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jueves, 24 de marzo de 2016

Carta abierta a Emilia o Las peripecias de estar embarazada o Primer testamento de crianza

Te amaré, te amaré en lo profundo
Te amaré como tengo que amar
Te amaré, te amaré como pueda
Te amaré aunque no sea la paz
(…)
Te amaré, te amaré junto al viento
Te amaré como único ser
Te amaré hasta el fin de los tiempos
Te amaré y después te amaré
Silvio Rodríguez

Querida hija mía,

A las pocas semanas de enterarme de tu existencia como semillita dentro de mí, leí en algún lugar la recomendación de llevar un diario para poder heredárselo al bebé y que fuera un lindo detalle: la narración de sus primeros meses de vida, cuando aún no ha salido de su primer hogar. Me gustó mucho, lo quise poner en práctica, y sólo escribí cuatro días. Disculpa las consecuencias de mi indisciplina. Éste es, pues, un intento por dejar constancia de mi experiencia, mis emociones y mis opiniones durante el embarazo pero no sólo.

Habrás notado que esta carta tiene tres posibles nombres. El primero de ellos significa que estas líneas son tuyas, fueron escritas para ti y podrás volver a ellas cuando quieras, como destinataria que eres, y quizás sacar algo distinto cada vez. Pero creo que no sólo tú podrías sacar provecho de estas palabras: quiero creer que hay algo valioso en ellas para la humanidad entera. Y es por ello que es una carta abierta, disponible no sólo para ti. Perdóname de antemano por cualquier inconveniente que esta decisión mía pueda traer a tu vida. El segundo título responde a que quise que este texto fuera tanto una misiva dirigida a ti, como un relato de las locuras, las aventuras y las sorpresas que se me han presentado con el embarazo. Uno de los primeros pasos que tomé para escribirla fue buscar el significado de la palabra "peripecia". Dice el diccionario, mi gran amigo, que es un "accidente imprevisto o cambio repentino de situación". Tú estás lejos de haber sido un accidente o un imprevisto (tu papá y yo te pensamos, te platicamos, te deseamos y fuimos tras de ti, hasta que por fin estuviste en mi pancita). Pero ciertamente tu llegada a mi vida ha representado un sinfín de cambios repentinos. El tercer título se refiere a la declaración que hago en estos párrafos de las ideas que he cobijado como fundamentales para criarte como hija mía y ciudadana de este mundo. No es una declaración definitiva: nuestro camino juntas apenas comienza, mucho habré de cambiar y por lo tanto, mucho cambiarán mis ideas y mis creencias. Pero el día de hoy que redacto esta carta para ti, esta es la esencia de mi pensamiento como madre.

Algo que me gustaría dejar muy claro desde el inicio es que he tenido, hasta el día de hoy, un embarazo estupendo. No ha estado exento de molestias o dificultades, pero ciertamente ha sido una gestación llena de salud y de vida. Estoy cerca de cumplir ocho meses de llevarte en mi vientre, y sólo tengo un par de semanas de haberme dado cabal cuenta de esto que digo. Y lo digo porque es importante decirlo. Es difícil saber cómo es un embarazo, porque todos y cada uno son distintos, y las comparaciones son inevitables (sobre todo en el primer embarazo, con tanta inexperiencia, y sobre todo porque todas las mujeres tienen una opinión y una vivencia que quieren compartir: "yo me salía a correr hasta el día antes de parir", "yo me paraba de manos hasta los ocho meses", "yo tuve diabetes y preeclampsia", "yo me la pasé dormida los nueve meses"). Es por ello que recibí comentarios como "eso no es normal", "eres muy delicada", "estás demasiado estresada", "qué raro", "estás demasiado gordita", "no has engordado nada", "te ves estupenda", "duerme todo lo que quieras". El espectro de percepciones es tan grande como la cantidad de personas con las que he hablado (muchas veces no sólo las mujeres tienen algo qué decir: también los maridos, los ex maridos, los hermanos, los hijos, los padres...). ¿He tenido síntomas desagradables? Claro que sí. ¿Estoy sana, en perfecta condición y lista para tener un parto natural lleno de poder y sabiduría? Absolutamente. No ha habido nada raro o preocupante en el proceso de tu gestación, Emilia. Simplemente han sido mi cuerpo y mi alma adaptándose a tu cuerpo y tu alma.

Desde el 25 de diciembre de 2015 hasta el día de hoy (o sea, tres meses), has llevado en mi interior una actividad frenética. Para Navidad nos regalaste a tu papá y a mí tu primer movimiento perceptible, tu primera señal inequívoca de vida. Sabiamente, le pegaste a tu papá en la cabeza con una de tus piernitas (un gesto asombroso de tu parte, porque pareciera que ya lo conoces: a veces hay que estremecerlo para sacarlo de su omnipotente cabeza). Él, que estaba reclinado sobre mi abdomen, brincó y se entusiasmó y nuestras miradas y sonrisas se encontraron en júbilo: en un mismo instante, ambos habíamos sentido la primera patada de nuestra bebé: en una fracción de segundo, los tres nos comunicamos en silencio, con nuestros cuerpos, en perfecta sintonía. Y tú, por supuesto, fuiste la líder, la protagonista del momento.

Desde entonces no has dejado de moverte. Mientras escribo estas palabras tú te retuerces como gusano o mariposa o viento o mar o todo junto. Lanzas tus piernas y tus brazos en todas direcciones, con diferente intensidad y velocidad, con distintos efectos y sensaciones en mi cuerpo. A veces me haces cosquillas, a veces creo que me voy a orinar involuntariamente, a veces me asusto. Algunas personas me han dicho que ya empieza el momento en que te vas a acomodar para el parto, que pronto dejarás de moverte, pero yo no veo que te importe mucho lo que esas gentes me han contado. Te noto llena de energía siempre (como tu papá), a veces me pregunto a qué hora duermes, o si esta vitalidad que manifiestas es un rasgo temprano de tu inteligencia, de tu inquietud, de tus vagancias. Y pienso, cómo no, en que yo me rehusé a acomodarme dentro del vientre de mi mamá, tu abuelita, y me pregunto si esto que experimento contigo será un rasgo de personalidad que te estoy heredando. Desobediencia congénita. Inteligencia e iniciativa, voluntad fuerte. Me gusta pero me asusta. No sé hasta qué grado te vas a parecer a mí, pero si resultas ser mi espejo, serás entonces el mayor reto y la mayor bendición que me ha enviado Dios (incluso más que tu papá, que por ahora es mi más grande reflejo), pues serás la oportunidad perfecta para comprenderme, amarme, perdonarme y crecer, pero también la ocasión ideal para rechazarme, despreciarme, castigarme y sufrir. Y del modo en que me trate a mí misma será el modo en que te trate a ti. Pero no tengas miedo: el primer paso es ser consciente de esto, y yo ya lo soy. Quiero que seas libre, fuerte y alegre, quiero comprenderte, amarte, perdonarte y verte crecer; no quiero rechazarte, despreciarte, castigarte y verte sufrir. Pero por favor: llega al mundo por parto natural, no por cesárea.

Y cuando digo que quiero que seas libre, fuerte y alegre, no quiero que te imagines que no te voy a poner límites, o que voy a ser una de esas señoras políticamente correctas que por temor a equivocarse no ejercen autoridad. No, Emilia: uno de los modos en que te voy a enseñar libertad, fortaleza y alegría es presentándote ante retos y dificultades, enseñándote responsabilidad y obligaciones, y apoyándote en momentos de dolor y sufrimiento. Yo nunca te voy a golpear, Emilia, pero tampoco te voy a debilitar protegiéndote de los inevitables golpes de la vida: te voy a enseñar la mejor actitud para recibir el golpe y las mejores estrategias para sanar y aprender, crecer.

Quisiera platicarte algunos de los rasgos maravillosos de estar embarazada de ti. En primer lugar, mi concepto de ser mujer cambió sustancialmente al enterarme de que puedo crear, albergar y nutrir a una semilla, apoyarla en su conversión a ser humano y proveerle todo lo necesario para su incorporación al mundo. La maternidad o el embarazo, como nada más en el mundo, es capaz de ampliarle a la mujer la dimensión de su existencia sobre el planeta. Y esta idea me lleva a la siguiente: la relación con la Naturaleza y lo Divino. Al estar embarazada me sentí como una flor abriéndose al mundo, como un árbol que esta primavera dará sólo una fruta sagrada, como una tierra o un paisaje en el que las semillas se convierten en vida y la vida brota de las superficies y explota en belleza bajo el sol. Y tú eres la explosión de vida y hermosura, pero en ese fenómeno llamado fecundidad y fertilidad yo también me vuelvo la hermosa portadora y dadora de vida. Soy parte esencial del milagro. Soy bendecida con la abundancia de la Diosa Madre Naturaleza, lo cual me da humildad ante el inmenso poder de Dios, y al mismo tiempo soy la portentosa  fuerza de vida. Yo, como mujer embarazada, estoy directamente conectada a la energía creadora de La Vida. Soy un fragmento de Dios, una de las manifestaciones de su generosidad, su belleza, su poder. Y también lo eres tú. Tu corazón y su feroz latido, tus movimientos efervescentes, el crecimiento constante y sano que has llevado a lo largo de los meses: eres la encarnación de la vida: tu carne es vida: tú eres vida: milagro, fuerza, belleza, poder, luz, transformación.

Y una de las más difíciles tareas del embarazo y de ser madre es soltar a los hijos. Tan pronto como tu cuerpo y el mío dejen de ser uno mismo, tú serás una personita independiente, un individuo.  Están los años de crianza, por supuesto, pero tú serás tú misma. Eres una extensión de mi cuerpo, eres mi carne, mi sangre y mi espíritu (y de tu padre), pero al mismo tiempo eres otro ser humano. No eres yo, no eres tu papá, ni siquiera eres la mezcla de ambos: eres mucho más: eres tú. Quizás eso sea un gran componente de lo que llaman depresión posparto. Parirte no sólo será una experiencia cumbre, una experiencia crítica e intensa: también será un duelo. Perderé tus pataditas y la exquisita redondez de mi cuerpo, además del control de mis horarios y mis movimientos, el egoísmo de mis pechos, las horas de sueño, la dinámica de pareja con tu papá tal como la conozco desde hace años. Por eso he empezado, desde hace algunas semanas, a sumergirme en las profundidades de la idea de la impermanencia. Amo mi condición de embarazada y te amo dentro de mí, amo mi vida en la actualidad y amo mi presente versión de mí misma. Y tengo que dejar ir todo ello en algunas semanas, en cuanto nazcas. Y entonces, en la medida en que exitosamente suelte lo que amo hoy y que habrá de cambiar y morir, amaré lo que venga, que también a su vez algún día habrá de irse.

Tu papá y yo nos divertimos pensando en cómo serás, no sólo físicamente sino en tu personalidad y carácter. Según yo, algunas cosas están claras: tendrás ojos grandes y hermosos (aunque oscilo entre creer que serán cafés o verdes), cabellera rizada y rebelde, y unos labios preciosos. Además, serás porfiada, creativa, sumamente inteligente, con sentido del humor y platicadora. Todos estos son rasgos en los que tu papá y yo coincidimos. Por eso creo que las probabilidades de que los heredes son enormes. Pero claro, una nunca sabe: podrás tomar de abuelos o tíos o de quién sabe quién. Pero además quiero confesarte que hago ejercicios constantes para desprenderme de ideas y creencias sobre ti que puedan determinar la forma en que te veo, el trato que te doy o la educación que te brindo. Por ejemplo, a veces te imagino muy vaga e inquieta, o exaltada y caprichuda (sobre todo por lo mucho que te mueves dentro de mí), y no me gusta imaginar eso. Me parece que te limito, o te prejuzgo. Que te condiciono, incluso. Así que procuro distanciarme de estas especulaciones, y mejor limitarme a observarte en tu andar por el mundo, con compasión y generosidad. Sé quien quieras, yo habré de tener la sabiduría de ser la mejor madre posible para ti.

