viernes, 21 de noviembre de 2025

El Sureste

Vamos de regreso en el tren maya. De Palenque hacia Mérida Teya. Aún no averiguo qué significa Teya, pero dejo constancia del nombre completo de la estación. 

Por la ventana se ven varias poblaciones, algunas muy pequeñas con la mayoría de las casas con techos (y a veces paredes) de lámina; otras más grandes, con casas de dos pisos y una capa de pintura reciente. 

Mi mamá y yo vemos varios campos de pastoreo donde muchas vacas que se ven sanas corren, comen y se echan a descansar en grupo a la sombra de los árboles. A veces se asoman algunos caballos.

Vemos también que aún hay muchas obras que están en proceso, en las inmediaciones de las vías del tren. Hay muchos hombres (vi sólo a una mujer) en la zona de trabajos, algunos vestidos de civil y otros con uniforme de la Guardia Nacional. 

En casi todos los sitios que hemos visitado, miembros sumamente amables de la Guardia Nacional nos han saludado, recibido, orientado, informado y hasta fotografiado. Hombres y mujeres, muchos de los cuales tienen rasgos faciales que revelan sus orígenes indígenas. 

Mi mamá preguntó a distintas personas, en distintos puntos del recorrido, sobre la satisfacción con respecto al tren maya, y también sobre las fuentes de empleo. Invariablemente la gente respondía contenta, diciendo que las nuevas empresas de la Sedena (Secretaría de Defensa Nacional) pagaban considerablemente más que la iniciativa privada ("y además del salario nos dan vales de despensa y de transporte; ganamos casi lo mismo que los maestros", nos dijo una empleada del Hotel Mundo Maya Palenque), que había llegado mucho turismo y con él una mayor derrama económica, y que había más opciones laborales y hasta educativas (el Instituto Politécnico Nacional acaba de inaugurar un campus en Palenque, Chiapas). Sospecho que muchos integrantes de la Guardia Nacional se han incorporado por el acceso que les brinda a educación superior y a una fuente digna de ingresos. 

En este viaje visitamos Yucatán, Campeche y Chiapas (atravesamos brevemente Tabasco, montadas sobre el tren) y observé dos cosas que unen a los tres estados: por una parte, la inmensa y excepcional amabilidad de la gente, que incluso dejan lo que están haciendo por ayudar a un desconocido; y el hecho de que tanto en Mérida, como en Campeche y Palenque había una escultura, en un parque o glorieta de importancia, dedicada no sólo a la maternidad sino a la lactancia materna. Figuras esculpidas en blanco, donde una mujer sentada se saca la chichi para ofrecerla a su bebé, que descansa en sus brazos. 

Tanto la riqueza natural (¡la exuberancia de la flora selvática!), como la cultural (en especial la gastronómica: qué suculenta es la comida del sureste) me conmovieron casi hasta las lágrimas en repetidas ocasiones. En el cenote yucateco donde escuché el espíritu de Dios; encima del Palacio en las ruinas de Palenque, donde recordé con asombro la sofisticación y los avances de la cultura maya; montada sobre el tren, donde atestigüé el impacto positivo para los pobladores de la zona de este nuevo medio de transporte; recorriendo las calles coloniales y su contraste entre esplendor y decadencia; en el Hotel Mundo Maya, hermosísimo en sus instalaciones y paisajes; pero sobre todo mirar a mi mamá, a lo largo de la aventura: saber que su generosidad nos trajo hasta acá, no saber si habrá de repetirse, compartir risas y recuerdos, y saber a ciencia cierta que estas experiencias y anécdotas nos van a acompañar a las dos hasta el fin de nuestros días, que espero que queden aún muy lejos. Gracias a la vida, como contesta mi mamá cuando yo le quiero agradecer a ella, citando, según cuenta ella, a su suegra, mi abuela paterna. 

La construcción del tren maya y de los hoteles Mundo Maya es en sí misma histórica, y recorrer, aunque sea sólo un tramito, se intuye importante y trascendental. Pienso en la vida prehispánica, en los tiempos de la Colonia, en los años del porfiriato (años de esplendor para Mérida), en mi papá, mis abuelos y todos mis ancestros y me doy cuenta que quiénes decidimos ser y cómo escogemos actuar es hacer historia. Un día ya no tendré a mi mamá pero contaré con muchas historias, suyas y de quienes vinieron antes que ella, para transmitirles a mis hijas y nietos, y espero yo también poder estar a la altura del legado que quisiera dejarle a mi descendencia. Por lo pronto, dejo constancia en este texto, un mensaje dentro de una botella que quizá alguien pescará en el mar del futuro. Mientras termino este texto miro por la ventana y veo a un señor, caminando por una calle de tierra próxima a la estación de Escárcega, que saluda al tren con sus dos brazos extendidos hacia el cielo. Qué júbilo. ¡Que viva el tren maya!

