Lo que dijeron aquellos

lunes, 4 de julio de 2016

Clases de mecanografía

Qué maravillosos los años setenta en México. La muchachiza que sale de sus pueblos o rancherías natales para irse a alguna capital de la geografía nacional, a estudiar en una de las recién inauguradas Universidades del Estado, hermosa herencia de los movimientos estudiantiles de finales de los sesenta. Gratis, abiertas a quien fuera que estuviera interesado en superarse: estudiar una carrera, y al salir, conseguir un trabajo decente. Vida de Godínez, le apodan burlonamente en la actualidad a ese estilo de vida, que ya quisieran los miles de ninis del país, que ya no conocieron los frutos de una industria nacional sólida. Y parecía que no importaba qué estudiara uno, siempre conseguía trabajo. Y entre esas maravillosas ocupaciones, para el sector femenino destacaba la de secretaria. Había escuela de secretarias. Se tenía que estudiar para poder convertirse en una que fuera hábil y eficiente.

Ah, las secretarias... Labor controversial, casi ambigua. Son amadas por unos, odiadas por otros. Hay secretarias glamurosas y otras tiradas al traste; algunas poderosas y otras meras achichincles; destructoras de hogares o discretas cómplices; algunas hacen las veces de amantes, de madres, de abuelas, o todos los anteriores.

Yo no sé qué tipo de secretaria hubiera sido, pero ciertamente me sentía calificada para convertirme en una más del clan gracias a las clases de mecanografía que obligatoriamente cursé de los 12 a los 14 años en la secundaria en la que estudié. Desconozco si fue una brillante idea de los directivos de ese colegio snob y rancherón al que asistí, o si formaba parte del plan de estudios de la Secretaría de Educación Pública. Como quiera que sea, esas clases fueron toda una experiencia.

Hay que comenzar por decir que eran absolutamente odiosas. La profesora era, precisamente, secretaria de la institución. Parecía bruja, aunque no sabría decir por qué... Quizás porque siempre tenía un gesto de amargura y desprecio en la cara, estaba constantemente malhumorada y gritaba, se desesperaba; en fin: nos detestaba a nosotros y a las clases que impartía. Todos en esa aula hubiéramos preferido estar en otro lado. Ahora que lo pienso, a la pobre le ha de haber caído la noticia de que se iba a convertir e profesora de mecanografía como balde de agua fría. O como balde de caca, mejor.

De seguro el director dijo "hay que poner a los muchachos de secundaria a aprender mecanografía porque la era de la tecnología se viene sin freno" (muy acertado de su parte) y el interlocutor (¿un profesor?, ¿un padre de familia?, ¿su amante secreta -el director era un sacerdote marista y había jurado celibato?) le contestaría "¡tremenda idea, Padre!, pero no tenemos presupuesto para contratar a una secretaria de buen ver, buena familia y buenos valores", a lo que la máxima autoridad hubiera respondido "que las lecciones las dé Cuquita, quialcabo que nomás es secretaria, ¿cuánto trabajo puede tener? (evidentemente el director del colegio era de esos que creen que dichas señoras y señoritas ocupan un puesto inferior)". Y sopas, de un instante a otro Cuquita pasó de un lado del escritorio al otro y se vio enfrentada a una horda de adolescentes irreverentes y hormonales. Pobre mujer, la Cuquita. Cuca. Refugio. Probablemente María del Refugio. Quizás Refugio de la Natividad. A lo mejor Refugio Guadalupe. O un nombre ridículo e hiperbólico como Refugio de la Soledad, Refugio de la Agonía, o Refugio de la Luz. Quién sabe.

No recuerdo cuántas veces a la semana teníamos esa materia, pero sí me acuerdo con precisión que dos o tres días iba cargando de mi casa a la escuela y viceversa con la máquina de escribir, maravilloso invento decimonónico y emblema del oficio de escritor. Si la computadora portátil no hubiera sido inventada, los freelance de hoy se verían como mis compañeros y yo hace quince años en los fregados días de clase con Cuquita. Por supuesto, no faltaba los zopencos que olvidaban, perdían o descomponían la suya.

Todos en la clase teníamos un manual que indicaba ejercicios e indicaciones para ejecutarlos, y aprender así a escribir sobre el teclado con gran velocidad, uso de los diez dedos de las manos e independencia del sentido de la vista. Había exámenes de vez en cuando. Reprobadera masiva. Yo era de las pocas que aprobaba siempre. Producto de mi excelsa inteligencia, por supuesto, pero sobre todo del terror que despertaba en mí la maltrecha e improvisada profesora Cuquita (en aquellos años no les llamábamos Miss a las docentes, como en estos patanatas tiempos). Para dichos exámenes, la mujer nos tapaba los teclados con el mentado manual, el que le pertenecía a ella y que estaba maltratado y amarillento por los años (entonces, ¿tenía ya muchos años de ser profesora de mecanografía?, ¿o por qué la antigüedad de esos papeles?).

Hubiera examen o no, el momento de la clase de mecanografía era como de relajo y relajación. A todos nos importaba poco, nos parecía que podíamos, como jauría, ponerle fin a la autoridad que a medias nos imponía Cuquita. Era la ocasión perfecta para platicar, para ligar, para descansar, para no hacer nada. Para ser, en pocas palabras, adolescentes irreverentes y hormonales. O, simplemente, adolescentes, pues.

Yo no sé si todas las personas con las que fui a la secundaria tienen la habilidad y destreza de escribir como una secretaria preparada e indispensable. Yo no las tengo, y he perdido mucha fluidez sobre el teclado con el paso de los años, pero a pesar de las lagunas mentales, todavía escribo con bastante rapidez y con el uso de todos mis dedos. Gracias a Cuquita y al manual, me siento muy cómoda burlándome de mi marido y de mi madre, que depositan toda su voluntad escribana en sus dos dedos índice. También sé que al teclear, a veces fantaseo que soy una pianista de manos finas y precisas. Y también sé que escribí todo este ensayo sólo con los cinco dedos de mi mano derecha, porque me he convertido en la secretaria de mi hija recién nacida, y con la mano izquierda me veo obligada a cargarla y darle de comer.  

jueves, 30 de junio de 2016

Vidas que van caducando

En poco más de un mes voy a cumplir 28 años. Todo es relativo, pero bien visto me parece que es una muy corta edad. Estoy chiquilla, como dicen por ahí. El simple hecho de seguir en mis veintes me parece un dato elocuente sobre mi juventud y el amplio futuro que hipotéticamente me espera.

Sin embargo, desde hace algunas semanas comencé a notar que hay ocasiones en que me siento vieja. Como si ya hubiera vivido mucho. Y es que a veces me remonto a hace unos años (una década, en promedio: algunos años antes, algunos después), y me doy cuenta de lo distintas que eran la forma en que percibía las cosas, mis hábitos, mis amigos, la música que disfrutaba, la ropa que vestía. Mucho de aquello ya no tiene ningún efecto o rastro en la actualidad. Caducos.