Hay tres cosas que quiero plasmar por escrito, para que duren más y las palabras no se las lleve el viento. Tres pilares filosóficos sobre los que pienso basar tu crianza. El primero de ellos es al mismo tiempo muy espiritual y muy pragmático: la abundancia y la generosidad.  En estos 27 años de vida he aprendido, querida hija, que Dios, La Vida o El Universo (como lo quieras llamar, para mí son sinónimos) es permanentemente abundante. ¿Qué quiere decir esto? Hay riqueza de todo lo que necesitas de manera perpetua. Incluso en contextos que parezcan desérticos, pobres o de carencia, hay abundancia: principalmente de aprendizajes y lecciones. Y es que no toda la abundancia en el mundo es material: tú tendrás grandes cantidades de inteligencia, destrezas, aptitudes, salud y personas que te queremos, por mencionar sólo algunas. Y con éstas, puedes conseguir todo lo demás que quieras y necesites. Te voy a dar un ejemplo. Cuando yo viví en Montreal, la ciudad en donde nació tu papi, a la edad de 20 años, hubo varios días donde no tenía comida que necesitaba para saciar mi estómago hambriento. Pero lo que sí tuve fue la fuerza de voluntad para convencerme de que yo estaba bien a pesar de tener hambre, y de que tarde o temprano todo saldría bien. Y así fue: todo salió bien. Y desde entonces mi ecuanimidad y mi poder mental son mayores. La segunda clave de la abundancia es la generosidad. ¿Qué es la generosidad? La abundancia que recibiste del Universo, depositada nuevamente en el Universo. Así de sencillo. Ofrece al mundo y a otros seres humanos lo que tienes, porque no te pertenece exclusivamente a ti: te ha sido dado para que lo compartas, y mientras más lo compartas, más te será dado. La riqueza y la abundancia son un río, preciosa Emilia: el agua llega a ti (de muchas maneras: paciencia, inteligencia, creatividad, dinero, tiempo, ropa, zapatos, juguetes, comida) y si la devuelves al río con la misma gracia con que la recibiste, te seguirá llegando, porque nutrirás al río. Si, por el contrario, quieres conservar el agua y apartarla para ti, irás secando la corriente y habrá menos líquido para ti y también para los demás.

El segundo pilar con que habré de guiar mi papel de madre es lo que yo llamo AAD. En orden de importancia: Amor, Arte y Deporte. Te voy a decir algo como maestra y como hija de maestros, Emilia: yo no creo en las escuelas ni en la Secretaría de Educación Pública ni en la “educación” por competencias ni en nada de eso. Creo que el diseño actual de las escuelas es aburrido, incoherente y contraproducente. Yo no espero que aprendas nada de las horas que pasarás en la escuela (tal vez sólo habilidades de socialización). Es más: sólo te voy a inscribir en la escuela para descansar unas horas de ti (y que tú descanses de mí) y poder hacer otras cosas con mi tiempo personal. Y no estoy dispuesta a pagar por educación privada, jamás. Porque así como no creo en la educación pública, creo menos en la educación privada, y su mera existencia me parece aberrante (el conocimiento no debería estar ligado al lucro ni a intereses financieros personales o grupales). Yo me voy a encargar, igual que mi mamá se encargó conmigo, de que adquieras el hábito de la lectura, de que tu ortografía sea buena, de que tu noción de la geografía sea mejor al hablar de ella cuando salgamos de viaje, de platicarte y explicarte la Historia, de que entiendas las matemáticas, de que comprendas el inglés y el francés, de que sepas en qué consiste una buena tarea y una investigación responsable, de que adquieras cultura general al involucrarte y contarte y llevarte a tantas cosas. Pero antes de eso, me voy a encargar siempre de amarte por encima de cualquier otra cosa (y manifestártelo, y asegurarme de que ese amor sea provechoso para ti y te haga crecer), de involucrarte en actividades artísticas que te permitan divertirte, expresarte, experimentar  y comprenderte, y de acercarte a actividades físicas que te enseñen disciplina y te mantengan sana física y mentalmente.

Por último, el tercer pilar sobre el que sostengo mi maternidad será sobre el hecho de que eres mujer y lo que eso implica. En este mundo, desde hace demasiados siglos, la mujer ha sido condenada, rechazada, juzgada, temida, violentada, censurada, dominada e incluso satanizada. Esta situación continúa hasta el día de hoy. Es por ello que como tu madre me encuentro por un lado orgullosa de tu sexo, y por el otro lado, preocupada por tu sexo. Orgullosa porque la mujer tiene una conexión más profunda y palpable con Lo Divino (el embarazo es un ejemplo claro de ello), y porque sus capacidades y posibilidades son prácticamente infinitas. La mujer es un sujeto de poder y de belleza, por infinidad de razones. Preocupada porque la sociedad se obstinará en volverte un objeto (sexual, para ser precisa), en exigirte una apariencia física que nunca será natural y que te va a implicar desilusión y frustración, en insinuar que eres débil, chismosa, superficial, inestable, voluble, emocional antes que racional, consumista, tonta, promiscua. Hay miles de formas, sutiles y burdas, de violentar a una mujer: acoso sexual callejero, violaciones, asesinatos, expresiones coloquiales (“pareces vieja”, “lloras como niña”, “qué puta”), despidos por embarazo, salarios inferiores… Hay muchos ejemplos, Emilia. Y yo tengo el angustioso presentimiento de que el resentimiento de sufrir tanta violencia va a llegar a tal grado que la comunidad femenina comenzará a actuar, también, con violencia. Te lo vuelvo a repetir: en casa serás recibida con una atmósfera pensada para hacerte un ser humano libre, fuerte y alegre: no un objeto, no oprimida, no débil, no estereotipada, no discriminada. Y como una mujer amada, abundante, generosa, libre, fuerte y alegre, tú no hallarás refugio en la violencia. No caigas nunca en el engaño, Emilia: la única solución, siempre y en todo lugar, es el amor. Y esa es una declaración política, no sólo espiritual, de principios, valores, ideas y proyectos.

Respecto a las cosas desagradables del embarazo, puedo decirte que hay algunos días, sólo algunos, en que encuentro particularmente nefastas las limitaciones a mi menú: nada crudo (¡extraño el atún del sushi!), no quesos blandos (Brie: aún pienso en ti), no embutidos (jamón ibérico: ¡vuelve a mí!), no alcohol (a veces bebo un poquito, pero muy poquito), por mencionar algunos. Pero también puedo escribir un párrafo entero de otros pequeños inconvenientes: en el primer trimestre llegaron las náuseas, los dolores de cabeza, un cansancio paralizante y un atroz dolor en los pechos; en el segundo trimestre hicieron acto de presencia la comezón en la piel, las taquicardias, la falta de aire, los mareos, la incomodidad para dormir (¡qué difícil fue acostumbrarme a no dormir boca abajo!), el dolor en el nervio ciático y en la espalda baja y las hemorroides; el tercer trimestre ha traído consigo torpeza en los movimientos, ganas absurdamente frecuentes de orinar, bochornos, cansancio de nuevo y olores corporales “especiales”.

Pero nada, nada se compara con la dicha y el gozo y la fortuna de llevarte adentro y de esperar tu llegada. Vas a cambiar nuestras vidas para siempre, Emilia. Y aún antes de verte y conocerte, ya me has hecho más feliz, más grande, más madura, más fuerte: mejor. Gracias, hijita (¿sabías que así me decía tu abuelito?).

Con amor, 

tu mamá.  

miércoles, 24 de febrero de 2016

Gineceos del siglo XXI

Hace ya varios años leí en algún libro sobre los gineceos. No sé qué libro es ni recuerdo con precisión qué decía; por eso el día de hoy tuve que investigar en Internet para poder refrescarme la memoria. Resulta que la acepción más común de la palabra "gineceo" es la del pistilo de la flor. Es decir, es un término de la biología. Sin embargo, el gineceo del que yo quiero reflexionar es el de la Antigua Grecia.

Como saben, el vocablo "gine", utilizado en español en diferentes palabras (ginecólogo, andrógino, misoginia...), proviene del griego y designa a la mujer o a lo femenino. Así pues, el gineceo es una habitación de las casas grandes o espléndidas, designada a las mujeres. Resulta que tiene una contraparte, llamada andrón, que era el espacio exclusivo para los hombres. Detalle curioso en los hábitos y tradiciones helénicas, puesto que la mayoría de los territorios eran ya de por sí exclusivamente masculinos.

Lo que yo recuerdo haber leído en aquel libro misterioso cuyo título he olvidado, es que el gineceo era un espacio propio de las mujeres no casadas. Es decir, viudas, divorciadas o doncellas. Lo que encuentro hoy en mi pequeña investigación dice que en realidad ese espacio incluía también a las mujeres casadas. Y no sólo eso, sino que las mujeres permanecían encerradas en ese espacio por obligación, para cumplir con sus deberes femeninos: criar a los hijos, preparar alimentos, crear las vestimentas para los miembros de la familia, etc. En otras palabras: según lo que leí, no era una habitación a la que acudían por placer y para el encuentro, sino el área que se les designaba por ser féminas. El gineceo era el cuarto más apartado de la calle y de la entrada a la casa. Previo a éste se encontraba, por supuesto, el andrón, dado que el hombre sí era un animal público.

¿A dónde voy con todo esto? Hace años, cuando recién conocí el concepto, no me sentí especialmente atraída hacia la imagen o el fenómeno de un espacio designado especialmente para la mujer. No obstante, desde hace un par de años he comenzado a desarrollar en mi cabeza algunas ideas conectadas al gineceo. No sólo de sus consecuencias psicológicas, sociales, culturales, emocionales y espirituales, sino del gran poder que puede extraerse de esa figura de un territorio exclusivamente femenino y las ideas que tengan vigencia y que puedan aplicarse hoy en día.

En general, lo que he encontrado en el Internet despliega una idea negativa hacia el gineceo, y condena la actitud social que se tenía hacia la mujer en la Antigua Grecia. Se habla de tenerla encerrada, bajo perpetuo control masculino, encajonada en el papel de esposa y madre, censurada de la escuela y los espacios públicos y ensalzada cuando era callada, sumisa y de austera vida franciscana. Es decir, se rechaza lo que parece un sistema de vida machista. Sin embargo, en el fondo hay varios aspectos más que rescatables, admirables, del fenómeno del gineceo.

Quisiera empezar por decir que yo, en definitiva, estoy en desacuerdo con la idea de un encierro obligatorio, más aún cuando el encierro ofrece actividades tan limitadas como lo son cocinar, tejer, hilar, cantar o bailar. A mí, ya desde ahí, me harían falta libros, cuadernos, plumas y colores, para poderles dar rienda suelta a mi necesidad de leer, de crear y de imaginar. También estoy en contra del aislamiento impuesto (lo hay voluntario), tan sólo porque yo misma gozo de los placeres de la independencia: salir sola de casa, resolver mis necesidades, moverme libremente, conseguir por mi propia cuenta lo que quiero y necesito, y eso sin mencionar salir a una escuela, a aprender, a socializar, a disfrutar del viento, a observar a la gente, a tomarme una nieve, a vivir.

Pero, más entrados en la materia, hay dos o tres cosas que rescataría de ese estilo de vida o de ese espacio femenino creado en la antigüedad. Para empezar, la ubicación del gineceo me parece elocuente en sí misma. Al fondo. Alejado del ojo público, del escrutinio, del ruido, del juicio, del chisme, de la banalidad. El gineceo ofrece la oportunidad, igual que un retiro en silencio, de escapar de lo mundano del mundo (valga la redundancia). Es el contexto idóneo para la reflexión, para el ocio, para la creatividad, para el arte y la filosofía, para la espiritualidad y la religión. Es decir, marginadas de la expectativa social o pública, las mujeres internadas en el gineceo podrían potencialmente convertirse en el motor invisible pero indiscutible del mundo helénico -y muy probablemente así fue.

Si un colectivo o una comunidad tiene la oportunidad (el privilegio, hoy en día) de encerrarse por horas en una habitación, alejada de distracciones y ausente de presiones laborales, monetarias o familiares, ese colectivo o esa comunidad puede lograr lo que se proponga. Puede conseguir, entre otras cosas, crear un sistema de creencias y rituales espirituales que le den sentido a su existencia, que le haga sentirse más cerca de Dios(a) y por lo tanto, le haga sentir poder y amor, bondad y generosidad, confianza y responsabilidad, perdón y sosiego. Puede conseguir, también, plasmar esas creencias y esos rituales en poemas y canciones, escritos u orales, que contengan la sabiduría de Dios(a) y de acuerdos y leyes para la sana y armoniosa convivencia de los hombres, que se transmitan a través de generaciones  y permitan la creación de una cultura. Puede conseguir, así mismo, crear un lenguaje con el cual se puedan moldear fábulas y pinturas y danzas y figuras que refuercen el sentido y eleven el espíritu. Puede conseguir, pues, volverse el motor invisible pero indiscutible del mundo.

