso lo cambió todo. Efectivamente sentía deseos de hacer popó. Pero para mí resultaba absolutamente incomprensible, inimaginable, defecar frente a otras personas. En una tina. Justo donde yo y mi proceso somos el centro de atención, depositar un pedazo de popó. Me podía imaginar el asco que le daría a mi esposo. Me parecía un acto bárbaro, salvaje, vulgar, brutal. No. No me iba a cagar. Y entonces me cerré. Apreté. Apreté el ano y por consecuencia la vagina. Y quería soltar. Me daba lástima y tristeza mi situación y quería que terminara y quería soltar y simplemente era incapaz. Me aferraba como si de eso dependiera mi vida. No quería que nadie hablara ni me tocara. Estaba exhausta, asustada, frágil. Emilia no iba a nacer ahí. Tenía que ir a un hospital a pedir ayuda. Y el hospital representaba para mí la entrada al infierno. Y a las 7 de la tarde, convencida de que era mi única alternativa ante la muerte (mía o de la bebé o de ambas), declaré, llena de pánico, que teníamos que trasladar el proyecto a un hospital.

Y dicho y hecho. El infierno mismo.

Me quisieron rasurar el pubis. Me negué rotundamente. Me pusieron catéter y me dolió como si todo mi sistema nervioso estuviera ubicado en el dorso de mi mano. El doctor me dijo que Emilia venía transversa, que no había podido hacer la última rotación, que iba a intentar el parto pero que no me prometía nada, que quizás sería cesárea. Yo recuerdo haberle implorado que así fuera. Mi marido dice que se lo grité. Me metió un gancho en la vagina y rompió la bolsa que tan amorosamente guardó a Emilia por nueve meses. El líquido salió transparente. La pequeña estaba completamente bien. Me separaron de mi marido y me metieron al quirófano. Me intentaron doblar para inyectarme la epidural y no podía. Con un vientre tan grande, y en labor de parto, ¿cómo iba a doblarme? El anestesiólogo me dijo que sólo podía esperar si estaba teniendo una contracción. Estaba asustada, adolorida, agotada, ¡nada me resultaba claro! ¡No sabía si estaba teniendo una contracción! Y luego sí, sí supe, fue clarísimo. ¡¡Sí!!, le grité al anestesiólogo la segunda vez que me preguntó que si estaba teniendo una contracción. A lo que me respondió, a mí no me grite, a mí dígame sí, doctor. Imbécil. Aún no le he perdonado ese gesto de egoísmo y crueldad. Y lo que sigue es aún más confuso. De pronto volví a ver a mi marido, al segundo siguiente dije que ya me quería morir y el ginecólogo hizo la pésima broma de que primero tenía que parir y luego podía hacer lo que quisiera, después tenía a dos o tres tipos encima de mi vientre apoyando todo su peso para empujar a Emilia hacia el mundo, parpadeé y mi esposo me reconfortaba y me decía que ya había nacido la niña, y a mí me dolían hasta las pestañas, y en vez de tenerla en mis brazos y ofrecerle teta y darle calor y que su padre cortara el cordón umbilical, lo hicieron ellos, demasiado pronto, y se llevaron a la bebita consigo, demasiado pronto, justo un segundo después de haberla puesto sobre mi pecho. Y lo siguiente que recuerdo es haber estado acostada sobre la camilla, sola, en un pasillo del hospital blanco, gélido y vacío, con la bebé imposiblemente diminuta y luchando con toda mi voluntad para no quedarme dormida y poder cuidarla, alimentarla, reconfortarla. Luego me enteré que sin pedirme permiso o darme por lo menos aviso, me habían inyectado un tranquilizante. Tuve que pedir la ayuda de una enfermera que de otro modo nunca se hubiera acercado. No sé cómo lo hice. Igualmente tuve que pedir la ayuda de una enfermera para poder darle pecho a Emilia. Y ahí comenzó el viacrucis de la lactancia.

Tengo los pechos muy redondos (y muy grandes, desde el embarazo) y los pezones muy pequeños. ¿Y a mí qué me importa?, podrán preguntar todas aquellas personas que no han sido madres lactantes. Pues bien, esas dos características, más el hecho de que Emilia nació muy pequeñita y su boca abierta formaba apenas un espacio minúsculo, fueron decisivas para lo que al paso de los días se convertiría en un martirio. Una de las claves para una lactancia exitosa es que el recién nacido meta en su boca no sólo el pezón sino parte de la aureola de la madre, para que los movimientos de su mandíbula estimulen las glándulas que hay en el pecho materno y, muy importante, para que el pezón de la madre vaya lo más profundo posible, sin ninguna posibilidad de que el bebé lo lastime con sus encías. Pues bien, simple y sencillamente, Emilia no podía hacer eso. Era físicamente imposible. Entre sus labios sólo cabía mi pezón. ¿Y qué pasó? Al cabo de un par de días empecé con dolor y a sangrar y a sufrir. También está el hecho de que no sabía cómo posicionar a Emilia para que estuviera cómoda para mamar eficazmente y en paz.

Primero, un día, le llamé por teléfono a mi hermana para llorar y decirle que no sabía lo que hacía. Me consoló, me dijo que era normal, que no me agobiara si le tenía que dar un poco de fórmula. Me pasó el número de una asesora de lactancia que también me dijo que era normal y me tranquilizó, pero siendo que ella estaba en otra ciudad no pudo hacer mucho por mí. El ginecólogo me revisó y no me dijo nada. Me dijo que hay mujeres que simplemente no pueden amamantar, que si no podía no me angustiara. El pediatra de mi hija me revisó y me dijo que usara pezoneras (un pedazo de plástico con forma de un tipo de pezón con el tamaño de un tipo de pezón, entre las decenas y cientos que hay). Vino a verme la doctora con la que iba a parir a Emilia en agua. Me corrigió la postura, y el dolor se fue. Como magia. Sentí una alegría inmensa. Y momentos antes de que se fuera, me volvió a doler de nuevo. Ella tenía otro compromiso y no pudo quedarse a mejorar la situación. Absolutamente nada cambió. En cuanto me quedé sola me dio un ataque de ansiedad. En pleno mayo vallartense necesité calcetas, suéter y el abrazo de la mujer que me ayuda con el aseo en la casa. Yo temblaba, sentía que me congelaba, los dientes me titiritaban. Estaba profundamente asustada. Me sentía al borde de un abismo, totalmente sola y sin más remedio que caer hasta el fondo. El fondo de la soledad, del dolor, de la tristeza. Pero me causaba una desolación tan absoluta pensar en darle a mi bebé un alimento procesado que atravesé el dolor y el terror y el llanto. Hasta que me recomendaron a una asesora de lactancia de San Luis Potosí que, a través de fotos y vídeos y mensajes de voz de whatsapp, finalmente me dijo que tenía que suspender la lactancia por tres días, porque mis pezones estaban demasiado heridos y necesitaban descansar para sanar. Fue en el décimo octavo día de vida de Emilia. Lo recuerdo a la perfección. Y el día en que cumplió tres semanas de vida, por fin recibí en mi casa a una asesora en lactancia capacitada y profesional que salvó mi lactancia. Lo digo sin reparos. Si no hubiera sido por su ayuda, habría claudicado. Básicamente me dijo lo que ya les he compartido: por la forma de mis pechos y el tamaño de la boca de Emilia no había mucho que se podía hacer más que esperar a que creciera. Probamos varias posiciones a ver cuál me sentaba mejor y juntas descubrimos que acostada era la que más me convenía. Y las siguientes cuatro semanas, más o menos, me la pasé acostada de lado prácticamente todo el día, todos los días. Y a pesar de que la asesora me dijo que no suspendiera de golpe la fórmula que le estuvimos dando por tres días por riesgo de deshidratación y subalimentación, lo hice de todos modos. Y la pobre Emilia lloraba. Ahora me doy cuenta que de hambre. Procuraba salirme a pasear con ella todos los días aunque solo fuera un ratito para descansar de estar tantas horas acostada. La llevaba en el fular. Y por cuadras y cuadras ella lloraba. Hasta que finalmente se quedaba dormida. Fue así una semana, más o menos. Después ya no quería hacer eso tampoco porque la tela del brasserie se pegaba al pezón y al momento de despegarla se abría la herida y me dolía con locura. Hasta que alguien me dijo que podía usar conchas protectoras, una especie de plástico que aísla el pezón lastimado y al mismo tiempo recolecta la leche que gotea. Fue maravilloso y me cambió la vida, a pesar de que pronto se llenaban de mi leche y empezaban a escurrir. Incluso así de impráctico, fue una verdadera bendición.