Hace unos meses busqué en Internet la música de un artista que me gustaba muchísimo en la adolescencia, y cuando las notas salieron de la bocina me di cuenta que no sólo no me complacía sino que me desagradaba. Incluso pensé de refilón "¿quién puso esta cochinada y por qué no la quitan?". Entendí el efecto que causaba en mi mamá estar expuesta a mis gustos musicales en aquellos días ya pasados.

Si sólo han pasado diez años, más o menos, de aquella Sara, y ya se siente como otra vida distinta, ¿cuántas vidas habré de acumular a lo largo de mi existencia? Un día, que me parece inevitable, seré una de esas señoras que, asombrosamente, le dicen con la mano en la cintura a un conocido "¡ya teníamos 30 años sin vernos!" Ya lo veo venir: amigos que progresivamente empiezan a desaparecer de mi vida.

Mejor aquí le dejo: me está agarrando una nostalgia terrible.

jueves, 28 de abril de 2016

Los placeres de la codependencia

Este texto tiene un título polémico. No se habla mucho, o por lo menos yo no he oído hablar casi nunca de un lado placentero de la codependencia. Se asocian a ésta una serie de palabras de connotación negativa: obsesión, adicción, sufrimiento, patetismo, dolor. Pero no hay, por lo menos de forma explícita o evidente, lazos con vocablos positivos, como amor, alegría, bienestar o placer.

Yo no soy experta en psicología ni en psiquiatría ni en la mente humana. Simplemente soy una amateur, una amante de observar mis procesos internos y, también, los de otros. Tampoco soy una experta en codependencia. Me parece que estoy familiarizada con la palabra porque crecí escuchando a algunos miembros de mi familia, precisamente, referirse a ciertos otros miembros como víctimas de ella. Y en efecto, hablaban del fenómeno como de algo terrible, como una maldición.

Así que antes de comenzar a escribir estas líneas me metí a Wikipedia (que de nuevo está en una campaña de recaudación de fondos, ahora con un mensaje más serio, esperando con ello, me imagino, una respuesta más solidaria de parte de los muchos usuarios indiferentes o insensibles a sus necesidades, que ahora se vuelve evidente que son grandes y serias) a leer algunos párrafos del artículo sobre el tema. Dice, grosso modo, que una persona codependiente se olvida de sí misma en pos de alguien más, y las necesidades y emociones de dicha persona quedan en segundo plano. También se incluye que al codependiente se le dificulta establecer límites porque "confunde la adicción con un amor que todo lo puede". Y también especifica que el codependiente suele establecer lazos interpersonales con sujetos conflictivos, para tratar de salvarlos o arreglarlos y de ese modo generar en el sujeto conflictivo la necesidad de tener o estar con el codependiente.

En caso de emergencia, mantenga la calma. Tras leer esta información, pues, conservo la calma. No sólo porque la gravedad del tema requiere mi mejor concentración e inteligencia, que sólo puedo obtener con tranquilidad, sino porque esto no es nada nuevo para mí. Tengo meses queriendo escribir este texto, y tengo años de haber detectado en mí, sin ayuda de artículos ni especialistas, algunos de esos infames rasgos. Aún recuerdo cuando hacía la reflexión, hace ya varios veranos, de que yo era tan dulce y paciente con el novio en turno porque esperaba que él se diera cuenta que nadie lo iba a tratar con aquella delicadeza y dedicación como yo, y que a cambio yo recibiría de él su fidelidad y lealtad eterna. (Sólo quiero puntualizar que espero, con sincera esperanza, que esto haya resultado incierto para todos mis ex novios, y que deseo para ellos lo mejor con otras mujeres o solos o como mejor les resulte, y que se hayan olvidado ya de mí.) Recuerdo haber sentido orgullo tras el descubrimiento, que llegó después de muchas horas de reflexión solitaria, sincera y silenciosa.

En fin, quisiera comenzar por decir que el día de hoy vivo todavía con los tres rasgos incluidos en el escrito de Wikipedia y mencionados anteriormente. Y quisiera decir justo a continuación que siento una honda vergüenza de esa situación, y también de hablarlo en público. Pero esto último es un paso hacia la curación, quiero creer. Por lo menos es un esfuerzo por lanzar mi voz para que le llegue a alguien más que, quizás, encuentre entendimiento, acompañamiento o alivio en estas palabras.

Ahora bien: si hay tanta vergüenza, ¿por qué ese título tan provocador? Lo cierto y lo doloroso es que a pesar del sufrimiento que viene con la codependencia, hay un elemento o varios de placer y confort en ella. Opera, tal cual, como una adicción. Y mientras que es fácil ver de fuera cómo una droga consume a quien la usa, y por lo tanto juzgar o sentir lástima, es un poco más difícil comprender su aspecto gozoso, y que es justamente donde reside el apego y donde reside la empatía.

 Yo no sé de dónde me viene esa cosa de la codependencia (tengo mis sospechas en las figuras femeninas de mi familia, pero dudo que sea tan sencillo como eso y ya). Desconozco aún cómo se volvió una parte casi inexorable de mi persona. Efectivamente he sufrido bastante gracias a ella y sí, como decía al principio, está vinculada a fenómenos negativos: falta de auto estima y respeto propio; temor a la soledad; inseguridad personal; falta de valoración de uno mismo. Todas ellas, etiquetas con las que no queremos identificarnos. Y en parte ahí reside la vergüenza, el trauma y la marginalidad de admitirse codependiente.

El caso es que aunque ignore o haya olvidado su origen, allí está. Se me presenta todos los días como algo a vencer. Hasta hace muy pocos meses una psicóloga me dio un ejercicio práctico y sencillo con el cual "aliviarme" de este mal: meditar varias veces al día alrededor de una sola pregunta: ¿qué necesito yo? Si se fijan, combate el primer rasgo que mencionaba hace algunos párrafos, el de que el codependiente antepone a los demás y es negligente consigo mismo. A partir de neutralizar este comportamiento, se atenúan los demás (el de la falta de límites y el de buscar generar la necesidad de uno en los demás).Puedo decir que es un ejercicio altamente efectivo, pero la codependencia sigue allí. Como una tentación, o como la salida fácil. Como si el respeto propio fuera escalar un cerro empinado y la codependencia fuera una resbaladilla en un parque de diversiones acuáticas.

Y es que, al incorporar actitudes codependientes, lo que recibo normalmente es aprobación. Como cuando dos perros en un parque se encuentran y uno de ellos se echa con las patas hacia arriba para declararle al otro que él no es una amenaza, que pueden ser amigos. Excepto que en la realidad humana, el perro que se quedó sobre sus cuatro patas a veces dice cosas hirientes, actúa de modo egoísta o nos molesta de algún modo u otro, y en vez de ladrarle, morderlo o dejarlo, me vuelvo a echar al suelo como muertita, y al mismo tiempo que me falto al respeto a mí misma y acumulo resentimiento contra el otro perro (una disculpa por la analogía tan burda), recibo algo que yo percibo como un vínculo de incondicionalidad. No voy a estar sola, no voy a estar excluida, no voy a ser vulnerable: soy fuerte en la compañía. Mi rango de emociones y necesidades queda reducido a uno: combatir el terror de sentirme sola, marginada.

