Me levanté a las tres de la mañana buscando el baño. Ya me había pasado hace algunos años que tenía la vejiga llena estando dormida y empecé a soñar que iba al baño a aliviar la necesidad y en la vida real empecé a sentir un reconfortante líquido caliente que me recorría las piernas, hasta que me desperté espantada al darme cuenta que me estaba orinando en la cama, ya bien entrada en mis años veinte.
Por eso anoche que sentí el apuro de hacer pipí, preferí despertarme y hacer el esfuerzo consciente de llegar al sanitario antes de derramar siquiera una gota involuntaria de orina. Olvidé que había puesto el calentón para entibiar un poco la temperatura que el frente frío se estaba encargando de congelar. Me tropecé con él, me quemé el pie contra la parrilla ardiente, lo tumbé y me pegué la cabeza en una pared. Es que me había quedado dormida en el sofá, no en la cama. Estaba dizque leyendo. En realidad escuchaba obsesivamente, cíclicamente, dos canciones de Café Tacuba que me ponen tristísima y me facilitan llorar. La de Aviéntame y la de Una mañana.
No siempre se puede llorar. Por eso a veces me ayudo. No es fácil saber qué me va a hacer llorar. Esa noche había intentado de todo. Hasta ver porno. Es que a veces es tan terriblemente patética e imbécil la existencia humana, que las burdas posiciones y movimientos del cuerpo del animal que es el hombre y del animal que es la mujer facilitan entrar en una espiral de sinsentido y desesperación.
En el recorrido hacia el baño escuchaba latas y botellas que yo pateaba en mi ruta. Me dolía el pie quemado. Fue una corta caminata. ¿En dónde estaba? ¿Qué casa era aquella? ¿El último depa donde viví en Guadalajara?, ¿la casa de mi tía?, ¿la casa de Vallarta?, ¿el cuarto de mi infancia? Me puse borracha. Estaba tan borracha que ya no me acordaba de que estaba borracha. O sea, no es que no me acordaba, sino que estaba tan tomada que no estaba pensando en eso, sino sobreviviéndolo, y de pronto el ruidajo que mis pies producían con sus patadas erráticas era como un espejo que me mostraba en proporciones gigantescas las causas de mis males. Ojalá todo fuera así de fácil, de evidente, como descubrir la raíz de una borrachera. Mejor dicho: ojalá que fuera tan fácil descubrir la raíz emocional de una borrachera como lo es descubrir la raíz física, o química, o corporal, o como se diga, de una borrachera.
También para llorar a gusto puse a José Alfredo Jiménez. La de Que te vaya bonito. No sabía si llorar pensando en mi dolor o en el de él. Es más, ni pude llorar. Como que el guanajuatense tiene una voz demasiado bonita, demasiado varonil. Lo que sí es que se bebe tequila muy a gusto escuchando al gran poeta.
Luego, porque sabía que así no había modo de no llorar, recurrí al truco barato de poner a Mercedes Sosa. La de Alfonsina y el Mar. Jijos, cómo lloré. Nomás de imaginarme a Alfonsina vestida de mar, ahogada por cuitas amorosas. Me parte el alma, sinceramente. Me enloquece con morbo el dolor de Alfonsina y también el tierno desgarro con que Sosa canta y que me recuerda a toda la soledad y el discreto dolor que atravesé a lo largo de la adolescencia y luego la juventud y al que me enfrento ahora.
Cerca de la medianoche, con mis ojos de vaca reclinados sobre el sofá de plástico barato en el que eventualmente me quedé dormida, llorando lágrimas de vaca o de cocodrilo o de humano, mojando sin mojar aquel material que está hecho para combatir las emociones y los fluidos humanos, cerca de la medianoche decidí levantarme por un momento de aquel charco de amargura y llanto forzado pero sincero para hacer un último esfuerzo en esta amarga vida y poner a Chavela Vargas, toda su discografía, para que la herida duela más y al mismo tiempo se soporte mejor. Con un dolor dulce. O con un dulce amargo. Como postre exótico, de tierras lejanas, que al mismo tiempo seduce y envenena.
Pero ya no pude llorar. Ya para entonces estaba como cínica. Pensaba, indignada, en cómo Frida Kahlo se había convertido en un icono comercial, igual que el Che Guevara, y que esa era nada más que otra sucia treta del neoliberalismo consumista que violenta al género femenino sin que nos demos cuenta, desbaratando y haciendo botana a una personalidad de proporciones majestuosas, áureas, épicas, como el poema de Gilgamesh. Luego pensé en mis años de adolescencia pseudo revolucionaria. Luego me acordé de las veces que me dijeron que me parecía a Salma Hayek y a Anne Hathaway. Luego pensé en ese corte de cabello que tenía en cuarto de primaria, y lo fatal que se me veía entonces y lo chingón que haré que se me vea ahora. A fuerzas. A lo Frida Kahlo. ¡Porque todos me la pelan!, grité antes de quedarme dormida sollozando otro poco contra aquel sillón que resbalaba las lágrimas por todo el respaldo hasta que se encharcaban en el asiento, cerca de mis nalgas.
Yo creo que para cuando me dieron ganas de orinar se acababan de terminar las interminables canciones de la Vargas que mi papá alguna vez confundió por Vergas, en presencia de algunas hermanas de su mujer, mi madre, en la capital jalisciense. Me sorprendió haber aguantado tantas horas sin tener que ir al baño, porque desde que estaba embarazada tenía que ir a cada ratito. Aunque de mi orinadera y de mi embarazo nadie habría de enterarse nunca. Porque "uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas".
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lunes, 11 de enero de 2016
Ahogar las penas
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lunes, 23 de marzo de 2015
Carta semi abierta a mi padre
*Esta carta fue escrita el sábado 21 de marzo de 2015. No está transcrita íntegramente, puesto que algunas de sus partes son demasiado íntimas entre mi papá y yo, o bien, pueden herir susceptibilidades.
Querido papá. Hoy empieza la primavera. También hoy es el cumpleaños de Hilda. Hace dos años, poco después de que te fueras, la llamé saliendo de clases de la maestría para felicitarla. Quién sabe cuánto me ha de haber costado la llamada, con eso de que fue larga distancia. Aunque la verdad no me acuerdo si le llamé a Tepic. Quitaron el roaming, ¿lo puedes creer? Con una de las estúpidas reformas de Peña Nieto. Aunque esto no es tan estúpido.
Papá, estoy bien desinformada. Neta, machín ignorante. No leo los periódicos, no me meto a tuiter, cerré el facebook, no escucho la radio. No sé prácticamente nada de nada. Y siento mucha culpa. Me estoy escondiendo de algo. Estoy renunciando a una batalla. Estoy metiendo la cabeza en la arena. ¿Será una manifestación, una especie de depresión? Depresión socio-cultural. Queda adecuado para una Maestra en el tema.
Papá, casi no aprendí nada en la maestría. En términos prácticos, ¿podría conseguir un trabajo así, sintiéndome o estando tan en la lona? Y en términos morales, ¿cómo podría? ¿Con qué cara? Tú me dirías que hay que echarle ganas y luchar. Que el mundo está lleno de gente mediocre e ignorante. Que yo soy valiosa. Que para todo hay modo. Me están dando muchas ganas de llorar, papá.
Papá, estoy comiendo sola en un restaurante de Puerto Vallarta. Me pedí una cerveza y ahora estoy un poco tomada. Me encantaría que estuvieras aquí conmigo. Yo creo que a ti también te agradaría bastante. Hay buena música, la comida está rica y está en la orilla del mar. Por cierto, hace rato escuché de la de Susy Q y me acordé de ti. Esta experiencia, esta actividad, algo tiene de mis andanzas en España. Sola, descubriendo y disfrutando el mundo.