Y luego las mastitis. Y la bola que se me formó en el seno derecho. Otra pesadilla. Pesadillas, pues fue en plural. La mastitis es un absceso en los conductos de la leche, precisamente porque hay tanta y se está abasteciendo de forma tan rápida. Duelen de forma horrenda los pechos, se siente como que una parte de tu cuerpo estuviera traicionando tu voluntad o la propia integridad y bienestar de la anatomía. Se ponen calientes, puede dar fiebre, duelen hasta las axilas, se hinchan, están aún más sensibles. El miedo de que se convierta en algo aún peor, como las fotos que muestra Google de mujeres deformes y a punto de la putrefacción. El aislamiento que se siente estar encerrado dentro de un vehículo físico. La absoluta imposibilidad de compartir el dolor o anularlo de forma inmediata. La mastitis es el peor confinamiento de la mujer en cuarentena. Y el mejor remedio es pegarte al pecho al bebé porque él o ella es el mejor succionador y destapador de pechos. Y están duros, sensibles, calientes y de pronto la criatura pega sus encías y empieza a mamar no como recién nacido sino como piraña. En más de una ocasión tuve que morder una toalla con todas mis fuerzas para sobrevivir la experiencia. Durante la primera mastitis, mientras Emilia mamaba, yo lloraba imparablemente y tarareaba esa canción cristiana que dice

Señor, me has mirado a los ojos
Sonriendo has dicho mi nombre
En la arena he dejado mi barca
Junto a ti hallaré otro mar

Esa canción la aprendí en mi infancia en el colegio marista al que asistí. Me acompañó espiritualmente aquella noche de terror. En una de esas ocasiones mi marido, extenuado y atemorizado más allá de la razón, me empezó a reclamar y a preguntar, exasperado, qué cuánto más iba a sufrir, que qué estaba haciendo. El miedo que fragmenta corazones y parejas.

Y aún no he hablado de la crisis del quinto día. Para recibir a Emilia y sin pedirme mi consentimiento, los médicos me realizaron la episiotomía, que es el nombre glamuroso que recibe la cortada que le hacen a una mujer en el pequeño músculo que va de la vagina al ano y que supuestamente brinda más espacio al bebé para nacer y evita desgarres. Pues bien, aunque a mí nadie nunca me lo dijo, quizás porque suena obvio, esa rajada duele muchísimo. No me podía sentar. Un día o dos estuve todo el tiempo de pie con tal de rehuir a esa tortura. Me daba miedo limpiarme la vagina después de orinar. El médico me recetó una pomada para cicatrizar y una droga para aminorar el dolor. Yo, madre primeriza, me ponía en los primeros días en la herida apenas una perlita de pomada. Después dejé de ponérmela por completo, porque veía que no me hacía efecto. Hasta que mi mamá se dio cuenta y me dijo que me untara un montón de crema. Y lo empecé a hacer, y empezó a funcionar. Pero como decía, el quinto día yo creía que me iba a morir del dolor en la vagina. Me dolían los pechos y me dolía la vagina. Me dolía todo lo que me hacía mujer. Ser madre estaba significando ser una mujer adolorida, traumatizada, partida en dos justo en el sexo. Le dije a mi esposo y me urgió a que fuéramos al ginecólogo. ¡¡QUÉ!! No estaba bañada, sacar a Emilia de casa implicaba un caos colosal, la colonia donde está el consultorio del doctor esta empedrada y CÓMO DIABLOS IBA YO A EXPONER A MIS GENITALES A TAL VIOLENCIA. Y como abrir la llave del grifo, un llanto acumulado se desató en toda su majestuosidad. De pie contra una pared, dándole la espalda a mi marido que era incapaz de comprender mi dolor y mi trauma, lloraba como niña o como sentenciada a muerte. Había sido mi culpa que Emilia no naciera en el agua. No pude soltar. No me quería hacer popó. Y por eso terminé yendo al hospital y atravesando esa horrenda experiencia y con el periné mutilado. ¡Era mi culpa! ¡Sobre mis hombros caía! Y llanto y más llanto, hasta que después de la tormenta llegó la paz. Para entonces ya me había metido a bañar y estaba recostada sobre el piso de la regadera mezclando las lágrimas con los chorros de agua y tentaleando con cuidado el área de la herida. El llanto cesó, me sentí más calmada y por fin pude volver a sentirme yo dentro de mi cuerpo. Un solo cuerpo no cortado a la mitad. Me sentí esperanzada. Iba a sanar esa herida. Iba a superar el dolor. Iba a estar bien. Y para mayor alivio, al cabo de unos minutos, cuando estaba hablando por teléfono con mi querida psicóloga, escuché que de su dulce voz salían unas palabras bálsamo: Sara, el ser humano reacciona frente al miedo apretando el cuerpo. Si Emilia no nació en el agua no fue por tu culpa, sino porque efectivamente venía transversa. Y me recomendó una pomada de nombre muy sugestivo que aún recuerdo de memoria: Italdermol. Me imaginé mi piel bronceada por el sol mediterráneo en alguna playa italiana.

Pero este año no me trajo una vacación en Europa. Me trajo un matrimonio sólido y una bebé sana, hermosa, sumamente demandante y gloriosamente amamantada hasta la fecha. Me trajo también, voy a admitir, las ganas de tatuarme un león, mi signo zodiacal, en el brazo izquierdo. Porque tras haberlo sobrevivido, me siento poderosa. Me siento la reina de la selva.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Hoy es día de los muertos, papá

Creo que es más lo que no extraño a mi papá que lo que sí. Es una verdad terrible. Me atormenta. Me da vergüenza y culpa. Nunca hablo de eso con nadie, excepto con mi esposo, que es como hablarlo conmigo misma. Hasta hoy.  Hasta este texto.

Como consecuencia de ello, me aterra olvidarlo. Dicen que esa es la muerte real, y me da la impresión de que está en mis manos darle a mi papá una peor muerte que la que le dio la negligencia del IMSS (de eso tampoco hablo nunca).

Pero esa es mi verdad.

Y hoy es día de los muertos. La gente no trabaja, para poder tener el espacio y el tiempo para ir a honrar a sus difuntos. Mi papá está enterrado en Tepic, y no fui a “verlo”. Mi marido me preguntó hace un par de días que si iba a hacer algo por él. Poner un altar, quizás. Decir una oración. Hacer un brindis. No lo sé. No hice nada más que estos párrafos. Este escrito tendrá que ser mi ceremonia.

Hace algunos pocos días, el 25 de octubre, mi papá hubiera cumplido 65 años. Me parece una edad bonita, no sé por qué. Me imagino que la gente es más sabia, y su piel está arrugada y flácida y es más plácida al tacto. Pienso que a esa edad los casados son más dóciles, son inseparables, son tiernos porque la vida, a golpes, los ha domado. Pero veo a mi mamá, con sus 62 años, solita, añorando también esas imágenes. Mi papá se le fue antes de tiempo. Quizás cualquier tiempo hubiese sido anticipado. Pero este que le tocó lo fue, es un hecho.