Existe en psicología una famosa ilustración llamada Pirámide de Maslow (fue éste un destacado estudioso ruso). Tiene cinco niveles y trata de establecer no sólo las necesidades humanas, sino su orden de relevancia o de indefectibilidad. Es decir, las más básicas en (valga la redundancia) la base y las más sofisticadas, por ponerlo de algún modo, en la punta. Pues bien, tener un comportamiento codependiente me ayuda a subsanar algunas de las necesidades que aparecen en las primeras tres plataformas: las fisiológicas, las de seguridad y las de afiliación. Tremendo.

En las fisiológicas se satisfacería el apartado del sexo. Sí, es cierto: algunas veces en mi pasado conseguí relaciones sexuales gracias a este tipo de comportamiento (algo que no he mencionado y que es de suma relevancia es que este tipo de adicción es recompensado socialmente). Me imagino, volviendo a la imagen de los perros en el parque, que es mucho más fácil montar a una hembra sumisa que a una agresiva.

En las de seguridad, ya he mencionado la inmensa confianza que me da saberme acompañada, sobre todo si la compañía es incondicional. Siento que lo puedo todo, porque cualquier obstáculo o amenaza que la vida me presente, lo puedo superar con la fuerza de dos (mi codependencia siempre se ha manifestado con las parejas amorosas) y no depender sólo de mí (hace relativamente poco, en una sesión de terapia psicológica, descubrí que aún me veo a mí misma como una niña que necesita protección y dirección. Tiene todo el sentido del mundo, ¿cierto?).

En las de afiliación, pues, prácticamente todas. Sentir que pertenezco a un núcleo, que soy querida, que tengo familia o pareja. Creo que éste es el núcleo de todo, el meollo, el ojo del huracán. Me parece que la codependencia nace de una falta de amor propio, o de autofilia (ojo: palabra inventada por mí), y es entonces la búsqueda en el exterior de amor, de filia, de afiliación, porque no se han hecho aún las paces (o el amor) con el yo interno. Porque no he hecho aún las paces conmigo misma. (Tan pronto escribo esto en primera persona del singular y se me vienen encima, como olas revolcadoras, la vergüenza y el estigma.)

Por eso sólo puedo librarme de la codependencia cuando encuentre en mí misma una abundante fuente de amor, de seguridad y de poder. Porque dejaré de buscarla afuera. Porque podré escucharme a mí misma y decir que no y establecer límites y no necesitar a nadie ni necesitar ser necesitada. Sólo necesitarme a mí misma. Y así, cuando se acerque un perro a querer olfatearme, permanecer de pie sin peligro a representar una amenaza. Porque, ¿sabes qué, perro? Quizás sí lo soy, y soy capaz de enfrentar el conflicto que conlleve contigo.  

jueves, 24 de marzo de 2016

Carta abierta a Emilia o Las peripecias de estar embarazada o Primer testamento de crianza

Te amaré, te amaré en lo profundo
Te amaré como tengo que amar
Te amaré, te amaré como pueda
Te amaré aunque no sea la paz
(…)
Te amaré, te amaré junto al viento
Te amaré como único ser
Te amaré hasta el fin de los tiempos
Te amaré y después te amaré
Silvio Rodríguez

Querida hija mía,

A las pocas semanas de enterarme de tu existencia como semillita dentro de mí, leí en algún lugar la recomendación de llevar un diario para poder heredárselo al bebé y que fuera un lindo detalle: la narración de sus primeros meses de vida, cuando aún no ha salido de su primer hogar. Me gustó mucho, lo quise poner en práctica, y sólo escribí cuatro días. Disculpa las consecuencias de mi indisciplina. Éste es, pues, un intento por dejar constancia de mi experiencia, mis emociones y mis opiniones durante el embarazo pero no sólo.

Habrás notado que esta carta tiene tres posibles nombres. El primero de ellos significa que estas líneas son tuyas, fueron escritas para ti y podrás volver a ellas cuando quieras, como destinataria que eres, y quizás sacar algo distinto cada vez. Pero creo que no sólo tú podrías sacar provecho de estas palabras: quiero creer que hay algo valioso en ellas para la humanidad entera. Y es por ello que es una carta abierta, disponible no sólo para ti. Perdóname de antemano por cualquier inconveniente que esta decisión mía pueda traer a tu vida. El segundo título responde a que quise que este texto fuera tanto una misiva dirigida a ti, como un relato de las locuras, las aventuras y las sorpresas que se me han presentado con el embarazo. Uno de los primeros pasos que tomé para escribirla fue buscar el significado de la palabra "peripecia". Dice el diccionario, mi gran amigo, que es un "accidente imprevisto o cambio repentino de situación". Tú estás lejos de haber sido un accidente o un imprevisto (tu papá y yo te pensamos, te platicamos, te deseamos y fuimos tras de ti, hasta que por fin estuviste en mi pancita). Pero ciertamente tu llegada a mi vida ha representado un sinfín de cambios repentinos. El tercer título se refiere a la declaración que hago en estos párrafos de las ideas que he cobijado como fundamentales para criarte como hija mía y ciudadana de este mundo. No es una declaración definitiva: nuestro camino juntas apenas comienza, mucho habré de cambiar y por lo tanto, mucho cambiarán mis ideas y mis creencias. Pero el día de hoy que redacto esta carta para ti, esta es la esencia de mi pensamiento como madre.

Algo que me gustaría dejar muy claro desde el inicio es que he tenido, hasta el día de hoy, un embarazo estupendo. No ha estado exento de molestias o dificultades, pero ciertamente ha sido una gestación llena de salud y de vida. Estoy cerca de cumplir ocho meses de llevarte en mi vientre, y sólo tengo un par de semanas de haberme dado cabal cuenta de esto que digo. Y lo digo porque es importante decirlo. Es difícil saber cómo es un embarazo, porque todos y cada uno son distintos, y las comparaciones son inevitables (sobre todo en el primer embarazo, con tanta inexperiencia, y sobre todo porque todas las mujeres tienen una opinión y una vivencia que quieren compartir: "yo me salía a correr hasta el día antes de parir", "yo me paraba de manos hasta los ocho meses", "yo tuve diabetes y preeclampsia", "yo me la pasé dormida los nueve meses"). Es por ello que recibí comentarios como "eso no es normal", "eres muy delicada", "estás demasiado estresada", "qué raro", "estás demasiado gordita", "no has engordado nada", "te ves estupenda", "duerme todo lo que quieras". El espectro de percepciones es tan grande como la cantidad de personas con las que he hablado (muchas veces no sólo las mujeres tienen algo qué decir: también los maridos, los ex maridos, los hermanos, los hijos, los padres...). ¿He tenido síntomas desagradables? Claro que sí. ¿Estoy sana, en perfecta condición y lista para tener un parto natural lleno de poder y sabiduría? Absolutamente. No ha habido nada raro o preocupante en el proceso de tu gestación, Emilia. Simplemente han sido mi cuerpo y mi alma adaptándose a tu cuerpo y tu alma.