¿Hay algo en la vida que no sea difícil? Me da muchísimo miedo fracasar como escritora, papá. No encontrar los temas, la profundidad, las palabras. "¡Lucha!", me dirías, "¡lucha!".
Cómo te extraño, cómo me gustaría que estuvieras aquí, cómo se me llena la garganta con el dolor de las lágrimas atiborradas.
A veces me arrepiento de haberme puesto el tatuaje del antebrazo, papá. Está muy vistoso y además ahora todo el mundo tiene el cuerpo marcado con alguna letra o símbolo o dibujo o mamada.
Los perros me hacen reír, papá. Creo que los amo. Por lo menos puedo asegurar que a mi perro y al perro de mi hermano.La perra de mi hermana se me hace muy castrosa y delicada. Hay una perra aquí en el restaurante que viene con dos señoras. Está enorme, negra y se llama Chiquita. Atestigüé los besos y los abrazos que le daba a una de las señoras. También atestigüé cómo le ladró violentamente a un vendedor ambulante de cinturones, que frente a la amenaza hizo un gesto sutil y pasivo de asco y desagrado.
En el restaurante tocan a Silvio Rodríguez. Tengo muchas ganas de llorar, papá. El mesero que me atiende se acerca para preguntarme si estoy bien. Se llama Bruno y muy amablemente me explicó todo lo que le pregunté del menú. Tal vez, en vez de responderle "Sí, Bruno, gracias, estoy bien" con una sonrisa, debí haberle dicho que te extraño, que estoy haciendo pucheros por dentro, que necesito un abrazo, pero no suyo sino tuyo, y la imposibilidad y la frustración me mata sutilmente.
Cosa curiosa: acabo de saludar al mesero de otro restaurante en el que he comido. Me da la impresión de que le caigo mal pero finge y lo disimula. Creo que me dio genuino gusto verlo. Ahora suena en las bocinas una voz femenina que desconozco, inconsolablemente triste.
Estoy comiendo ceviche peruano, papá. ¿Alguna vez lo probaste? Te gustaría. Yo lo probé por primera vez en un restaurante peruano en Tepic. ¿Y sabes quién era el dueño del restaurante? El papá de Judith, la que fue la mejor amiga de "La chola", la niña que en la secundaria se volvió mi mejor amiga, y quien se puso de novia con Aldo, que ahora está por completo dedicado al arte y la ciencia. A lo mejor nada de esto te interese. O quizás recuerdes nada o muy poco.
Ya me pedí otra chela, papá. Chinguesumadre. Papá, hay una muchacha sentada muy cerca de mí y está preciosa y me dan ganas de decírselo, pero no quiero que piense que soy lesbiana (neta, así de arcaica es la razón) y tampoco quiero ir demasiado en contra de las estúpidas convenciones sociales. Mientras escribía la frase anterior se levantó y se fue. Andaba con un muchacho guapito, pero con pinta de pendejo. Tanto así que ella miraba con frecuencia su celular. O la pendeja era ella, papá. Se le notaba que se sabía guapa y eso le daba un aire de arrogancia muy, pero muy desagradable.
Al mismo tiempo llegaron mi segunda cerveza, la Colonial, también de La Minerva, como la primera que me pedí; la recomendación otra cerveza, también clara y ligera como la Colonial pero mejor, según otro mesero que no es Bruno, y directo de Colima; y otra muchacha guapa, con otro muchacho medio pendejillo, y con un corte de cabello muy extraño, medio rapado y medio largo, ella, no él. Se están poniendo de moda las cervezas artesanales y los cortes de cabello medio rapados para las mujeres, papá.
Yo no entiendo nada.
Un día me sumergí en la biblioteca del ITESO y me topé con un libro de un ex rector de la UNAM que podría orientarme para entender qué pedo. González Cassanova. Ahora ya no sé ni quién es el rector de la UNAM. ¿Sigue siendo Narro? Doy vergüenza, papá. Discúlpame.
Pa', ya me voy. Otra vez pusieron música alegre en el restaurante y me la estoy pasando bien perro. Por cierto, acaba de llegar otra pareja y esta mujer no está tan guapa pero trae unos shorts tan cortitos que se le salen las nalgas por debajo. También esos se están poniendo de moda.
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lunes, 9 de febrero de 2015
Una pésima amistad
Tengo muchos años viviendo con el temor de considerarme a mí misma una mala amiga. Permítanme replantear la frase anterior, simplificarla: desde hace diez o quizás más años me considero una mala amiga y dicha consideración me mortifica. Ahora bien, ¿en qué me baso para formular tal juicio?
En primer lugar, y como he reflexionado ampliamente con anterioridad en este blog, no mantengo una comunicación constante con mis amigos de ninguna manera que involucre al teléfono: mensajes de texto, Facebook, whatspp, Twitter, llamadas, e-mail. Ya sé que algunos de éstos también pueden ser utilizados en la computadora, pero debido a mi rechazo general hacia la tecnología y no sólo hacia los celulares, estas redes sociales o herramientas digitales de comunicación quedan eclipsadas también. (Sí, llevo un estilo de vida anacrónico.)
Es decir, la mejor forma en la que opero es presencial. Puedo conectarme de manera más profunda con quienes puedo tener una interacción cara a cara. Me concentro en lo que me están diciendo, los miro al rostro, detecto la sutil comunicación que se desprende de los gestos y los tonos de voz. La verdad es que no soy multitask ni de plática trivial. Más bien me gustan los intercambios intensos, honestos.
Esto que acabo de describir es suficiente para fungir como un mata-amistades. Suelo no enterarme de las grandes (buenas y malas) noticias en las vidas de mis amigos, ni de sus emociones, opiniones, afiliaciones e ideas. Y cuando me reclaman "desaparecida", "perdida", o "ermitaña", no tengo otra opción más que admitirlo.
Lo anterior genera un círculo vicioso: me da vergüenza pensar que mis amigos crean que no los quiero o que no me importan y esto me inhibe aún más de hacer el esfuerzo por contactarlos y sólo deriva en culpa y remordimiento. Y pienso: "mañana" o "la próxima vez que vaya", o "en cuanto tenga tiempo" y la realidad es que no sucede. Simplemente voy postergando la comunicación con quienes más quiero (porque, lo confieso, es el mismo tratamiento que reciben mis hermanos y mi mamá). Podrá parecer inaudito, pero así es: vivo incapaz de enviar saludos o buenos deseos a quienes quiero. En mi cabeza, todo sería perfecto si yo no tuviera que trabajar y viviera en la misma ciudad que todos a quienes quiero y pudiera verlos cotidianamente: ir a sus casas, de compras, al cine, al mercado, al café, a la playa, al cerro.
El año pasado me hice el propósito de hacerle una llamada telefónica por semana a cada amigo o amiga de los que más quiero y atesoro. No lo pude lograr ni una sola vez. Siempre hay algo que secuestra mi tiempo, mi atención o mi valentía: obligaciones, mandados, comidas, libros, videos, charlas, cansancio...
Para reunirme en persona con mis hermanos del alma o de la sangre se presenta otro gran problema: ha transcurrido tanto tiempo desde que vi por última vez a quienes quiero, que la siguiente oportunidad que tengo quisiera verlos a todos el mismo día o la misma tarde o el mismo fin de semana. Y ellos no pueden, o yo termino exhausta después de una o dos citas de intenso intercambio. Además que desde inicios del 2013, con el comienzo de la maestría y el fallecimiento de mi papá, no he tenido un respiro para poder relajarme y simplemente platicar, reencontrarme con mis viejos amores. Todo lo que hago y decido parece inspirado por la responsabilidad de cumplir con algún deber.