Tal vez extraño y recuerdo a mi papá sobre todo a través de mi mamá. Me parece, ahora que lo pienso, que mi mamá era el vínculo entre él y yo. O por lo menos así lo fue durante muchos años. Mi mamá llevaba el orden y la lógica de la familia, de la casa y, ultimadamente, de la vida y el mundo enteros (así me parecía a mí). Y mi papá era su aliado indefectible. Era el conductor de todas las aventuras, el interlocutor, la voz pública. Juntos formaban una hermosa, jugosa, vital y funcional naranja. Y mi mamá perdió a su mitad.

Creo que mi papá no era mi media naranja, en la forma en que a veces los padres y las hijas lo son. Mi papá era… mi papá. Qué raro, no sé cómo describirlo. Ciertamente no éramos amigos, pero cuando yo estuve más grande, como en edad universitaria, bromeábamos muchísimo. Él estudió la licenciatura en Turismo y yo en Ciencias de la Comunicación, pero con frecuencia nos hacíamos consultas académicas (recíprocas, he de subrayar, para mi orgullo), como si fuéramos colegas. En los que fueron sus últimos años de vida manifestó hacia mí una gran dulzura. La última vez que escuché su voz fue en una llamada telefónica que nos hicimos el día antes de su infarto (se me hizo un nudo en la garganta al escribir esa palabra atroz). Nos estábamos poniendo de acuerdo para que ellos pudieran conocer al hombre que pronto se convertiría en mi suegro, que había venido a Puerto Vallarta por unos días desde Canadá. Se le notaba muy cansada la voz (me culpo y me recrimino por no haber notado antes el grado de extenuación que sufría), pero en algún momento de la llamada me nombró “hijita”. Así me decía en los últimos años. Al día de hoy es el recuerdo que conservo más vivo. Su voz masculina y dulce, pausada y pacífica, llamándome “hijita”. Hijita. Qué cosa más linda. Era cierto. Yo fui su hija más pequeña.

A mi papá no le gustaba que le dieran masajes. Encogía los hombros y los llevaba hasta las orejas cada vez que ponía yo mis manos en el área de su cuello, siempre tensa, para sobarlo. ¿Sería que no le gustaba el contacto físico? ¿Sería que entre él y yo no había la confianza de un masaje? No lo sé. Durante años mi papá renegó de mí. Especialmente, del hecho de que me vestía muy masculina, o muy hippie, o muy desarreglada, o muy algo que él no aprobaba. Y en realidad no me conocía. Creo. ¿Sería que sí? Sólo sé que me obligó a estudiar la carrera de Sociología al mismo tiempo que Ciencias de la Comunicación, porque yo quería ser cineasta, y él decía que el estudio de la sociedad me daría algo de qué hablar en mi cine. ¿Sospecharía que abandonaría el séptimo arte por las letras, y que algún día él sería mi tema de escritura? Según me ha contado mi mamá, él gozaba mucho de mis textos.

Este es para ti, papá. No sé a ciencia cierta cómo eras como profesor ni como político ni como hermano o tío o hijo o amigo, pero sé que siempre estabas calientito y tus abrazos eran como los de un oso de peluche gigante. Sé que siempre eras optimista y arriesgado y perseverante. Sé que eras cariñoso y prudente. Sé que me decías hijita con la voz hecha de pura dulzura. Sé que sigo siendo tu hijita. Sé que termino estas palabras llorando, y que compruebo que aún te recuerdo y te extraño y, sobre todo, te amo.

viernes, 14 de octubre de 2016

Sara, ¿qué (te) está pasando?

Ayer iba manejando por la ciudad y Emilia iba conmigo, en su silla fabricada para la seguridad de los bebés, en el asiento de atrás. Iba llorando como si fuera víctima de tortura. Un llanto desgarrador. Y yo tenía que llegar a mi destino. No me podía detener a consolarla, no la podía abrazar. Las canciones eran insuficientes, lo mismo que los ladridos que a veces la consuelan, o los silbidos, o los aplausos. Nada la calmaba. Y entonces la quise matar. O abandonar, por lo menos. Quise ahogar su grito y entonces subí el volumen de la música. Estábamos escuchando al mismo cantautor que oíamos el día antes cuando se quedó dormida en ese mismo asientito. Al principio pedí por un milagro. El de que se volviera a calmar con la voz de ese joven y las notas de su guitarra. Pero cuando me di cuenta que no iba a suceder, simplemente subí el volumen del audio. Hasta que Emilia quedara perdida. Pero ella entonces lloró más fuerte y su instinto de supervivencia marcó la pauta para que su grita fuera más estridente que el ruido del contexto, y de esa forma conseguir la atención de su madre. Y una parte de mí la odió. Por escandalosa, por irracional, por impaciente, por exigente, por estresante. A una parte de mí le daban ganas de bajarse del coche, sacarla del asiento simplemente para zangolotearla y gritarle ¡POR QUÉ NO TE CALLAS! Pero no lo hice. Me abrumó la culpa. ¿Cómo es posible que la dejes llorar? Le va a hacer daño. Pobrecita, lo único que quiere es dormir. Y entonces respondió la otra Sara ¡PERO YO TENGO UNA VIDA, ENTIENDES! ¡YO NO PUEDO ESTAR A SU MERCED! ¡NECESITA ADAPTARSE A SU ENTORNO! Y entonces, sumida en una tristeza profunda, me contestó la otra, la Sara misericordiosa: los adultos con sus locuras y son los niños los que salen perdiendo. Y entonces odié a esa Sara también.

Desde que soy mamá odio muchísimo. Siento una furia y una rabia frecuentes, explosivas, abrumantes. A veces por cosas que parecen nimias. Y por un momento me baño de esa ira, la disfruto, luego me asusta. Se la adjudico a las hormonas y entonces me siento visceral y fuera de control. Nunca antes me había considerado a mí misma como una mujer hormonal. No tenía yo nunca el Síndrome Pre Menstrual, ni cólicos, ni depresiones ni enojos. Es más: creo que se me elevaba la libido y me sentí eufórica y con más energía. En general, me consideraba una tipa paciente y con buena onda. Ahora no. Para nada. Estoy resentida, amargada y todo me lo tomo personal. Constantemente siento deseos de gritar como un animal que busca liberar adrenalina y testosterona. Un mamífero que quiere destrozar al enemigo, ahuyentar a los depredadores, derrotar a sus congéneres y quedarse con el macho o la hembra.

Y también, de vez en vez, me llegan unas tristezas hondas. Me siento muy necesitada de la compañía y el amor de mi esposo. Lo agobio. No quiero que me deje sola. Me siento perdida. Necesito aliento. No consigo dármelo a mí misma. Estoy gorda. No escribo tanto y tan bien como quisiera. No puedo hacer nada. NO PUEDO HACER NADA. El día entero se me va en alimentar con mi cuerpo al cuerpo de mi bebé, en cambiarle el pañal, en jugar con ella y estimularla, en cantarle, en tenerla en brazos porque se rehúsa a sentirse cómoda en la carriola o el portabebé. Y no me puedo bañar ni desayunar ni comer ni cenar. Ni manejar ni salir con amigas. Lo único que consigo cada semana, tres veces, es escaparme a yoga y simultáneamente apapachar mi cuerpo y despreciarlo, por grande y rígido y débil. Pero es una hora y media siendo mujer y no sólo madre. Entonces como decía, no hago nada. Y me siento tristísima. El mundo se me reduce al tamaño de la habitación matrimonial. Todos mis sueños se ven súbitamente aplastados por un elefante que es al mismo tiempo inconmensurable y diminuto y se llama Emilia y sólo duerme siestas si siente mi cuerpo junto al suyo. Siento que nunca más en la vida podré hacer nada. Y todo pierde sentido.