Desde el 25 de diciembre de 2015 hasta el día de hoy (o sea, tres meses), has llevado en mi interior una actividad frenética. Para Navidad nos regalaste a tu papá y a mí tu primer movimiento perceptible, tu primera señal inequívoca de vida. Sabiamente, le pegaste a tu papá en la cabeza con una de tus piernitas (un gesto asombroso de tu parte, porque pareciera que ya lo conoces: a veces hay que estremecerlo para sacarlo de su omnipotente cabeza). Él, que estaba reclinado sobre mi abdomen, brincó y se entusiasmó y nuestras miradas y sonrisas se encontraron en júbilo: en un mismo instante, ambos habíamos sentido la primera patada de nuestra bebé: en una fracción de segundo, los tres nos comunicamos en silencio, con nuestros cuerpos, en perfecta sintonía. Y tú, por supuesto, fuiste la líder, la protagonista del momento.

Desde entonces no has dejado de moverte. Mientras escribo estas palabras tú te retuerces como gusano o mariposa o viento o mar o todo junto. Lanzas tus piernas y tus brazos en todas direcciones, con diferente intensidad y velocidad, con distintos efectos y sensaciones en mi cuerpo. A veces me haces cosquillas, a veces creo que me voy a orinar involuntariamente, a veces me asusto. Algunas personas me han dicho que ya empieza el momento en que te vas a acomodar para el parto, que pronto dejarás de moverte, pero yo no veo que te importe mucho lo que esas gentes me han contado. Te noto llena de energía siempre (como tu papá), a veces me pregunto a qué hora duermes, o si esta vitalidad que manifiestas es un rasgo temprano de tu inteligencia, de tu inquietud, de tus vagancias. Y pienso, cómo no, en que yo me rehusé a acomodarme dentro del vientre de mi mamá, tu abuelita, y me pregunto si esto que experimento contigo será un rasgo de personalidad que te estoy heredando. Desobediencia congénita. Inteligencia e iniciativa, voluntad fuerte. Me gusta pero me asusta. No sé hasta qué grado te vas a parecer a mí, pero si resultas ser mi espejo, serás entonces el mayor reto y la mayor bendición que me ha enviado Dios (incluso más que tu papá, que por ahora es mi más grande reflejo), pues serás la oportunidad perfecta para comprenderme, amarme, perdonarme y crecer, pero también la ocasión ideal para rechazarme, despreciarme, castigarme y sufrir. Y del modo en que me trate a mí misma será el modo en que te trate a ti. Pero no tengas miedo: el primer paso es ser consciente de esto, y yo ya lo soy. Quiero que seas libre, fuerte y alegre, quiero comprenderte, amarte, perdonarte y verte crecer; no quiero rechazarte, despreciarte, castigarte y verte sufrir. Pero por favor: llega al mundo por parto natural, no por cesárea.

Y cuando digo que quiero que seas libre, fuerte y alegre, no quiero que te imagines que no te voy a poner límites, o que voy a ser una de esas señoras políticamente correctas que por temor a equivocarse no ejercen autoridad. No, Emilia: uno de los modos en que te voy a enseñar libertad, fortaleza y alegría es presentándote ante retos y dificultades, enseñándote responsabilidad y obligaciones, y apoyándote en momentos de dolor y sufrimiento. Yo nunca te voy a golpear, Emilia, pero tampoco te voy a debilitar protegiéndote de los inevitables golpes de la vida: te voy a enseñar la mejor actitud para recibir el golpe y las mejores estrategias para sanar y aprender, crecer.

Quisiera platicarte algunos de los rasgos maravillosos de estar embarazada de ti. En primer lugar, mi concepto de ser mujer cambió sustancialmente al enterarme de que puedo crear, albergar y nutrir a una semilla, apoyarla en su conversión a ser humano y proveerle todo lo necesario para su incorporación al mundo. La maternidad o el embarazo, como nada más en el mundo, es capaz de ampliarle a la mujer la dimensión de su existencia sobre el planeta. Y esta idea me lleva a la siguiente: la relación con la Naturaleza y lo Divino. Al estar embarazada me sentí como una flor abriéndose al mundo, como un árbol que esta primavera dará sólo una fruta sagrada, como una tierra o un paisaje en el que las semillas se convierten en vida y la vida brota de las superficies y explota en belleza bajo el sol. Y tú eres la explosión de vida y hermosura, pero en ese fenómeno llamado fecundidad y fertilidad yo también me vuelvo la hermosa portadora y dadora de vida. Soy parte esencial del milagro. Soy bendecida con la abundancia de la Diosa Madre Naturaleza, lo cual me da humildad ante el inmenso poder de Dios, y al mismo tiempo soy la portentosa  fuerza de vida. Yo, como mujer embarazada, estoy directamente conectada a la energía creadora de La Vida. Soy un fragmento de Dios, una de las manifestaciones de su generosidad, su belleza, su poder. Y también lo eres tú. Tu corazón y su feroz latido, tus movimientos efervescentes, el crecimiento constante y sano que has llevado a lo largo de los meses: eres la encarnación de la vida: tu carne es vida: tú eres vida: milagro, fuerza, belleza, poder, luz, transformación.

Y una de las más difíciles tareas del embarazo y de ser madre es soltar a los hijos. Tan pronto como tu cuerpo y el mío dejen de ser uno mismo, tú serás una personita independiente, un individuo.  Están los años de crianza, por supuesto, pero tú serás tú misma. Eres una extensión de mi cuerpo, eres mi carne, mi sangre y mi espíritu (y de tu padre), pero al mismo tiempo eres otro ser humano. No eres yo, no eres tu papá, ni siquiera eres la mezcla de ambos: eres mucho más: eres tú. Quizás eso sea un gran componente de lo que llaman depresión posparto. Parirte no sólo será una experiencia cumbre, una experiencia crítica e intensa: también será un duelo. Perderé tus pataditas y la exquisita redondez de mi cuerpo, además del control de mis horarios y mis movimientos, el egoísmo de mis pechos, las horas de sueño, la dinámica de pareja con tu papá tal como la conozco desde hace años. Por eso he empezado, desde hace algunas semanas, a sumergirme en las profundidades de la idea de la impermanencia. Amo mi condición de embarazada y te amo dentro de mí, amo mi vida en la actualidad y amo mi presente versión de mí misma. Y tengo que dejar ir todo ello en algunas semanas, en cuanto nazcas. Y entonces, en la medida en que exitosamente suelte lo que amo hoy y que habrá de cambiar y morir, amaré lo que venga, que también a su vez algún día habrá de irse.

Tu papá y yo nos divertimos pensando en cómo serás, no sólo físicamente sino en tu personalidad y carácter. Según yo, algunas cosas están claras: tendrás ojos grandes y hermosos (aunque oscilo entre creer que serán cafés o verdes), cabellera rizada y rebelde, y unos labios preciosos. Además, serás porfiada, creativa, sumamente inteligente, con sentido del humor y platicadora. Todos estos son rasgos en los que tu papá y yo coincidimos. Por eso creo que las probabilidades de que los heredes son enormes. Pero claro, una nunca sabe: podrás tomar de abuelos o tíos o de quién sabe quién. Pero además quiero confesarte que hago ejercicios constantes para desprenderme de ideas y creencias sobre ti que puedan determinar la forma en que te veo, el trato que te doy o la educación que te brindo. Por ejemplo, a veces te imagino muy vaga e inquieta, o exaltada y caprichuda (sobre todo por lo mucho que te mueves dentro de mí), y no me gusta imaginar eso. Me parece que te limito, o te prejuzgo. Que te condiciono, incluso. Así que procuro distanciarme de estas especulaciones, y mejor limitarme a observarte en tu andar por el mundo, con compasión y generosidad. Sé quien quieras, yo habré de tener la sabiduría de ser la mejor madre posible para ti.