Además, por otro lado, al grupo social al que se responsabiliza de la educación y crianza de los menores, se le da por ende el poder (tremendo, absoluto) y la libertad de transmitir, filtrar y transformar la cultura, la lengua, el pensamiento, el pasado, el presente y el futuro. Si las mujeres, encerradas en cuatro paredes al fondo de una casa, eran la autoridad de esta materia, eran ellas las encargadas de heredar y de crear cultura: valores, perspectivas, reflexiones, creatividad, elocuencia, socialización, religión, posturas, educación, información, capacidades, actitudes, aptitudes, fortalezas.

Por otro lado, y de esto creo haber hablado ya en ocasiones anteriores, la compañía e interacción entre mujeres puede ser sumamente provechosa. Las mujeres somos criaturas divinas, en tanto que estamos más conectadas con la Naturaleza, principal manifestación de Dios(a). El embarazo es la prueba más fehaciente de esto. Y es por ello que la convivencia exclusivamente femenina se presta para temas y atmósferas gloriosas. Es decir, dado que se nos ha consignado a lo largo de los siglos las tareas familiares y domésticas, comprendemos (o hemos comprendido, o podríamos comprender) temas de educación, espiritualidad, salud, muerte, nacimiento, alumbramiento, alimentación, fenómenos naturales, psicología, emociones, etc.

Por desgracia, el privilegio conquistado por el movimiento feminista de acudir a una escuela o de tener un puesto de trabajo, el día de hoy se ha convertido en el drama en el que las niñas son analfabetas funcionales, crueles (o bullies) y ciberadictas, o las empleadas o emprendedoras son esclavas modernas de las que además se espera que sean jóvenes, bellas, esbeltas, madres responsables, esposas encantadoras y eficientes administradoras del hogar. Lo anterior es una generalización, pero pretende dibujar la caricatura de la dinámica social en que está inscrita la fémina del siglo XXI. Una criatura enloquecida.

Es cierto que la mujer, igual que el hombre, debería tener acceso a la educación, a la consecución de metas y sueños, a decidir sus gobernantes, a ejercer su inteligencia, habilidades y tiempo en lo que mejor le parezca. Es cierto. Pero también es cierto que en la misma medida en que el hombre está siendo incapaz de lograrlo, la mujer se está alejando de este ideal equitativo y valeroso. Como dice Gabriel Zaid, "las instituciones educativas son un fraude. El graduado promedio tiene el nivel del presidente Fox".

Se habla, pensando aún en este sueño caduco, de que permanecer en casa y ser educada por madres y abuelas en los menesteres del hogar y de la familia es arcaico, sexista y anacrónico. Puede ser que sí sea sexista, en tanto que es un rol no sólo impuesto, sino exclusivo de los miembros de un sexo. Sin embargo, me parece en extremo vigente y contemporáneo el hecho de que los seres humanos, no sólo las mujeres, necesitamos pasar más tiempo con nuestros padres y abuelos, que necesitamos retomar tradiciones que fortalezcan a la comunidad y le den sentido a la vida, que los niños y jóvenes sean educados por seres humanos y no por pantallas, que los adolescentes estén acompañados y no a la deriva en el Internet, que las personas sean animales capaces de sobrevivir en su entorno (conocer plantas curativas, recetas, ejercicios para dolores, los ciclos naturales, los síntomas de las enfermedades, el comportamiento de los animales, la obtención de alimento...).

No estoy de acuerdo con que las expectativas de vida de una mujer estén socialmente impuestas y que se limiten a ser esposa y madre, y que un buen ejemplar deba ser callado y sumiso. Pero la verdad es que tener un compañero de vida y tener hijos es algo a lo que aspiramos muchas, si no es que la mayoría de las mujeres contemporáneas. Excepto que ahora estamos enfrentadas a vivir esta etapa de matrimonio y maternidad sin haber crecido entre madres y esposas, desvinculadas de la comunidad y con la obligación (ya no necesariamente el gusto) de trabajar, porque el salario de tu compañero es insuficiente. Y trabajas para pagar ropa porque ya no la haces. Para pagar comida porque ya no la cocinas. Para pagar electricidad para encender el microondas para descongelar la comida, para poner en marcha la lavadora con productos que se descubrirá que producen cáncer, para encender la secadora porque ya no tienes sol ni espacio donde secar tus prendas con calor y viento gratuitos. Para pagar la colegiatura, porque la escuela gratuita que ofrece el gobierno (por el que votaste tú o las personas desesperadas por 500 pesos en Soriana) emplea a profesores ignorantes y no tiene el presupuesto para mantener las instalaciones en condiciones dignas.

La Historia se ha fragmentado. El curso de la cultura se ha quebrado. Hemos perdido el rumbo. La continuidad de la educación, la información, los valores, el arte, la filosofía, la ciencia, el sentido y la vida misma se ha roto. Y volver a la mujer, a la madre, a la Diosa, al interior, al silencio, al retiro, a la reflexión, a la comunidad es un intento de recuperar a la Humanidad. De recuperarnos.

¿Cómo puede un gineceo ser un modo de empoderar a la mujer contemporánea? ¿Cómo puede ser la compañía e interacción entre mujeres sumamente provechosa, como sostenía hace algunos párrafos? Mi propuesta es crear espacios a los que las mujeres acudan voluntariamente para compartir dudas, dolores, reflexiones, conocimientos, inquietudes, temores. En otras palabras: crear comunidad femenina. Porque las mujeres somos distintas de los hombres, hay cosas que sólo nosotras podemos comprender, proponer, dialogar y transformar. Y si de un espacio de convivencia y comunicación pueden surgir mujeres más fuertes, más alegres y mejor preparadas, también pueden crearse lazos familiares y sociales más fuertes, sanos y fructíferos.

Ya hay proyectos e iniciativas sociales en el mundo que buscan apoyar a las mujeres de las comunidades como una forma de impulsar el desarrollo. Digamos que yo propongo la creación de una Casa de la Mujer, que surja de la iniciativa de la comunidad femenina y no de un proyecto gubernamental, que sea auto regulada, y cuya dinámica y temáticas surjan de y satisfagan las necesidades particulares de las integrantes de la Casa. Porque sigo creyendo en la verdad de un verso que escribí hace varios años: en una mujer está contenida toda la belleza y toda la violencia. Hay que trabajar en acrecentar la belleza (o en los ojos de quienes la miran, en todas sus formas) y en disminuir la violencia, que tan sutiles manifestaciones ha adquirido en la modernidad.

martes, 12 de enero de 2016

Terapia onírica

-Entonces la piel de las manos se me empieza a resquebrajar, como que está tan reseca que se rompe y me duele y me sale sangre. Entonces volteo a verlas para ver qué está pasando y de pronto veo mis uñas que están enormes y parecen garras y mis manos se empiezan a transformar como en las patas de un animal salvaje, pero antes de que la metamorfosis haya sido completada se me aparece una mochila JanSport de colores vibrantes y un diseño así chidísimo, entonces mis garras vuelven a ser manos, yo creo que de la enorme tentación de tocar la mochila, y efectivamente estoy a punto de tomar la mochila entre mis manos que de nuevo son humanas y ya no me duelen ni nada, y en eso la mochila desaparece y todo desaparece y de repente estoy parada en frente de una carretera desierta, completamente recta pero sinuosa, y como si fuera la música de fondo de un centro comercial o de un elevador, empiezo a escuchar una canción de Maná.

-Ok... ¿Es alguna canción en particular?

-A ver, déjeme pensar... Ay, sí, ¿cómo se llamaba esa canción?... Estaba en el álbum ese que en la portada tiene a una sirena con varios brazos... ¡Hechicera!, la canción se llama Hechicera, y creo que el álbum se llamaba Sueños húmedos. O algo así. ¡Líquidos!, Sueños Líquidos se llamaba el disco.

-Quiero que pienses en las letras de la canción. ¿Qué dice?, ¿te acuerdas?

-Es una hechicera, una seductora... Y me revienta el deseo... Mmm... La verdad sólo me viene a la mente eso.

-Ok... Vamos a hacer un alto en esa imagen, en ese momento del sueño... Dime, ¿te parece más importante la carretera recta pero sinuosa, o la canción que oyes de fondo?

-Mmm... Creo que la canción.

-Ok, vamos para allá. ¿Qué emociones te despierta la canción o qué relaciones o vínculos puedes establecer con ella? ¿Recuerdas algo en particular?

-Recuerdo ser una niña y ver por la casa, o en los cuartos de mis hermanos, o de mi hermano en particular, el caset con esa portada tan rara, sexy pero al mismo tiempo muy extraña, como si fuera un sueño. Recuerdo viajes a la playa con mis hermanos y sus amigos donde yo era la única niña y ellos bebían alcohol y escuchaban ese álbum. Recuerdo que a pesar de ser tan pequeña yo entendía profundamente el hechizo bajo el que estaba el cantante. Me acuerdo que yo quería ser una hechicera, una muchacha mística como la de la portada, alguien que nadie puede entender pero que todos admiran y adoran. Recuerdo que mi hermana era para mí una hechicera. O quizás la hechicera. Recuerdo querer ser grande ya, y desesperarme mucho porque no era nada más que una niña gordita a la que nadie tomaba en serio y que no era atractiva para nada. Recuerdo que ya desde entonces quería despertar emociones y pasiones profundas, y quizás perturbadoras. Recuerdo querer poder manejar, tener mi propio grupo de amigos, sentir la libertad y la ricura de las cervezas, la libertad y la ricura de un viaje a la playa sin supervisión adulta. Recuerdo querer tener pechos y ser sensual y ser sexual y ser tocada y quizás penetrada. Aunque esto último no lo sé a ciencia cierta, quizás nomás estoy emocionada ahorita y estoy echando a andar mi imaginación, pero sí recuerdo querer ser como una diosa, como una divinidad, causar asombro y hasta idolatría, pero al mismo tiempo yo estar más allá de todas esos rasgos patéticos e inferiores de la vida humana. Yo estar como en el nirvana de la hermosura y la chidez. Aparte de esa canción recuerdo fragmentos de otras canciones de ese mismo álbum y como de emociones que me despertaban. Y además de que recuerdo los años '90 y ese caset estaba junto con otros de Molotov y Control Machete y TuPac y Shakira y Paulina Rubio y Mickey Mouse... No sé, como que en mi memoria toda la música de esa época está mezclada y yo crecí escuchando esa mezcla de música de mi hermano y de mi hermana y la mía y como que creo que todo eso forjó mi infancia y mi personalidad y

-Ximena, preciosa, vamos a tener que continuar la próxima sesión, ¿ok? Ya se nos acabó el tiempo.

-Ah... ok.

-¿Te has estado tomando las pastillas bien?

-Sí, Doctora.

-Qué bueno. ¿Cómo te has sentido?

-Bien, sólo que la de la mañana me da sueño.

-Ok... Bueno, mira, te voy a aumentar la dosis de la de la mañana, y para que no te dé mucho sueño, te voy a agregar otra pastillita para que compense y sigas teniendo energía y te sientas bien, ¿sale?

-Ok.

-Bueno. Entonces sigue así como vas, vas muy bien, y nos vemos la próxima semana con todas las novedades, ¿ok?

-Ok. Gracias, Doctora, con permiso.

-¡Bye!

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Algunos apuntes sobre violencia y violación sexual

Hace un par de meses vi un documental llamado "India's Daughter" ("La hija de India"), que cuenta la historia y el contexto de la brutal violación sexual a la que un grupo de hombres sometió a Jyoti Singh, y la consecuente muerte de ésta. Es un documental muy valioso y muy bien realizado, del que se pueden obtener varias observaciones, interrogantes y reflexiones. Esta pieza cinematográfica está muy enfocada en India y los valores que predominan en la actualidad: la mujer como un objeto sagrado; el hombre como una bestia de la cual no se debería esperar auto control; la mujer como una criatura doméstica y el hombre como una pública...

Hubo un fragmento del documental, sin embargo, que me llamó la atención especialmente. A Jyoti no solamente la violaron: ejercieron sobre ella violencia física que excede por mucho el maltrato corporal que los violadores utilizan para lograr la dominación sobre la víctima. Tanto así que introdujeron en su ano un pedazo de metal con el que extrajeron parte de los intestinos de la jovencita india. Y esta imagen me lleva a otra.