Otro argumento que tengo en favor de mi juicio y en contra de mi felicidad, es que durante los mismos diez años en que me he autoflagelado con la idea de ser mala amiga he pasado de novio en novio, priorizando mis relaciones de pareja (o, lo que es lo mismo, mi temor a estar sola) a mis relaciones de amistad. Así que en vez de haber salido cada fin de semana a bares, fiestas, encuentros y tertulias, me organizaba para hacer algo o para no hacer nada, pero casi siempre en compañía de mi compañero.
No se queden con la idea de que no tengo amigos en absoluto, o de que no he tenido relaciones de amistad verdaderas. He hecho viajes, pijamadas y sesiones de llanto y espiritismo con quienes más quiero. Aunque es cierto: me atormenta pensar que no les haya hecho favores, que no haya estado disponible para cuando me necesitaban, que me haya vuelto un cero a la izquierda en sus vidas.
Lo que me consuela ligeramente es pensar que es mutuo: poco me llaman o me buscan a mí también. Aunque casi siempre es a mí a quien contactan y no yo quien sale en búsqueda, y también es cierto que esto quizás se deba a esta incomunicación y aislamiento que yo le estoy imponiendo a la relación. O será simplemente que todos estamos madurando, que tenemos familias y trabajos, que las ciudades son gigantes y el transporte difícil. No sé qué creer, pero me atormenta pensar que yo sea una pésima amistad.
En primer lugar, y como he reflexionado ampliamente con anterioridad en este blog, no mantengo una comunicación constante con mis amigos de ninguna manera que involucre al teléfono: mensajes de texto, Facebook, whatspp, Twitter, llamadas, e-mail. Ya sé que algunos de éstos también pueden ser utilizados en la computadora, pero debido a mi rechazo general hacia la tecnología y no sólo hacia los celulares, estas redes sociales o herramientas digitales de comunicación quedan eclipsadas también. (Sí, llevo un estilo de vida anacrónico.)
Es decir, la mejor forma en la que opero es presencial. Puedo conectarme de manera más profunda con quienes puedo tener una interacción cara a cara. Me concentro en lo que me están diciendo, los miro al rostro, detecto la sutil comunicación que se desprende de los gestos y los tonos de voz. La verdad es que no soy multitask ni de plática trivial. Más bien me gustan los intercambios intensos, honestos.
Esto que acabo de describir es suficiente para fungir como un mata-amistades. Suelo no enterarme de las grandes (buenas y malas) noticias en las vidas de mis amigos, ni de sus emociones, opiniones, afiliaciones e ideas. Y cuando me reclaman "desaparecida", "perdida", o "ermitaña", no tengo otra opción más que admitirlo.
Lo anterior genera un círculo vicioso: me da vergüenza pensar que mis amigos crean que no los quiero o que no me importan y esto me inhibe aún más de hacer el esfuerzo por contactarlos y sólo deriva en culpa y remordimiento. Y pienso: "mañana" o "la próxima vez que vaya", o "en cuanto tenga tiempo" y la realidad es que no sucede. Simplemente voy postergando la comunicación con quienes más quiero (porque, lo confieso, es el mismo tratamiento que reciben mis hermanos y mi mamá). Podrá parecer inaudito, pero así es: vivo incapaz de enviar saludos o buenos deseos a quienes quiero. En mi cabeza, todo sería perfecto si yo no tuviera que trabajar y viviera en la misma ciudad que todos a quienes quiero y pudiera verlos cotidianamente: ir a sus casas, de compras, al cine, al mercado, al café, a la playa, al cerro.
El año pasado me hice el propósito de hacerle una llamada telefónica por semana a cada amigo o amiga de los que más quiero y atesoro. No lo pude lograr ni una sola vez. Siempre hay algo que secuestra mi tiempo, mi atención o mi valentía: obligaciones, mandados, comidas, libros, videos, charlas, cansancio...
Para reunirme en persona con mis hermanos del alma o de la sangre se presenta otro gran problema: ha transcurrido tanto tiempo desde que vi por última vez a quienes quiero, que la siguiente oportunidad que tengo quisiera verlos a todos el mismo día o la misma tarde o el mismo fin de semana. Y ellos no pueden, o yo termino exhausta después de una o dos citas de intenso intercambio. Además que desde inicios del 2013, con el comienzo de la maestría y el fallecimiento de mi papá, no he tenido un respiro para poder relajarme y simplemente platicar, reencontrarme con mis viejos amores. Todo lo que hago y decido parece inspirado por la responsabilidad de cumplir con algún deber.
Otro argumento que tengo en favor de mi juicio y en contra de mi felicidad, es que durante los mismos diez años en que me he autoflagelado con la idea de ser mala amiga he pasado de novio en novio, priorizando mis relaciones de pareja (o, lo que es lo mismo, mi temor a estar sola) a mis relaciones de amistad. Así que en vez de haber salido cada fin de semana a bares, fiestas, encuentros y tertulias, me organizaba para hacer algo o para no hacer nada, pero casi siempre en compañía de mi compañero.
No se queden con la idea de que no tengo amigos en absoluto, o de que no he tenido relaciones de amistad verdaderas. He hecho viajes, pijamadas y sesiones de llanto y espiritismo con quienes más quiero. Aunque es cierto: me atormenta pensar que no les haya hecho favores, que no haya estado disponible para cuando me necesitaban, que me haya vuelto un cero a la izquierda en sus vidas.
Lo que me consuela ligeramente es pensar que es mutuo: poco me llaman o me buscan a mí también. Aunque casi siempre es a mí a quien contactan y no yo quien sale en búsqueda, y también es cierto que esto quizás se deba a esta incomunicación y aislamiento que yo le estoy imponiendo a la relación. O será simplemente que todos estamos madurando, que tenemos familias y trabajos, que las ciudades son gigantes y el transporte difícil. No sé qué creer, pero me atormenta pensar que yo sea una pésima amistad.
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martes, 25 de noviembre de 2014
Venecia
Uno piensa en Venecia y se imagina las góndolas y a sus gondoleros, vestido con camisa a rayas negras y blancas. Uno ve el agua de los canales, a mujeres y hombres guapos, pasta, pizza, café, moda, fiestas, glamour y, cómo no, la Basílica de San Marcos.
Pero no vengo yo a hablarles de nada de esto. Estas letras están aquí porque les he pedido que cuenten cómo fue mi experiencia en Venecia. La vivencia real, no la postal de recuerdo.
Mis papás, mi hermano y yo fuimos a parar en Venecia en verano de 2004. Hicimos un viaje por varias ciudades de algunos países del occidente de Europa, y entre otras locaciones míticas de Italia, Venecia tuvo la suerte de contar con nuestra presencia.
Aunque no fuera tan común como ahora, el intrépido y siempre innovador de mi padre reservaba anticipadamente los hoteles y hostales a través de Internet. Así, cuando llegábamos al lugar en cuestión, ya teníamos una cama asegurada (a excepción de París, que no recuerdo exactamente qué pasó, pero no sólo nos perdimos buscando el hotel sino que cuando llegamos a él, nos negaron la entrada y tuvimos que buscar otro sitio ya entrada la noche).
En Venecia, lo que nos encontramos al seguir las direcciones para llegar a nuestro hospedaje que El Patriarca había impreso, fue nada menos que una gran sorpresa. La política imperante para escoger dónde sí y dónde no pernoctar era el precio. No estábamos en posibilidades de pagar grandes cantidades y con tal de conocer Europa, nos adecuábamos a lo que fuera. Sin embargo, lo que Venecia trajo consigo no era "lo que fuera".
Llegamos de noche y no nos quedaba muy claro dónde nos encontrábamos. Sin duda, aquello no era un hotel o un hostal. Habíamos arribado, ni más ni menos, que a un campamento. Un gran espacio de tierra lleno de casas de campaña y casas rodantes, pequeñas cabañas, un área de comida y hasta una especie de discoteque hippie.