Hay tres cosas que quiero plasmar por escrito, para que duren más y las palabras no se las lleve el viento. Tres pilares filosóficos sobre los que pienso basar tu crianza. El primero de ellos es al mismo tiempo muy espiritual y muy pragmático: la abundancia y la generosidad.  En estos 27 años de vida he aprendido, querida hija, que Dios, La Vida o El Universo (como lo quieras llamar, para mí son sinónimos) es permanentemente abundante. ¿Qué quiere decir esto? Hay riqueza de todo lo que necesitas de manera perpetua. Incluso en contextos que parezcan desérticos, pobres o de carencia, hay abundancia: principalmente de aprendizajes y lecciones. Y es que no toda la abundancia en el mundo es material: tú tendrás grandes cantidades de inteligencia, destrezas, aptitudes, salud y personas que te queremos, por mencionar sólo algunas. Y con éstas, puedes conseguir todo lo demás que quieras y necesites. Te voy a dar un ejemplo. Cuando yo viví en Montreal, la ciudad en donde nació tu papi, a la edad de 20 años, hubo varios días donde no tenía comida que necesitaba para saciar mi estómago hambriento. Pero lo que sí tuve fue la fuerza de voluntad para convencerme de que yo estaba bien a pesar de tener hambre, y de que tarde o temprano todo saldría bien. Y así fue: todo salió bien. Y desde entonces mi ecuanimidad y mi poder mental son mayores. La segunda clave de la abundancia es la generosidad. ¿Qué es la generosidad? La abundancia que recibiste del Universo, depositada nuevamente en el Universo. Así de sencillo. Ofrece al mundo y a otros seres humanos lo que tienes, porque no te pertenece exclusivamente a ti: te ha sido dado para que lo compartas, y mientras más lo compartas, más te será dado. La riqueza y la abundancia son un río, preciosa Emilia: el agua llega a ti (de muchas maneras: paciencia, inteligencia, creatividad, dinero, tiempo, ropa, zapatos, juguetes, comida) y si la devuelves al río con la misma gracia con que la recibiste, te seguirá llegando, porque nutrirás al río. Si, por el contrario, quieres conservar el agua y apartarla para ti, irás secando la corriente y habrá menos líquido para ti y también para los demás.

El segundo pilar con que habré de guiar mi papel de madre es lo que yo llamo AAD. En orden de importancia: Amor, Arte y Deporte. Te voy a decir algo como maestra y como hija de maestros, Emilia: yo no creo en las escuelas ni en la Secretaría de Educación Pública ni en la “educación” por competencias ni en nada de eso. Creo que el diseño actual de las escuelas es aburrido, incoherente y contraproducente. Yo no espero que aprendas nada de las horas que pasarás en la escuela (tal vez sólo habilidades de socialización). Es más: sólo te voy a inscribir en la escuela para descansar unas horas de ti (y que tú descanses de mí) y poder hacer otras cosas con mi tiempo personal. Y no estoy dispuesta a pagar por educación privada, jamás. Porque así como no creo en la educación pública, creo menos en la educación privada, y su mera existencia me parece aberrante (el conocimiento no debería estar ligado al lucro ni a intereses financieros personales o grupales). Yo me voy a encargar, igual que mi mamá se encargó conmigo, de que adquieras el hábito de la lectura, de que tu ortografía sea buena, de que tu noción de la geografía sea mejor al hablar de ella cuando salgamos de viaje, de platicarte y explicarte la Historia, de que entiendas las matemáticas, de que comprendas el inglés y el francés, de que sepas en qué consiste una buena tarea y una investigación responsable, de que adquieras cultura general al involucrarte y contarte y llevarte a tantas cosas. Pero antes de eso, me voy a encargar siempre de amarte por encima de cualquier otra cosa (y manifestártelo, y asegurarme de que ese amor sea provechoso para ti y te haga crecer), de involucrarte en actividades artísticas que te permitan divertirte, expresarte, experimentar  y comprenderte, y de acercarte a actividades físicas que te enseñen disciplina y te mantengan sana física y mentalmente.

Por último, el tercer pilar sobre el que sostengo mi maternidad será sobre el hecho de que eres mujer y lo que eso implica. En este mundo, desde hace demasiados siglos, la mujer ha sido condenada, rechazada, juzgada, temida, violentada, censurada, dominada e incluso satanizada. Esta situación continúa hasta el día de hoy. Es por ello que como tu madre me encuentro por un lado orgullosa de tu sexo, y por el otro lado, preocupada por tu sexo. Orgullosa porque la mujer tiene una conexión más profunda y palpable con Lo Divino (el embarazo es un ejemplo claro de ello), y porque sus capacidades y posibilidades son prácticamente infinitas. La mujer es un sujeto de poder y de belleza, por infinidad de razones. Preocupada porque la sociedad se obstinará en volverte un objeto (sexual, para ser precisa), en exigirte una apariencia física que nunca será natural y que te va a implicar desilusión y frustración, en insinuar que eres débil, chismosa, superficial, inestable, voluble, emocional antes que racional, consumista, tonta, promiscua. Hay miles de formas, sutiles y burdas, de violentar a una mujer: acoso sexual callejero, violaciones, asesinatos, expresiones coloquiales (“pareces vieja”, “lloras como niña”, “qué puta”), despidos por embarazo, salarios inferiores… Hay muchos ejemplos, Emilia. Y yo tengo el angustioso presentimiento de que el resentimiento de sufrir tanta violencia va a llegar a tal grado que la comunidad femenina comenzará a actuar, también, con violencia. Te lo vuelvo a repetir: en casa serás recibida con una atmósfera pensada para hacerte un ser humano libre, fuerte y alegre: no un objeto, no oprimida, no débil, no estereotipada, no discriminada. Y como una mujer amada, abundante, generosa, libre, fuerte y alegre, tú no hallarás refugio en la violencia. No caigas nunca en el engaño, Emilia: la única solución, siempre y en todo lugar, es el amor. Y esa es una declaración política, no sólo espiritual, de principios, valores, ideas y proyectos.

Respecto a las cosas desagradables del embarazo, puedo decirte que hay algunos días, sólo algunos, en que encuentro particularmente nefastas las limitaciones a mi menú: nada crudo (¡extraño el atún del sushi!), no quesos blandos (Brie: aún pienso en ti), no embutidos (jamón ibérico: ¡vuelve a mí!), no alcohol (a veces bebo un poquito, pero muy poquito), por mencionar algunos. Pero también puedo escribir un párrafo entero de otros pequeños inconvenientes: en el primer trimestre llegaron las náuseas, los dolores de cabeza, un cansancio paralizante y un atroz dolor en los pechos; en el segundo trimestre hicieron acto de presencia la comezón en la piel, las taquicardias, la falta de aire, los mareos, la incomodidad para dormir (¡qué difícil fue acostumbrarme a no dormir boca abajo!), el dolor en el nervio ciático y en la espalda baja y las hemorroides; el tercer trimestre ha traído consigo torpeza en los movimientos, ganas absurdamente frecuentes de orinar, bochornos, cansancio de nuevo y olores corporales “especiales”.