Y en los mínimos tiempos “libres” que tengo, trato de hacer contacto con el mundo exterior a través de las redes sociales. Y me entero de que la sociedad mexicana está en crisis, con su violencia, su pobreza, su machismo, su intolerancia. Y quedo destrozada. Me convierto en una suerte de zombie emocional. Pierdo toda capacidad cognitiva y de esperanza. Emilia será víctima de bullying, o de acoso sexual, o de violación. Michael y yo tendremos que irnos del país porque se volverá imposible vivir aquí. La pobreza nos alcanzará. La violencia. El narcotráfico y sus depredadores. Algún día “desaparecerá” alguien muy, demasiado, cercano a nosotros. O me secuestrarán a mí. Y moriré sola, sumida en un llanto histérico porque me están quemando viva o me están desmembrando o me están desollando o me está violando un grupo de hombres. Y no volveré a ver los ojos redondos y azules de Emilia, o a escuchar su risa. No podré oler a mi esposo ni refugiarme en sus brazos. Y cuando pienso en eso nada tiene sentido. ¡NADA! ¿Para qué tener más hijos?, ¿para qué ser escritora?, ¿para qué explorar en el mundo de la moda?, ¿para qué hacer un doctorado? Es más, si así le sigo, ni siquiera voy a poder ser profesora o profesional de la cultura o escritora. Voy a tener que dedicarme a vender perfumes baratos o Herbalife.

Tener hijos es una inmensa estupidez. Es un acto casi suicida. Es un error en la naturaleza y su sabiduría reproductiva. Es cansancio, obligaciones y responsabilidades todo el tiempo y en detrimento de relajación y diversión. Es desvelos, preocupación, nervios. Es dolor en las lumbares y en el corazón. Es impuntualidad, impracticidad, hemorragia monetaria. Es esclavitud. Y es, también, darte cuenta que el tamaño y la capacidad de tu corazón no eran nada antes de tu criatura. Es propósito y fuerza. Es alegría y ternura. Es generosidad a manos llenas y por tanto, de un modo retorcido y absolutamente incomprensible, es felicidad.

lunes, 4 de julio de 2016

Clases de mecanografía

Qué maravillosos los años setenta en México. La muchachiza que sale de sus pueblos o rancherías natales para irse a alguna capital de la geografía nacional, a estudiar en una de las recién inauguradas Universidades del Estado, hermosa herencia de los movimientos estudiantiles de finales de los sesenta. Gratis, abiertas a quien fuera que estuviera interesado en superarse: estudiar una carrera, y al salir, conseguir un trabajo decente. Vida de Godínez, le apodan burlonamente en la actualidad a ese estilo de vida, que ya quisieran los miles de ninis del país, que ya no conocieron los frutos de una industria nacional sólida. Y parecía que no importaba qué estudiara uno, siempre conseguía trabajo. Y entre esas maravillosas ocupaciones, para el sector femenino destacaba la de secretaria. Había escuela de secretarias. Se tenía que estudiar para poder convertirse en una que fuera hábil y eficiente.

Ah, las secretarias... Labor controversial, casi ambigua. Son amadas por unos, odiadas por otros. Hay secretarias glamurosas y otras tiradas al traste; algunas poderosas y otras meras achichincles; destructoras de hogares o discretas cómplices; algunas hacen las veces de amantes, de madres, de abuelas, o todos los anteriores.

Yo no sé qué tipo de secretaria hubiera sido, pero ciertamente me sentía calificada para convertirme en una más del clan gracias a las clases de mecanografía que obligatoriamente cursé de los 12 a los 14 años en la secundaria en la que estudié. Desconozco si fue una brillante idea de los directivos de ese colegio snob y rancherón al que asistí, o si formaba parte del plan de estudios de la Secretaría de Educación Pública. Como quiera que sea, esas clases fueron toda una experiencia.

Hay que comenzar por decir que eran absolutamente odiosas. La profesora era, precisamente, secretaria de la institución. Parecía bruja, aunque no sabría decir por qué... Quizás porque siempre tenía un gesto de amargura y desprecio en la cara, estaba constantemente malhumorada y gritaba, se desesperaba; en fin: nos detestaba a nosotros y a las clases que impartía. Todos en esa aula hubiéramos preferido estar en otro lado. Ahora que lo pienso, a la pobre le ha de haber caído la noticia de que se iba a convertir e profesora de mecanografía como balde de agua fría. O como balde de caca, mejor.

De seguro el director dijo "hay que poner a los muchachos de secundaria a aprender mecanografía porque la era de la tecnología se viene sin freno" (muy acertado de su parte) y el interlocutor (¿un profesor?, ¿un padre de familia?, ¿su amante secreta -el director era un sacerdote marista y había jurado celibato?) le contestaría "¡tremenda idea, Padre!, pero no tenemos presupuesto para contratar a una secretaria de buen ver, buena familia y buenos valores", a lo que la máxima autoridad hubiera respondido "que las lecciones las dé Cuquita, quialcabo que nomás es secretaria, ¿cuánto trabajo puede tener? (evidentemente el director del colegio era de esos que creen que dichas señoras y señoritas ocupan un puesto inferior)". Y sopas, de un instante a otro Cuquita pasó de un lado del escritorio al otro y se vio enfrentada a una horda de adolescentes irreverentes y hormonales. Pobre mujer, la Cuquita. Cuca. Refugio. Probablemente María del Refugio. Quizás Refugio de la Natividad. A lo mejor Refugio Guadalupe. O un nombre ridículo e hiperbólico como Refugio de la Soledad, Refugio de la Agonía, o Refugio de la Luz. Quién sabe.

No recuerdo cuántas veces a la semana teníamos esa materia, pero sí me acuerdo con precisión que dos o tres días iba cargando de mi casa a la escuela y viceversa con la máquina de escribir, maravilloso invento decimonónico y emblema del oficio de escritor. Si la computadora portátil no hubiera sido inventada, los freelance de hoy se verían como mis compañeros y yo hace quince años en los fregados días de clase con Cuquita. Por supuesto, no faltaba los zopencos que olvidaban, perdían o descomponían la suya.

Todos en la clase teníamos un manual que indicaba ejercicios e indicaciones para ejecutarlos, y aprender así a escribir sobre el teclado con gran velocidad, uso de los diez dedos de las manos e independencia del sentido de la vista. Había exámenes de vez en cuando. Reprobadera masiva. Yo era de las pocas que aprobaba siempre. Producto de mi excelsa inteligencia, por supuesto, pero sobre todo del terror que despertaba en mí la maltrecha e improvisada profesora Cuquita (en aquellos años no les llamábamos Miss a las docentes, como en estos patanatas tiempos). Para dichos exámenes, la mujer nos tapaba los teclados con el mentado manual, el que le pertenecía a ella y que estaba maltratado y amarillento por los años (entonces, ¿tenía ya muchos años de ser profesora de mecanografía?, ¿o por qué la antigüedad de esos papeles?).

Hubiera examen o no, el momento de la clase de mecanografía era como de relajo y relajación. A todos nos importaba poco, nos parecía que podíamos, como jauría, ponerle fin a la autoridad que a medias nos imponía Cuquita. Era la ocasión perfecta para platicar, para ligar, para descansar, para no hacer nada. Para ser, en pocas palabras, adolescentes irreverentes y hormonales. O, simplemente, adolescentes, pues.

