miércoles, 30 de noviembre de 2011
Apología grullense
martes, 29 de noviembre de 2011
Globos de feria*
domingo, 30 de octubre de 2011
Todas somos Miss Bala
No quiero significar nada*
voy a desaparecer.
Lento, me internaré
en la espesura de cierto bosque
que convierta mis lágrimas en microcosmos.
Voy a buscar en el frío de mis huesos
el olvido de esta sensación inédita
de mutismo.
Me desharé, poco a poco,
de esta vida que no quiero,
que se me agolpa en la garganta,
que muere en mi lengua.
Te encontraré en los lagos
cuando asomada a la superficie me devuelvan mi reflejo
y sonreiré,
porque eso habrías hecho tú.
Voy a tomar de ti
lo que sé y lo que amo:
me lo voy a guardar en las venas
y en silencio deambularé entre los árboles,
protegiéndote del frío al que irreversiblemente me habré entregado,
pensando sólo pensamientos dulces, pensamiento caricias
que no habrán de lastimarte nunca.
*"no quiero significar nada" es una frase de un libro que desconozco y no he leído, pero que me compartió un amigo. Desde el mismo día en que me la dijo, me sentí identificada con ella, pues al fin pude encontrar palabras para esa sensación que no podría nombrar de otro modo. El deseo de sólo ser espectador pero no partícipe: ser invisible: ser inofensivo. Es decir, no ser.
martes, 25 de octubre de 2011
Morir pronto*
martes, 11 de octubre de 2011
Las pequeñas molestias cotidianas*
Uno puede despertarse en la mañana con la sensación de estar descansado, con la alegría de haber tenido una noche reparadora y unos sueños agradables. Es posible que te levantes, te mires dificultosamente en el espejo del baño a causa de tus párpados hinchados y no te encuentres demasiado feo. Te desnudas y te encuentras satisfecho con la masa que cubre tu esqueleto; te duchas y te relajas al mismo tiempo que te despabilas. Todo va bien, casi perfecto.
Estás en la cocina sirviendo el café en tu taza preferida, la que compraste en ese viaje que tanto disfrutaste, y de pronto pareciera que se abre la caja de pandora y todos sus seres apocalípticos y calamitosos se asoman al piso de tu casa representados en el más terrible y temible de ellos: una rata, un ratón, una cucaracha, una hormiga o una mariposa negra muerta con sus alas de mal agüero hechas polvo.
La vida se encarga de ponernos absolutamente todos los días pequeños obstáculos que nos impiden alcanzar la más sublime dicha, el gozo total, un estado de bienestar inconmensurable, la perfección completa. Podemos decir que se trata de un complot sobrenatural hacia los humanos para mantenernos sometidos en una vida repulsiva y despreciable, o podemos alegar, con mejor gana, que son pequeños retos para poner a prueba nuestro sentido del humor y nuestra capacidad de frustración.
Todo depende de la perspectiva y, por supuesto, de las circunstancias. Digo, no es lo mismo que se te rompa un tacón a las cinco de la mañana, después de que se terminó la fiesta y cuando estás a un metro de distancia de tu coche, a que se te rompa el tacón el día de tu boda en el extremo equivocado del pasillo.
Estas molestias, tal como parece, no son siempre tan pequeñas. Estos incidentes que podrían parecer insignificantes en realidad están todo el tiempo definiendo, en mayor o menor medida, el rumbo de nuestras vidas. Olvidar el celular en casa puede resultar en un necesario descanso o la pérdida de empleo; entender mal una palabra en una conversación puede quedarse en ocasionar una simple broma o ir hasta el rencor.