Desde hace un tiempo soy fiel seguidora de El Faro, un periódico salvadoreño que ha ganado varios premios por su labor y cuyos reportajes son de investigación exhaustiva y de redacción pulcra y asombrosa. Pues bien, recientemente leía una crónica suya titulada "Yo violada", en la que se intenta hacer un retrato de este tipo específico de violencia en los países centroamericanos. El texto incluye un extracto de una entrevista con un psicólogo forense salvadoreño, quien declara que lo último que ha sabido en esta materia es que pandilleros

toman a una joven, la desnudan, alguno se pone entre las piernas para violarla, otros la levantan, le agarran las piernas y, cuando la están violando, uno más le clava un puñal en la espalda, para que ella se mueva. Es una conducta totalmente sádica, bestial… no tiene nombre.

Y esto me lleva a otro documento sobre el tema. Un documental más, llamado "Brave Miss World" ("Valiente Miss Mundo"), que acompaña a Linor Abargil, una israelí que semanas antes de ganar el título de Miss Mundo en 1998 fue violada, y que desde hace unos años se ha convertido en activista en pro de los derechos de las mujeres víctimas de esta agresión sexual. En él se menciona que la "capital" de violaciones en el mundo es Sudáfrica; que estudiantes de universidades estadounidenses prestigiosas llevan a cabo acciones intimidatorias públicas en contra de sus compañeras; que en Estados Unidos uno de cada seis hombres ha sido agredido sexualmente...

Hubo en "Brave Miss World" un hecho que saltó a mi atención inmediatamente: tanto la protagonista del film como otra mujer que también fue víctima de violación a manos del mismo hombre declararon algo que va en la misma línea. La Miss Mundo cuenta que al final de todo el episodio de penetración violenta, el agresor comenzó a "volver en sí": adquirió los gestos, actitudes y tonos de voz que lo caracterizaban antes de la violación y además dijo que no podía creer que lo había vuelto a hacer. La otra mujer confesó que en su caso, cuando la agresión hubo finalizado, el hombre se soltó a llorar y a pedir disculpas.

La noche en que vi ese documental me costó trabajo conciliar el sueño. Tenía la cabeza alerta, generando un montón de interrogantes y tratando de unir puntos, de hacer hipótesis, de comprender, de hacer empatía. ¿Qué elementos se requieren para la existencia de este fenómeno, en que un ser humano obliga a otro al acto sexual a través de la violencia? ¿Hasta qué punto es cultural y hasta qué punto es una anormalidad o irregularidad de la psique? ¿Cuál es la proporción de violaciones ejercidas contra la mujer en relación a aquellas acometidas contra hombres? Y de los hombres violados en el mundo, ¿qué porcentaje sufren esta agresión en su infancia en oposición a la edad adulta? ¿Cuál es este porcentaje para las féminas? ¿Cómo varía o de qué depende la respuesta de la víctima? ¿Hasta qué grado es una respuesta condicionada culturalmente? ¿Cuáles son los índices de vergüenza que siente una víctima de violación frente a las víctimas de otro tipo de violencia, sexual o no? Desde la perspectiva del victimario, ¿qué grado de eficiencia tiene la violación sexual frente a otro tipo de maltrato o abuso, para lograr la dominación? ¿Es el deseo o el impulso sexual, en sí mismo, el problema (que sea demasiado, que esté mal orientado, que sea pobremente correspondido)? ¿Por qué, como en el caso de los pandilleros centroamericanos o de los indios causantes de la muerte de Jyoti, recurren algunos violadores a violencia "gratuita", por llamarlo de un modo simplón? ¿Qué elemento está fracturado o ausente en la mente o el entorno de los violadores que son a la vez conocidos o incluso familiares de las víctimas?

Justamente hoy hablaba con una conocida de un libro que estoy leyendo, llamado "¿Qué es la locura?", autoría de Darian Leader. Es un ensayo escrito por un psiquiatra acerca de la locura, como sucinta y claramente dice el título. Junto con otras reflexiones del autor, una de las que más se han quedado conmigo a lo largo de estos meses, es la de que la locura es una respuesta inteligente e incluso brillante a un contexto o una situación que supera la capacidad de comprensión de la mente. Si pensamos que violar sexualmente a un ser humano es una locura, ¿cuál es la demente situación cuya respuesta es esta? Y por otro lado, si la violación sexual es una epidemia mundial, ¿qué muestras de locura están surgiendo como consecuencia de este fenómeno?

Para serles sincera, no sé cuál es el eje de este texto: no sé por qué escribo estas líneas, más allá de una necesidad imperiosa que me obliga a sentarme y redactar ideas sueltas alrededor de un tema que me parece alarmante. Quizás escribo para sacar en claro mis dudas, más que para dar respuestas o hechos u opiniones, porque estoy lejos de ser una conocedora del fenómeno. Quizás lo que me corresponda sea expresar mis emociones al respecto. Y mis emociones son miedo e indignación.

miércoles, 15 de julio de 2015

Violencia masculina: invisibilizarse o brillar a puerta cerrada

Prácticamente todos los hombres me dan miedo en prácticamente todas las situaciones. Si no es mi hermano, mi esposo o alguno de mis más queridos amigos, me resulta inquietante la presencia de un varón cerca de mi persona. Sobre todo si estoy sola. Caminando en la calle, al hacer ejercicio (a la hora que sea), en el transporte público, manejando un vehículo, en una junta, en una clase de baile... Me siento insegura alrededor de la mayoría de los miembros del sexo masculino.

Antes me daba vergüenza confesarlo y me parecía un rasgo muy extraño en mí. Qué rara soy, pensaba. Incluso, hasta hace un par de años, cargaba siempre en mi cartera un billete que nunca gastaba, pues lo conservaba para una emergencia en que tuviera que salir huyendo en taxi de una situación hostil con un hombre. A regañadientes me deshice de él, como forma de liberarme del temor a que me pasara y por lo tanto como modo de liberarme de atraer el suceso.

Sin embargo, cuando comencé a leer los testimonios de los que hablaba en el texto anterior, los de la página Herself.com (que por cierto parece estar atravesando dificultades técnicas), me asombré cuando me di cuenta de que un montón de mujeres confiesan que sienten exactamente lo mismo que yo. Una de las preguntas de la entrevista (que es la misma para todas las entrevistadas) dice: "Where do you feel unsafe as a woman?" o "¿Dónde te sientes insegura como mujer?" y una asombrosa mayoría responde que casi en cualquier sitio que no sea su habitación, su casa o la casa de un ser querido. ¡Me di cuenta que no sólo no era la única, sino que somos muchas como yo!

Por otro lado, hace algunas semanas (¿meses?) leí un cuento de Raymond Carver titulado "So Much Water, So Close To Home", o "Tanta agua, tan cerca de casa". Es un cuento en el que una mujer relata la expedición de fin de semana de su marido a la montaña con sus amigos, su regreso a la ciudad algunos días después con el cadáver de una jovencita que supuestamente encontraron en su destino, y las consecuencias sociales y maritales de ese suceso. Conforme transcurre la narración nos vamos dando cuenta de las erupciones violentas que tiene el marido hacia la mujer, la voz de la historia, pero además el autor nos va encapsulando en una sociedad regida por completo por hombres, que se han apropiado de la esfera pública y cuyos modos y gestos y caprichos asfixian a cualquier mujer que salga de su casa. Carver retrata el tejido social en el que los hombres son cómplices en el acoso y la falta de respeto y las féminas tienen que adaptarse a la insólita realidad de que no importan. El cuento me impactó profundamente, no sólo por su tensión, su desarrollo y su desenlace, sino principalmente por la ventana que abre a una época en que las mujeres estaban encajonadas en un papel de pasividad y silencio.

Hace algunos días vi por primera vez Mad Men, una serie televisiva sobre un corporativo de publicistas en los años sesenta en Estados Unidos. Para mi sorpresa, el show no es en realidad cómico ni tampoco superficial, como yo había creído. Más bien es un drama que, justamente, revive los modos en que el mundo "americano" se vivía antes de la revolución hippie. Sólo he visto los primeros dos o tres episodios de la primera temporada, así que no puedo decir cómo va evolucionando la historia o si el enfoque cambia, pero sí les puedo asegurar que esos capítulos introductorios le conceden un peso grandísimo a la relación mujer-hombre en aquellos años: la secretaria que debe aceptar como normal el acoso sexual en el trabajo; la esposa que sabe que su papel es lucir bonita, encargarse de los hijos, limpiar la casa y ser simpática; los ginecólogos que se sienten en total libertad de decirles a sus pacientes que tomar pastillas anticonceptivas no debe traducirse en que anden de putas; o los jefes que actúan como si sus empleadas fueran sus sirvientas, sus madres y sus amantes.

Algunas cosas han cambiado para la mujer, cómo no: la inclusión en el mundo laboral, cierta libertad sexual (muy relativa), independencia económica y capacidad adquisitiva, inclusión en el mundo académico... Sin embargo, siguen latentes muchas formas de violencia: en las películas taquilleras solemos ser un suculento pedazo de carne o el complemento del personaje masculino; en muchos trabajos la paga es inferior aunque sea el mismo puesto y la misma responsabilidad; el bombardeo publicitario por ser jóvenes, delgadas, blancas, inteligentes, multi-tasking, sexualmente activas, carismáticas, líderes...

Hace poco veía el episodio de la serie "Chef's Table" (o "La mesa del chef"), de Netflix, dedicado a la chef japonesa Niki Nakayama. Ella confesaba, relacionadas a su condición de mujer, algunas cosas: 1. Su padre la había marginado como profesionista y le dijo que su hermano sería el encargado de brillar; 2. Cuando le otorgan premios o distinciones, un comentario que escucha con frecuencia es "se lo dieron porque es mujer"; 3. Una vez tuvo a un chef muy distinguido como comensal en su restaurante, que una y otra vez repetía lo sobresaliente de la comida -pero cuando se enteró de que el chef era mujer, comenzó a hacer observaciones machistas y condescendientes como "¡ay, qué platillo tan curiosito: así cocinan las mujeres!". Y es por todo ello que Niki Nakayama, una destacada y multipremiada chef, prefiere esconderse en la cocina y no hacerle saber a nadie que tras esos extraordinarios platillos están las manos, el talento, la imaginación, la sensibilidad y la inteligencia de una mujer.


martes, 27 de enero de 2015

Modificando la historia

En mis años universitarios frecuentaba con mi novio en turno un restaurante de sushi localizado en Plaza Bonita, en Guadalajara. Era un sitio de buffet, así que procurábamos ir con hambre y nos atascábamos de rollitos con distintos ingredientes, colores, olores y sabores.

Recuerdo que me molestaba mucho el hecho de que las mesas estuvieran tan pegadas unas con las otras, de tal modo que se dificultaba ir desde nuestra mesa hasta la barra de la comida, una y otra vez, rellenando el plato. También recuerdo que pasamos algunos momentos lindos en ese lugar y que, entre otras cosas, él una vez me dijo que yo era lo mejor que le había pasado en la vida.

Pero lo que más recuerdo es a la hostess. Es decir, a la muchacha que estaba de pie al frente del lugar recibiendo a los comensales y dirigiéndolos hacia sus mesas y sillas: la primera -y la mejor- cara del restaurante (el dueño, o el gerente, o quien quiera que fuera ese hombre que siempre estaba al tanto del negocio, era feísimo).

Siempre usaba unos tacones altísimos, incluso antes de que se pusieran de moda. También le gustaba la ropa entallada y corta: vestiditos, falditas. Era muy blanca y le gustaba ponerse porciones generosas de maquillaje. Tenía unas piernas preciosas -en general su cuerpo estaba bastante bien hecho- y su rostro, a pesar de la máscara colorida con que lo cubría o adornaba, era muy atractivo también.

Sé que ese muchacho que era mi novio tenía una fascinación más o menos declarada por aquella ninfa urbana. Y yo, insegura y celosa, me hundía en espiral en unas fantasías destructivas en las que ellos dos, la bella y la bestia, se trenzaban en un lío amoroso. O me gustaba imaginarme a la señorita propinándole un rotundo "no" a mi extraviado compañero, que se había perdido en el "escalafón estético", como lo llama Phillip Lopate.

De algún modo, las inseguridades propias no permiten que uno vea a los demás como simples prójimos, como individuos que padecen y gozan, tanto como uno mismo. Creo que un agazapado impulso autodestructivo me llevaba a querer imaginar a esa joven como mejor que yo. Yo ya había aceptado de antemano mi derrota en la imaginaria batalla entre ella y yo: sabía que yo era inferior en belleza, en atractivo, en guapura, en simpatía, hasta en ingresos laborales -yo era una estudiante de universidad privada mantenida por mis padres.