Yo no sé si todas las personas con las que fui a la secundaria tienen la habilidad y destreza de escribir como una secretaria preparada e indispensable. Yo no las tengo, y he perdido mucha fluidez sobre el teclado con el paso de los años, pero a pesar de las lagunas mentales, todavía escribo con bastante rapidez y con el uso de todos mis dedos. Gracias a Cuquita y al manual, me siento muy cómoda burlándome de mi marido y de mi madre, que depositan toda su voluntad escribana en sus dos dedos índice. También sé que al teclear, a veces fantaseo que soy una pianista de manos finas y precisas. Y también sé que escribí todo este ensayo sólo con los cinco dedos de mi mano derecha, porque me he convertido en la secretaria de mi hija recién nacida, y con la mano izquierda me veo obligada a cargarla y darle de comer.  

jueves, 30 de junio de 2016

Vidas que van caducando

En poco más de un mes voy a cumplir 28 años. Todo es relativo, pero bien visto me parece que es una muy corta edad. Estoy chiquilla, como dicen por ahí. El simple hecho de seguir en mis veintes me parece un dato elocuente sobre mi juventud y el amplio futuro que hipotéticamente me espera.

Sin embargo, desde hace algunas semanas comencé a notar que hay ocasiones en que me siento vieja. Como si ya hubiera vivido mucho. Y es que a veces me remonto a hace unos años (una década, en promedio: algunos años antes, algunos después), y me doy cuenta de lo distintas que eran la forma en que percibía las cosas, mis hábitos, mis amigos, la música que disfrutaba, la ropa que vestía. Mucho de aquello ya no tiene ningún efecto o rastro en la actualidad. Caducos.

Hace unos meses busqué en Internet la música de un artista que me gustaba muchísimo en la adolescencia, y cuando las notas salieron de la bocina me di cuenta que no sólo no me complacía sino que me desagradaba. Incluso pensé de refilón "¿quién puso esta cochinada y por qué no la quitan?". Entendí el efecto que causaba en mi mamá estar expuesta a mis gustos musicales en aquellos días ya pasados.

Si sólo han pasado diez años, más o menos, de aquella Sara, y ya se siente como otra vida distinta, ¿cuántas vidas habré de acumular a lo largo de mi existencia? Un día, que me parece inevitable, seré una de esas señoras que, asombrosamente, le dicen con la mano en la cintura a un conocido "¡ya teníamos 30 años sin vernos!" Ya lo veo venir: amigos que progresivamente empiezan a desaparecer de mi vida.

Mejor aquí le dejo: me está agarrando una nostalgia terrible.

jueves, 28 de abril de 2016

Los placeres de la codependencia

Este texto tiene un título polémico. No se habla mucho, o por lo menos yo no he oído hablar casi nunca de un lado placentero de la codependencia. Se asocian a ésta una serie de palabras de connotación negativa: obsesión, adicción, sufrimiento, patetismo, dolor. Pero no hay, por lo menos de forma explícita o evidente, lazos con vocablos positivos, como amor, alegría, bienestar o placer.

Yo no soy experta en psicología ni en psiquiatría ni en la mente humana. Simplemente soy una amateur, una amante de observar mis procesos internos y, también, los de otros. Tampoco soy una experta en codependencia. Me parece que estoy familiarizada con la palabra porque crecí escuchando a algunos miembros de mi familia, precisamente, referirse a ciertos otros miembros como víctimas de ella. Y en efecto, hablaban del fenómeno como de algo terrible, como una maldición.

Así que antes de comenzar a escribir estas líneas me metí a Wikipedia (que de nuevo está en una campaña de recaudación de fondos, ahora con un mensaje más serio, esperando con ello, me imagino, una respuesta más solidaria de parte de los muchos usuarios indiferentes o insensibles a sus necesidades, que ahora se vuelve evidente que son grandes y serias) a leer algunos párrafos del artículo sobre el tema. Dice, grosso modo, que una persona codependiente se olvida de sí misma en pos de alguien más, y las necesidades y emociones de dicha persona quedan en segundo plano. También se incluye que al codependiente se le dificulta establecer límites porque "confunde la adicción con un amor que todo lo puede". Y también especifica que el codependiente suele establecer lazos interpersonales con sujetos conflictivos, para tratar de salvarlos o arreglarlos y de ese modo generar en el sujeto conflictivo la necesidad de tener o estar con el codependiente.

En caso de emergencia, mantenga la calma. Tras leer esta información, pues, conservo la calma. No sólo porque la gravedad del tema requiere mi mejor concentración e inteligencia, que sólo puedo obtener con tranquilidad, sino porque esto no es nada nuevo para mí. Tengo meses queriendo escribir este texto, y tengo años de haber detectado en mí, sin ayuda de artículos ni especialistas, algunos de esos infames rasgos. Aún recuerdo cuando hacía la reflexión, hace ya varios veranos, de que yo era tan dulce y paciente con el novio en turno porque esperaba que él se diera cuenta que nadie lo iba a tratar con aquella delicadeza y dedicación como yo, y que a cambio yo recibiría de él su fidelidad y lealtad eterna. (Sólo quiero puntualizar que espero, con sincera esperanza, que esto haya resultado incierto para todos mis ex novios, y que deseo para ellos lo mejor con otras mujeres o solos o como mejor les resulte, y que se hayan olvidado ya de mí.) Recuerdo haber sentido orgullo tras el descubrimiento, que llegó después de muchas horas de reflexión solitaria, sincera y silenciosa.

En fin, quisiera comenzar por decir que el día de hoy vivo todavía con los tres rasgos incluidos en el escrito de Wikipedia y mencionados anteriormente. Y quisiera decir justo a continuación que siento una honda vergüenza de esa situación, y también de hablarlo en público. Pero esto último es un paso hacia la curación, quiero creer. Por lo menos es un esfuerzo por lanzar mi voz para que le llegue a alguien más que, quizás, encuentre entendimiento, acompañamiento o alivio en estas palabras.

Ahora bien: si hay tanta vergüenza, ¿por qué ese título tan provocador? Lo cierto y lo doloroso es que a pesar del sufrimiento que viene con la codependencia, hay un elemento o varios de placer y confort en ella. Opera, tal cual, como una adicción. Y mientras que es fácil ver de fuera cómo una droga consume a quien la usa, y por lo tanto juzgar o sentir lástima, es un poco más difícil comprender su aspecto gozoso, y que es justamente donde reside el apego y donde reside la empatía.

 Yo no sé de dónde me viene esa cosa de la codependencia (tengo mis sospechas en las figuras femeninas de mi familia, pero dudo que sea tan sencillo como eso y ya). Desconozco aún cómo se volvió una parte casi inexorable de mi persona. Efectivamente he sufrido bastante gracias a ella y sí, como decía al principio, está vinculada a fenómenos negativos: falta de auto estima y respeto propio; temor a la soledad; inseguridad personal; falta de valoración de uno mismo. Todas ellas, etiquetas con las que no queremos identificarnos. Y en parte ahí reside la vergüenza, el trauma y la marginalidad de admitirse codependiente.

El caso es que aunque ignore o haya olvidado su origen, allí está. Se me presenta todos los días como algo a vencer. Hasta hace muy pocos meses una psicóloga me dio un ejercicio práctico y sencillo con el cual "aliviarme" de este mal: meditar varias veces al día alrededor de una sola pregunta: ¿qué necesito yo? Si se fijan, combate el primer rasgo que mencionaba hace algunos párrafos, el de que el codependiente antepone a los demás y es negligente consigo mismo. A partir de neutralizar este comportamiento, se atenúan los demás (el de la falta de límites y el de buscar generar la necesidad de uno en los demás).Puedo decir que es un ejercicio altamente efectivo, pero la codependencia sigue allí. Como una tentación, o como la salida fácil. Como si el respeto propio fuera escalar un cerro empinado y la codependencia fuera una resbaladilla en un parque de diversiones acuáticas.