El secreto está, yo creo, en no obsesionarse con ellos. La gran mayoría de estos incidentes se escapan de nuestro control y nuestra voluntad, así que pocas veces podemos preverlos. Lo mejor es no preocuparse por ellos sino simplemente ocuparse, considerando que no podemos hacer nada por cambiar lo sucedido.En la medida en que hagamos importantes estos acontecimientos será el grado de afectación que tendrán en nuestras vidas. Como casi siempre, todo está en la actitud: nuestra novia puede ponerse a llorar desconsoladamente a la entrada de la Iglesia, o mandar a volar ambas zapatillas y caminar en puntitas hasta el altar; podemos, mientras seguimos sirviendo nuestro café, decirle al bicho “buenos días, te mato más tarde” o pensar en él todo el día y resignarnos a traer mala vibra.
viernes, 7 de octubre de 2011
lunes, 26 de septiembre de 2011
Horror al vacío
A Víctor Caamaño
No es cierto que vamos buscando a quien amar porque nos hayan arrebatado, en el principio de los tiempos, según dicen algunas mitologías, a nuestra mitad, e incompletos vayamos vagando por el mundo, olfateando en los demás la esencia de la nostalgia que ellos a su vez tendrán de nosotros. No es cierto. No buscamos algo que perdimos, sino el misterio de lo que aún no conocemos. Que observen nuestros gestos, los conozcan, los respeten y hasta los quieran. Que conozcan el mecanismo de nuestro pensamiento, el modo en que nos afectan las cosas y las razones de nuestras reacciones. Nuestras intenciones, las aspiraciones, los miedos, los recuerdos, las obsesiones, las debilidades, el color de nuestras ropas interiores. Que sin necesidad de dar explicaciones, lo sepan ¿Y de dónde nos viene la exótica idea de que esto existe? De la familia. Nuestros padres y hermanos, a fuerza de convivir prolongadamente con nosotros, comienzan a conocernos, aceptarnos e incluirnos en sus vidas. Saben nuestros tonos de voz, nuestras muecas, reconocen la sutil diferencia de nuestros distintos silencios. Una vez que hemos crecido y el imperio enardecido de las hormonas ha tomado el poder indisciplinado sobre nuestros cuerpos, reconocemos la necesidad de la carnalidad. Nos arrebata el deseo de un beso, de una caricia, de una mirada intensa. Así, pues, mezcla de lo corporal y de la inmensa satisfacción que da saberse aceptado y partícipe de una relación con otros, comenzamos a buscar (o a aceptar gustosamente) quién nos satisfaga. Quién se tome el tiempo y el esfuerzo de observarnos, medio comprendernos (porque siempre seremos un misterio para los demás, y los demás lo serán para nosotros) y aceptarnos, al mismo tiempo que nos abraza, nos toma de la mano, nos hace el amor. Hay quienes, incluso, sentimos la urgencia de que terminen de una buena vez los primeros meses donde todo es admiración, deslumbramiento y perfección para que comience la batalla real: que conozcan nuestros olores secretos, que sepan de nuestra loca familia y su historia y sus costumbres, que sean testigos de esa mirada de disgusto, de ese gesto de incomodidad. Si algún extraordinario sujeto logra sobrepasar esta etapa de continuas dudas, reconsideraciones, interrogantes, misterios, disgustos, incomodidades y todo aquello que implica la adaptación a una vida compartida con un desconocido (todos somos desconocidos para los demás. Incluso nuestra familia, porque la idea de que nos conocen es sólo una ilusión), entonces habremos encontrado a alguien especial, perdurable, y podremos recordar esa cita de Italo Calvino que dice “buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno. Y hacerlo durar y darle espacio”. Hacerlo durar y darle espacio. Ahí está el problema.