Los vecinos eran en su mayoría jóvenes con rastas, poca ropa y sonrisotas en la cara. Algunos descalzos, otros sin bañarse. Yo, a mis casi dieciséis años, sentí una mezcla de rubor indescriptible y de emoción contenida. Había llegado al paraíso, pero con braquets, unos kilos de más, una melena rizada autónoma y unos papás sobreprotectores. Es decir, una ñoña con corazón cool acababa de sumarse a una pseudo comuna en compañía de sus papis. Chafa.
Mi hermano y yo, alguna de aquellas noches que estuvimos hospedados en aquel campamento, nos fuimos a la discoteca local a tomar cerveza (que yo a esa edad odiaba pero fingía que me gustaba) y a "bailar", "pasarla bien". En realidad, yo me sentía asombrada de estar en ese lugar con gente mayor que yo y más bien me la pasaba viendo a mi alrededor, observando ñoñamente el comportamiento de los demás. Mi hermano, buena onda, me tenía paciencia y él también, seguramente, zorreaba a las chicas europeas de moral relajada.
En la cafetería que allí había cenamos una noche pizza, los cuatro. Hay una foto, en algún disco duro o algún disco compacto, que me muestra a mí sonriente y cachetona. No sé quién la tomó, si mi papá o mi hermano. No la he vuelto a ver desde hace muchos años. Hay fotos, también, de nosotros cuatro posando frente a la Basílica. Mi mamá la conserva en un buró. Yo traigo una blusa negra, jeans y una actitud que intenta sobre compensar las inseguridades propias de mi edad de entonces.
Hay una pequeño fragmento en la película "Into the wild" que filmaron en un campamento como el que menciono. Ahí, el protagonista conoce a una chica que canta y toca la guitarra y que eventualmente se enamora de él. El lugar es muy parecido al de mi historia, pero la diferencia entre Kristen Stewart y quien esto escribe es más bien abismal.
Pero no vengo yo a hablarles de nada de esto. Estas letras están aquí porque les he pedido que cuenten cómo fue mi experiencia en Venecia. La vivencia real, no la postal de recuerdo.
Mis papás, mi hermano y yo fuimos a parar en Venecia en verano de 2004. Hicimos un viaje por varias ciudades de algunos países del occidente de Europa, y entre otras locaciones míticas de Italia, Venecia tuvo la suerte de contar con nuestra presencia.
Aunque no fuera tan común como ahora, el intrépido y siempre innovador de mi padre reservaba anticipadamente los hoteles y hostales a través de Internet. Así, cuando llegábamos al lugar en cuestión, ya teníamos una cama asegurada (a excepción de París, que no recuerdo exactamente qué pasó, pero no sólo nos perdimos buscando el hotel sino que cuando llegamos a él, nos negaron la entrada y tuvimos que buscar otro sitio ya entrada la noche).
En Venecia, lo que nos encontramos al seguir las direcciones para llegar a nuestro hospedaje que El Patriarca había impreso, fue nada menos que una gran sorpresa. La política imperante para escoger dónde sí y dónde no pernoctar era el precio. No estábamos en posibilidades de pagar grandes cantidades y con tal de conocer Europa, nos adecuábamos a lo que fuera. Sin embargo, lo que Venecia trajo consigo no era "lo que fuera".
Llegamos de noche y no nos quedaba muy claro dónde nos encontrábamos. Sin duda, aquello no era un hotel o un hostal. Habíamos arribado, ni más ni menos, que a un campamento. Un gran espacio de tierra lleno de casas de campaña y casas rodantes, pequeñas cabañas, un área de comida y hasta una especie de discoteque hippie.
Los vecinos eran en su mayoría jóvenes con rastas, poca ropa y sonrisotas en la cara. Algunos descalzos, otros sin bañarse. Yo, a mis casi dieciséis años, sentí una mezcla de rubor indescriptible y de emoción contenida. Había llegado al paraíso, pero con braquets, unos kilos de más, una melena rizada autónoma y unos papás sobreprotectores. Es decir, una ñoña con corazón cool acababa de sumarse a una pseudo comuna en compañía de sus papis. Chafa.
Mi hermano y yo, alguna de aquellas noches que estuvimos hospedados en aquel campamento, nos fuimos a la discoteca local a tomar cerveza (que yo a esa edad odiaba pero fingía que me gustaba) y a "bailar", "pasarla bien". En realidad, yo me sentía asombrada de estar en ese lugar con gente mayor que yo y más bien me la pasaba viendo a mi alrededor, observando ñoñamente el comportamiento de los demás. Mi hermano, buena onda, me tenía paciencia y él también, seguramente, zorreaba a las chicas europeas de moral relajada.
En la cafetería que allí había cenamos una noche pizza, los cuatro. Hay una foto, en algún disco duro o algún disco compacto, que me muestra a mí sonriente y cachetona. No sé quién la tomó, si mi papá o mi hermano. No la he vuelto a ver desde hace muchos años. Hay fotos, también, de nosotros cuatro posando frente a la Basílica. Mi mamá la conserva en un buró. Yo traigo una blusa negra, jeans y una actitud que intenta sobre compensar las inseguridades propias de mi edad de entonces.
Hay una pequeño fragmento en la película "Into the wild" que filmaron en un campamento como el que menciono. Ahí, el protagonista conoce a una chica que canta y toca la guitarra y que eventualmente se enamora de él. El lugar es muy parecido al de mi historia, pero la diferencia entre Kristen Stewart y quien esto escribe es más bien abismal.
viernes, 19 de septiembre de 2014
Hasta luego, Tijuana
Es cierto. Les mentí ayer. Les dije que este texto quedaría en este blog desde anoche, y fue falso. Pero mejor tarde que nunca.
En realidad, fue poco lo que pude conocer de Tijuana, en parte porque fue un viaje principalmente para la convivencia familiar y en parte porque mi familia decidió convivir mayoritariamente en la casa de los tíos que nos acogieron.
Lo que sí pude conocer fue una sorpresa y un impacto. No recordaba, de aquel viaje que hice a los 11 años con mi hermano y mis papás, que los cerros que dominan el paisaje de la frontera están completamente colonizados por casas de cartón y de interés social. Es como si el panorama tijuanense no dejara espacio para el descanso, para el suspiro necesario que soltamos cuando nos encontramos frente a la grandeza natural. Acá todo parece social. Un territorio árido colmado de historias con sed. Así parece.
Hay también zonas y colonias de opulencia, o en bonanza, por lo menos. La zona conocida como Río, por ejemplo, es supuestamente la más bonita de la ciudad. A mí me sorprendió encontrar por ahí una glorieta a Lincoln (regalo del gobierno estadunidense) tan cercana a una a Cuauhtémoc, próximas ambas a una Plaza del Zapato donde lo único que hay son bares.
Pero en el tema de bares y tugurios lo que domina, por supuesto, es el área de la Avenida Revolución, conocida también como La Revo o La Revu. Nos explicaban mis tíos y mis primos que Tijuana creció primero durante la Primera Guerra Mundial y durante La Gran Depresión, cuando Al Capone y sus amiguitos bebedores se cruzaban unos metros para rodearse de mujeres, alcohol y fiesta. Posteriormente, la Segunda Guerra Mundial trajo de nuevo bonanza para la ciudad fronteriza que está marcada por un sabor cultural mixto y cuya herencia del pasado está muy relacionada al vicio, la ilegalidad y la vida nocturna.