Y es que, al incorporar actitudes codependientes, lo que recibo normalmente es aprobación. Como cuando dos perros en un parque se encuentran y uno de ellos se echa con las patas hacia arriba para declararle al otro que él no es una amenaza, que pueden ser amigos. Excepto que en la realidad humana, el perro que se quedó sobre sus cuatro patas a veces dice cosas hirientes, actúa de modo egoísta o nos molesta de algún modo u otro, y en vez de ladrarle, morderlo o dejarlo, me vuelvo a echar al suelo como muertita, y al mismo tiempo que me falto al respeto a mí misma y acumulo resentimiento contra el otro perro (una disculpa por la analogía tan burda), recibo algo que yo percibo como un vínculo de incondicionalidad. No voy a estar sola, no voy a estar excluida, no voy a ser vulnerable: soy fuerte en la compañía. Mi rango de emociones y necesidades queda reducido a uno: combatir el terror de sentirme sola, marginada.

Existe en psicología una famosa ilustración llamada Pirámide de Maslow (fue éste un destacado estudioso ruso). Tiene cinco niveles y trata de establecer no sólo las necesidades humanas, sino su orden de relevancia o de indefectibilidad. Es decir, las más básicas en (valga la redundancia) la base y las más sofisticadas, por ponerlo de algún modo, en la punta. Pues bien, tener un comportamiento codependiente me ayuda a subsanar algunas de las necesidades que aparecen en las primeras tres plataformas: las fisiológicas, las de seguridad y las de afiliación. Tremendo.

En las fisiológicas se satisfacería el apartado del sexo. Sí, es cierto: algunas veces en mi pasado conseguí relaciones sexuales gracias a este tipo de comportamiento (algo que no he mencionado y que es de suma relevancia es que este tipo de adicción es recompensado socialmente). Me imagino, volviendo a la imagen de los perros en el parque, que es mucho más fácil montar a una hembra sumisa que a una agresiva.

En las de seguridad, ya he mencionado la inmensa confianza que me da saberme acompañada, sobre todo si la compañía es incondicional. Siento que lo puedo todo, porque cualquier obstáculo o amenaza que la vida me presente, lo puedo superar con la fuerza de dos (mi codependencia siempre se ha manifestado con las parejas amorosas) y no depender sólo de mí (hace relativamente poco, en una sesión de terapia psicológica, descubrí que aún me veo a mí misma como una niña que necesita protección y dirección. Tiene todo el sentido del mundo, ¿cierto?).

En las de afiliación, pues, prácticamente todas. Sentir que pertenezco a un núcleo, que soy querida, que tengo familia o pareja. Creo que éste es el núcleo de todo, el meollo, el ojo del huracán. Me parece que la codependencia nace de una falta de amor propio, o de autofilia (ojo: palabra inventada por mí), y es entonces la búsqueda en el exterior de amor, de filia, de afiliación, porque no se han hecho aún las paces (o el amor) con el yo interno. Porque no he hecho aún las paces conmigo misma. (Tan pronto escribo esto en primera persona del singular y se me vienen encima, como olas revolcadoras, la vergüenza y el estigma.)

Por eso sólo puedo librarme de la codependencia cuando encuentre en mí misma una abundante fuente de amor, de seguridad y de poder. Porque dejaré de buscarla afuera. Porque podré escucharme a mí misma y decir que no y establecer límites y no necesitar a nadie ni necesitar ser necesitada. Sólo necesitarme a mí misma. Y así, cuando se acerque un perro a querer olfatearme, permanecer de pie sin peligro a representar una amenaza. Porque, ¿sabes qué, perro? Quizás sí lo soy, y soy capaz de enfrentar el conflicto que conlleve contigo.  

jueves, 24 de marzo de 2016

Carta abierta a Emilia o Las peripecias de estar embarazada o Primer testamento de crianza

Te amaré, te amaré en lo profundo
Te amaré como tengo que amar
Te amaré, te amaré como pueda
Te amaré aunque no sea la paz
(…)
Te amaré, te amaré junto al viento
Te amaré como único ser
Te amaré hasta el fin de los tiempos
Te amaré y después te amaré
Silvio Rodríguez

Querida hija mía,

A las pocas semanas de enterarme de tu existencia como semillita dentro de mí, leí en algún lugar la recomendación de llevar un diario para poder heredárselo al bebé y que fuera un lindo detalle: la narración de sus primeros meses de vida, cuando aún no ha salido de su primer hogar. Me gustó mucho, lo quise poner en práctica, y sólo escribí cuatro días. Disculpa las consecuencias de mi indisciplina. Éste es, pues, un intento por dejar constancia de mi experiencia, mis emociones y mis opiniones durante el embarazo pero no sólo.

Habrás notado que esta carta tiene tres posibles nombres. El primero de ellos significa que estas líneas son tuyas, fueron escritas para ti y podrás volver a ellas cuando quieras, como destinataria que eres, y quizás sacar algo distinto cada vez. Pero creo que no sólo tú podrías sacar provecho de estas palabras: quiero creer que hay algo valioso en ellas para la humanidad entera. Y es por ello que es una carta abierta, disponible no sólo para ti. Perdóname de antemano por cualquier inconveniente que esta decisión mía pueda traer a tu vida. El segundo título responde a que quise que este texto fuera tanto una misiva dirigida a ti, como un relato de las locuras, las aventuras y las sorpresas que se me han presentado con el embarazo. Uno de los primeros pasos que tomé para escribirla fue buscar el significado de la palabra "peripecia". Dice el diccionario, mi gran amigo, que es un "accidente imprevisto o cambio repentino de situación". Tú estás lejos de haber sido un accidente o un imprevisto (tu papá y yo te pensamos, te platicamos, te deseamos y fuimos tras de ti, hasta que por fin estuviste en mi pancita). Pero ciertamente tu llegada a mi vida ha representado un sinfín de cambios repentinos. El tercer título se refiere a la declaración que hago en estos párrafos de las ideas que he cobijado como fundamentales para criarte como hija mía y ciudadana de este mundo. No es una declaración definitiva: nuestro camino juntas apenas comienza, mucho habré de cambiar y por lo tanto, mucho cambiarán mis ideas y mis creencias. Pero el día de hoy que redacto esta carta para ti, esta es la esencia de mi pensamiento como madre.

Algo que me gustaría dejar muy claro desde el inicio es que he tenido, hasta el día de hoy, un embarazo estupendo. No ha estado exento de molestias o dificultades, pero ciertamente ha sido una gestación llena de salud y de vida. Estoy cerca de cumplir ocho meses de llevarte en mi vientre, y sólo tengo un par de semanas de haberme dado cabal cuenta de esto que digo. Y lo digo porque es importante decirlo. Es difícil saber cómo es un embarazo, porque todos y cada uno son distintos, y las comparaciones son inevitables (sobre todo en el primer embarazo, con tanta inexperiencia, y sobre todo porque todas las mujeres tienen una opinión y una vivencia que quieren compartir: "yo me salía a correr hasta el día antes de parir", "yo me paraba de manos hasta los ocho meses", "yo tuve diabetes y preeclampsia", "yo me la pasé dormida los nueve meses"). Es por ello que recibí comentarios como "eso no es normal", "eres muy delicada", "estás demasiado estresada", "qué raro", "estás demasiado gordita", "no has engordado nada", "te ves estupenda", "duerme todo lo que quieras". El espectro de percepciones es tan grande como la cantidad de personas con las que he hablado (muchas veces no sólo las mujeres tienen algo qué decir: también los maridos, los ex maridos, los hermanos, los hijos, los padres...). ¿He tenido síntomas desagradables? Claro que sí. ¿Estoy sana, en perfecta condición y lista para tener un parto natural lleno de poder y sabiduría? Absolutamente. No ha habido nada raro o preocupante en el proceso de tu gestación, Emilia. Simplemente han sido mi cuerpo y mi alma adaptándose a tu cuerpo y tu alma.