Este ensayo está dedicado a un amigo que conocí por primera vez en un taller de ensayo literario con el ilustre y muy querido por mí Israel Carranza. Ese amigo era un hombre “de edad” (como se dice por ahí para no lastimar a quienes ya han vivido más años de los que aún les restan), y quizás el más disciplinado e instruido de todos quienes asistíamos a ese curso. Sus ensayos, que llevaba religiosamente cada viernes, estaban poblados de referencias literarias, filosóficas, políticas y científicas de lo más cultas; después de cada ensayo escrito y leído por los distintos alumnos, él retroalimentaba con honestidad y precisión. Pero lo que verdaderamente lo delataba como un hombre sabio era el hecho de que siempre se daba el gusto (que para la mayoría de quienes olvidamos nuestra mortalidad, es un lujo) de beberse un café o de tomar una de las riquísimas nieves que vendían a pocos metros de la librería donde nos citábamos cada semana. Este amigo, Víctor, un buen día (no: un excelente día) me dijo, después de leer un ensayo (no recuerdo cuál es) que había escrito para el taller, que yo llegaría muy lejos. Y que lo mismo le había dicho a Eugenia León cuando la conoció, siendo ella apenas una muchachita sin la fama que ahora tiene por, precisamente, haber llegado tan lejos. En esos espesos días en que amanezco con poco amor y confianza propios, recuerdo ese augurio que me echó mi amigo y me siento aferrada a un flotador que sale de nuevo a la superficie. Víctor, otro día, me regaló el libro “Elegía”, de Philip Roth y me pidió por favor que yo lo autorizase a convertirse en mi mentor. Le dije que sí, sin la intención de que realmente se llevara a cabo. ¿Qué quería decir eso de convertirse en mi “mentor”? No lo entendía muy bien y me daba un poco de miedo, incluso de pereza. Estoy acostumbrada a llevar mi propio ritmo con mis mentores, que siempre han sido los libros y algún que otro profesor, brillante o despistado, en quien he creído encontrar atisbos de genialidad. Víctor, por su cuenta, pareció muy emocionado con la respuesta. Yo notaba que Víctor disfrutaba mucho de mi compañía: frecuentemente me invitaba a eventos culturales; me pedía, al final de la clase los viernes, que me quedara con él a tomar un café; me interrogaba sobre el libro que me dio y que hasta la fecha no he leído. Quizás era la diferencia de edad, de sexos, de caracteres para la escritura. Acudimos juntos a algunas actividades en museos, charlamos en ciertas ocasiones, y no me volvió a regalar otro libro. Me mudé de ciudad y hace algunos meses, Víctor falleció.
A veces pienso que ahora, muerto, Víctor puede verme y acompañarme a donde sea y como sea. Me imagino, luego, que todos los que han pasado a “mejor vida” tienen esta característica: nos pueden ver cuando lo deseen. Recreo en mi cabeza hordas de muertos voyeuristas que se agolpan en mi habitación cuando me estoy desnudando para meterme a bañar. Pero se me ocurre también que hay muertos sensibles y amorosos que se te acercan cuando estás triste, cuando te quieres encomendar a alguien que no sea ese dios etéreo del que tanto y tan sólo nos han platicado. Pienso, pues, en los fallecidos, como en una forma imperceptible de compañía, aunque esto suene ridículo. Luego mi cabeza toma el vuelo de un papalote a la hora de pensar cuáles serán los requisitos o los horarios para poder visitar a los vivos. Porque, de otro modo, me parece un poco inmoral el hecho de que cualquier muerto, cuando le venga en gana, me haga una visita cuando estoy, digamos, indispuesta: hablando sola en el cuarto, sentada sobre el retrete o depilando mis axilas. Me abruma plantearme esta indiscriminada falta de privacidad. Pero lo que realmente quiero decir es que en el fondo, como un acto de fe, quisiera creer que los muertos están con nosotros.
Por un lado, pensar que los muertos pueden estar conmigo y, por el otro, acelerar mi primera confesión incómoda en el proceso del cortejo para saber pronto si estoy conociendo a “la persona indicada”, dicen de mí que soy víctima (o propietaria, según se mire) de un terrible, de un sobrecogedor horror vacui. Tenue pero tangible como un olor, percibo un miedo no hacia la soledad sino hacia el vacío de otros en mi vida. No temo tener como único recurso mi calor corporal para habitar mis sábanas; no me repele pensar en ir sin compañía los viernes al cine; no me agobia plantearme los domingos como el día para leer o para pasear en el parque con nadie más que el perro. Lo que realmente me impacta es verme como una isla inaccesible, alguien que ha perdido el eslabón que la une, no sólo en sentido social sino histórico y existencial, con los otros, con los demás. Quedarme progresivamente sin esa familia en cuyo mapa de vida figuran mis gestos y mis gustos.