Pero nada, nada se compara con la dicha y el gozo y la fortuna de llevarte adentro y de esperar tu llegada. Vas a cambiar nuestras vidas para siempre, Emilia. Y aún antes de verte y conocerte, ya me has hecho más feliz, más grande, más madura, más fuerte: mejor. Gracias, hijita (¿sabías que así me decía tu abuelito?).

Con amor, 

tu mamá.  

jueves, 25 de febrero de 2016

La meditación, entre la crisis y la neurosis

Un día de la semana pasada me di cuenta de algo. Fue como un balde de agua fría en la cabeza.

Y ahora es cuando hago una incómoda confesión.

Resulta que desde que tengo uso de la memoria, yo me considero a mí misma como una persona buena. Así, en general, me considero bien intencionada, cortés, amable, generosa... En lo particular, además, me siento especialmente inteligente, extraordinariamente observadora y particularmente despierta, en el sentido de poder ver a través de las cosas, seguir complejas líneas de pensamiento, llegar a conclusiones a través de la reflexión y hacer profunda empatía con otros. Durante años ese es el concepto en el que me había tenido a mí misma.

Pero yo creo que era el resultado de pretensiones juveniles, o de falta de experiencia, de ignorancia vital, por ponerlo de algún modo. Siempre ha habido algunas personas en mi entorno cuya retroalimentación de mi persona ha sido como echarle leña a ese fuego del ego (verso sin esfuerzo). Por ejemplo, en la preparatoria, el maestro de filosofía llamó a mis padres a una junta y les dijo "su hija está a años luz del resto de sus compañeros" (esta historia le encantaba a mi papá y la platicaba siempre que podía); hace algunas semanas mi psicóloga me dijo que tengo "un poder extraordinario de sanación" y una "gran capacidad para la empatía". En la universidad una maestra me dijo que yo era una líder que fungía como un eje unificador en la clase; otra profesora me dijo que yo era especial en tanto que tenía mucho en la cabeza y mucho en el corazón.

Es decir: no he sacado como loca, de la nada, estas conclusiones o estas etiquetas sobre mí misma. A lo largo del camino he encontrado confirmaciones. Además, por supuesto, de que fui una niña muy amada por mis papás y mis hermanos y siempre me decían cosas lindas de mí misma. Bueno, no siempre, pero ese no es el punto. Digamos que mayoritariamente.

La semana pasada, pues, me asaltó la certeza de que no es así. O sea, no quiero sonar depresiva ni auto flagelada, sino... Compartirles que estoy más perdida de lo que pensaba. O no. No sé qué términos usar. Bueno, les voy a dar ejemplos concretos de a qué me refiero.

Cuando alguien me cuenta que están tristes o están atravesando alguna dificultad, no sé qué decir. Me paralizo. Sólo se me ocurre decirle "aquí estoy", "lo siento mucho", "te amo", o abrazarlos, o quedarme en silencio a su lado. Siento una congoja terrible de no poder reconfortarlos.

O si estoy en un lapso de tensión con mi marido, me es casi imposible arriesgarme al rechazo y me quedo en mi propio universo hasta que él decide asomarse y disculparse, o preguntarme que si quiero hablar. Y aunque sé que seguramente está triste o enojado o con miedo, me cuesta un trabajo terrible acercarme a él.

Aunque me gusta pensar en mí misma como alguien generosa, es todo un reto para mí ofrecerle algo a un desconocido (como fruta o un dulce), o lo que me resulta prácticamente imposible, a pesar de mi vehemente deseo de hacerlo, es decirle a mi interlocutor, al final del diálogo: "que Dios te bendiga". Cómo me gustaría darle bendiciones a todos, y qué lejos estoy de lograrlo.

¿Por qué les cuento esto? Porque de un modo inesperado, se tradujo en una crisis espiritual. Bueno, no sé si calificarla como crisis, aunque sí, probablemente ese sea el término adecuado. No es una crisis escandalosa o desgastante, pero sí es un cambio profundo que me está requiriendo de silencio y discernimiento. Y bueno, una de las manifestaciones de esta crisis, quizá la más evidente, es que me encuentro en un impasse en mi hábito de meditar diario. Porque no sé qué espero de la meditación en este momento de mi vida.

A veces quisiera concentrarme en las meditaciones para la generosidad y la abundancia; otras veces en las compasivas; otras, en las de maternidad; otras, en las de perdón; otras, en las de eliminar sufrimiento; otras, en las de amor propio y felicidad. Y en lo que son peras o son manzanas, no hago ninguna meditación. Me siento entre agobiada y desorientada. No sé qué beneficios o méritos espirituales quiero o necesito, o qué me hace falta. ¡No estoy despierta, como pensaba! ¡Y en mi modorra, me hace falta una guía! ¿Cómo ser mejor persona?

Se suponía que estaba escribiendo este texto para comprender mejor lo que me pasaba y pasar a la siguiente etapa de la mentada crisis, pero creo que lo único que logré fue sentirme neurótica. ¡¿Por qué no hago una de cada una, cada día de la semana, y me dejo de mamadas?!

miércoles, 24 de febrero de 2016

Gineceos del siglo XXI

Hace ya varios años leí en algún libro sobre los gineceos. No sé qué libro es ni recuerdo con precisión qué decía; por eso el día de hoy tuve que investigar en Internet para poder refrescarme la memoria. Resulta que la acepción más común de la palabra "gineceo" es la del pistilo de la flor. Es decir, es un término de la biología. Sin embargo, el gineceo del que yo quiero reflexionar es el de la Antigua Grecia.

Como saben, el vocablo "gine", utilizado en español en diferentes palabras (ginecólogo, andrógino, misoginia...), proviene del griego y designa a la mujer o a lo femenino. Así pues, el gineceo es una habitación de las casas grandes o espléndidas, designada a las mujeres. Resulta que tiene una contraparte, llamada andrón, que era el espacio exclusivo para los hombres. Detalle curioso en los hábitos y tradiciones helénicas, puesto que la mayoría de los territorios eran ya de por sí exclusivamente masculinos.

Lo que yo recuerdo haber leído en aquel libro misterioso cuyo título he olvidado, es que el gineceo era un espacio propio de las mujeres no casadas. Es decir, viudas, divorciadas o doncellas. Lo que encuentro hoy en mi pequeña investigación dice que en realidad ese espacio incluía también a las mujeres casadas. Y no sólo eso, sino que las mujeres permanecían encerradas en ese espacio por obligación, para cumplir con sus deberes femeninos: criar a los hijos, preparar alimentos, crear las vestimentas para los miembros de la familia, etc. En otras palabras: según lo que leí, no era una habitación a la que acudían por placer y para el encuentro, sino el área que se les designaba por ser féminas. El gineceo era el cuarto más apartado de la calle y de la entrada a la casa. Previo a éste se encontraba, por supuesto, el andrón, dado que el hombre sí era un animal público.