Por eso, yo creo, me gustaba imaginarme que ella por fin lograba seducirlo y quedárselo, como si los novios fueran una propiedad o un trofeo -que yo, si así fueran, no hubiera merecido. O me gustaba fantasear con una hipotética humillación que ella le suministraría a él, porque en mi cabeza él era culpable de mis temores y mi desdicha: ella podía ser hermosa, pero él jamás debía haber considerado su existencia.

El tiempo ha pasado, ese chico se ha ido y algunos de mis terrores también. Ya no me molesta que mi compañero mire a otras mujeres, ni me siento indigna de un buen acompañante, ni fea ni tonta ni perdedora. Y, por otro lado, conforme los años se han esfumado, me he podido percatar también que por mucho que fisgoneara otras piernas, ese novio me tenía un gran afecto, un cariño muy especial.

Pero la historia no es lo que pasó, sino lo que recordamos que pasó. Y la realidad no es una existencia objetiva, sino lo que llevamos en la cabeza. Entonces, si a mí me preguntan, ese joven que fue mi pareja en la universidad tuvo un amorío tórrido con una mujer despampanante.

martes, 23 de diciembre de 2014

El complejo de la sabrosa

Todos lo sabemos: diciembre es el mes más vanidoso. O mejor aún: el mes en el que las gentes de todas profesiones, procedencias y perversiones tratan de enchulearse con propósitos pseudo narcisistas y de aceptación e integración social. Las ocasiones sobran: las posadas (una tras otra, infinitas), la cena de Noche Buena, la fiesta de Año Nuevo y todos los cumpleaños que tienen lugar en el último mes del año.

Hace unos días estuve haciendo un recuento de las fotos que me han tomado a lo largo de varios años, siempre en las mismas fechas: 24 y 31 de diciembre. Se los digo: es una verdadera pena. Se percibe en todos los retratos la triste pretensión de lucir al máximo mi guapura. Y el problema ha sido, precisamente, ése. Esforzarme, aferrarme a un objetivo concreto: ser atractiva. Algo me salía siempre mal: ropa que no era de mi talla (ya sea demasiado grande o chica); maquillaje que no me quedaba bien; accesorios forzados; peinados fracasados. La verdad estaba ahí, en todas las imágenes: sufro del complejo de la sabrosa.

No vayan a creer, sin embargo, que es algo mío o incluso algo excepcional. Muchos (¿la mayoría, todos?) estamos marcados con esta debilidad. El complejo tiene las siguientes etapas: la cabeza de uno lo lleva a uno a pensar que el cuerpo tangible que le fue dado en esta vida tiene potencial para ser bello; el corazón de uno lo lleva a desear con ahínco ser, entonces, bello, pero además, reconocido por esa belleza; la cabeza, nuevamente, lo lleva a uno a pensar que ese propósito requiere de ciertos ajustes o cambios. Y el resto es historia: tintes, cremas, polvos, zapatos, peinados, combinaciones, actitudes, sonrisas, temas de conversación... Todo es modificable para cumplir el objetivo de la belleza y el reconocimiento. Es cierto: para un psicótico o un obsesivo, este es el contexto perfecto para, literalmente, volverse locos.

Así pues, cuando llegamos al evento al que fuimos requeridos, nos sentimos más o menos guapos o lucidores o cómodos o socialmente aceptables o atractivos o excepcionales o todas las anteriores. Nos sentimos como esas figuras sabrosas que los medios se encargan de bombardearnos para adoctrinarnos en lo que es deseable, aunque sea por un momento, porque por muy blanco, delgado, alto y simpático que seas: no estés tranquilo: siempre hay algo que está mal en ti y en mí y en todos. Pero ese es otro tema.

Así que por favor: cuando vayan a sus reuniones en los siguientes días, mantengan en mente que todos los ahí presentes están acomplejados y buscan ser sabrosos, apetitosos. Igual que usted, lector. Y ante tal certeza, sólo quedan tres opciones: 1) sea usted compasivo con los demás y consigo mismo; 2) ríase de la ridiculez de los otros y de la suya propia; 3) dese cuenta de lo absurdo del complejo de la sabrosa y abandone todo anhelo por serlo (una figura sabrosa) y todo juicio hacia quienes han decidido ser, simple y llanamente, ellos mismos.

lunes, 22 de diciembre de 2014

"Yo les sugiero un antro gay"

El sábado salimos de casa mi esposo y yo rumbo a un mandado. Abandonamos la casa con nuestras personalidades de costumbre, con el mismo modo de caminar y hablar y mirar que de costumbre. Éramos él y yo, simplemente. Pero pronto íbamos a ser transformados, sin que nosotros lo supiéramos aún.

Dejamos el carro en el taller mecánico y, matando dos pájaros de un tiro, comenzamos a caminar hacia nuestro destino. El primer pájaro que matábamos era el del transporte: llegar del taller al mercado sin nuestro vehículo. El segundo, era el de unas rutas pseudo turísticas peatonales que mi compañero y yo queremos llevar a cabo en los próximos meses. Dado que poco conozco este puerto al que me he mudado para residir indefinidamente, necesito recorrerlo y olerlo para poder domarlo, gozarlo, vivirlo.

Íbamos muy contentos, tomados de la mano, andando sobre las piedras que conforman las calles vallartenses, desiguales, gastadas, grises. En una esquina, me dice mi cónyuge con júbilo: ¡Y éste era un cine! Tan pronto escucho esta última palabra, levanto la cabeza para encontrarme con un edificio blanco, sin letreros ni indicaciones, pero con el aire y la presencia, efectivamente, de un cine de antes. El corazón me brinca, con la sabia felicidad de un niño.

Nos habíamos acercado a las puertas principales y estaban completamente bloqueadas por unas cortinas verdes, pesadas. "No se ve nada", dijo triste mi marido. Estábamos a punto de irnos y de pronto vemos que hay un guardia en una entrada lateral diminuta. Un personaje extraño, con los brazos deformados, extrañamente pequeños. Como si sus extremidades se hubieran aferrado a la infancia para así poder abrazar a todos con el amor y la inocencia de los primeros años.

"¿No podemos entrar, verdad?" dice mi acompañante y guía turístico por el momento. "No, no los puedo dejar pasar, señor", contesta el personaje de fábula. "¿O están interesados en comprar el edificio?" Y entonces, justo ahí, ocurrió la metamorfosis. Dejamos de ser nosotros para convertirnos en aquellos: un par de jóvenes inversionistas recorriendo la ciudad para adquirir una propiedad que engrose sus de por sí adineradas arcas.

Nos dejó pasar el vigilante y nos introdujo a una sala relativamente grande, completamente oscura y perfumada de un olor a húmedo y cerrado que nos sedujo por su misterio. Ahí estaban, las butacas, el escenario, la pantalla, las cortinas, un techo conformado por cubos de distintos tamaños. Una segunda planta (a la que no subimos) y los espacios indispensables para la administración de un local así.

Íbamos ya rumbo a la salida, para transformarnos de nuevo en quienes somos regularmente -difícilmente explicable-, cuando de pronto el guardia, como cómplice de nuestros personajes alternativos, nos dice "Si les interesa, yo les sugiero poner un antro gay. Como ésta es la zona roja, la verdad pegaría." y ya estaban de nuevo, vivos y coleando, los jóvenes ricos en búsqueda de más riqueza.

Le hicimos preguntas sobre la zona roja, nos dio una cátedra sobre el buen físico de los travestis, lo cuestionamos respecto al precio, nos recomendó incluir un show de travestidos. Agradecimos, nos despedimos y por último, nos pidió encarecidamente no confesar a nadie que nos había dejado entrar. Le prometimos que así sería. Caminamos unos cuantos metros y mi marido asesta "Seguro se ha acostado con travestis". Creo que estoy de acuerdo, pero me despido con nostalgia de esa vida paralela en que con mis millones de dólares quise establecer un antro gay en la zona roja de un puerto mexicano.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Sobre mi apego a la belleza y mi terror a ser fea y rechazada

Hace unos días, un amigo me contaba de los "pecados" según el budismo hindú. Según recuerdo, éstos son: miedo al dolor, apego a los placeres, creer que soy mi cuerpo, creer que soy mi mente y... Otro que ya no recuerdo. Por supuesto, sufro un poco de todos los anteriores, pero el que me tiene más resonancia hoy en día es el apego a los placeres.

El apego, han de saber, es el primer paso hacia la adicción. Esto, porque tras el apego hay una creencia de que no podemos vivir o no podemos ser felices sin cierta cosa, persona, lugar, sentimiento, animal, etcétera. Entonces lo queremos una y otra vez, lo queremos siempre.

Yo no me considero, en general, una persona muy aferrada a las cosas. He tenido épocas en mi vida, es cierto, que he jalado más fuerte, pero mi personalidad más bien tiende a dejar ir y adaptarse a las nuevas condiciones. A veces me cuesta mucho trabajo, lo admito. Cambiar de un paradigma a otro, de una estructura o de un hábito al siguiente. Pero regularmente suelto.

Sin embargo, hay un área de mi vida en la que me siento más o menos insegura, y es precisamente por eso que hay más presencia de ataduras. Esa área es la de la vanidad. La de mi imagen personal, o la evaluación que hago de mi belleza.

Mi mamá tiene un sentido bastante refinado del gusto. Se le nota en sus ropas, accesorios y decoración de la casa, principalmente. Las cosas son finas, armoniosas, bellas. Combinan o resaltan con gracia. Son especialmente curiosas, atractivas. Creo que esto es causa, en gran medida, de que tanto mi papá como mis hermanos y yo hayamos crecido y vivido rodeados de un entorno con cierta exquisitez. Me parece que ocasionó que todos fuéramos algo vanidosos y amantes de la calidad.

Hablo con cierta frecuencia y facilidad de mis años de adolescencia y primera juventud, pero no sé si a mis interlocutores o a mis lectores les queda claro el verdadero impacto, la dimensión que tuvo en mi vida la vivencia de esos años. Yo fui una adolescente masculina. Yo negué mi feminidad y, en gran medida, mi belleza (en todos los sentidos). Yo me negué a mí misma.

Mis papás son gente muy atractiva. Mi papá era muy masculino, alegre, seguro de sí mismo, vestía con buen gusto y tenía una gran presencia, una brillante sonrisa. Mi mamá, blanca y más o menos chaparrita (para su desgracia, ahora descubro), es de unos ojos grandes y verdes muy expresivos, de boquita linda y de curvas peligrosas. Mis hermanos, delgados ambos y más altos que yo, muy atractivos desde los 17, 18 años. Y la triste verdad es que yo crecí acomplejada.

No fue culpa de nadie. Creo que ni mía. No sé si se pueda culpar a los niños o a los adolescentes por ser víctimas de una falta de sabiduría, de madurez, de estabilidad emocional o de amor propio. Así pues, rodeada de cosas bellas y ordenadas y de gente guapa y atractiva, yo, bajita, regordeta, despeinada, con lentes gruesos, braquets, espinillas y vellos por todos lados, me sentía más bien repulsiva. Por eso me escondí bajo códigos de vestimenta y comportamiento que eran masculinos. Me parecía que yo no era digna de lo bonito. Creía que mi fealdad afearía todo lo bello. Mi simple anatomía arruinaría ropas, maquillajes, aretes, zapatos...

Quizás lo más duro de ese tiempo fueron mi frustración, mi desprecio hacia mi cuerpo (porque yo en realidad me sentía lista y simpática, con chispa) y sobre todo, el teatro que tuve que montar para engañar a los demás y procurar que no se dieran cuenta, que no pudieran ver que había una niña, rosa y cursi y triste, abajo de esa adolescente vestida de pantalones flojos, camisetas de varón e incluso bóxers por ropa interior. El teatro de la masculinidad. Porque lo cierto es que nunca fue genuino. Yo siempre quise usar falditas, perfumes y tacones, pero estaba muerta de miedo, muerta de autorechazo. Me hubiera encantado ser linda, ser delicada, ser gustada. Pero como me parecía inaudito, imposible, cerré toda posibilidad. Si ya era fea y repulsiva, lo sería al 100%.