Mi experiencia en La Revo fue como la de entrar a un mercado de carne humana. La mirada de los hombres me desnudaba, me ponderaba, me medía, me pesaba, me penetraba y me gozaba. Yo me hacía tonta, los ignoraba, y continuaba con mi observación etnográfica amateur. Encontré mujeres desde los 16 hasta los 46 años, más o menos, todas con vestimentas muy similares: faldas apretadas que apenas cubren las nalgas, blusas con escote y estampado animal, tacones de puta (porque eso es lo que son: stilettos es un eufemismo) y maquillaje de sobra. Me dio mucha pena pensar que con el afán de encontrar aceptación, atracción o reconocimiento, las mujeres exploran su sexualidad o su cuerpo disfrazadas (o camufladas, por lo menos) de prostitutas. Hubo sólo un lugar al que me dieron ganas de entrar, y es porque vi gente vestida de negro y despeinada y un cartel que anunciaba cerveza artesanal. Eso de escuchar banda y ofrecerme al mejor postor no me late tanto.
Por otro lado, puedo decir que el CECUT o Centro Cultural Tijuana me pareció una chulada. La bola y el cubo, como también se les llama, tienen un gran espacio para exposiciones temporales y una permanente, sobre la historia de Baja California. Además, hay una pantalla IMAX y una sala de cine alternativo llamada Carlos Monsiváis, amplia, bien acondicionada y cómoda, con una cartelera con películas de Ambulante que me pareció de lo más atractiva.
Me sorprendió también encontrarme hasta el otro extremo del país que las tiendas de cadenas y los anuncios publicitarios son los mismos que me encuentro en Tepic, Guadalajara y Puerto Vallarta. Qué tristeza, que nos estemos acostumbrando a ir al mismo sitio en cualquier ciudad, en vez de encontrar los pequeños lugares que proveen de personalidad propia a cada sitio. Me sentí hastiada de Tecate, de Nextel, de Oxxo y de las putas plazas llamadas Galerías. Y también sentí asco y tedio con los anuncios de Jeep que llenaban las compuertas superiores del avión. Ahí donde uno mete su computadora o su chamarra, hay una camioneta tratando de seducirte.
En el CECUT me compré un libro de poesía erótica femenina, llamado Nuestra cama es de flores. El compilador es Roberto Castillo Udiarte y la editorial es la CONACULTA. Los dejo con un fragmento:
En realidad, fue poco lo que pude conocer de Tijuana, en parte porque fue un viaje principalmente para la convivencia familiar y en parte porque mi familia decidió convivir mayoritariamente en la casa de los tíos que nos acogieron.
Lo que sí pude conocer fue una sorpresa y un impacto. No recordaba, de aquel viaje que hice a los 11 años con mi hermano y mis papás, que los cerros que dominan el paisaje de la frontera están completamente colonizados por casas de cartón y de interés social. Es como si el panorama tijuanense no dejara espacio para el descanso, para el suspiro necesario que soltamos cuando nos encontramos frente a la grandeza natural. Acá todo parece social. Un territorio árido colmado de historias con sed. Así parece.
Hay también zonas y colonias de opulencia, o en bonanza, por lo menos. La zona conocida como Río, por ejemplo, es supuestamente la más bonita de la ciudad. A mí me sorprendió encontrar por ahí una glorieta a Lincoln (regalo del gobierno estadunidense) tan cercana a una a Cuauhtémoc, próximas ambas a una Plaza del Zapato donde lo único que hay son bares.
Pero en el tema de bares y tugurios lo que domina, por supuesto, es el área de la Avenida Revolución, conocida también como La Revo o La Revu. Nos explicaban mis tíos y mis primos que Tijuana creció primero durante la Primera Guerra Mundial y durante La Gran Depresión, cuando Al Capone y sus amiguitos bebedores se cruzaban unos metros para rodearse de mujeres, alcohol y fiesta. Posteriormente, la Segunda Guerra Mundial trajo de nuevo bonanza para la ciudad fronteriza que está marcada por un sabor cultural mixto y cuya herencia del pasado está muy relacionada al vicio, la ilegalidad y la vida nocturna.
Mi experiencia en La Revo fue como la de entrar a un mercado de carne humana. La mirada de los hombres me desnudaba, me ponderaba, me medía, me pesaba, me penetraba y me gozaba. Yo me hacía tonta, los ignoraba, y continuaba con mi observación etnográfica amateur. Encontré mujeres desde los 16 hasta los 46 años, más o menos, todas con vestimentas muy similares: faldas apretadas que apenas cubren las nalgas, blusas con escote y estampado animal, tacones de puta (porque eso es lo que son: stilettos es un eufemismo) y maquillaje de sobra. Me dio mucha pena pensar que con el afán de encontrar aceptación, atracción o reconocimiento, las mujeres exploran su sexualidad o su cuerpo disfrazadas (o camufladas, por lo menos) de prostitutas. Hubo sólo un lugar al que me dieron ganas de entrar, y es porque vi gente vestida de negro y despeinada y un cartel que anunciaba cerveza artesanal. Eso de escuchar banda y ofrecerme al mejor postor no me late tanto.
Por otro lado, puedo decir que el CECUT o Centro Cultural Tijuana me pareció una chulada. La bola y el cubo, como también se les llama, tienen un gran espacio para exposiciones temporales y una permanente, sobre la historia de Baja California. Además, hay una pantalla IMAX y una sala de cine alternativo llamada Carlos Monsiváis, amplia, bien acondicionada y cómoda, con una cartelera con películas de Ambulante que me pareció de lo más atractiva.
Me sorprendió también encontrarme hasta el otro extremo del país que las tiendas de cadenas y los anuncios publicitarios son los mismos que me encuentro en Tepic, Guadalajara y Puerto Vallarta. Qué tristeza, que nos estemos acostumbrando a ir al mismo sitio en cualquier ciudad, en vez de encontrar los pequeños lugares que proveen de personalidad propia a cada sitio. Me sentí hastiada de Tecate, de Nextel, de Oxxo y de las putas plazas llamadas Galerías. Y también sentí asco y tedio con los anuncios de Jeep que llenaban las compuertas superiores del avión. Ahí donde uno mete su computadora o su chamarra, hay una camioneta tratando de seducirte.
En el CECUT me compré un libro de poesía erótica femenina, llamado Nuestra cama es de flores. El compilador es Roberto Castillo Udiarte y la editorial es la CONACULTA. Los dejo con un fragmento:
La mano quieta y ciega
comienza muda el descenso
va de mis labios a mis labios
-como si el mundo se detuviera-
con la parsimonia de una hormiga furtiva en la despensa
y el mismo deseo de saciar las ganas.
Rosa Espinoza
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Apología grullense
Cuando lo escucho contar historias sobre los personajes
locales, que van desde borrachos hasta artistas incomprendidos; cuando dice que
se va de Guadalajara rumbo a su ciudad me doy cuenta, en su mirada y en el tono
de voz, que realmente le hace ilusión el viaje; cuando me presenta a un montón
de gente que viene de allá y en todos hay un cierto orgullo, un motivo de
identificación; cuando continuamente crea cosas relacionadas a su lugar de
origen, es cuando pienso que El Grullo debe tener algo especial, al menos
para Cheshvan Santana.
Cheshvan Santana es mi amigo desde hace ya casi cuatro años.
Lo conocí del modo más extraño. Una noche, en la universidad, después de una
muestra de cortometrajes, un grupo de gente de algunos semestres más avanzados
que yo pero que sabía que eran también de la Licenciatura en Ciencias de la
Comunicación se arremolinaba alrededor de un sujeto que tenía a todos
asombrados. Me acerqué.
En medio del grupo estaba un güey alto, gordillo, haciendo
la actuación de un tipo que de repente se empieza a convulsionar, se tira al
suelo, comienza a gritar y se agita por el piso. El espectáculo era realmente
espantoso. ¿Quién carajos era ese sujeto y por qué razón incomprensible hacía
ese show? Tenía que ser mi amigo, ese güey.
Y así fue. Se hizo tarde, yo en ésa época no tenía coche, y
como mi alma mater está ubicada lejos de la metrópolis tapatía, tuve que pedir
aventón hacia un lugar más cerca de mi casa. Precisamente me hizo el favor uno
de los que antes se arremolinaban alrededor del estrambótico actor, quien por
cierto, también iba en el carro. Me llamo Cheshvan, dijo. ¿Cómo? Nadie, jamás,
entiende su nombre a la primera.
