A la 1 de la tarde teníamos cita con el Cirque du Soleil en el Puerto Viejo, y con todo y lluvia nos lanzamos Angel y yo en las bicis. Llegamos empapados y agitados pero lo valió. Valió cada centavo de los 60 dólares que pagué; valió cada pedaleada; valió cada gota en mi cara y en mis nalgas; valió cada charco sobre el que caímos.
Los artistas del Soleil hacen no sólo que lo difícil se vea fácil sino que además convierten algo tan cotidiano como el cuerpo humano en un instrumento para alcanzar la belleza absoluta. Una combinación de música, luces, vestuario, maquillaje y, por supuesto, talento, hace que a través del cuerpo del artista el espectador pueda hacer el anonadante viaje hacia la hermosura total, la perfección. El humano convertido, a través de su arte, en sublime.
El Circo del Sol es un desplante de heroísmo estético. Un deleite para la vista, el oído y la imaginación. Las mentes detrás del escenario no sólo no encuentran una limitante en las leyes de la naturaleza, como la gravedad, sino que las aprovechan y utilizan para crear actos que se salen por completo de lo ordinario, de lo mediocre, como hombres caminando sobre plataformas verticales.

Y por la noche, casi como si la ciudad me dijera adiós, fuegos artificiales a cargo de Inglaterra. Estuvieron tan bonitos que casi lloro. Se me puso la piel chinita.
Es difícil decirle adiós a una ciudad en la que viví un mes entero, un mes excepcional: conocí obras de arte inspiradoras, visité los parques más bonitos que jamás he visto, pasé hambres, robé dinero de iglesias, disfruté cada paso que daba en estas calles de arquitectura tan bonita, anduve horas enteras sobre una bici, dormí en un colchón inflable y sin almohada, viví en un edificio pestilente, entablé amistad con gente entrañable.


Cuando uno comienza a amar las cosas, la gente, los lugares, es como si la sangre empezara a echar raíces: las venas y los nervios poco a poco comienzan a prenderse de lo amado. Y cuando todo termina y uno tiene que dejar o ser dejado pareciera que las venas ya no lo acompañan a uno y que la sangre, junto con la vida misma, se quedó con lo amado. Pero el tiempo pasa y descubrimos que aquello que amamos no se quedó con nuestra sangre sino que nos bombeó de la suya.

En Montreal se respira un aire de libertad que hace parecer a todos como unos individuos locos, sin vergüenzas o coherencias.



En Montreal hay graffitis bien hechos.


En Montreal la gente no se sabe estacionar. (No tengo fotos, ¡pero es verdad!)

En Montreal el verano es ocasión de festejo donde todos alaban al Sol que sólo ven unos cuantos meses al año.

En Montreal 6 de cada 10 personas tienen una enfermedad mental.

En Montreal se suicida mucha gente cada invierno.

En Montreal la gente no se casa, pero firma un contrato de unión libre.

En Montreal hay ciclovías por todos lados y la gente ama las bicis.


En Montreal hay gente que no habla inglés y otra tanta que cree que Quebec debería independizarse del resto de Canadá.

En Montreal hay chinos, japoneses, rusos, mexicanos, peruanos, argentinos, chilenos, gringos, pakistanís, hindús...


¡Adiós, Montreal!