Por eso, cuando crecí y llegaron tantos cambios (adelgacé, aprendí a entender y convivir con mi cabello, usé pupilentes, tuve dientes sin aparato, cara limpia y me hice depilaciones por muchos rincones de mi cuerpo), me adentré en un período de euforia conmigo misma. Y cuando digo "crecí", estoy hablando del 2011 para acá. Tres años. Por primera vez en mi vida me sentí hermosa a los 23 años, y aún no se acaba la racha de belleza ni la de alegría existencial. Y aquí es cuando llega el apego.

Quisiera tener, ya y de una vez por todas, todos los vestidos, las faldas, las blusas, la ropa interior, las sandalias, los zapatos, las botas y los lápices labiales que no había podido usar nunca antes. Quisiera ser linda y refinada todos los días. Por fin me siento integrada con la belleza de mi familia y de mi casa familiar, y lo quiero explotar al máximo. Soy tan guapa como mi hermana y mi mamá. Soy tan llamativa como mi hermano. Tengo tanta presencia como mi papá.

Desde pequeña, cuando salgo a comprar cualquier objeto que quiero o necesito, termino siempre atraída hacia los de mayor precio. Una constante que lamentaron mis papás y ahora mi marido. Y es que lo realmente triste es que, en efecto, son cosas buenas y bonitas, pero no baratas. Entonces se está ante una disyuntiva: o se gasta el dinero con cierta nostalgia de verlo partir en grandes cantidades, o se despide uno del objeto con cierta nostalgia de verlo partir. Siempre hay una despedida y una nostalgia, nada más tiene que optarse por cuál.

No obstante, esto que acabo de escribir es falso, y ése es el punto de este texto. Despedirse de las faldas, los zapatos, los labiales y las bolsas no tiene por qué representar un acto de nostalgia. La verdad es que en esta etapa en la que me encuentro, tengo que y quiero aprender a dejar de desear posesiones materiales con tanta vehemencia. Quiero sentirme chula con lo que ya tengo, y dejar de vivir como si hoy fuera el último día para mi vanidad. En realidad, lo que realmente me gustaría, es dejar de prestarle tanta atención a mi físico y, sabiéndome linda, poder concentrarme en vivir el mundo, espiritual y emocionalmente, como si fuera el último. No quiero que el fantasma de mi fealdad de otrora se vuelva la cruz que me convierta en consumista o en adicta a las compras. ¡Sólo quiero ser feliz!

jueves, 25 de septiembre de 2014

Mescolanza convulsionada

En estos tiempos, llevar a cabo una investigación implica, casi necesariamente, pasar bastante tiempo en Internet, durante el cual se hacen descubrimientos que están relacionados al tema de investigación y descubrimientos que no. En estos últimos días de trabajo intenso he navegado por páginas de todo tipo con temas muy variados (también se subraya este fenómeno con el hecho de que para descansar mentalmente, cada tanto me distraigo en Internet buscando cosas de mi interés personal). Eso ha tenido como consecuencia haber encontrado información de todo tipo, que me produjo todo un abanico de emociones y opiniones muy amplio.

Primero que nada, debo confesar que googlé (guglié) mi propio nombre. Bueno, mi nombre "artístico" (qué mamada. Menos el hecho de haberme gugliado que el de tener un nombre "artístico". Porque bien visto, ¿qué diablos quiere decir eso? ¿Que nomás porque me autonombré distinto de lo que dice mi acta de nacimiento, ya tengo un pretencioso interés por hacerme de una identidad o una personalidad artística? ¡Pamplinas, digo yo!). Y una de las cosas que encontré me dio una bofetada tan inesperada que me dejó pasmada, llena de conmoción. Google arrojó como uno de los resultados una foto de la navidad de 2008. Una selfie que tomé al lado de mi papá. Yo con un piercing que me había hecho hacía poco y que, también, me quité poco después (se infectó con el cloro en mis clases de natación) y un chal que de hecho me llevé a Tijuana. Mi papá con sus lentes, su bigote tupido de siempre y una camisa azul, preciosa, seguramente escogida por mi mamá. Me movió sentimientos muy profundos, siendo la tristeza el principal de ellos. En fin... encontrarme su cara sonriente al lado de la mía en un buscador de la web sin preverlo fue bastante impactante.

Segundo, quisiera compartirles una locura que también me arrojó el mundo cibernético. Quería saber si al meter el nombre de uno de mis textos en este blog aparecía entre las primeras entradas (uno de los libros que estoy leyendo sobre marketing digital me dio esta idea y la anterior, no vayan a creer que soy tan narcisista). El primero que me vino a la mente fue el de "Sobre la confianza en Dios y en uno mismo". Para quienes quieran saberlo, no me apareció ni en la primera ni en la segunda ni en la tercera página, y fue en ésta cuando desistí, porque además me había atrapado otro artículo que se titulaba "La autoestima ¿es cristiana?". Quedé boquiabierta con la pregunta que me planteaba la pantalla. Seducida, di clic en el link y lo que encontré en el segundo párrafo del texto fue lo siguiente: "En respuesta a la pregunta y para decirlo de una vez: la "auto-estima" no es cristiana. Todo lo contrario". Mi quijada se fue hasta el suelo.

El primer argumento que dan para contestar tan rotundamente a la cuestión es que en la Biblia no se menciona. Más bien, según ellos y una cita de Jeremías que incluyen, es "maldito" el hombre que confía en otro hombre y es "bendito" el que confía en "El Señor" (y denle con el patriarcado, pero eso es otro tema y no me quiero desviar). Exponen también que sin Dios y ante Dios no valemos nada. "Es más: que de nuestra cuenta sólo podemos y sabemos pecar". No sé ni por dónde empezar a desmenuzar esto... De hecho, no lo haré. Sólo voy a decir que me parece abominable y digno de una película de terror pensar en las legiones de humanos que viven creyendo dos cosas: 1) que no valen en sí mismos (con todas sus funestas consecuencias) y 2) que Dios es un ente externo a ellos y no parte de sí mismos (creencia que es maravillosa y esperanzadora). Así que bueno, qué pena, lo siento mucho. Ojalá que lo estén confundiendo con ego. Aunque aún así, confundir ambas palabras joderá bastante a bastante gente.

Y lo último que voy a plasmar aquí (aunque no haya sido lo último que llegó para sorprenderme) fue lo anonadada que me dejaron dos blogs que me encontré de unas adolescentes que habían hecho de la bulimia y la anorexia el paradójico asidero para permanecer en esta tierra con cierta (¿)cordura(?). Me entristeció mucho leerlas describir a sus familias como sus enemigos, a sus relaciones amorosas como fatales y a sus cuerpos como asquerosos. Se recriminaban no poder mantener ayunos y caer en la tentación de tortas y papitas. Se llamaban a sí mismas "vacas" y lo único que les importaba en la vida era estar flacas, delicadas, frágiles, "hermosas". Quizás son cristianas y el pastor les dijo que el autoestima era diabólica. (Disculpen el humor negro. No lo pude evitar.) Me abatieron principalmente porque yo alguna vez fui así. Algunos viejos recuerdos y viejas sensaciones encuentran un espejo en ellas y sus letras. (Hasta la fecha, le batallo para ver belleza en mi reflejo.) Es desolador, ¿no creen? Ver tanta soledad y tanto desprecio por uno mismo. Me dieron muchas ganas de llorar.

P.D. Efectivamente lloré más tarde, cuando vi en YouTube el discurso que dio Emma Watson en las Naciones Unidas para el lanzamiento de la campaña feminista Él por Ella.

martes, 2 de septiembre de 2014

Yo, mujer.

A mi marido, por su amorosa contribución a la mujer que soy y por recordarme, tan gozosamente, que lo soy. 

Me di licencia de no escribir por cuatro días, así que me ausenté de estas tierras electrónicas. No puedo decir que lo siento, pero sí que ya volví y que estoy alegre por ello.

Algunas cosas lindas pasaron en estos días. La que sobresale es platicar con mi amiga Emicel sobre cómo han ido cambiando nuestros gustos, la preferencia que hemos ido desarrollando por las actividades domésticas y una vida de relativa calma, sin demasiadas fiestas ni gente ni calle. Me sentí feliz con la comunión que sentí entre nosotras dos y con la agradable combinación de tener una conversación honesta e íntima con una amiga de la universidad y escuchar de fondo canciones del álbum "Ten", de Pearl Jam, interpretadas en vivo por una banda cuyo bajista estaba vestido con una falda escocesa. Canciones que me recuerdan a los días de la adolescencia, la inconformidad, la calle, el ruido, el alboroto de fiestas, la agitación interior para salir de mi espacio y rodearme de gente, especialmente de hombres, que durante mucho tiempo fue el género con el que me sentía más cómoda. Las mujeres me parecían superficiales, competitivas, aburridas, hipócritas, cursis, manipuladoras, vanidosas. Y desde mi experiencia vital, yo estaba en posición de hacer esas críticas feroces, porque no me veía a mí misma como femenina, sino como masculina. Una mujermasculina. Mujerhombre. Mujernomujer. Renegaba de mi pelo (y lo corté), renegaba de mis pechos (y los oculté bajo ropas flojas), renegaba de los estereotipos de belleza que me prohibían terminantemente considerarme bella (así que nada de maquillaje, nada de tacones, nada de vestidos o faldas).

Pero no fue eso de lo único que renegué. También me molestaba la noción de vulnerabilidad, de seres emocionales y sentimentales en oposición a intelectuales y racionales. Por eso, yo decidí ser siempre fuerte, incansable, autónoma, autosuficiente. Y también decidí almacenar todas mis opiniones y mi sentir en el estómago y en la garganta (curioso: las dos áreas de las que siempre estaba enferma, desde los 14 hasta los 24 años), porque era ridículo expresarlos. Me sentía débil e inferior al expresarlos. Me sentía mujer. Me sentía tonta, torpe, incómoda, trágicamente desnuda. Expuesta a la crítica y la burla de otros. Y paradójicamente, ese silencio me hizo aguantar humillaciones, rechazo, desdén. Sobre todo de algunos hombres (¿sería precisamente porque los prefería, porque los admiraba?). A veces visito recuerdos de algunas bajezas que viví estoicamente y ahora, en mi versión del pasado, cada vez que me dicen o hacen algo grosero, yo les grito "¡Imbécil!" y me voy para nunca volver. Con el tiempo he descubierto que era falta de respeto por mí misma, porque ni mi opinión ni me sentir eran ridículos o tontos o torpes. Eran míos. Y merecían respeto, a toda costa.

Ayer, más o menos a esta hora, estaba sentada en el asiento del copiloto, en el coche familiar, llorando en el hombro del conductor, mi marido. El cielo lloraba junto conmigo. Estábamos estacionados frente al restaurante donde me había invitado a cenar, y yo no podía ni quería salir porque estaba hecha una pena, como dicen los españoles. Habíamos dedicado la tarde a buscar ropa o zapatos o accesorios para mí, porque recibí un dinero en mi cumpleaños que decidí gastar en cosas lindas que halagaran y resaltaran mi belleza, que ahora reconozco con generosidad. Pues bien, lloraba porque me sentí como fuera de órbita. El problema empezó en el hecho de que casi nada seducía mi vista. Luego se empeoró cuando me quejé de prácticamente todo lo que me probé, y casi todo lo que me probé se quejó de mí. Unos pantalones que no me hacían ningún favor, otros pesados que obstruían mi movimiento, una falda que en una talla estuvo muy grande y en otra apretada, shorts demasiado cortos, vestidos demasiado formales, prendas cuyo precio son un insulto, ya no sé si a la inteligencia o a la decencia. Por un momento me supe perdida entre una imagen de formalidad y elegancia que ahora, asumida mi femineidad, conforma mi ideal de vestimenta pero se contrapone al clima del sitio donde vivo; unas prendas frescas pero informales y sueltas que me recuerdan demasiado a quien era antes y que ya no quiero ser; tacones que me coquetean pero que retan a mi sentido común y a mi vocación de pedestre comodidad; faldas que acentúan mi figura curvilínea de forma exquisita pero que también revelan una pancita que prefiere permanecer disimulada.

Por un momento no supe si ahora me quiero a tal grado que no reconozco que estoy gorda o si la cantidad de ropa hecha en materiales sintéticos ha ido en aumento o si mi ropa interior no me favorece o si estoy en crisis entre vestirme como señora o como muchacha costeña o como estudiante metropolitana o si el diseño de las prendas se hace pensando en mujeres sin muslos ni cadera ni un vientre que no esté pegado a la espalda. Y lloré. Lloré un buen rato. Lloré todo lo necesario. Lloré el desconsuelo de sentirme incomunicada entre mi universo interior y la impresión que quiero causar entre los prójimos que alrededor de mí se encuentran. Lloré la imposibilidad de celebrar mi corporeidad.