¿A dónde voy con todo esto? Hace años, cuando recién conocí el concepto, no me sentí especialmente atraída hacia la imagen o el fenómeno de un espacio designado especialmente para la mujer. No obstante, desde hace un par de años he comenzado a desarrollar en mi cabeza algunas ideas conectadas al gineceo. No sólo de sus consecuencias psicológicas, sociales, culturales, emocionales y espirituales, sino del gran poder que puede extraerse de esa figura de un territorio exclusivamente femenino y las ideas que tengan vigencia y que puedan aplicarse hoy en día.

En general, lo que he encontrado en el Internet despliega una idea negativa hacia el gineceo, y condena la actitud social que se tenía hacia la mujer en la Antigua Grecia. Se habla de tenerla encerrada, bajo perpetuo control masculino, encajonada en el papel de esposa y madre, censurada de la escuela y los espacios públicos y ensalzada cuando era callada, sumisa y de austera vida franciscana. Es decir, se rechaza lo que parece un sistema de vida machista. Sin embargo, en el fondo hay varios aspectos más que rescatables, admirables, del fenómeno del gineceo.

Quisiera empezar por decir que yo, en definitiva, estoy en desacuerdo con la idea de un encierro obligatorio, más aún cuando el encierro ofrece actividades tan limitadas como lo son cocinar, tejer, hilar, cantar o bailar. A mí, ya desde ahí, me harían falta libros, cuadernos, plumas y colores, para poderles dar rienda suelta a mi necesidad de leer, de crear y de imaginar. También estoy en contra del aislamiento impuesto (lo hay voluntario), tan sólo porque yo misma gozo de los placeres de la independencia: salir sola de casa, resolver mis necesidades, moverme libremente, conseguir por mi propia cuenta lo que quiero y necesito, y eso sin mencionar salir a una escuela, a aprender, a socializar, a disfrutar del viento, a observar a la gente, a tomarme una nieve, a vivir.

Pero, más entrados en la materia, hay dos o tres cosas que rescataría de ese estilo de vida o de ese espacio femenino creado en la antigüedad. Para empezar, la ubicación del gineceo me parece elocuente en sí misma. Al fondo. Alejado del ojo público, del escrutinio, del ruido, del juicio, del chisme, de la banalidad. El gineceo ofrece la oportunidad, igual que un retiro en silencio, de escapar de lo mundano del mundo (valga la redundancia). Es el contexto idóneo para la reflexión, para el ocio, para la creatividad, para el arte y la filosofía, para la espiritualidad y la religión. Es decir, marginadas de la expectativa social o pública, las mujeres internadas en el gineceo podrían potencialmente convertirse en el motor invisible pero indiscutible del mundo helénico -y muy probablemente así fue.

Si un colectivo o una comunidad tiene la oportunidad (el privilegio, hoy en día) de encerrarse por horas en una habitación, alejada de distracciones y ausente de presiones laborales, monetarias o familiares, ese colectivo o esa comunidad puede lograr lo que se proponga. Puede conseguir, entre otras cosas, crear un sistema de creencias y rituales espirituales que le den sentido a su existencia, que le haga sentirse más cerca de Dios(a) y por lo tanto, le haga sentir poder y amor, bondad y generosidad, confianza y responsabilidad, perdón y sosiego. Puede conseguir, también, plasmar esas creencias y esos rituales en poemas y canciones, escritos u orales, que contengan la sabiduría de Dios(a) y de acuerdos y leyes para la sana y armoniosa convivencia de los hombres, que se transmitan a través de generaciones  y permitan la creación de una cultura. Puede conseguir, así mismo, crear un lenguaje con el cual se puedan moldear fábulas y pinturas y danzas y figuras que refuercen el sentido y eleven el espíritu. Puede conseguir, pues, volverse el motor invisible pero indiscutible del mundo.

Además, por otro lado, al grupo social al que se responsabiliza de la educación y crianza de los menores, se le da por ende el poder (tremendo, absoluto) y la libertad de transmitir, filtrar y transformar la cultura, la lengua, el pensamiento, el pasado, el presente y el futuro. Si las mujeres, encerradas en cuatro paredes al fondo de una casa, eran la autoridad de esta materia, eran ellas las encargadas de heredar y de crear cultura: valores, perspectivas, reflexiones, creatividad, elocuencia, socialización, religión, posturas, educación, información, capacidades, actitudes, aptitudes, fortalezas.

Por otro lado, y de esto creo haber hablado ya en ocasiones anteriores, la compañía e interacción entre mujeres puede ser sumamente provechosa. Las mujeres somos criaturas divinas, en tanto que estamos más conectadas con la Naturaleza, principal manifestación de Dios(a). El embarazo es la prueba más fehaciente de esto. Y es por ello que la convivencia exclusivamente femenina se presta para temas y atmósferas gloriosas. Es decir, dado que se nos ha consignado a lo largo de los siglos las tareas familiares y domésticas, comprendemos (o hemos comprendido, o podríamos comprender) temas de educación, espiritualidad, salud, muerte, nacimiento, alumbramiento, alimentación, fenómenos naturales, psicología, emociones, etc.

Por desgracia, el privilegio conquistado por el movimiento feminista de acudir a una escuela o de tener un puesto de trabajo, el día de hoy se ha convertido en el drama en el que las niñas son analfabetas funcionales, crueles (o bullies) y ciberadictas, o las empleadas o emprendedoras son esclavas modernas de las que además se espera que sean jóvenes, bellas, esbeltas, madres responsables, esposas encantadoras y eficientes administradoras del hogar. Lo anterior es una generalización, pero pretende dibujar la caricatura de la dinámica social en que está inscrita la fémina del siglo XXI. Una criatura enloquecida.

Es cierto que la mujer, igual que el hombre, debería tener acceso a la educación, a la consecución de metas y sueños, a decidir sus gobernantes, a ejercer su inteligencia, habilidades y tiempo en lo que mejor le parezca. Es cierto. Pero también es cierto que en la misma medida en que el hombre está siendo incapaz de lograrlo, la mujer se está alejando de este ideal equitativo y valeroso. Como dice Gabriel Zaid, "las instituciones educativas son un fraude. El graduado promedio tiene el nivel del presidente Fox".

Se habla, pensando aún en este sueño caduco, de que permanecer en casa y ser educada por madres y abuelas en los menesteres del hogar y de la familia es arcaico, sexista y anacrónico. Puede ser que sí sea sexista, en tanto que es un rol no sólo impuesto, sino exclusivo de los miembros de un sexo. Sin embargo, me parece en extremo vigente y contemporáneo el hecho de que los seres humanos, no sólo las mujeres, necesitamos pasar más tiempo con nuestros padres y abuelos, que necesitamos retomar tradiciones que fortalezcan a la comunidad y le den sentido a la vida, que los niños y jóvenes sean educados por seres humanos y no por pantallas, que los adolescentes estén acompañados y no a la deriva en el Internet, que las personas sean animales capaces de sobrevivir en su entorno (conocer plantas curativas, recetas, ejercicios para dolores, los ciclos naturales, los síntomas de las enfermedades, el comportamiento de los animales, la obtención de alimento...).