Desde el 25 de diciembre de 2015 hasta el día de hoy (o sea, tres meses), has llevado en mi interior una actividad frenética. Para Navidad nos regalaste a tu papá y a mí tu primer movimiento perceptible, tu primera señal inequívoca de vida. Sabiamente, le pegaste a tu papá en la cabeza con una de tus piernitas (un gesto asombroso de tu parte, porque pareciera que ya lo conoces: a veces hay que estremecerlo para sacarlo de su omnipotente cabeza). Él, que estaba reclinado sobre mi abdomen, brincó y se entusiasmó y nuestras miradas y sonrisas se encontraron en júbilo: en un mismo instante, ambos habíamos sentido la primera patada de nuestra bebé: en una fracción de segundo, los tres nos comunicamos en silencio, con nuestros cuerpos, en perfecta sintonía. Y tú, por supuesto, fuiste la líder, la protagonista del momento.

Desde entonces no has dejado de moverte. Mientras escribo estas palabras tú te retuerces como gusano o mariposa o viento o mar o todo junto. Lanzas tus piernas y tus brazos en todas direcciones, con diferente intensidad y velocidad, con distintos efectos y sensaciones en mi cuerpo. A veces me haces cosquillas, a veces creo que me voy a orinar involuntariamente, a veces me asusto. Algunas personas me han dicho que ya empieza el momento en que te vas a acomodar para el parto, que pronto dejarás de moverte, pero yo no veo que te importe mucho lo que esas gentes me han contado. Te noto llena de energía siempre (como tu papá), a veces me pregunto a qué hora duermes, o si esta vitalidad que manifiestas es un rasgo temprano de tu inteligencia, de tu inquietud, de tus vagancias. Y pienso, cómo no, en que yo me rehusé a acomodarme dentro del vientre de mi mamá, tu abuelita, y me pregunto si esto que experimento contigo será un rasgo de personalidad que te estoy heredando. Desobediencia congénita. Inteligencia e iniciativa, voluntad fuerte. Me gusta pero me asusta. No sé hasta qué grado te vas a parecer a mí, pero si resultas ser mi espejo, serás entonces el mayor reto y la mayor bendición que me ha enviado Dios (incluso más que tu papá, que por ahora es mi más grande reflejo), pues serás la oportunidad perfecta para comprenderme, amarme, perdonarme y crecer, pero también la ocasión ideal para rechazarme, despreciarme, castigarme y sufrir. Y del modo en que me trate a mí misma será el modo en que te trate a ti. Pero no tengas miedo: el primer paso es ser consciente de esto, y yo ya lo soy. Quiero que seas libre, fuerte y alegre, quiero comprenderte, amarte, perdonarte y verte crecer; no quiero rechazarte, despreciarte, castigarte y verte sufrir. Pero por favor: llega al mundo por parto natural, no por cesárea.

Y cuando digo que quiero que seas libre, fuerte y alegre, no quiero que te imagines que no te voy a poner límites, o que voy a ser una de esas señoras políticamente correctas que por temor a equivocarse no ejercen autoridad. No, Emilia: uno de los modos en que te voy a enseñar libertad, fortaleza y alegría es presentándote ante retos y dificultades, enseñándote responsabilidad y obligaciones, y apoyándote en momentos de dolor y sufrimiento. Yo nunca te voy a golpear, Emilia, pero tampoco te voy a debilitar protegiéndote de los inevitables golpes de la vida: te voy a enseñar la mejor actitud para recibir el golpe y las mejores estrategias para sanar y aprender, crecer.

Quisiera platicarte algunos de los rasgos maravillosos de estar embarazada de ti. En primer lugar, mi concepto de ser mujer cambió sustancialmente al enterarme de que puedo crear, albergar y nutrir a una semilla, apoyarla en su conversión a ser humano y proveerle todo lo necesario para su incorporación al mundo. La maternidad o el embarazo, como nada más en el mundo, es capaz de ampliarle a la mujer la dimensión de su existencia sobre el planeta. Y esta idea me lleva a la siguiente: la relación con la Naturaleza y lo Divino. Al estar embarazada me sentí como una flor abriéndose al mundo, como un árbol que esta primavera dará sólo una fruta sagrada, como una tierra o un paisaje en el que las semillas se convierten en vida y la vida brota de las superficies y explota en belleza bajo el sol. Y tú eres la explosión de vida y hermosura, pero en ese fenómeno llamado fecundidad y fertilidad yo también me vuelvo la hermosa portadora y dadora de vida. Soy parte esencial del milagro. Soy bendecida con la abundancia de la Diosa Madre Naturaleza, lo cual me da humildad ante el inmenso poder de Dios, y al mismo tiempo soy la portentosa  fuerza de vida. Yo, como mujer embarazada, estoy directamente conectada a la energía creadora de La Vida. Soy un fragmento de Dios, una de las manifestaciones de su generosidad, su belleza, su poder. Y también lo eres tú. Tu corazón y su feroz latido, tus movimientos efervescentes, el crecimiento constante y sano que has llevado a lo largo de los meses: eres la encarnación de la vida: tu carne es vida: tú eres vida: milagro, fuerza, belleza, poder, luz, transformación.

Y una de las más difíciles tareas del embarazo y de ser madre es soltar a los hijos. Tan pronto como tu cuerpo y el mío dejen de ser uno mismo, tú serás una personita independiente, un individuo.  Están los años de crianza, por supuesto, pero tú serás tú misma. Eres una extensión de mi cuerpo, eres mi carne, mi sangre y mi espíritu (y de tu padre), pero al mismo tiempo eres otro ser humano. No eres yo, no eres tu papá, ni siquiera eres la mezcla de ambos: eres mucho más: eres tú. Quizás eso sea un gran componente de lo que llaman depresión posparto. Parirte no sólo será una experiencia cumbre, una experiencia crítica e intensa: también será un duelo. Perderé tus pataditas y la exquisita redondez de mi cuerpo, además del control de mis horarios y mis movimientos, el egoísmo de mis pechos, las horas de sueño, la dinámica de pareja con tu papá tal como la conozco desde hace años. Por eso he empezado, desde hace algunas semanas, a sumergirme en las profundidades de la idea de la impermanencia. Amo mi condición de embarazada y te amo dentro de mí, amo mi vida en la actualidad y amo mi presente versión de mí misma. Y tengo que dejar ir todo ello en algunas semanas, en cuanto nazcas. Y entonces, en la medida en que exitosamente suelte lo que amo hoy y que habrá de cambiar y morir, amaré lo que venga, que también a su vez algún día habrá de irse.

Tu papá y yo nos divertimos pensando en cómo serás, no sólo físicamente sino en tu personalidad y carácter. Según yo, algunas cosas están claras: tendrás ojos grandes y hermosos (aunque oscilo entre creer que serán cafés o verdes), cabellera rizada y rebelde, y unos labios preciosos. Además, serás porfiada, creativa, sumamente inteligente, con sentido del humor y platicadora. Todos estos son rasgos en los que tu papá y yo coincidimos. Por eso creo que las probabilidades de que los heredes son enormes. Pero claro, una nunca sabe: podrás tomar de abuelos o tíos o de quién sabe quién. Pero además quiero confesarte que hago ejercicios constantes para desprenderme de ideas y creencias sobre ti que puedan determinar la forma en que te veo, el trato que te doy o la educación que te brindo. Por ejemplo, a veces te imagino muy vaga e inquieta, o exaltada y caprichuda (sobre todo por lo mucho que te mueves dentro de mí), y no me gusta imaginar eso. Me parece que te limito, o te prejuzgo. Que te condiciono, incluso. Así que procuro distanciarme de estas especulaciones, y mejor limitarme a observarte en tu andar por el mundo, con compasión y generosidad. Sé quien quieras, yo habré de tener la sabiduría de ser la mejor madre posible para ti.