No es que me parezca que yo merezca ser conocida, o que valgo la pena, o que puedo aportar algo de trascendencia. No. Esto que siento está bien alejado de un desorden del ego o de la vanidad. Es, más bien, quedarme sin la versión que los otros tienen de mí. Reducir mi espectro de pensamiento o de percepción a aquello que nace únicamente de mí y no también de quienes me rodean. Perderme la oportunidad de verme contrastada con mis prójimos. Pero de ese escenario sobre todo me asusta la desolada certeza de no haber provocado en alguien más la curiosidad y el afecto que a mí me provocan tantas cosas y personas. Por eso es tan difícil mantener el amor propio cuando nos sospechamos derrotados en el ámbito de ser amados por alguien más: porque se va generando un vacío donde sólo existe nuestra persona, y este individuo en cuestión tarde o temprano empezará a pudrirse, porque así pasa con el agua que se estanca, y un ser aislado es materia inerte: no puede reciclarse en la convivencia con el otro.
Precisamente porque no sé a ciencia cierta que alguien me amará hasta el fin de mis días, y conocerá mis movimientos, mis tonos de voz y mis hábitos ideáticos, es que prefiero creer que me acompañan los muertos. Por los menos los que conozco, aunque no pueda saber de qué modo o en qué momentos. Por eso, y no en vano, he dedicado este texto a mi buen amigo Víctor. Porque yo aún lo acompaño a él.
miércoles, 7 de septiembre de 2011
Entrevista a Luis Alberto Bravo
El 29 de agosto pasado, los integrantes del V Taller de periodismo cultural y crítica de arte nos reunimos en el museo Juan Escutia, ubicado en el centro de la capital nayarita, con el director de la compañía de teatro “Tituba”, Luis Alberto Bravo, quien también es fundador del Laboratorio de Arte Teatral y Escénico de Nayarit (LATEN), y director del Festival nacional de teatro “Ixcuintla”, con sede en el municipio de Santiago Ixcuintla.
El originalmente licenciado en derecho hizo estudios escénicos en Tijuana, en la Asociación Nacional de Actores (ANDA) en el DF y Los Ángeles, Estados Unidos. Como resultado de una decisión basada en la preferencia por vivir en un lugar que no tuviera una sólida cultura del teatro llegó a vivir a Tepic. En nuestra ciudad, quince días después de su arribo, comenzó a trabajar como director del grupo de teatro Zero y posteriormente fundó el grupo de teatro infantil, juvenil y universitario. Ambos grupos siguen vigentes hasta la fecha. “Los nayaritas tenemos dos piernas, dos brazos, dos ojos, el mismo peso de masa cerebral. ¿Por qué no podemos hacer otras cosas?”, reflexiona el artista.
Tras ser doblemente becado para estudiar Dirección de escena, en “Casa del teatro”, con Luis de Tavira, en la ciudad de México y en la ciudad de Salamanca, Guanajuato, vuelve a Tepic y funda el Tituba, una agrupación independiente cuyo objetivo es “la profesionalización del teatro en Nayarit”, según las palabras de Bravo. El nombre del grupo se debe a un personaje de la obra de Arthur Miller, “Las brujas de Salem”. Al fundador de la compañía le tocó representar este papel al final de su carrera en Los Ángeles y para él significa que todo es posible. En Barbados, además, quiere decir “buen porvenir”.
El Tituba tiene tres dramaturgos que escriben especialmente para la agrupación: Gabriel Alfonso Ortega, Gabriela Inclán y Alberto Castillo Pérez. Cuenta, además, con un escenógrafo, un vestuarista, un músico, dos coreógrafos, un artista plástico, doce actores (uno de ellos funge además como director gráfico y una como relacionista pública), y el propio Bravo, quien es el director general.
La compañía teatral tiene presentaciones todos los jueves a las 19:30 horas, en las instalaciones del LATEN (Morelos 139, entre Ures y San Luis). A partir del 22 de septiembre estarán en temporada con la obra “Amado” (que se estrenará como parte de las actividades del Festival Cultural Cervantino), que tiene como personaje principal al poeta nayarita Amado Nervo, y a partir del 27 de octubre con la obra “El refrigerador”. En noviembre el grupo se va de gira a Baja California y en 2012 están invitados a asistir al DF, a Michoacán, y a Uruguay, Nicaragua y Cuba.