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Tren Maya

El tren es cómodo y parece de primer mundo. Baños amplios, espacios para el equipaje, butacas confortables y la incomparable vista de la Selva Lacandona. Me siento agradecida, y feliz.

Pasan unos minutos y empiezan a abordar el tren un grupo de personas de la tercera edad, extasiados de estar jubilados (asumo) y juntos, en una nueva aventura en la península Maya. Se carcajean, se comunican a gritos, se hacen bromas burlonas. Inmediatamente dejo de compartir con ellos el gusto de que estén vivos. Los quiero matar, o por lo menos sustraerles las cuerdas vocales. 

A mi lado viaja una pareja joven de extranjeros. Parecen de Europa del Este. Toman asiento y acto seguido extraen de sus mochilas libros gruesos que leen en calma y tranquilidad. Guau, mis almas gemelas, aunque yo no leo ni un segundo del trayecto y más bien juego solitario en mi teléfono, como poseída, mientras ignoro la app de Kindle donde tengo tesoros que me esperan con telarañas virtuales. 

En algún momento viajo hacia la sección del vagón donde está la cafetería. Me topo de frente con el grupo alebrestado de gente que continúa comunicándose a alaridos y que entorpecen el flujo de quienes queremos ordenar una cervecita, un cafecito o una torta de cochinita pibil. Maldita sea. No logran decidirse entre tamales o sándwiches, se burlan del cajero que les pregunta si quieren su Coca Cola light, se quejan de los precios. Sobrevivo la experiencia a base de inhalaciones profundas e insultos que se reproducen sin parar en mi mente. 

En la estación de Escárcega se baja la pareja extranjera, con sus modales europeos, y son sustituídos por otra pareja, menos joven y muy mexicana. Sin ninguna contemplación, deciden obsequiarnos al resto de los pasajeros su lista de reproducción de Spotify. Me lleva el diablo. Odio a la humanidad. Recuerdo por qué no me gusta salir de mi casa. Pero acto seguido recuerdo que mi mamá está pagando el viaje y entonces me pongo en modo Virgencita Gracias. Además sale una canción de Zoé, de las viejitas, y la canto en silencio y perdono a medias a esta nueva pareja que en vez de leer se la pasan besándose todo el camino. Besos sonoros. Besos babosos. Esta parejita me está haciendo odiar los besos. Nunca más voy a besar a nadie en mi vida, declaro en mi mente, hasta que recuerdo que estoy casada y se me pasa. 

Vuelvo nuevamente al vagón de la cafetería y ahora me pido cafés para acompañar las galletas que mi mamá compró quién sabe cuándo y han recorrido toda la península junto con nosotras, además de unas Oreo que nos regaló el anfitrión del Airbnb en Campeche y que no podía despreciar, del modo en que sí desprecio al resto de pasajeros del tren. Me da un acceso sosegado y silencioso de ira y odio a toda la humanidad y me reconozco misántropa y de repente mi mamá me enseña una foto y nos reímos juntas. 

El tren se queda parado durante muchos minutos en la estación de Candelaria, y después de varias canciones tediosas en español (pensemos en Arjona) que salen del teléfono de los mexicanos besucones, de pronto se reproduce una canción de Joaquín Sabina. Hold my beer. ¡Me encanta Sabina! Empiezo a cantar de memoria todos los versos cuando, de golpe, me doy cuenta que mi adorado poeta ibérico es en realidad un macho tóxico. La canción es, en efecto, sumamente metafórica e incluso bella, pero básicamente lo que le está diciendo a la mujer a la que se la dedica es "cojamos pero no me fastidies con la cotidianeidad y la rutina". ¡Ah qué la chingada! Cero responsabilidad afectiva para este bohemio español. Muy a pesar de mí misma, decreto que me sigue fascinando, que me recuerda a mi hermano (a quien amo con locura) y a mi vida en el país de don Quijote de la Mancha, hace dos décadas. 

Estamos a menos de una hora de nuestro destino, Palenque, y siento una cosa rara entre la garganta y el estómago que se parece a la náusea. Puede ser el resultado de una cerveza seguida de un americano, pero perfectamente pueden ser también los besos de los vecinos que se me atoraron en el buche. ¡Que viva el tren maya!