El asunto es que eso fue hace cerca de seis años, y a la
fecha es uno de los amigos que más cómodamente se han instalado en mi corazón. Hace
videos (aunque no sólo eso). Algunos con su incomprensible sentido del humor,
pero otros, los verdaderamente impresionantes, son en su mayoría sobre su
tierra natal: El Grullo.
El Grullo es un pueblo que está al suroeste del estado de
Jalisco, cerca de Autlán, el lugar de nacimiento del famoso guitarrista Santana
(aunque ahí al parecer nadie lo quiere) y también cerca de otro pueblo llamado
El Limón, que próximamente será famoso por un documental que se grabó con
algunos personajes de esa localidad, y que será inmensamente reconocido, en
gran medida porque Cheshvan lo editó parcialmente.
He ido al Grullo más de una vez, y todas las ocasiones me
alegra llegar y me pesa irme. Se come sabroso, se duerme sabroso (aunque sea en
el piso de la casa de los padres de Cheshvan, gente con anécdotas absolutamente
inverosímiles pero ciertas. Ejemplo de esto: una vez, en El Grullo, tembló. La
madre de Cheshvan dijo: ¡está temblando! Y su padre contestó: ¿Dónde? Todo
esto, lector, es verídico), pero sobre todo, se bebe sabroso.
Los lugareños son gente exótica. Del mismo modo en que pensamos
que la gente en Turquía o en Lituania es extraña, así también son los grullenses.
Tienen algo… particular. En la mirada, en el modo en que se tiran en las
esquinas ahogados de cerveza, en el modo en que comen tortas ahogadas… en algo
que no puedo precisar.
Las charreadas (historias que son absolutamente improbables
pero tan disfrutables que deseamos que sean ciertas), por ejemplo, son parte
esencial de ellos. Pero de las charreadas sólo Cheshvan puede decir más.
Este texto, que no creo que pueda llamarse ensayo y tampoco
carta, lo hice porque, para no morir de depresión, me he propuesto escribir
todos los días. Y el día de hoy quise escribir sobre mi amigo Cheshvan Santana,
porque lo amo, y sobre El Grullo, porque me intriga hondamente su misterio, que
me atrae como imán. Yo quiero ser grullense, y quiero serlo gracias al extraño
apego que mi compa, el raro de Cheshvan, tiene hacia su pueblo.
Cheshvan, ¿qué nos puedes decir al respecto?
Busquen la respuesta de mi amigo Cheshvan en su blog: http://cheshvan.blogspot.com/
sábado, 17 de octubre de 2009
Este post es de risas y conciertos. Cáiganle.
Primero lo del concierto, porque es lo que más me interesa. Tengo dos boletos para el concierto de Kings of Leon de este martes. No los voy a poder utilizar y los estoy vendiendo 500 pesos más caros de lo que me costaron porque soy una abusadora. Mentira, los doy a lo que me costaron, 1200. Si quieren que el sudor del guitarrista toque su piel ardiente y se evapore sobre su cuerpo excitado, cómprenlos. =D
Ahora, la risas/shock. Enjoy.
Ahora, la risas/shock. Enjoy.
viernes, 26 de junio de 2009
¡Ya soy famosa!
Bueno, no pues, nomás que publicaron una foto mía y de Angel en un sitio canadiense de Interné, del día cuando nos fuimos de antro como gente nice, ¿recuerdan? (Hoy vamos a volver a ir, nomás que toda la bola mexicana, quezque para festejar el último fin de semana juntos en Montreal. Prometo ir limpia y bienoliente.)
Y ya.

Y ya.
viernes, 19 de junio de 2009
Gente bien nice
Eso es lo que mi siamés y yosomos. Gente bien nice que se va un viernes por la noche de antro a Montreal.
Fui idea de Angel y yo puse el grito en el cielo y dije "¡¿qué me voy a poner?!" Sólo me quité el pantalón de señora que traía y me puse falda. Es la misma blusa desde hace dos días y huele como blusa desde hace dos días en verano.
Me puse una minifalda y no estoy depilada. Mi argumento es "bah, quialcabo que no voy a volver a ver a esta gente nunca". Los que me han visto las piernas no depiladas saben que... soy muy intrépida y desvergonzada.
Para contrarrestar la atención de mis piernas me pinté la boca de rojo. Ay, como femme fatal.
Ya nos vamos, pues.
Fui idea de Angel y yo puse el grito en el cielo y dije "¡¿qué me voy a poner?!" Sólo me quité el pantalón de señora que traía y me puse falda. Es la misma blusa desde hace dos días y huele como blusa desde hace dos días en verano.
Me puse una minifalda y no estoy depilada. Mi argumento es "bah, quialcabo que no voy a volver a ver a esta gente nunca". Los que me han visto las piernas no depiladas saben que... soy muy intrépida y desvergonzada.

Para contrarrestar la atención de mis piernas me pinté la boca de rojo. Ay, como femme fatal.

Ya nos vamos, pues.
martes, 17 de marzo de 2009
Grr, qué sexy
"You'll be a lover in my bed and a gun in my head". Estaría bien sexoso que alguien llegara y me dijera eso de la nada. Yo lo más a lo que he llegado es decirle a un tipo con el que eventualmente efectivamente salí "tú un día vas a ser mi novio". Se lo dije con convicción, porque me parecía bien guapo y realmente quería que fuera mi chico, y lo peor es que surtió efecto porque después, cuando salíamos, me confesó que eso le llamó la atención sobre mí. Sin embargo, mi predicción se marchitó.
_ _ _ _ _ _ _ _
"Los asesinatos deben su razón de ser a mi deseo de que mi madre se sienta orgullosa de mí. Siempre me pidió ser obediente y ahora escucho a pie juntillas lo que dicen las voces dentro."
"Te recomiendo que si quieres dejar plantada a alguien sea a la muerte y no a mí. Pendejo."
"Hija adolescente: Mamá, ¿qué puedo hacer para que el Planeta Tierra sea un lugar mejor?
Mamá: Ponte una minifalda y antes de dispararle a todo hombre que veas, le enseñas la entrepierna. Nos libramos del peor mal y ellos morirán felices."
"Me gusta que se me erecten los pezones. Me hacen sentir como una maniquí."
_ _ _ _ _ _ _ _
Recapitulación del concierto de Vampire Weekend el viernes:
Estamos mi hermano y yo dentro del Teatro Diana haciendo cola para comprar chela y dice Mitch: Oye, wey, ¿y quién chingados son los Black Kids? Y le respondo yo: saaaabe. Y dice él: wey, lo que pasa es que fui a ver los souvenirs y sólo hay de esos weyes, ¿no serán los principales del concierto y Vampire Weekend nomás los teloneros? Y yo: a la verga, wey, ojalá que no porque ni los conozco... Qué mamada, ojalá que no. Y de repente un vato que estaba formado atrás de nosotros: Ah, perdón por meterme pero los principales son Vampire, Black Kids nomás son los teloneros. Están chidos, son más como música disco... Nosotros: Ah, gracias =D
Nos metemos al teatro y descubrimos que a pesar de tener los boletos más caros no le íbamos a ver los mocos a los artistas. Mi hermano refunfuña. Yo pienso "qué verga".
Pues total, que empiezan a tocar los Black Kids y sí, muy padre y que no sé qué pero no era pa' tanto... Bueno, 2/3, pues... Pero enfrente de nosotros había unos vatillos EXCITADÍSIMOS con el concierto. De hecho creo que sólo fueron a verlos a ellos, porque cuando acabaron sus cinco canciones, se fueron (y eso que pagaron más de 500 pesos por esas entradas).