miércoles, 31 de agosto de 2011
Niños de la guerra
Llegué al teatro de la escuela primaria Presidente Alemán a unos escasos segundos de que diera comienzo la función. Fue un alivio y al mismo tiempo una sorpresa cuando subí la mirada y pude contemplar la sala en su totalidad: las tres cuartas partes de las butacas estaban ocupadas, sobre todo aquellas que estaban más cerca del escenario. Sólo unas cuatro o cinco filas hacia el final estaban libres. Me dio mucho gusto: por un lado, soy el tipo de persona que acostumbra sentarse hacia el final, tanto en los teatros como en los cines; por el otro, es emocionante ver que un teatro tepiqueño esté así de concurrido. Ocupé un asiento de en medio y tan pronto me senté apagaron las luces. Un agradable aire acondicionado ambientaba el recinto. La inquietud de los pequeñines, que conformaban la mayoría de los espectadores, se agolpaba en mis oídos. Comenzaba una de las matinés de obras de teatro infantil que forman parte del Festival Cultural Amado Nervo 2011.
Los niños actores, ocho (aunque son nueve en la compañía teatral, llamada Tewa Akan), salieron a escena vestidos con una indumentaria sencilla pero que les permitía ser reconocidos inmediatamente: estaban disfrazados de adultos, particularmente de campesinos. Una pequeña niña comienza la narración hablando de su pueblo, un pequeño lugar poblado por gente quejumbrosa, achacada por el terrible mal de la falta de lluvia, que ha traído consigo la infertilidad de gallinas y cabras, de los pozos de agua y de la calma de espíritu. De pronto, llegan sin aviso un par de niños, hablando una lengua extraña y exhaustos por el hambre y el esfuerzo de la caminata desde su pueblo lejano, agobiado por la guerra, hasta esta tierra de gente amargada y encerrada en sí misma. Los lugareños, frente a los pequeños desconocidos, se muestran reacios. Lo que no conocemos lo tememos, y lo que tememos lo odiamos. Los extranjeros, frente al rechazo, se refugian en sus instrumentos musicales y durante la primera noche de su estancia en ese pueblo de gente inhóspita comienzan a tocar una pieza con su pandero y su melódica. Las notas viajan por el aire que respiran aquellas personas herméticas, se meten entre sus sábanas. Al día siguiente, los lugareños despiertan con ligereza, buen humor y la buena noticia de que la lluvia está por llegar. “Eso de la música es una cosa hermosa”, dice el pequeño actor que interpreta al anciano sabio del pueblo. Pero el desprecio hacia los recién llegados continúa.
Con un montaje sencillo pero bello y memorable, un juego de luces nada pretensioso y sí muy efectivo, y un repertorio de pequeñitos con diálogos perfectamente aprendidos y movimientos escénicos que demuestran haber sido ensayados una y otra vez, Niños de la guerra es una obra teatral que habla de temas tan profundos como el temor al otro, la riqueza intercultural (“resultando nuevos sabores y saberes”, dice la actriz protagonista), el horror de la guerra y la empatía del amor o el confinamiento al que nos condena el miedo. Como dice Eliseo Alberto, “el miedo es una camisa de fuerza”. El arte, no obstante, nos hace conscientes estos amarres. Por eso hay que ver Niños de la guerra.
*Tewa Akan es un grupo de teatro infantil de Nayarit dirigido por Alonso Apolinar y conformado por los infantes Roberto David Bueno Larios, Paola García García, Oscar Manuel Gutiérrez Lepe, Claribel Zarahi Soria Sánchez, Saray Elizabeth Hernández Carrillo y Val Cristian Brahans.
lunes, 29 de agosto de 2011
Lux Boreal
A las once horas de un domingo que normalmente sería consagrado al descanso o a la familia, se transformó en mi caso en una maravillosa experiencia de diálogo con las integrantes femeninas del grupo de danza contemporánea, con sede en Tijuana, llamado Lux Boreal. Nos contaron (a mis compañeros del Taller de periodismo cultural y crítica de arte, y a mí) detalles íntimos sobre el grupo e incluso de algunos de sus miembros, su historia como compañía de danza, las vicisitudes que han atravesado y algunos datos escabrosos sobre su última puesta en escena, titulada Lamb (cordero, en idioma inglés).