Hoy, a mediodía, también quise llorar. (Hay días y semanas en que quiero llorar cada 6 u 8 horas, como si fuera un tratamiento médico.) Esta vez, porque me di cuenta de que el ideal de autosuficiencia que tengo y que mencionaba antes sigue siendo, aunque en mucho menor medida, un obstáculo para mi entrega completa, para ser realmente vulnerable. Sigo exigiéndome hacer las cosas bien y hacerlas sola, a pesar de que aceptar ayuda, más que una debilidad, es el hermoso regalo de permitirle a otro compartir su bondad y su amor conmigo. La exigencia por ser autosuficiente es, también, no respetar los momentos de debilidad propia. Es un bloqueo en el acto de recibir. Es un bloqueo para la femineidad.

Quiero terminar este texto con gratitud. Agradezco, pues, a mis amigas mujeres, por ser siempre tan hermosas y por haber permanecido conmigo a través de los años en que yo no sabía a ciencia cierta el tesoro que somos. Agradezco a mi mamá y a mi hermana, las primeras mujeres en mi vida, por haber sido grandes factores en mi camino y en la mujer que ahora soy. Y sobre todo, quiero agradecer en esta publicación a mi compañero amoroso, por todo.

viernes, 1 de agosto de 2014

01 de agosto

El 01 de agosto siempre ha sido y será el cumpleaños de mi hermano. Es día de verano y de lluvias, de vacaciones y de calor, pero también y sobre todo es el día de Mitch.

Nuestra historia de amor comenzó hace 26 años, cuando mi papá embarazó a mi mamá y yo empecé a existir. Mi hermano quería un varón, para jugar con él y tener un cómplice y amigo las 24 horas del día. Mi hermana quería niña, supongo que por las mismas razones, pero no importa porque este texto no es de o para mi hermana. Como decía, mi hermano quería un varón y la vida le frustró sus deseos. Porque nací yo.

Sin embargo, Miguelito de 7 años no frustró sus planes de tener un amigocho permanente, por lo cual nuestra relación se convirtió en una abominable lucha cuasi permanente que ambos disfrutábamos y detestábamos. Golpes, llanto, risas, bullying y amor incondicional. Una mezcla francamente irritante para mi mamá. Sobre todo, porque el llanto venía siempre de mí.


Viviendo en estas condiciones, mi sentido del humor se desarrolló precozmente y a un ritmo imparable, unido íntimamente al de mi hermano; mi lado masculino fue, hasta muy recientemente, el predominante en mi personalidad; demostrar amor a golpes fue lo que preferí en la adolescencia; escuchar Molotov y tener un léxico de niña de arrabal también vinieron como consecuencia.

Sin embargo, también tuve siempre un aliado que me consultaba con sumo respeto mi opinión sobre novias y otros temas de Inmensa Relevancia para él; tuve un caballito que le permitía a la Sarita de 3-7 años montar sobre su espalda/lomo; tuve un hostigador acérrimo que durante largos años me llamó Gordolina. Con decirles que gracias a mi hermano me llamo Sara. Cuatro letras que me procuran identidad, y que se deben a este sujeto.

En pocas palabras, mi hermano fue mi mentor, mi mejor amigo, mi ejemplo a seguir, mi saco improvisado de boxeo, mi fuente de lágrimas y un ser lleno de compasión en los peores momentos de mi adolescencia. ¡Y ahora que me acuerdo fue el que convenció a mis papás de que me permitieran estudiar la licenciatura en Guadalajara! Experiencia que, por cierto, cambió mi vida. (Los convenció argumentando que yo era responsable, inteligente, talentosa y que me lo merecía, que confiaran en mí.)

Hermano: tengo un amor grandísimo, indecible para ti. ¡Estoy feliz de que estés en mi vida, de aprender siempre de tu corazón grande y noble y de acompañarte a través de las peripecias de tu existir! ¡Nos vemos al rato para la peda!

lunes, 12 de octubre de 2009

Un poquito sobre los hombres. Ya me estaba tardando.

La secundaria ha sido la época en que más desconectada he vivido. Desconectada de mí misma, quiero decir. No tenía las herramientas para navegar en mis propias aguas y la verdad es que tampoco las agallas. Me despertaba todos los días con sueño y con tedio. La etapa de más energía del ser humano está condenada a esfumarse en salones de clases donde no quieres moverte un centímetro por temor a que todos vean tu nueva espinilla, tus chichis más grandes, tu grasa corporal, tu cabello insoportable. Claro, la fortuna y la desgracia es que no es así para todos. Hay unos pocos que lo pasan bien. Lucky them.

Me caían mal mis compañeros, mis amigas eran una plasta que sólo hablaban de lo ñoña que era yo y de lo, paradójicamente, frecuente que les bajaba a sus novietes que se aburrían de que fueran tan tontas y poco creativas. Nota al vuelo: perdón, no lo hacía adrede.

En fin, aquello parecía un desierto y el único refugio eran las húmedas y sombreadas cuevas de la risa, el refugio de los amigos. Mi bola de amigos (el grupo de los odiados por los profesores que se hacían llamar PM24 y cuya única integrante femenina fui yo, a reserva de varios) eran unos simples que encontraban en cualquier pequeñez un pretexto para bromear, que dedicaban todas las tardes, como personas sensatas que eran, a patinar y escuchar punk. Como yo no patinaba, ni tocaba ningún instrumento "rebelde" (sólo el piano y un poco de violín) ni era especialmente chistosa, me limitaba a reírme y a escucharlos. Pero no sólo a escucharlos tontear. Quiero decir, realmente a escucharlos. Porque ellos no estaban dispuestos a escucharse mutuamente. Entonces me di cuenta que aunque fueran muy unidos y pasaran por tantas aventuras juntos, siempre estaban más o menos aislados, cargando solos con sus penas.

Fue pasando el tiempo y me di cuenta que me sentía cómoda escuchando a mis amigos o a mis novios, que podían pasar horas hablando de sus problemas familiares, de sus inseguridades, de sus sueños. En recompensa, ellos también me escuchaban, me trataban de consolar (algo que hasta la fecha me cae muy mal, porque no espero encontrar en ellos la respuesta a nada sino un simple desahogo) y me hacían reír. Priceless.

"Una sociedad de hombres es una sociedad solitaria" dice Paco Ignacio Taibo II. Hay alguna razón, que desconozco (pero sospecho que puede ser la idea machista de que el hombre no es vulnerable ni sensible, sino duro y fuerte), por la que los hombres no se sienten cómodos sincerándose con alguien de su mismo sexo. Por eso, tal vez, les resulte más fácil perdonar la traición de un amigo que la de una amiga o una novia: jamás será el mismo grado de confianza y expectativas que depositaron en uno que en otra.

Recientemente leí (no recuerdo dónde) que 9 de cada 10 personas (de ambos sexos) prefieren la amistad de una mujer que la de un hombre. Decía el texto que la amistad femenina resulta más "satisfactoria". Yo creo que tiene que ver con este hecho: una mujer es sinónimo de fluidez emocional. Nosotras escuchamos, consolamos, somos empáticas, compartimos experiencias, no juzgamos de "joto" a ningún hombre por conocer sus sentimientos. Esto es, claro está, una generalización. Hay mujeres herméticas, muertas de miedo por sus inseguridades que tampoco permiten mostrarse a sí mismas.

Un primo, hace años, me dijo una frase que creo que no olvidaré. "Cuando un ser humano se encierra dentro de sí, construye un muro grueso que protege lo de dentro, que progresivamente se va haciendo más débil. Por el contrario, si lo de dentro está expuesto a alegrías y penas, se hace fuerte y no tiene necesidad de murallas". Es posible que esta sea la razón por la que de antemano creo que los hombres son seres menos fuertes que las mujeres (generalizo de nuevo), porque tienen una tendencia al hermetismo que sólo puede resultar en convertirlos en personas inseguras, miedosas, a la defensiva.

Como no sé cómo terminar este texto, diré que a su favor tienen el hecho de ser menos aprehensivos y más desenfadados.
Y también diré que es increíble lo curativo que resulta escribir, o lo sanador que resultó, por lo menos, escribir esto. Acabo de descubrir lo siguiente:
-Esta tendencia que tengo a querer entablar conversaciones "serias" con la gente es porque me gusta sentir que construyo lazos fuertes con la gente. Es muy notorio que tengo poca habilidad para los temas ligeros, especialmente cuando es una plática entre dos. Por el otro lado, si estamos en grupos grandes prefiero la broma superficial. Tal vez porque no puedo lidiar sincerarme profundamente con tantos al mismo tiempo. O quizás sea herencia de los años de secundaria, cuando en bola tonteábamos y a solas nos acercábamos.
-¡Cómo no voy a tener lenguaje de albañil si en los años más duros que he vivido hasta ahora aprendí que era la forma de conectar con el mejor grupo de gente!
-Creo que yo soy de ese 10% de la población que prefiere una amistad masculina. Quizás, como yo los escucho, ellos me escuchan a mí (un pedo muy kármico), y ya no me hacen falta las mujeres, que siempre he creído que el castigo del machismo le ha sentado muy mal a la mayoría, orillándolas a priorizar temas vanos como el look y a sufrir de una inseguridad apocalíptica que las inmoviliza.

Hombres míos, los quiero. Más a uno(s) que a otros.

martes, 8 de septiembre de 2009

2:00 am

Arturo trabajaba vigilando el estacionamiento de la tienda por las noches. Normalmente lo hubiera hecho su papá, pero la enfermedad lo tenía incapacitado y de alguna forma tenía que seguir entrando el dinero a la casa.
Su horario era de nueve de la noche a seis de la mañana. La hora extra de todos los días se la pagaban en quince pesos, que sistemáticamente gastaba en El Libro Vaquero, para llegar a casa y masturbarse antes de dormir. No se masturbaba pensando en las ilustraciones del libro, sino en Cintia.
Cintia pasaba todos los días a las dos de la mañana, trepada sobre unos tacones colosales y escondida debajo de una chamarra tres tallas más grande de lo necesario.
Arturo pasaba las horas semidormido, escuchando a los gatos pelearse por la comida y por las hembras y escuchando, también, a los hombres pelearse casi por las mismas razones. El ruido de la ciudad a lo lejos, algunos conductores gritando con el claxon, la luna muy calladita. Y a las dos de la mañana los tacones de Cintia, que pasaba sola todos los días, con su maquillaje excedido y su edad insuficiente. Arturo nomás la veía, lleno de curiosidad en la mirada y de palpitaciones en el pecho, traducidas en erección.
Ninguno trabajaba por gusto ni se daba gustos con el dinero que ganaba: mantener una familia, pasar hambres, pasar sueños, sufrir de soledad.
Arturo pensaba, antes de quedarse dormido, cómo hablarle, cómo acercarse. Siempre se dormía sin solución.
Había clientes más abusivos que otros y uno se permitió el lujo de venirse en su boca. Precisamente era un cliente amigo del dueño y aunque ya había terminado su hora de trabajo tuvo que decir que sí. No le pagaron por ese servicio. Se metió un chicle de menta a la boca y se largó, sin fuerzas siquiera para enojarse, nomás con la poquita dignidad que le bastaba para sentir impotencia.
Ese día se dieron las dos y Arturo sintió sincera preocupación. No, más bien, una profunda tristeza. Media hora después los tacones.
Oye, ¿me regalas un chicle? le lanzó Arturo con voz atropellada, tratando de alcanzarle el ritmo a esas piernas apuradas. Cintia se detuvo en seco, lo miró a los ojos detenidamente, como si disfrutara con la exasperación que le provocaba la situación, y se metió la mano a la bolsa derecha de la chamarra. Arturo se acercó. Ten. Y en ese instante le vio las manos, delgadas y blancas, y las uñas, largas, postizas, llenas de colores y cosas brillantes. Tan pronto como estuvieron al alcance de su vista dejaron de estarlo y el taconeo de Cintia se fue con ella, a maldormir.
El cliente desconsiderado volvió al día siguiente, diez minutos después de que Cintia se había ido. El dueño, el amigo, le dio la dirección de su carne más fresca. Bueno, compadre, no hay tiempo qué perder. Risas estridentes, fingidas.
Arturo, encendida la alarma de su reloj de muñeca puesta cinco minutos antes de las dos, ya se despabilaba, para verla pasar. Estaba precisamente en eso, levantando con la emoción sus párpados pesados, cuando oyó el ruido de una moto, un intercambio de palabras que se fueron convirtiendo en gritos y un leve grito de mujer, evidentemente sofocado. Arturo se inquietó pero creyó que era otra escena cotidiana, como las de casi diario. La motó arrancó y se fue. El miedo y el aburrimiento, encontrados en esta ocasión, lo arrancaron de su asiento. A cincuenta metros no había absolutamente nada más que una uña larga, postiza, llena de colores y cosas brillantes. Arturo la tomó, la observó y la sostuvo mientras lloraba masturbándose.

miércoles, 26 de agosto de 2009

¡¡Los y las machistas se pueden ir a la gran mierda!!