Estaban tocando los Black Kids y yo tenía ganas de echarme un pedo. Pensé, entonces, que no podía haber un lugar mejor para echarse un pedo: mucho ruido, mucha oscuridad. De repente empieza a apestar... Yo creo que mi hermano me ganó la idea. Me intimidé por poco original y no me eché ni madres.
De repente recibo un mensaje de mi amigo Ricardo El Hermoso que decía algo así como: estamos en la segunda salida de emergencia. Tuvo lugar el intermedio entre Black y Vampire y yo me puse trucha a buscarlos. Fracaso total. Pero de repente oigo "¡sara! ¡sara!" y volteo y son mis mejores archi amigos del mundo: Angel y Ricardo El Hermoso.
El caso es que me subo a donde ellos estaban (porque tenían boletos más baratos que los míos) y me pongo a bailar como poseída. No mames, cómo bailé. Amanecí aporreadísima. Y también me reí muchísimo, mis amigos se la pasaban de mamada a mamada. Y luego siempre pasaba un vato gordillo y cada que pasaba, sin querer, lo mandaba a la verga. Pasaba y yo estaba bailando y lo empujaba y la chingada. Empujé a un chingo de gente en total, pero hubo una morra que se emputó bien duro conmigo. Y me cagué de risa, como borracha. Se me hizo bien chistoso que se lo tomara personal.
Saliendo, Angel quería irse a tomar una chela, y mi hermano se fue con su novia en mi carro entonces nos teníamos que ir en El Aguacate (que es la camioneta de Angel). Llegamos al aguacate y nos encendía la pinche chingadera. Siempre está con sus mamadas esa pinche camioneta pitera. O no enciende o no tiene batería o al pendejo de Angel se le quedan las llaves dentro a las tres de la mañana. Bueno, Angel le llama por teléfono a su papá y le dice que la camioneta está valiendo, que qué hacer. El papá le contesta "revisa los postes". Le pregunto a Angel: ¿qué pedo wey? Y me dice Angel: pos que revise los postes. Y le pregunto "¿y sabes qué son los postes?" Y responde: No. Me trepo al asiento del conductor, intento encender la mierda motorizada y observo el tablero. "D". El pendejo de Angel lo tenía en D. D de Drive. D de Diantres, qué pendejo estás.
La encendemos y nos vamos al Scratch.
Cuántas risas, cuánta amistad valiosíssima. Cuán vale-verga es la camioneta de Angel.
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"Los asesinatos deben su razón de ser a mi deseo de que mi madre se sienta orgullosa de mí. Siempre me pidió ser obediente y ahora escucho a pie juntillas lo que dicen las voces dentro."
"Te recomiendo que si quieres dejar plantada a alguien sea a la muerte y no a mí. Pendejo."
"Hija adolescente: Mamá, ¿qué puedo hacer para que el Planeta Tierra sea un lugar mejor?
Mamá: Ponte una minifalda y antes de dispararle a todo hombre que veas, le enseñas la entrepierna. Nos libramos del peor mal y ellos morirán felices."
"Me gusta que se me erecten los pezones. Me hacen sentir como una maniquí."
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Recapitulación del concierto de Vampire Weekend el viernes:
Estamos mi hermano y yo dentro del Teatro Diana haciendo cola para comprar chela y dice Mitch: Oye, wey, ¿y quién chingados son los Black Kids? Y le respondo yo: saaaabe. Y dice él: wey, lo que pasa es que fui a ver los souvenirs y sólo hay de esos weyes, ¿no serán los principales del concierto y Vampire Weekend nomás los teloneros? Y yo: a la verga, wey, ojalá que no porque ni los conozco... Qué mamada, ojalá que no. Y de repente un vato que estaba formado atrás de nosotros: Ah, perdón por meterme pero los principales son Vampire, Black Kids nomás son los teloneros. Están chidos, son más como música disco... Nosotros: Ah, gracias =D
Nos metemos al teatro y descubrimos que a pesar de tener los boletos más caros no le íbamos a ver los mocos a los artistas. Mi hermano refunfuña. Yo pienso "qué verga".
Pues total, que empiezan a tocar los Black Kids y sí, muy padre y que no sé qué pero no era pa' tanto... Bueno, 2/3, pues... Pero enfrente de nosotros había unos vatillos EXCITADÍSIMOS con el concierto. De hecho creo que sólo fueron a verlos a ellos, porque cuando acabaron sus cinco canciones, se fueron (y eso que pagaron más de 500 pesos por esas entradas).
Estaban tocando los Black Kids y yo tenía ganas de echarme un pedo. Pensé, entonces, que no podía haber un lugar mejor para echarse un pedo: mucho ruido, mucha oscuridad. De repente empieza a apestar... Yo creo que mi hermano me ganó la idea. Me intimidé por poco original y no me eché ni madres.
De repente recibo un mensaje de mi amigo Ricardo El Hermoso que decía algo así como: estamos en la segunda salida de emergencia. Tuvo lugar el intermedio entre Black y Vampire y yo me puse trucha a buscarlos. Fracaso total. Pero de repente oigo "¡sara! ¡sara!" y volteo y son mis mejores archi amigos del mundo: Angel y Ricardo El Hermoso.
El caso es que me subo a donde ellos estaban (porque tenían boletos más baratos que los míos) y me pongo a bailar como poseída. No mames, cómo bailé. Amanecí aporreadísima. Y también me reí muchísimo, mis amigos se la pasaban de mamada a mamada. Y luego siempre pasaba un vato gordillo y cada que pasaba, sin querer, lo mandaba a la verga. Pasaba y yo estaba bailando y lo empujaba y la chingada. Empujé a un chingo de gente en total, pero hubo una morra que se emputó bien duro conmigo. Y me cagué de risa, como borracha. Se me hizo bien chistoso que se lo tomara personal.
Saliendo, Angel quería irse a tomar una chela, y mi hermano se fue con su novia en mi carro entonces nos teníamos que ir en El Aguacate (que es la camioneta de Angel). Llegamos al aguacate y nos encendía la pinche chingadera. Siempre está con sus mamadas esa pinche camioneta pitera. O no enciende o no tiene batería o al pendejo de Angel se le quedan las llaves dentro a las tres de la mañana. Bueno, Angel le llama por teléfono a su papá y le dice que la camioneta está valiendo, que qué hacer. El papá le contesta "revisa los postes". Le pregunto a Angel: ¿qué pedo wey? Y me dice Angel: pos que revise los postes. Y le pregunto "¿y sabes qué son los postes?" Y responde: No. Me trepo al asiento del conductor, intento encender la mierda motorizada y observo el tablero. "D". El pendejo de Angel lo tenía en D. D de Drive. D de Diantres, qué pendejo estás.
La encendemos y nos vamos al Scratch.
Cuántas risas, cuánta amistad valiosíssima. Cuán vale-verga es la camioneta de Angel.
martes, 24 de febrero de 2009
Fiesta en los aposentos cítricos
Así es.
Viernes 27 de febrero.
22 horas.
En mi casa (ay, tengo miedo de publicar el domicilio en la Interné... Quien no sepa la dirección pregúntela).
Traigan su propio pisto y SU PROPIO VASO. No es broma (no es por culera, es que neta no tengo vasos para ofrecerles ni dinero para comprarlos).
Yo ofrezco música, botana y pooees el depa =D (y mi cítricompañía).
Cáiganle, habrá juegos, premios y sorpresas. (Mentira.)
Quien vaya disfrazado obtendrá marihuana gratis. (Mentira #2.)
Viernes 27 de febrero.
22 horas.
En mi casa (ay, tengo miedo de publicar el domicilio en la Interné... Quien no sepa la dirección pregúntela).
Traigan su propio pisto y SU PROPIO VASO. No es broma (no es por culera, es que neta no tengo vasos para ofrecerles ni dinero para comprarlos).