Sobre los retos que se les presentan para acercar a los espectadores a la danza, nos mencionaron que “no es una tradición en la sociedad mexicana darle importancia al arte. La sensibilidad de apreciar el arte la tiene cualquiera, pero no la tenemos desarrollada”, según dijo Azalea López, bailarina. Victoria Reyes, por otro lado, nos puntualizaba que han hecho obras cortas para que sean fácilmente digeribles para un público no conocedor, y que parece que ha dado frutos, pues Lux Boreal es un grupo que los bajacalifornianos quieren y procuran. Briseida López, otra de las bailarinas, nos repetía aquello que todos (excepto los altos funcionarios del gobierno, pareciera) hemos oído infinidad de veces: “la forma más eficaz de acercar a la gente al arte es desde la educación de casa”. Además de haber creado el Diplomado de Danza Contemporánea y Producción Escénica Lux Boreal (con sede en Tijuana y actualmente en su sexta edición), que tiene como intención crear público para esta disciplina artística, los jóvenes danzantes han llevado las artes escénicas a las calles. “La gente le tiene mucho miedo a los teatros”, se lamentaba Azalea. Nos confesaron contentas que después de haberse presentado en la vía pública, aquellos espectadores espontáneos y desprevenidos después fueron voluntariamente a verlos a un foro o a un teatro.
Nos contaban también que una manera que han encontrado de renovarse constantemente y así mantenerse frescos es colaborar con distintos coreógrafos. Para “Scrabble”, la puesta en escena que pudimos disfrutar en el Teatro” Alí Chumacero”, fue Magdalena Brezzo, una reconocida coreógrafa de origen uruguayo, la profesional invitada para trabajar con ellos, junto con los coreógrafos Henry Torres y Ángel Arámbula. Este montaje habla sobre las obsesiones y miedos de cada uno de los bailarines, y su nombre se debe al modo en que los coreógrafos decidieron darle unidad al proyecto: tomaron el nombre de cada una de las partes en que los jóvenes bailaban sus monstruos internos y las combinaron de modo juguetón para crear un ensamble con ilación y sentido.
La pieza que pudimos ver el domingo 28 de agosto a las 20 horas en el recinto tepiqueño fue de gran colorido, de precisión en los estímulos y las sensaciones, de movimientos concisos pero elocuentes, de gran interacción entre los danzantes y entre éstos y la música y la escenografía. Un espectáculo que, desafortunadamente, duró menos de una hora pero que al final recibió una gran cantidad de aplausos. No es diario que los nayaritas tenemos la posibilidad de ver una pieza artística de este nivel: tanta pasión en escena, tanta disciplina. Prefiero los domingos consagrados al arte que al descanso, es un hecho.
lunes, 22 de agosto de 2011
Vuelvo
Y vuelvo hoy a mi rincón de polvo
a relamer mis heridas
a recostarme entre los recuerdos basura
como un gato fantasmagórico.
Y vuelvo hoy a desprenderme de mis demonios
malcriados, abruptos
que corren siguiendo mis huellas
para morder a quienes yo quisiera abrazar.
Y vuelvo hoy a ser el retrato feo
que cuelga de un muro de mi casa vida,
y arruina la estancia de los invitados.
No tengo otro remedio que observar
quietecita
el llanto de los que me miran directo a los ojos.
Y vuelvo hoy a ser fruta madura
que cae del árbol
con altanería y desgracia
y comienza lenta y sola su putrefacción allá abajo.
Y vuelvo hoy
a ser este pedazo, este intento de humano
que no tiene más desdicha ni más gracia
que ser mujer y poeta.
jueves, 11 de agosto de 2011
Y si llama él no le digas que estoy
miércoles, 10 de agosto de 2011
Nota importante pero sustancialmente insignificante
martes, 26 de julio de 2011
Quiero unas calcetas moradas
lunes, 25 de julio de 2011
De por qué odio los programas televisivos de bromas pesadas
viernes, 22 de julio de 2011
En otro ámbito de la vida, les comparto LA canción del momento. De preferencia no vean el video, cuya simbología me parece demasiado del tipo "Señor de los anillos", y como hecho para los amantes adolescentes del género metal. Del mismo grupo recomiendo la canción "The package".
jueves, 21 de julio de 2011
miércoles, 20 de julio de 2011
lunes, 18 de julio de 2011
Un corazón roto
la Nuit de l'Ours from Alexis Fradier on Vimeo.
lunes, 4 de julio de 2011
Hoy. En cinco actos.