Hay tres cosas que quiero plasmar por escrito, para que duren más y las palabras no se las lleve el viento. Tres pilares filosóficos sobre los que pienso basar tu crianza. El primero de ellos es al mismo tiempo muy espiritual y muy pragmático: la abundancia y la generosidad.  En estos 27 años de vida he aprendido, querida hija, que Dios, La Vida o El Universo (como lo quieras llamar, para mí son sinónimos) es permanentemente abundante. ¿Qué quiere decir esto? Hay riqueza de todo lo que necesitas de manera perpetua. Incluso en contextos que parezcan desérticos, pobres o de carencia, hay abundancia: principalmente de aprendizajes y lecciones. Y es que no toda la abundancia en el mundo es material: tú tendrás grandes cantidades de inteligencia, destrezas, aptitudes, salud y personas que te queremos, por mencionar sólo algunas. Y con éstas, puedes conseguir todo lo demás que quieras y necesites. Te voy a dar un ejemplo. Cuando yo viví en Montreal, la ciudad en donde nació tu papi, a la edad de 20 años, hubo varios días donde no tenía comida que necesitaba para saciar mi estómago hambriento. Pero lo que sí tuve fue la fuerza de voluntad para convencerme de que yo estaba bien a pesar de tener hambre, y de que tarde o temprano todo saldría bien. Y así fue: todo salió bien. Y desde entonces mi ecuanimidad y mi poder mental son mayores. La segunda clave de la abundancia es la generosidad. ¿Qué es la generosidad? La abundancia que recibiste del Universo, depositada nuevamente en el Universo. Así de sencillo. Ofrece al mundo y a otros seres humanos lo que tienes, porque no te pertenece exclusivamente a ti: te ha sido dado para que lo compartas, y mientras más lo compartas, más te será dado. La riqueza y la abundancia son un río, preciosa Emilia: el agua llega a ti (de muchas maneras: paciencia, inteligencia, creatividad, dinero, tiempo, ropa, zapatos, juguetes, comida) y si la devuelves al río con la misma gracia con que la recibiste, te seguirá llegando, porque nutrirás al río. Si, por el contrario, quieres conservar el agua y apartarla para ti, irás secando la corriente y habrá menos líquido para ti y también para los demás.

El segundo pilar con que habré de guiar mi papel de madre es lo que yo llamo AAD. En orden de importancia: Amor, Arte y Deporte. Te voy a decir algo como maestra y como hija de maestros, Emilia: yo no creo en las escuelas ni en la Secretaría de Educación Pública ni en la “educación” por competencias ni en nada de eso. Creo que el diseño actual de las escuelas es aburrido, incoherente y contraproducente. Yo no espero que aprendas nada de las horas que pasarás en la escuela (tal vez sólo habilidades de socialización). Es más: sólo te voy a inscribir en la escuela para descansar unas horas de ti (y que tú descanses de mí) y poder hacer otras cosas con mi tiempo personal. Y no estoy dispuesta a pagar por educación privada, jamás. Porque así como no creo en la educación pública, creo menos en la educación privada, y su mera existencia me parece aberrante (el conocimiento no debería estar ligado al lucro ni a intereses financieros personales o grupales). Yo me voy a encargar, igual que mi mamá se encargó conmigo, de que adquieras el hábito de la lectura, de que tu ortografía sea buena, de que tu noción de la geografía sea mejor al hablar de ella cuando salgamos de viaje, de platicarte y explicarte la Historia, de que entiendas las matemáticas, de que comprendas el inglés y el francés, de que sepas en qué consiste una buena tarea y una investigación responsable, de que adquieras cultura general al involucrarte y contarte y llevarte a tantas cosas. Pero antes de eso, me voy a encargar siempre de amarte por encima de cualquier otra cosa (y manifestártelo, y asegurarme de que ese amor sea provechoso para ti y te haga crecer), de involucrarte en actividades artísticas que te permitan divertirte, expresarte, experimentar  y comprenderte, y de acercarte a actividades físicas que te enseñen disciplina y te mantengan sana física y mentalmente.

Por último, el tercer pilar sobre el que sostengo mi maternidad será sobre el hecho de que eres mujer y lo que eso implica. En este mundo, desde hace demasiados siglos, la mujer ha sido condenada, rechazada, juzgada, temida, violentada, censurada, dominada e incluso satanizada. Esta situación continúa hasta el día de hoy. Es por ello que como tu madre me encuentro por un lado orgullosa de tu sexo, y por el otro lado, preocupada por tu sexo. Orgullosa porque la mujer tiene una conexión más profunda y palpable con Lo Divino (el embarazo es un ejemplo claro de ello), y porque sus capacidades y posibilidades son prácticamente infinitas. La mujer es un sujeto de poder y de belleza, por infinidad de razones. Preocupada porque la sociedad se obstinará en volverte un objeto (sexual, para ser precisa), en exigirte una apariencia física que nunca será natural y que te va a implicar desilusión y frustración, en insinuar que eres débil, chismosa, superficial, inestable, voluble, emocional antes que racional, consumista, tonta, promiscua. Hay miles de formas, sutiles y burdas, de violentar a una mujer: acoso sexual callejero, violaciones, asesinatos, expresiones coloquiales (“pareces vieja”, “lloras como niña”, “qué puta”), despidos por embarazo, salarios inferiores… Hay muchos ejemplos, Emilia. Y yo tengo el angustioso presentimiento de que el resentimiento de sufrir tanta violencia va a llegar a tal grado que la comunidad femenina comenzará a actuar, también, con violencia. Te lo vuelvo a repetir: en casa serás recibida con una atmósfera pensada para hacerte un ser humano libre, fuerte y alegre: no un objeto, no oprimida, no débil, no estereotipada, no discriminada. Y como una mujer amada, abundante, generosa, libre, fuerte y alegre, tú no hallarás refugio en la violencia. No caigas nunca en el engaño, Emilia: la única solución, siempre y en todo lugar, es el amor. Y esa es una declaración política, no sólo espiritual, de principios, valores, ideas y proyectos.

Respecto a las cosas desagradables del embarazo, puedo decirte que hay algunos días, sólo algunos, en que encuentro particularmente nefastas las limitaciones a mi menú: nada crudo (¡extraño el atún del sushi!), no quesos blandos (Brie: aún pienso en ti), no embutidos (jamón ibérico: ¡vuelve a mí!), no alcohol (a veces bebo un poquito, pero muy poquito), por mencionar algunos. Pero también puedo escribir un párrafo entero de otros pequeños inconvenientes: en el primer trimestre llegaron las náuseas, los dolores de cabeza, un cansancio paralizante y un atroz dolor en los pechos; en el segundo trimestre hicieron acto de presencia la comezón en la piel, las taquicardias, la falta de aire, los mareos, la incomodidad para dormir (¡qué difícil fue acostumbrarme a no dormir boca abajo!), el dolor en el nervio ciático y en la espalda baja y las hemorroides; el tercer trimestre ha traído consigo torpeza en los movimientos, ganas absurdamente frecuentes de orinar, bochornos, cansancio de nuevo y olores corporales “especiales”.

Pero nada, nada se compara con la dicha y el gozo y la fortuna de llevarte adentro y de esperar tu llegada. Vas a cambiar nuestras vidas para siempre, Emilia. Y aún antes de verte y conocerte, ya me has hecho más feliz, más grande, más madura, más fuerte: mejor. Gracias, hijita (¿sabías que así me decía tu abuelito?).

Con amor, 

tu mamá.