Yo ofrezco música, botana y pooees el depa =D (y mi cítricompañía).
Cáiganle, habrá juegos, premios y sorpresas. (Mentira.)
Quien vaya disfrazado obtendrá marihuana gratis. (Mentira #2.)
martes, 5 de agosto de 2008
En vivo desde Gdl
Buscando depa. Dando de alta materias. Esperando ver a mis compas. Y también (esperando) tener tiempo de ir a tomarme una michelada al Scratch. Oh, bendito Scratch.
miércoles, 30 de julio de 2008
Decir que turistear fatiga es una mamada...
... porque en realidad mata. Estoy estreñida desde hace dos días porque la mentada comida típica de Zacatecas está pinche condimentadísima y mi débil estómago no puede más. Además hemos andado como perro sin dueño, de arriba para abajo y la mera verdá' es que las piernas ya no me dan para mucho más... ni el pinche spinning me hace el paro de ponerme en forma.
Bueno, las novedades son, básicamente, las siguientes:
- Ayer entramos mitch y yo sin querer a un bar gay y nos dimos cuenta hasta que estábamos dentro, porque de repente los machos hablaban como divas, las divas estaban en realidad travestidas y las mujeres "verdaderas" se toqueteaban entre sí. La neta nos vimos bien pendejos porque el bar se llamaba La Catrina, y a la entrada estaba una catrina tamaño natural con un rebozo pinche grandísimo del color del arcoiris... o sea, bandera gay. Y yo me puse bieeeen happy. Pero no ahí. No, señor. Me fui a poner briaga al "Antrova" (se me hace re te pretencioso el nombrecito) con mi familia. Sí, señor. Como Dios manda. Y eso que nomás me tomé dos micheladas y un baileys. Jijijij. Y estaba un vato cantando canciones de Sabina, pero las interpretraba vergonzosamente y sólo conseguía arruinarlas. Ash. Pero yo bieeeeen happy. Salí risa y risa.
- Nuestro hotel como que he venido a darme cuenta que nomás no. A cada rato tenemos que marcar en nuestro teléfono el número Cero para que nos contesten en la recepción y pedir y pedir y pedir rollo del baño. Yo creo que ellos creen que somos bien cagones. Y quizá lo seamos (:D). Y luego nuestra habitación huele a caca. Y no porque seamos (o no) cagones. El misterioso tufo viene de la coladera de la regadera. Y es imparable. E insoportable. Tenemos que tener permanentemente la puerta del baño cerrada. Pero el problema es cuando uno tiene que "evacuar". Pero no es todo. Todo el hotel huele a naranja podrida. Dice mi hermano que la bodega está cerca de nuestra habitación y por eso nos llega bien cabrón el olor, pero lo peor de todo es que ese olor que me chuto todas las mañanas al salir y todas las noches al volver es el mismo que me tomo todas las mañanas en el pinche jugo de naranja.
- Los guías de esta ciudad tronquean. Unos dicen una cosa y otros otra. Por ejemplo, uno dijo que el cerro de la Bufa toma su nombre del aragonés "Hígado de animal" y otra dijo que del vasco "Vejiga de cerdo". Qué dilema, ¿a quién creerle?
- No mamar a la chorrocientosmil potencia con el museo Pedro Coronado. El museo dizque es de arte universal pero en realidad es una vasca bien machina. En una misma habitación hay un sarcófago "original" de no sé qué pinche siglo antes de Jebús y enfrente máscaras del África Negra (se oye tan discoverychannelesca esta frase). A mí se me hace que todas eran piezas réplica o bien, robadas. Además había una gran parte del museo abarcada por arte europeo. Nuestro guía (un pelafustán tan odioso e ignorante que mejor no digo nada porque me privo del coraje) le hizo creer a unos chilangos (todavía más ignorantes que él, supongo) que un dibujo a lápiz de Carabaggio era original y que como cincuenta grabados de Goya también. Y los pinches defeños con la bocota abierta de la sorpresa. Hablaba, nuestro sabio maestro, del "subrealismo" y del arte "abstrapto"; de que el cubismo de Picasso se basa principalmente en "deformar mujeres" y una sarta de mamadas más... Oh my fákin gad...
Ash, se le está acabando la pila a esta madre. Las fotos se las sigo debiendo. Mañana llego a Guadalajara y quizá me quede unos días. No tengo saldo. Quien me quiera ver que me busque jaj. Chau!
Bueno, las novedades son, básicamente, las siguientes:
- Ayer entramos mitch y yo sin querer a un bar gay y nos dimos cuenta hasta que estábamos dentro, porque de repente los machos hablaban como divas, las divas estaban en realidad travestidas y las mujeres "verdaderas" se toqueteaban entre sí. La neta nos vimos bien pendejos porque el bar se llamaba La Catrina, y a la entrada estaba una catrina tamaño natural con un rebozo pinche grandísimo del color del arcoiris... o sea, bandera gay. Y yo me puse bieeeen happy. Pero no ahí. No, señor. Me fui a poner briaga al "Antrova" (se me hace re te pretencioso el nombrecito) con mi familia. Sí, señor. Como Dios manda. Y eso que nomás me tomé dos micheladas y un baileys. Jijijij. Y estaba un vato cantando canciones de Sabina, pero las interpretraba vergonzosamente y sólo conseguía arruinarlas. Ash. Pero yo bieeeeen happy. Salí risa y risa.
- Nuestro hotel como que he venido a darme cuenta que nomás no. A cada rato tenemos que marcar en nuestro teléfono el número Cero para que nos contesten en la recepción y pedir y pedir y pedir rollo del baño. Yo creo que ellos creen que somos bien cagones. Y quizá lo seamos (:D). Y luego nuestra habitación huele a caca. Y no porque seamos (o no) cagones. El misterioso tufo viene de la coladera de la regadera. Y es imparable. E insoportable. Tenemos que tener permanentemente la puerta del baño cerrada. Pero el problema es cuando uno tiene que "evacuar". Pero no es todo. Todo el hotel huele a naranja podrida. Dice mi hermano que la bodega está cerca de nuestra habitación y por eso nos llega bien cabrón el olor, pero lo peor de todo es que ese olor que me chuto todas las mañanas al salir y todas las noches al volver es el mismo que me tomo todas las mañanas en el pinche jugo de naranja.
- Los guías de esta ciudad tronquean. Unos dicen una cosa y otros otra. Por ejemplo, uno dijo que el cerro de la Bufa toma su nombre del aragonés "Hígado de animal" y otra dijo que del vasco "Vejiga de cerdo". Qué dilema, ¿a quién creerle?
- No mamar a la chorrocientosmil potencia con el museo Pedro Coronado. El museo dizque es de arte universal pero en realidad es una vasca bien machina. En una misma habitación hay un sarcófago "original" de no sé qué pinche siglo antes de Jebús y enfrente máscaras del África Negra (se oye tan discoverychannelesca esta frase). A mí se me hace que todas eran piezas réplica o bien, robadas. Además había una gran parte del museo abarcada por arte europeo. Nuestro guía (un pelafustán tan odioso e ignorante que mejor no digo nada porque me privo del coraje) le hizo creer a unos chilangos (todavía más ignorantes que él, supongo) que un dibujo a lápiz de Carabaggio era original y que como cincuenta grabados de Goya también. Y los pinches defeños con la bocota abierta de la sorpresa. Hablaba, nuestro sabio maestro, del "subrealismo" y del arte "abstrapto"; de que el cubismo de Picasso se basa principalmente en "deformar mujeres" y una sarta de mamadas más... Oh my fákin gad...
Ash, se le está acabando la pila a esta madre. Las fotos se las sigo debiendo. Mañana llego a Guadalajara y quizá me quede unos días. No tengo saldo. Quien me quiera ver que me busque jaj. Chau!
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