Soy un viento
que acaricia la vida de los que me rodean,
el recuerdo alegre
de mi servidumbre amorosa.
Soy un barco en naufragio
y un pozo sin agua.
Soy una mentira
y una casa empolvada.
Soy un nido vacío,
una choza sin techo.
Soy una carta
sin destinatario ni remitente.
Soy una sonrisa forzada
y una lágrima involuntaria.
Soy un abrazo roto
y el anhelo de no serlo.
Soy un tren enmohecido
descarrilado al lado de la vía
recostado de lado sobre el césped
húmedo de la selva.
Soy un trozo de madera
desprendido de la pared
que sostiene a este mundo.
Soy una gota de lluvia
que cayó sobre la cuenca de un ojo
y quedó confundida con lágrima.
Soy un trozo de carne
en descomposición.
Soy la furia de vida
que el caracol atesora en su corazón.
Soy una piltrafa.
Soy una greñuda
nociva sobre todo para sí misma.
II
Abúlica. Depresiva. Desinteresada. Pasiva. Triste. Melancólica. Nostálgica. Amarga. Indiferente. Grosera. Pesimista. Lacónica. Irritable. Irreverente. Escéptica. Nihilista. Negativa. Existencialista. Meditabunda. Introspectiva. Ensimismada. Apática. Antipática. Vengativa. Rabiosa. Solitaria. Huraña. Honesta. Voluble. Vulnerable. Inestable. Impredecible. Inconsistente. Enmarañada.
III
Me voy a acostar
tres metros bajo tierra
y arrepentirme.
Voy a saltar
al abismo
y acongojarme.
Voy a dar un paso en falso
y estrellarme.
Voy a agitar la mano en el puerto
para no volver nunca
y llorar la incertidumbre de todo
y la certeza de la soledad.
IV
Me declaro, actualmente, incapaz de garantizarme mi propia felicidad, mi bienestar emocional.
V
No me duele
el dolor de mi cuerpo
de muro muerto.
martes, 14 de junio de 2011
La nostalgia de los locos
Si me vuelvo loca no quiero tener lapsos de lucidez en los que me pueda invadir mi propia nostalgia y la lástima ajena.
Y si la persona a la que amo pierde la razón, el sentido o lo que sea que se pierde, le voy a pedir que me lleve con él.
lunes, 6 de junio de 2011
7:40 pm
es cuando los sueños se materializan en pájaros
y se juntan en comunidad
a cantar y volar.
La hora dorada
es la oportunidad para la belleza,
el justo instante en que desde el cielo
se estira un brazo para acariciarnos
y hacernos tersa la piel
y amable la mirada.
La hora dorada
es el lapso que nos ha sido otorgado
para ser lo mejor que podemos ser
o tal vez solo aparentarlo.
La hora dorada
se concreta en un ambiente de magia
cuando todos, vivos o muertos, resplandecemos como tesoros.
La hora dorada
es el efímero momento
que nos da cada día
para eregirnos en redención
para gozar la versión imposible,
la hermosa farsa, el brillo
de aquel que pudimos haber sido
o que aun somos
cuando podemos conservar la esperanza.
La hora dorada
se desdibuja en un rosa
que colorea el cielo a trozos
y nos deja nostálgicos.
El rosa,
encolerizado por la envidia,
se vuelca en negro
y le abre la puerta a los fantasmas.
miércoles, 1 de junio de 2011
La guerra del espectáculo
miércoles, 25 de mayo de 2011
lunes, 23 de mayo de 2011
Adiós
lunes, 16 de mayo de 2011
Vida: gracias; te debo un golpe.
lunes, 9 de mayo de 2011
Fart! FaRt!! FART!!!
sábado, 7 de mayo de 2011
Cuando más lejos estamos
martes, 3 de mayo de 2011
Ahora sí: voy a mandar a la mierda...
domingo, 6 de febrero de 2011
Los himnos de los '90. Parte 3.