No estoy de acuerdo con que las expectativas de vida de una mujer estén socialmente impuestas y que se limiten a ser esposa y madre, y que un buen ejemplar deba ser callado y sumiso. Pero la verdad es que tener un compañero de vida y tener hijos es algo a lo que aspiramos muchas, si no es que la mayoría de las mujeres contemporáneas. Excepto que ahora estamos enfrentadas a vivir esta etapa de matrimonio y maternidad sin haber crecido entre madres y esposas, desvinculadas de la comunidad y con la obligación (ya no necesariamente el gusto) de trabajar, porque el salario de tu compañero es insuficiente. Y trabajas para pagar ropa porque ya no la haces. Para pagar comida porque ya no la cocinas. Para pagar electricidad para encender el microondas para descongelar la comida, para poner en marcha la lavadora con productos que se descubrirá que producen cáncer, para encender la secadora porque ya no tienes sol ni espacio donde secar tus prendas con calor y viento gratuitos. Para pagar la colegiatura, porque la escuela gratuita que ofrece el gobierno (por el que votaste tú o las personas desesperadas por 500 pesos en Soriana) emplea a profesores ignorantes y no tiene el presupuesto para mantener las instalaciones en condiciones dignas.

La Historia se ha fragmentado. El curso de la cultura se ha quebrado. Hemos perdido el rumbo. La continuidad de la educación, la información, los valores, el arte, la filosofía, la ciencia, el sentido y la vida misma se ha roto. Y volver a la mujer, a la madre, a la Diosa, al interior, al silencio, al retiro, a la reflexión, a la comunidad es un intento de recuperar a la Humanidad. De recuperarnos.

¿Cómo puede un gineceo ser un modo de empoderar a la mujer contemporánea? ¿Cómo puede ser la compañía e interacción entre mujeres sumamente provechosa, como sostenía hace algunos párrafos? Mi propuesta es crear espacios a los que las mujeres acudan voluntariamente para compartir dudas, dolores, reflexiones, conocimientos, inquietudes, temores. En otras palabras: crear comunidad femenina. Porque las mujeres somos distintas de los hombres, hay cosas que sólo nosotras podemos comprender, proponer, dialogar y transformar. Y si de un espacio de convivencia y comunicación pueden surgir mujeres más fuertes, más alegres y mejor preparadas, también pueden crearse lazos familiares y sociales más fuertes, sanos y fructíferos.

Ya hay proyectos e iniciativas sociales en el mundo que buscan apoyar a las mujeres de las comunidades como una forma de impulsar el desarrollo. Digamos que yo propongo la creación de una Casa de la Mujer, que surja de la iniciativa de la comunidad femenina y no de un proyecto gubernamental, que sea auto regulada, y cuya dinámica y temáticas surjan de y satisfagan las necesidades particulares de las integrantes de la Casa. Porque sigo creyendo en la verdad de un verso que escribí hace varios años: en una mujer está contenida toda la belleza y toda la violencia. Hay que trabajar en acrecentar la belleza (o en los ojos de quienes la miran, en todas sus formas) y en disminuir la violencia, que tan sutiles manifestaciones ha adquirido en la modernidad.

martes, 23 de febrero de 2016

Mi más grande amor

Hace más de un mes que no escribo y eso es un problema. No tanto que sea un problema en sí mismo, sino que, como creo haber dicho en otras ocasiones anteriores, cuando transcurre mucho tiempo sin que escriba, mi escritura se vuelve más rígida y dificultosa. Me entumo. Me da artritis creativa. Parálisis literaria. Pierdo el ritmo, el tono, el léxico, los temas, la emoción, la seguridad, el hábito de mover los dedos rápidos sobre las teclas y hacer que éstas se traduzcan en letras en la pantalla que forman palabras que forman frases que forman sentido.

Uf. Acabo de escribir eso de corridito. (Como cuando tienes una cita con alguien que te gusta mucho y recién se ven y estás hablando muchísimo porque estás nervioso y no quieres que el silencio se cuele como la destructiva humedad entre ese diálogo que en realidad es monólogo que podría transformarse en un futuro en una relación hermosa y fructífera, como las de Disney, como la que siempre has soñado. Uf. Esto también lo acabo de escribir de corridito.) Intentemos esto con más calma.

El hecho de que lleve más de un mes sin escribir no quiere decir que lleve más de un mes sin pensar literariamente, por ponerlo de algún modo. Pienso, por supuesto, que tengo que continuar con la edición de la antología de estos gajos, pero lleva en receso tanto tiempo que me intimida un poco. Me he auto saboteado, lo confieso. Lo dejo para luego. No lo he priorizado. Y el legajo de papeles está metido en mi mochila de la computadora, invisible y silenciosamente reprochándome el abandono.

También he pensado en escribir sobre el embarazo. Las crudas verdades del embarazo. Aquello que sólo encuentras en Internet cuando ya te está sucediendo y buscas un foro con gente real que comparta la locura contigo y en quienes halles consuelo y compañía. Por ejemplo, las veces que toso o estornudo y un pequeño chorrito de orina se despide de mi vejiga para aterrizar en mis bragas. Cosas nada glamurosas como ésa.

O, por otro lado, escribir sobre las cosas asombrosas y bellísimas y portentosas y sobrecogedoras sobre estar embarazada. Como sentirme un árbol en primavera que está dando frutas. O una flor en apogeo. O una Diosa. O un torbellino, O tierra fértil. O un paisaje hermoso. Un río limpio y caudaloso. Una planta frondosa. Un melón jugoso. Una encarnación de la Abundancia.

Así mismo, he pensado en escribir -confesar- los detalles de lo que ha sido para mí el hábito de la codependencia a lo largo de mi vida. Cómo se me manifiesta, qué implica, de dónde viene, en qué se traduce, cómo me jode y cómo jodo yo a los demás. Ya hasta tengo el título para ese texto. Se va a llamar Los placeres de la codependencia. Directo. Al punto. Pero sorpresivo. Casi aberrante, contradictorio. Pero infinitamente honesto. Y autodestructivo, también.

He querido escribir ficción también. Algún cuento con final horrendo, o con personajes perturbados. Algún cuento que hable de lo que sea, pero que hable. Que exista. ¡Que exista, por dios, que exista! ¡O que exista ese otro texto que quiero escribir en donde divago sobre las posibles respuestas y causas de una pregunta que por primera vez en mi vida me asaltó hace unos días y que es la interrogante sobre qué quiero o espero o necesito de mis sesiones de meditación!

Estoy desesperada por escribir. Por eso lo de hoy, aunque fue una especie de trampa porque digo todo sin decir nada, es una victoria sobre el mutismo. Extraño el jugo y el peso y la forma y la atmósfera de cada palabra. Extraño la concentración con que busco en mi cerebro las piezas del rompecabezas, y las selecciono, y las tecleo en un segundo gracias a mis clases de mecanografía en la secundaria, y milagrosamente encajan en el paisaje que voy pintando con los signos y los significantes que me heredó mi madre, mi familia, mi país, mi cultura, mi mundo. La lengua hispana es mi droga, mi alimento, mi cobijo, mi más grande amor.