¡¡¡Estoy cansada de esta sociedad pro-pene y he aquí una lista (que si fuéramos más civilizados no sería tan) larga de ejemplos que fundamentan mi encabronamiento masivo desaforado febril acumulado!!!

- Me caga que un sinónimo de valiente pueda ser dicho como "tiene huevos". A mí no me cuelgan un par de carnosidades por debajo de la cintura y soy muy valiente.

- Me emputa hasta la médula que mi progenitora reciba menos sueldo que mi progenitor por desempeñar el mismo trabajo, sólo porque ella como yo, no tiene testículos.

- Me fulmina el espíritu oír a alguien decir "esa vieja", o "pinche vieja" o "jijijí jajajá, somos la UVA: Unión de Viejas Argüenderas: qué cool somos, vamos al starbucks". Si no tenemos más de 60 años (e incluso así, porque la juventud está en el espíritu) NO somos viejas. Es una palabra que casi nadie se pone a pensar en lo PINCHE DISCRIMINATORIA que es. Violencia sutil, pero violencia a fin de cuentas.

- Odio que casi toda la publicidad esté dirigida a un sector femenino. ¡¡No somos un pinche rebaño de hombres imperfectos faltos de inteligencia que sólo buscan verse bien!!

- Me revienta la madre el prejuicio de que por ser mujeres somos malas conductoras. Simple y sencillamente: váyanse a la mierda.

- Acabo de encontrar en un diccionario ideológico (sí, existen) esta asociación de palabras que tienen que ver con PROSTITUTA: mujer pública, mujer perdida, mujer del arte, mujer de mala vida, pecadora. ¿¿¿Cómo es posible que bajo la misma palabra estén sinónimos que tienen que ver con la vida fuera de casa, con el mal-hacer desde la perspectiva religiosa, y con una vocación y habilidad, como lo es el arte??? ¿¿¿Por qué rentar tu cuerpo para vivir tiene que significar que estás perdida??? En resumen ¡¡¡¿¿¿Por qué chingada puta madre tenemos que arrastrar desde hace siglos con el estigma de que ser una mujer ejemplar significa quedarnos encerradas en casa con el cuerpo cubierto lavando trastes y procreando hijos, al servicio de un hombre???!!!

- Como ya hice catarsis en el punto anterior, puedo decir más tranquila en este punto que, sencillamente, me dan lástima los que dicen: se puso a llorar como vieja. Pendejos los que se aguantan las ganas, no saben lo rico que se siente.

- Y pa' terminar de una vez por todas, me cago en el padre (por supuesto que en este post no me voy a cagar en la madre de nadie) de todos aquellos que me (nos) miran por la calle como si fuéramos una gran vagina marchante. No somos objetos sexuales. Vayan y cójanse una gallina, hijos de bestia.

martes, 28 de julio de 2009

Me caga lo cursi, estoy vieja y no quiero perder la memoria. ¡Ay!

Me cagan las canciones cursis que dicen cosas como "sin ti no soy nada", "eres mi viento, los ojos con los que veo este hermoso atardecer en la playa", "no me dejes porque me muero sin ti" y demáaas mamadas.

Creo que lo cursi es síntoma de dos cosas: falta de realidad en esa cosa llamada amor, y falta de originalidad y/o inteligencia para expresarlo.

Es decir, Disney nos hizo creer:
-a las niñas que iba a llegar un príncipe (hasta con la política se meten, como quien no quiere la cosa, incentivando las monarquías) hermoso (¿qué significa esto? rubio, alto y mamado) con un gran carisma a rescatarnos de lo peor de este mundo.
-a los niños que iban a encontrar una muchacha bien acomedida, chichona y bonita que los iba a amar por la eternidad.

Por eso y otras razones más, no tenemos una idea clara, precisa, aterrizada de lo que realmente es el amor, de sus implicaciones, de sus desventajas. En fin, el lado humano del amor y no el plastificado que vemos en la tele y las revistas. Miren, por ejemplo, este precioso amor de poliuretano con bronceado artificial. Ay, maravilloso.

Y, por otro lado, que cuando queremos a alguien, simplemente NO sabemos cómo expresarlo originalmente, con dosis de nuestra personalidad. Sí, así es: no creamos formas únicas y originales de comunicar nuestro único y original sentimiento de amor, en tanto que éste es tan único y original como nosotros mismos. No, señor. Vamos como borregos a decir y hacer lo que todo mundo ha dicho y hecho ya: llénale el carro de post-its; dile que cuando la viste por primera vez sentiste maripositas; dile que sientes que te falta el aire cuando no está. BULLSHIT. La cuestión es sentarnos un momento, con la cabeza fría, y genuinamente averiguar cómo coño nos sentimos. Oquei, tu novio está de viaje y no, idiotita, no te falta el aire. Piensa un momentito y deja de lado tu gigantesca parte visceral. ¿Qué realmente sientes? (No dejen que les caiga por sorpresa. Los sentimientos y las emociones también se pueden racionalizar.) ¿Ya lo encontraste? Ahora, abre tu boquita.

¿Será, entonces, la cursilería, otro síntoma más del subdesarrollo?

(Confieso que me gusta que mi novio me regale flores. A lo mejor porque es el primero y único que lo ha hecho.)

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Creo que con los años me he vuelto cada vez menos espontánea y más racional. Qué lástima. Lagrimitas por esa sara que en ocasiones de lucidez veo claramente que muere despacito, pero a la vez tan rápido.

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Me encontré por ahí en un blog una frase de Nietzsche que dice "Sólo lo que no cesa de doler, permanece en la memoria". Me rehúso, me rehúso firmemente a concordar con esa oración. Yo diría, más bien, que lo que está en la parte más superficial de la memoria es lo que más duele, lo que facilitamente recordamos. No obstante, y gracias a la Santísima Trinidad, buscando (a veces un poquito y a veces en un arduo viaje) entre el polvo del ayer nos encontramos con una infidad de cosas, varias de las cuales nos arrancan sonrisas imprevistas. *Me resisto a darle protagonismo a los que me han herido sobre... todos los demás*

martes, 9 de junio de 2009

Yo no entiendo a los que se hacen del rogar

¿Por qué chingados lo hacen? ¿Creen que la otra persona no es suficiente y están constantemente poniéndola a prueba? ¿Tienen tan poca autoestima que necesitan de la humillación ajena para sentirse más? ¿Tienen un ego goloso?
Confieso que yo he rogado, pero ya no lo haré. Lo decreté el 11 de mayo de este año, a propósito de no sé qué.
De hecho, ya tengo el discurso preparado por si se vuelve a presentar la ocasión:

Te hiciste tanto del rogar
que las cosas se hicieron difíciles
y dejaste de valer la pena.
Olvidaste que yo no soy una cazadora.

Jujujú, está súper dramático, diva-de-gran-ego.

Cambio drástico de tema. Video loco/curado:

http://www.alinkaecheverria.com/lob/LOB.html

jueves, 19 de febrero de 2009

A veces todo parece tan perfecto o Crónica de lo que va del día

Me levanté a las 7 de la mañana para ir a nadar. Me puse el traje del baño, bajé las escaleras de mi edificio que a esa hora parecen tan lúgubres y crucé la calle. Llegué a la alberca (es que literalmente sólo tengo que cruzar la calle) y me encontré con que estaba absolutamente sola. Era un desierto de agua. Y dentro, muy dentro, casi como si fuera un placer culpable, me sentí feliz. Me quité la ropa y me metí al agua. Así estuve un rato, nadando sin ser vista. Sin existir, casi, porque nadie tenía pruebas de ello. Después llegó Luis, mi entrenador, que tiene unos 20, 22 años. Me puso a hacer diferentes cosas y en una de esas, a la hora de respirar, tragué muchísima agua y por un segundo se me cerró la garganta y no pude respirar. Entonces llegó mi fantasía erótica matinal. Mientras me ahogaba me imaginé (¿qué coño dirá de mí el hecho de que aún mientras mi vida "peligra" yo tengo oportunidad de pensar en sexo?) que la cosa se ponía peor, que jamás se volvía a abrir mi garganta para recibir aire y que me empezaba a ahogar. Luis, por consecuencia, se quitaba, ¡se arrebataba! la ropa para lanzarse a la alberca y nadar rapidísimo hacia mí. Saboreé en mi mente el momento en que se quedaba en ropa interior y mis ojos se encontraban con su desnudez deliciosa (eso fue un taco de ojo y no mamadas); saboreé que se preocupara tanto por mí; saboreé sus brazos fuertes que me agarraban especialmente fuerte. Ya que había terminado de toser volví hacia la orilla de la alberca, donde me esperaba Luis (con ropa, por supuesto) y con su voz grave pero casi empalagosa me preguntó "¿estás bien?". Y como si mi fantasía estuviese hecha de un cristal caro, se cayó y rompió en miles de pedacitos.
Terminó mi hora de ejercicio y subí a bañarme y demás. Llegó la hora del desayuno y entonces me hice mi jugo de naranja y un licuado súper especial (que mientras lo preparaba me cayó del cielo la sensación de que así estaba yo bien, de que ese momento de cocinarme el desayuno era la expresión de mi máxima felicidad cotidiana): papaya, guayaba y plátano con avena y un poco de azúcar mascabada. Me quedó exquisito. Y para rematar, un plato de frijoles con chorizo que mi mami me hizo y trajo cuando vino hace poco. Terminé tan llena que me di un poquito de asco.
Me lavé la boca (procurando que estando inclinada hacia abajo no se me saliera el desayuno) y me salí de casa.
Me subí al camión y me senté escuchando música al lado de la ventana, hasta atrás. Mi lugar favorito. Casi se me olvida bajarme en Las Águilas para comprar transvales. Los compré, me trepé a otro camión y en la parada de Las Fuentes me pasó algo muy raro: en mi lugar favorito (que ya estaba ocupado para cuando me subí a este segundo camión) estaba sentado un chico de unos 16 años, con un cabello castaño claro hermoso y unos ojos inconsolablemente tristes que seguían todo cuanto podían del otro lado del cristal de la ventana. Y fue, en ese instante mismo mientras lo observaba, el personaje perfecto para una película dramática. Era un personaje que yo hubiera creado y amado. Y cuando estaba cerca de la puerta para bajar del camión me di cuenta que delante de mí estaba un chavo bajito, gordito y con cara de muy simpaticón. Me cayó bien en cuanto lo vi. Y cuando nos bajamos me di cuenta que traía unos pantalones grises atrincadísimos (o sea, bien pegaditos) y que meneaba las caderas con una soltura envidiable.
Llegué a la parada donde se detiene el camioncito del ITESO y pensé "qué hueva esperar a que no llegue nunca" y me vine caminando. En el camino pasaron dos cosas que a mí se me antojan insólitas:
-me topé con un vagabundo que estaba negro de mugre, me le quedé viendo y él a mí; cuando pasé a su lado me levantó la mano y me saludó con un gesto casi diplomático... yo le sonreí.
-un policía se portó caballeroso y atento.
Lo único que me ha faltado en todas estas horas que llevo despierta para ser completamente feliz, es volver a ver a mi amigo Robert, volver a ser su maestra de inglés a las nueve de la mañana. Hacía algún tiempo que no sentía tan drástica la ausencia de alguien.

Por último:
-México es el segundo país con más cirugías plásticas en el mundo.
-México es el país que más consume tintes para el cabello color rubio en el mundo.
Parece ser que la mayoría de mis compatriotas se creyó el cuento de la barbie.

Por de veras último:
ya publiqué mi primer cuento como albañil en ladrillos de tinta